Samara, un regalo del Pacifico

Samara Travel Blog

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Mapa de situación de Sámara

Me dio mucha pena despedirme de esa gente tan maravillosa que habíamos tenido ocasión de conocer en el Rinconcito Lodge. No sólo de Walter o Wander, nuestros guías ocasionales, sino también de todos aquellos que trabajan duro para que las cosas funcionen y todo el mundo salga contento. Lamentablemente no recuerdo o desconozco sus nombres, pero espero que tanto ellos como ellas se den por aludidos. Obviamente esta mención incluye a esa chica tan simpática que me preparaba los batidos de guanábana y papaya, además de unas cenas deliciosas. Y a la inolvidable “Amiguita”, la mascota del lugar a la que me hubiera llevado a Madrid con mi perro Lucas. Extraña pareja formarían…

 

Desde nuestro coche, el Terios 4x4 que habíamos alquilado, dimos el último adiós a nuestra casa en el Rincón de la Vieja, a la que dejamos atrás nada más acceder a la desastrosa carretera llena de baches y arena que lleva a Liberia.

Mapa de localización del Hotel Casa del Mar (Sámara)
Desde allí debíamos tomar hasta el final un camino asfaltado en mucho mejor estado y donde podríamos aumentar notablemente la velocidad.

La hora que separa el Rinconcito de dicha ciudad norteña fue un tanto insufrible por el vaivén y el zigzagueo que fuimos haciendo con el coche. Eso explica que sea un lugar que no tenga tantas visitas como otros de Costa Rica. Afortunadamente no caben autobuses, y las furgonetas o vehículos normales podrían tener muchos problemas para llegar hasta allí. Y digo lo de afortunadamente porque cosas como esta (las malas condiciones de las carreteras) son las que hacen que haya sitios que se conserven intactos sin una infraestructura turística abundante que los perjudicaría sobremanera. La masificación conlleva destrucción…

 

Nuestro destino tanto para este día como para el siguiente era Sámara, una playa de película en la Costa del Pacífico, más concretamente en la Península de Nicoya (Guanacaste).

Hotel Casa del Mar (Sámara), donde estuvimos alojados tanto el 2 como el 3 de mayo
Es una zona bastante más tranquila que la del norte porque hay menos concentración de turistas que por ejemplo en Tamarindo o Playa Tambor, que se diferencian poco de esas ciudades costeras que hay en medio mundo con enormes hoteles Todo Incluido a tiro de playa. Y como no queríamos ni en pintura Cancún, Santo Domingo o Benidorm, tanto Inti como yo vimos más idóneo alejarnos de esos sitios para acabar en un entorno más relajado y menos “masificado” (Cómo odio esa palabra). Y en Guanacaste, Sámara tiene fama pero aún no se ha vendido de esa manera a las constructoras ávidas de ganancias multimillonarias. Además, la cercanía con otras playas incluso más solitarias y de Refugios de Fauna Silvestre como el de Ostional, hacen de este un lugar perfecto para hacer interesantísimas expediciones por la costa norte del Pacífico costarricense.

 

Iba a ser un cambio bastante radical respecto a lo que llevábamos por el momento visitado en Costa Rica.

Samara Beach
No sólo deseaba ver el Océano Pacífico por primera vez, sino también ese ambiente playero y pura vida que se refleja por los cuatro costados. Inti me había hablado de gente que lo había dejado todo para irse a vivir allí. Así que expectación, cuanto menos, tenía.

 

Inti me fusiló realmente con esa música hiphopera y rapera que tan poco me gusta. De vez en cuando en la recopilación que llevaba en su MP3 conectado al coche me ilustraba con algo de Nirvana o Cranberries. Pero el resto…vaya, no sé qué decir. Bueno sí, que me atoraba los oídos. Porque entre la dulce melodía made in El Bronx y el traqueteo del coche que superaba como podía baches y piedras, acabé algo machacado.

 

El paisaje se fue tornando a seco a medida que avanzábamos.

