Un día en la carretera

Alajuela Travel Blog

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Trayecto en coche entre Carate y Alajuela. Más de 400 km de insufribles carreteras.

Primero la incontinencia sonora de los monos aulladores y después los potentes rayos de sol que se colaban por los ventanales. Así era normal despertarse a horas tan tempranas, aunque necesarias para llevar a cabo un largo viaje en coche desde Carate hasta Alajuela para poder estar al menos un día en nuestro campo base: Villa Pacandé.

 

No creo ni que fueran las seis y media de la mañana cuando nos levantamos a rehacer nuestras mochilas justo antes de bajar a desayunar.

La Playa del Cabo Matapalo es una de las preferidas para los surfistas
Y es que debíamos abandonar ese mismo día nuestra placentera cabañita de película. La fase Corcovado la dábamos por concluida, en espera de otras aventuras, principalmente en el Caribe, del que guardaba muchísima expectación. Pero para ello hacía falta volver al Valle Central, reorganizar nuestros planes el día 11, y ya el 12 marchar a Tortuguero para dar comienzo al Caribbean Tour (Tortuguero-Cahuíta-Bocas del Toro).

 

Como el trayecto hasta Alajuela se presentaba largo, queríamos incluir alguna parada destacada en el camino para que no se nos hiciera tan pesado. Por eso había que salir temprano, para aprovechar algo de un día que no se caracterizaría por lo frenético del mismo.

 

Un cuenco con yogur y cereales saciaron nuestro apetito mañanero en compañía de la madre de Lana, de la cual por mucho que lo piense no podré decir su nombre.

Parte pedregosa del Cabo Matapalo
Todo el mundo la llamaba Mom, por eso de ser “la madre” de. Es por eso que siempre me refiero a esta mujer por su condición de progenitora.

Con ella estuvimos tratando concienzudamente su plan de viajar a España utilizando coche. En un papel le diseñé un itinerario para el tiempo que pensaba dedicarle a nuestro país. Le recomendé que empezara en Barcelona (ya que vendría conduciendo desde Francia), ciudad hermosa y cosmopolita donde las haya. Una vez pasados los días debía venirse a Madrid donde por su condición geográfica podía utilizarla como Base de operaciones no sólo para visitar la propia capital sino para hacer alguna que otra ruta por los alrededores. Ávida conocedora de las aventuras de Don Quijote de la Mancha, estaba deseando pisar esos lugares en los que Cervantes se basó para plasmar una de las novelas más universales y a más idiomas traducida. Poblaciones como El Toboso, Consuegra, Herencia o Campo de Criptaza eran algunos de esos puntos imprescindibles que debía conocer.

En Cabo Matapalo, a mitad de camino entre Carate y Puerto Jiménez
Otras ciudades cercanas a Madrid y de ineludible visita eran Segovia, Ávila y Toledo, a las que guardo mucho cariño y admiración. Y de la capital al Sur de España, a lugares fascinantes como Sevilla, Córdoba o Granada. ¡Qué tres ciudades, qué tres maravillas!

 

Más o menos con eso podía tener motivos suficientes para poner a España en el más alto escalafón. Y eso que aún le faltaría mucho por ver de nuestro país… Pero bueno, para un primer acercamiento no está mal, ¿no?

 

Quedamos en hablar antes de su viaje para puntualizar cualquier información o consejo que fuera necesario. Me gusta ejercer de guía y compartir mis conocimientos con otras personas.

La Tangara escarlata fue una de las aves que más nos encontramos en nuestro viaje por Costa Rica
A la madre de Lana le alegró el detalle y me advirtió que me iba a escribir pronto porque ya estaba deseando ponerse manos a la obra con la planificación de su ruta hispánica.

 

Pero aún quedaba mucho, y los que debíamos llevar a cabo una ruta éramos nosotros, que tuvimos que decir adiós con el corazón tanto a las personas que habíamos conocido como al maravilloso paisaje que habíamos disfrutado tanto activa como contemplativamente. Trato de describir el frondoso valle desembocando al mar pero me cuesta mucho. Afortunadamente recolecté imágenes suficientes con mi cámara para hacer llegar a la gente todo esto que os digo. El Paraíso existe y está aquí.

 

Dejamos todo en el 4x4 al que le aguantaba perfectamente el plástico que nos había puesto el mítico Serafín en Quepos.