La Playa de Sámara
Incluso menos arbolado de lo normal. Y es que ya estábamos a un paso de Liberia, la ciudad más grande del Norte costarricense, a cuyo aeropuerto llega una parte muy importante de turistas estadounidenses buscando el “Sol y Playa” de Guanacaste. La conexión por carretera es inmejorable, ya que se encuentra en plena Interamericana, a unos 70 Km. de la frontera nicaragüense de Peñas Blancas.

 

Pero nosotros lo pasamos de largo en un pis pas. Tan sólo nos dio tiempo a fijarnos en los niños uniformados que jugaban en el patio del colegio y en lo curiosos que resultan los autobuses de línea de Costa Rica. Son esos típicos amarillos que todos hemos visto en las películas norteamericanas donde iban los estudiantes a clase. Al parecer el Gobierno de Estados Unidos regaló a varios países centroamericanos esos buses que ya se les habían quedado obsoletos.

Mi primer contacto con el Océano Pacífico fue un motivo de gran alegría
Costa Rica, Nicaragua y Panamá, entre otros, los utilizan para transportar viajeros, y en algunos incluso se les ha olvidado quitar la pegatina de School.

 

Y Liberia como ciudad, pues… vaya, como prácticamente el 99% de las urbes de Costa Rica, que no se caracterizan precisamente por su belleza estética o por su perfecto orden y concierto.

 

Nada más salir de allí comenzamos a ver numerosas señales que indicaban los kilómetros que faltaban para llegar a las principales playas guanacastecas. Tamarindo, Nosara, Playa Grande, Coco, Tambor, Flamingo, y por supuesto nuestra Sámara.

Inti y yo probando la "pura vida" en el Shake Joe´s (Sámara Beach)
Tomamos la carretera que va hacia Nicoya (ciudad principal de la Península que tiene su mismo nombre) y comenzamos a notar la diferencia de vegetación respecto al Rincón de la Vieja o incluso a la propia Liberia. El reciente estreno de la época lluviosa había dejado un paisaje tropical realmente resplandeciente. Guanacaste tiende a ser más seco (sobre todo al Norte, en el PN Santa Rosa) que otras regiones costarricenses, pero cuando llueve tan intensamente, son millones las plantas y árboles que lucen un verdor realmente único.

 

Aproximadamente a mediodía alcanzamos nuestro objetivo: Sámara. Las casas, que en su mayor parte son hoteles y restaurantes (de dos alturas como mucho), se encontraban a ambos flancos de la vía principal que llegaba hasta la playa. Fugaz y desde el coche tuve la primera imagen de las aguas pacíficas.

Playa Sámara
Cuando ya no se podía seguir más, giramos hacia la derecha y en menos de cien metros nos encontramos con el alojamiento contratado para las dos noches: Casa del Mar.

 

Este hotel, con un precioso y fresco patio en el centro, cuenta con 18 habitaciones, de las cuales 12 son con baño privado y las 6 restantes tienen baño compartido. Los precios varían a lo largo del año dependiendo de si es temporada baja (desde el primero de abril hasta el último de julio, o desde el primero de septiembre hasta el 30 de noviembre) o temporada alta (el resto del año).

El Zopilote es el carroñero por excelencia en tierras centroamericanas
Obviamente es más barata la habitación con baño compartido que la que tiene uno privado. Nosotros nos decantamos por la primera, ya que había que ahorrar para seguir los “principios del viajero independiente” con mochila al hombro y poca pasta en el bolsillo.

 

Carolina, manager del hotel, se encargó de darnos las llaves y de llevarnos a la habitación que nos había asignado. Inti y ella se conocen desde hace tiempo, y esa amistad permitió que el trato con fuera realmente excelente. La verdad es que es una chica bastante dulce y amable con todo el mundo.


Nuestro cuarto era bastante sencillo, totalmente pintado de blanco, contaba con un ventilador en el techo (porque el calor en esa zona es tremendo) y con un lavabo.

Me di un paseo que fue un lujo para los sentidos
Además de las dos camas, claro, desde las cuales se podía mirar por la ventana al patio. Afortunadamente, como en todos los hoteles donde estuvimos, éstas llevaban mosquitera, para impedir que los succionadores sin piedad no probaran bocado de nuestra sangre.

 

El baño compartido estaba prácticamente puerta con puerta por lo que nos evitamos el engorro de tenernos que desplazar demasiado para ir hasta él. Y lo importante en estos casos, tanto el cuarto como el servicio se encontraban limpios.

 

Hay una gran balconada que da hacia la playa, que está, nunca mejor dicho, a tiro de piedra. Tienes unas llaves para acceder directamente nada más cruzar la calle sin tener que dar el rodeo.

Una Garza tricolor en el estero de la Playa Sámara

 

Después de dejar mochilas y demás pertenencias nos bajamos a recepción a charlar un rato con Carolina, con la que comentamos nuestros planes allí. Queríamos conocer algunas playas paradisíacas (además de Sámara) y si fuera posible ver alguna de las Tortugas Marinas que hacen arribada por la noche para desovar. Ese espectáculo debe ser algo realmente único. El Refugio Nacional de Vida Silvestre Ostional atrae a varios tipos de tortuga (sobre todo la especie Lora), las cuales entierran en la arena sus huevos. Pero hay ocasiones en las que no llega una o dos, sino que por causas no del todo conocidas, pueden aparecer cientos y cientos de tortugas, que incluso pasan unas por encima de las otras. Ese fenómeno aún en estudio se le conoce como “La Gran Arribada”. Y es posible verlo en Costa Rica en Refugios como el de Ostional (a más de una hora de allí) o en Tortuguero, en la zona Caribe.

Garza caminando por la playa
Pero hay que tener mucha mucha suerte para que eso suceda estando allí de viaje. Lo mejor es preguntar a la gente de los hoteles, que ya controla un poco más ese tema y saben cuándo se prevé alguna llegada. Aunque sea ver tan sólo a una tortuga marina desovar, habrá valido la pena absolutamente. E incluso eso, y más dependiendo de la época, es complicado.

De las tortugas ya hablaremos en otros capítulos, porque “su búsqueda” fue una de las misiones más interesantes durante nuestra estancia en Costa Rica.

 

Por lo tanto, para lo que quedaba de día (y de luz) estaríamos en Sámara y al día siguiente planificaríamos nuestra escapada a varias playas, dejando para la noche nuestra invocación a la suerte para poder observar alguna tortuga, preferentemente en Ostional.

Garza pescando

 

Antes de ir a la playa, Carolina nos presentó a su novio Mateo, otro de los managers del hotel. Él es uno de esos casos que comenté al principio de alguien que dejó su tierra para poder vivir en Costa Rica, más concretamente en Sámara. Mateo es italiano y lleva varios años en el país de los ticos. Su gran afición es el surf y se ha convertido en un gran experto. Si alguna persona que esté leyendo este diario le gusta surfear y va para allá, preguntadle a él y os recomendará las mejores playas. No se le escapa nada.

También tuve tiempo de conocer a los dueños del hotel, una pareja de jubilados norteamericanos. Qué mejor manera de retirarse que tener un pequeño hotel a pocos metros del Océano. Un cambio en sus vidas, sobre todo la de él, que estuvo en el Ejército de los Estados Unidos.

Caracara, de la familia de los Halcones.Alterna la carroñería con la caza ocasional.

 

Después de la charla a varias bandas nos fuimos a donde en realidad nos apetecía estar. Por supuesto estoy hablando de la playa, separada de Casa del Mar por una pequeña carretera y una verja.

 

Nada más cruzar ésta y avanzar unos metros sobre la arena miré al mar, que andaba bravo a esas horas. Ahí estaba, delante de mí, el enorme Océano Pacífico. El mismo que baña gran parte de Asia, numerosos países del continente americano e incluso el australiano. Después observé tanto a mi derecha como a izquierda ese paisaje que tantas veces había tenido en mis sueños. Miles de palmeras, cocos tirados en la arena…el verde arrimándose a lo azul.