En nuestro trayecto de Corcovado a Alajuela, tuvimos que atravesar las montañas nubladas de la Cordillera Central
Estaba todo listo por lo que comenzamos a descender por el valle, dejando atrás el río en el que los oreros ya estaban trabajando, la Pulpería de Carate, el original aeródromo… Y es que nos aguardaban más de 400 kilómetros, que no son tantos pero en Costa Rica todo es más de lo que parece. Sé que es difícil hacer comparaciones, pero esta distancia se tarda en llevar a cabo aproximadamente lo mismo que cruzar España de Norte a Sur, es decir como si se hicieran entre 800 y 1000 Km. Yo pensaba que no iba a ser tanto, pero entre las condiciones de la carretera en Osa y el infumable tráfico de la Interamericana atestada de cansinos camiones, la cosa se me hizo bastante pesada.

 

Las dos primeras horas de camino fueron las más complicadas para el vehículo, ya que como ocurrió en la ida, el trayecto que separa Carate de Puerto Jiménez es un cúmulo de baches, charcos, riachuelos improvisados y ramas caídas.

Montañas nubladas de la Cordillera Central
Para los amantes de las emociones fuertes al volante está muy bien, pero para los más temerosos del coche no es demasiado gozoso. Al ser la primera fase de la temporada lluviosa la dificultad no fue extrema. Durante los meses posteriores la cosa se hace realmente impracticable y es por ello que muchos privilegiados deciden hacer el recorrido entre ambas poblaciones de Osa en avioneta.

 

Más o menos a mitad de este tramo hicimos una parada en Cabo Matapalo, un lugar de playa donde las corrientes son idóneas para formar las mejores olas que tanto ansían los surferos de todo el mundo. Es por eso que aquí es sencillo encontrarse un mayor número lodges y pequeños hoteles que en otras zonas de la Península de Osa. El acceso a la playa deja bastante que desear y tampoco esta es demasiado vistosa. Nada que ver con Playa Carate o Playa Madrigal, verdaderamente aisladas, largas y desiertas.

Fue pues un parón en que vimos a gente haciendo surf y a algunos turistas locales dándose un baño en familia. Es por ello que no nos detuvimos demasiado y seguimos con el “Rally a Puerto Jiménez”.

 

Las horas fueron pasando a la vez que nos alejábamos de Corcovado e incluso llegábamos muy cerca de la zona en que la Península de Osa se une al resto del país. Fue en ese momento en el que decidimos detenernos en una diminuta aldea llamada “Montaña Río” que no aparece ni en los mapas. Es reconocible por un desastroso puente de metal y madera en el que cualquier día se va a caer algún vehículo al agua. Lo milagroso es que no haya ocurrido ya.

En la pulpería del pueblo nos ofrecieron un menú bastante amplio del que seleccionamos ambos un generoso plato de arroz con camarones que estaba buenísimo. Ni que decir tiene que nos sentó fenomenal. En la terracita éramos nosotros los únicos comensales. Paradójicamente el pueblo estaba vacío. Tan sólo se acercó a nosotros una tángara escarlata, esa ave negra y roja que tantas veces había visto en esos días y de la que no había tenido ocasión de tomar fotos. Hasta es día en que se mantuvo lo suficientemente tranquila para que pudiera hacer un apaño fotográfico con ella.

Finalizamos la comida y en no demasiados minutos alcanzamos la célebre carretera Interamericana. La población de Chacarita dio pie al inicio de un tramo que me figuraba más ligero pero que se hizo incluso angustioso. Sobre todo un rato más hacia delante, en San Isidro de el General cuando se comienza a subir la sinuosa montaña en la que los camiones son legión por lo que se provocan larguísimos atascos por la dificultad de hacer adelantamientos. No es una subida corriente a un Puerto de Montaña. Son varias horas en que a medida que se asciende las nubes prácticamente se meten en la ventanilla. Es recomendable ir bien cargados de gasolina y no jugársela porque el trayecto es duro y no hay Estaciones de Servicio arriba, por lo que si sucede algo tan sólo se puede rezar y esperar alguna grúa. Porque no, cobertura de móvil tampoco hay.

 

Se hizo tan oscuro que incluso desdeñamos la idea de parar en el Mirador de Quetzales, próximo al Cerro de la Muerte, a nada más y nada menos que 3491 metros de altura. Después de bastantes horas conduciendo queríamos quitarnos de encima el viaje en coche y descansar por fin en Alajuela. Pero aún quedaban tantas curvas por las que adelantar, tantos camioneros a los que enseñarles el dedo corazón y mandarles a freír espárragos que no se nos iba a pasar tan fácilmente.