El Caracara Caracho observaba su posible alimento. Es un halcón que come principalmente carroña
Realmente bonito. Este momento que siempre recordaré me hizo pensar en lo lejos que me encontraba, y tuve la tentación de llamar a mi familia. Pude hablar con mi padre, que se encontraba en su casa viendo la vuelta de las Semifinales de Copa de Europa, Milán-Manchester. A sabiendas de lo caro que es el capricho, me encanta poder compartir con los míos esas sensaciones tan inenarrables. Con él hablé la vez que caminé por la Muralla China, y con mi madre cuando fascinado me senté a contemplar la inconmensurable ciudad de Petra (Jordania). Por unos segundos logro ser sus ojos y trasladarles hasta allí conmigo. Es un sentimiento que tengo cuando viajo, que me acuerdo mucho de los míos y de lo que disfrutarían viendo lo que yo veo y viviendo lo que yo vivo.

 

Sámara es una playa larga que tiene en torno a los cuatro kilómetros de longitud, aunque es muy probable que incluso los supere.

Caracara carancho
El color de la arena no es blanco sino que adquiere un tono parduzco que contrasta con la exuberante vegetación que acompaña a esa parte de la costa en todo su recorrido.

 

No había demasiada gente, ni la décima de lo que me imaginaba. Éramos como vulgarmente se dice, cuatro gatos… ¡Y qué demonios hacía pensando tanto cuando lo que debía hacer era pegarme un buen baño! Dejamos la ropa sobre las toallas y fuimos al agua directos. Lo primero y más que me llamó la atención fue la calidez de su temperatura. Está entre templada y caliente, lo que hace una delicia quedarse allí el tiempo que haga falta. Frío es imposible pasar.

 

Después de un rato, salimos fuera a secarnos pero el Sol apenas apareció.

Ibis buscando alimento en la Playa de Sámara
Las nubes entraron en contacto y se preveía una buena tormenta para la noche. Nos apoyamos en una barca donde se podía leer Shake Joe´s, el nombre del garito que estaba a un metro de la misma. Teníamos sed y apetecía tomarse algo tranquilamente, así que entramos ese sitio en el la gente se tumbaba en grandes bancos acolchados o en hamacas, al son de la música Chill Out o incluso del Reggae. Nosotros no fuimos menos e hicimos lo mismo. Yo me pedí un Jugo de Mora (para no variar).  Inti, pidió la cerveza típica de Costa Rica, la Imperial cuyo anagrama se encuentra repartido a lo largo y ancho del territorio nacional. Su Águila es un reclamo para ticos y extranjeros, y es para Costa Rica lo que el Toro Osborne a España.

 

Qué lujo fue sentir la brisa marina tumbados con nuestras bebidas y escuchando música.

Zopilote en Sámara Beach
De vez en cuando nos levantábamos para saber cómo iba el partido de Semifinales de Champions Milan-Manchester. Ganó el equipo italiano por 3 a 0 y fue el preludio de lo que pasaría en la Finalísima con el Liverpool, cuando levantaría su séptima Copa.

 

También aprovechamos para conocer e intercambiar algunas palabras con el dueño del establecimiento, Joe. Todo un personaje. Inti ya lo había visto alguna vez que otra y me comentó que su forma de ser era un tanto curiosa. No hizo falta preguntarle a qué se refería, y más estando delante de él cuando ya inconscientemente aspiraba fuerte por la nariz. Más vale una imagen que mil palabras.

 

Pagamos y nos levantamos para regresar a nuestro hotel y coger dinero para marcharnos a comer a algún sitio.

Pelícano volando en la Playa Sámara
Pero de repente ocurrió algo que decantaría el acontecer de nuestros dos días en Guanacaste. Inti comenzó a mirarse en los bolsillos y gritó ¡Las llaves del coche! Le traté de tranquilizar, a sabiendas de que es una de las personas más despistadas que he conocido en mi vida. Fuimos primero al lugar donde habíamos estado sentados en el Shake Joe´s y allí no vimos nada. Entonces, lo más probable era que estuvieran en la arena, donde habíamos dejado nuestras cosas antes de irnos a bañar. Pero nada de nada… ¿Estás seguro que las tenías aquí contigo? ¿No estarán en la habitación? le pregunté. Inti me aseguró que las llaves las había llevado en el bolsillo en todo momento. Aún así buscamos por activa y por pasiva tanto en el hotel como en el camino que habíamos tomado hasta la playa, que, por cierto, era muy corto.

Fue entonces cuando le confesé lo que me temía, que no era nada bueno.

Árbol lleno de zopilotes
Te has bañado con las llaves y las has perdido en el agua. Y cualquiera las encontraba, pensé…

 

No me voy a enredar en este aspecto porque nunca se supo a ciencia cierta la verdad, pero es lo más probable, dado el poco movimiento que habíamos llevado a cabo. Casi a un 99% se seguiría a pies juntillas la famosa canción infantil de “Donde están las llaves, matarilerilerile, dónde están las llaves, matarilerilerón. En el fondo del mar, matarilerilerile, en el fondo del mar, matarilerilerón. Chimpón” (ay, qué dulce e ingenua infancia…)  

 

A Inti le entraron los mil agobios como es normal, ya que este hecho nos trastocaba los planes y podía perjudicar el desarrollo de nuestro viaje como no se le pusiera solución.

Zopilote común
Tranquilamente, en el hotel, con Carolina y Mateo, hablamos de las posibles opciones y nos dimos cuenta de que si se hacía bien, podríamos tener una copia de esas llaves en menos de un día. Así que nos pusimos manos a la obra. Inti llamó por teléfono a la Casa de Alquileres (Expedition Car Rental) pero éstos no lo cogieron en ningún momento. A mí esa Compañía, y más desde ese instante, no me dio ninguna buena espina, ya que nos aseguraron un servicio 24 horas en caso de emergencia. Y quedarte tirado sin llaves, lo era sin duda alguna... Finalmente, después de muchos intentos dejamos el recado al cuñado de su tío José Manuel, para que se pusiera en contacto con los de “la Casa” y les pidiera que enviaran las llaves en el primer autobús que saliera de la capital (San José) hacia Sámara. Yo, sabiendo cómo funcionan en Costa Rica, que se toman las cosas con mucha calma (con pachorra como dice mi madre), no tenía muchas esperanzas de tener solucionado el problema con tanta facilidad. Pero tanto Carolina como Mateo nos dieron esperanzas asegurándonos que si el autobús de San José recibía la encomienda antes de salir, lo tendríamos a la mañana siguiente.
Atardecer samareño
Yo no comprendía por qué si se le daba al autobús de las cinco no podría llegarnos en las 3 horas que separan Sámara de San José. Pero me explicaron que cuando llega ese autobús a la noche, ya no hay quien recoja esos encargos. Y es que hay una oficina donde venden los tickets de autobús que recibe los envíos de unos y otros. Ellos lo conocen como “Servicio de encomiendas” y al parecer, la mensajería funciona allí de esa manera.

 

Pero en es momento dependíamos de que los de Expedition Car Rental recibieran el recado y entregaran las llaves esa misma tarde al autobús pertinente. De esa manera todo quedaría en un susto. Tocó esperar, y para hacer tiempo nos fuimos a almorzar (eso de ir a comer no suelen decirlo los ticos).

 

Escogimos uno de los restaurantes más populares de la zona, “El Samareño”, donde yo me comí un Arroz con Camarones (allí le llaman camarones a las gambas) realmente exquisito.

Atardecer en Sámara
Tanto Inti como yo estábamos preocupados porque el viaje ya estaba demasiado ajustado para que sucediera algo así. Pero aún así teníamos la confianza de que, al menos al día siguiente, llegaran las llaves. Lo que sí dudaba yo es que estuvieran por la mañana. Y si no era así, ¿qué haríamos?

 

Después de comer volvimos a llamar a la casa de alquiler, pero siguieron sin contestar el teléfono. Probamos con el familiar de Inti por si había tenido mayor suerte…y…bingo!! Había conseguido hablar con ellos y supuestamente iban a entregar una copia de las llaves al autobús de San José. Así que no podíamos hacer otra cosa que fiarnos y esperar hasta la mañana siguiente en torno a las ocho.