 

La niebla cerrada se convirtió en lluvia y de un Sol de justicia que había antes del ascenso se había pasado a la cerrazón de una noche prematura en la que apenas se veía la carretera. Vimos bastantes coches en la cuneta aunque lo que más me chocó fue ver a gente caminando por la carretera en esas condiciones. Era incomprensible ese viaje a ninguna parte en el que casi no se les ve hasta que estas muy próximo a ellos.

 

Hacía bastante frío, mucho más que de donde veníamos, donde el calor se llegaba a pegar en la piel. La variación de paisaje y temperatura era bastante notable, y sobre todo en esas alturas cubiertas de bosques húmedos y frescos en que los quetzales contonean sus exóticos plumajes. Qué rabia me dio no poder ir a verlos. Sin duda es otra de esas cuentas pendientes que quedan. Más motivos para volver…

 

Nunca se me olvidará esa carretera del Cerro de la Muerte, catalogada por Lonely Planet como “una de las más peligrosas de Costa Rica”. En la prestigiosa guía incluso comenta la no recomendación a conducir por ella de noche y advirtiendo de los ocasionales desprendimientos que dejan taponada la vía durante horas.

 

La niebla cerrada, la lluvia constante, vehículos invadiendo peligrosamente el carril contrario para poder adelantar son ingredientes suficientes para mantenerse alerta y no perder la concentración ni un segundo.

 

Pero con paciencia todo se supera, y el Cerro de la Muerte también. La bajada no fácil tampoco por la escasa visibilidad, que se fue recuperando a medida que nos internábamos en el Valle Central, totalmente iluminado por las luces de la capital (San José) y de otras ciudades anejas.

 

Teníamos pensado cenar algo en San José en cualquier Restaurante de Comida Rápida. Elegimos un KFC (Kentucky Fried Chicken) sobre todo por era de los primeros y porque nos estábamos “meando” literalmente. Sé que suena un poco bruto decirlo así pero es que no nos habíamos detenido desde el almuerzo. Siempre decíamos que teníamos que parar pero lo fuimos posponiendo hasta que entramos a la montaña, donde ya la cosa era más complicada, sin luz y con mucha lluvia de la que, por cierto, no había noticias en la capital costarricense.

 

Ya “descargados” y “comidos” tuvimos que cruzar San José, tarea menos sencillo de lo previsible, debido al despiste y al desconocimiento de la ciudad por parte del conductor (Inti, saluda). Llevando tantos meses viviendo en Costa Rica, a unos pasos de la enorme ciudad, es raro que no supiera cómo llegar a Alajuela. Pero con ayuda de un mapa y preguntando a la gente de la calle logramos abandonar la metrópoli para llegar por fin a Alajuela. Antes de que se me olvide, tengo que describir lo poco que vi de San José como una ciudad bastante poco agraciada, sin apenas edificios altos y en la cual es bastante complicado orientarse. Tampoco dispone de demasiados atractivos como para dedicarle mucho tiempo. Más vale ir al grano y tirar hacia los muchos atractivos naturales que hay en el país.

 

Aproximadamente doce horas después de haber salido del Luna Lodge de Corcovado arribamos a nuestro “hogar en Costa Rica”, es decir, Villa Pacandé, en la cual los tíos de Inti se estaban recogiendo para irse a dormir, a pesar de no ser tampoco muy tarde. Les contamos a grandes rasgos lo que habíamos hecho desde el comienzo del viaje, pero ya les emplazamos al día siguiente para hablar de ello más detenidamente incluso con fotos descargadas en el portátil de Inti.

 

La noche no dio para más. Ducha y cama. No necesitaba más para decir adiós a un día demasiado latoso que consistió en hacer los 400 kilómetros más largos que recuerdo. El plan para el día siguiente era mucho más relajado. Aparte de cosas prácticas como dejar el coche sin cristal en la Compañía de Alquiler, teníamos previsto visitar por la mañana el Volcán Poás, apenas a 30 kilómetros de la Villa. Un buen aperitivo para lo que quedaba por llegar en nuestra tercera fase del viaje, la ruta del Caribe. Así es normal que no tuviera ganas de volver a casa, ¿verdad?

 

José Miguel Redondo (Sele)
El Rincón de Sele

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Alajuela
photo by: kelleb