 

Inti estaba cansado y quiso echarse un rato la siesta. Yo, que estaba bastante “despierto” y con ganas de ver cosas, me marché en solitario para recorrer tranquilamente los cuatro kilómetros de la Playa de Sámara o Samara Beach como se puede leer numerosos carteles. Era la primera vez en el tiempo que llevaba de viaje en que tenía ocasión de estar solo. Y aproveché para pensar y asimilar todo lo que me estaba sucediendo y lo que aún quedaba por venir. Me encontraba paseando lentamente por una playa del Pacífico antecedida por verdísima vegetación donde podrían estar escondidos esos monos con los que tantas ganas tenía de encontrarme. Tantos meses esperando que llegara mi aventura costarricense y ahí estaba, agarrando el tiempo con las manos y absorbiendo mil sabores, mil olores, mil sensaciones difíciles de describir. Sencillamente me sentía feliz conociendo un lugar realmente distinto a otros en los que había estado. Y a eso le añadía la expectación de tantas y tantas cosas que todavía podían suceder.

 

Siempre iba acompañado de mi cámara de fotos de la que no me separaba casi ni para dormir. Debía estar preparado para recoger todo eso que la Naturaleza me estaba mostrando y que en un principio me estaba costando ver. Pero veréis como paulatinamente, poco a poco, ésta se me fue revelando, o quien sabe si fui yo quien agudizó los sentidos y comencé a observar todo de manera diferente. Hay mil cosas delante nuestro y no nos fijamos… Es como si esperáramos que en un principio se nos aparezca un animal grande, qué se yo, un puma o un cocodrilo… y eso no es tan sencillo. Hay que saber ser paciente y darnos cuenta de que son muchos lo detalles que se presentan delante de nuestras narices y somos incapaces de apreciar.

 

Cuando ya había caminado algo más de media hora me detuve en un estero rodeado de árboles y demás espesura siempre coloreada de verde. Para el que no sepa que es un estero (yo mismo desconocía este término) hay que decir que es algo así como un canal donde se mezclan las aguas salinas del mar y las dulces de un río determinado. Por tanto se encuentran prácticamente pegados a la playa siendo similares a ríos e incluso a charcas con agua abundante donde pueden llegar a vivir no pocas especies animales (tanto acuáticas como terrestres). Y según Inti, es un paraíso para los cocodrilos… Por ello me acerqué a observar algún “movimiento sospechoso”, pero nada sucedió. Hasta que me encontré de repente con un ave que caminaba elegante y muy sigilosa buscando alimento. Me dispuse a seguirla para poder captar alguna imagen con mi cámara. Era una “Garza tricolor  de unos 60 cm. de largo y como dice su nombre, de tres colores. Pecho y vientre blancos por completo y gris azulado en el resto del cuerpo, a excepción de su largo cuello, que compagina el blanco en el frontal con el castaño oscuro en el reverso. Las patas, largas y delgadas, son de color amarillo. Esta especie de garza, que no es precisamente la más común de las que se pueden ver, es típica de los humedales existentes en la costa.

La fui siguiendo despacio y tratando de no hacer ruido con intención de retratarla, y aunque me costó porque no paraba de andar, terminé obteniendo bellas instantáneas del ave. Incluso tuvo fortuna y cogió un pez pequeño del estero a la velocidad del rayo.
Esta clase de garzas son de un carácter solitario, y por ello no se las suele ver en compañía de otras de su misma familia.

Me encantó estar solo observando sus movimientos, sus intenciones, y comprobando que no tenía miedo alguno de mi presencia. Finalmente se alejó de donde yo estaba y cruzó al otro lado entre la maleza.

Por tanto continué mi camino por una playa en la que la garza no fue el único ave que tuve la fortuna de captar. Porque apenas unos minutos después de haber retomado el paseo me fijé que desde lo alto de un árbol, algo observaba todo lo que se movía a su alrededor con mucha atención. Pensé en un principio que era un zopilote, típico carroñero parecido al buitre y que es muy abundante en Costa Rica (en esa playa había decenas de ellos). Pero a medida que me fui posicionando más cerca de donde él estaba, fui dándome cuenta que en absoluto era uno de ellos. Tenía más pinta de rapaz que de carroñero, aunque posteriormente cuando me enteré de lo que era (buscando en libros y en la red), supe que era más bien una mezcla. Es decir, que aunque se alimenta de animales muertos o moribundos, también es posible verlo cazar (en menor medida). Estoy hablando del
Caracara, también conocido es esas tierras como “Carancho”, aunque su nombre científico es “Caracara plancus”.
Perteneciente a la familia de los Halcones (Falcónidos), es un ave rapaz con hábitos carroñeros que se ve en mayor o menor medida en el cono sur del continente americano, aunque no es extraño encontrárselo en Centroamérica. Se caracteriza por tener el espacio entre el pico y los ojos sin pelo alguno con un color un tanto rosáceo.

 

En el momento en que yo tomé imágenes de dicho animal, estaba muy pendiente de sus posibles “presas”. Su pose era más bien altanera, como dando por hecho de que no le iba a faltar alimento ese día. Y no se movió en absoluto de la rama que le sostenía. En más de una ocasión se me quedó mirando muy fijamente, extrañado de mi presencia.

 

Después de recoger algunas instantáneas que me quedaron un tanto oscuras, por la cada vez mayor negrura del cielo, seguí adelante por la última cuarta parte de la playa. Tuve ocasión de ver muy de cerca un zopilote subido a una rama, aunque como comenté anteriormente, allí los había en cantidad. Incluso al final del paseo, en un árbol, podía haber fácilmente más de diez ejemplares tan negros como el carbón esperando alimentarse de algún cadáver.

Mientras tanto, un pequeño ibis buscaba con inquietud crustáceos que se enterraban en la arena para evitar su largo pico curvado. Justo en ese momento apareció Inti, al que le había dado tiempo a descansar un rato. Le mostré las fotografías que había hecho a lo largo del paseo y me estuvo contando muchas cosas interesantes en torno a las aves retratadas.

 

Volvimos lentamente hablando no sólo de animales o de las “malditas llaves” perdidas en un despiste. También nuestra charla se desvió a temas más banales como los meramente futbolísticos. Ambos, aficionados del Real Madrid, disfrutábamos recordando “épicas pasadas” o imaginando un futuro mejor. Yo me puedo tirar horas hablando de fútbol y no cansarme. Otra cosa es que los demás lo aguanten…

 

Un pelícano parecía seguirnos en su veloz vuelo al ras de la orilla de Sámara. Con su enorme pico es capaz de pescar peces de un gran tamaño, y su intención en ese momento era esa. Daba vueltas una y otra vez al mismo sitio y paulatinamente iba descendiendo hasta meterse prácticamente en el mar. Éste, y los demás con los que me encontré a lo largo de las 3 semanas que duró el viaje, no eran de esos en los que el pico parece una bolsa. Éste quizás era más largo, y la capacidad de “almacenamiento” no era en absoluto desdeñable.

 

El atardecer hizo su acto de aparición, aunque pareció esconderse detrás de las rocas, que parecían estar siendo devoradas por el fuego. Un fuego al que no le quedaba mucho tiempo para ser “apagado” literalmente por esa agua que las voraces nubes reservaban para más adelante. Como suelo decir yo, se estaba “montando un jaleo tremendo” allí arriba. Y no quedaba mucho para que comenzara ese espectáculo en forma de Tormenta Tropical.

 

Al menos, después de la caminata, nos dio tiempo a darnos un paréntesis en Shake Joe´s y tomarnos algo mientras la luz natural se despedía fulminantemente hasta la mañana siguiente. El bueno de Joe, algo perjudicado a esas horas, bromeó con nosotros en torno a las “llaves de carro” con su castellano made in Texas. Pero sí dijo algo que yo me temía, que no iban a estar por la mañana sino por la tarde. Él, acostumbrado a los fallos y las rarezas de las encomiendas, estaba completamente seguro de que las llaves del Terios no serían nuestras a primera hora como Inti decía. Las tendréis, si es que las han enviado, a eso de las cinco o las seis de la tarde. Ambos esperábamos que tal pronóstico no se cumpliese porque nos podía chafar ese recorrido por playas que teníamos pensado. Y además yo me preguntaba, ¿qué hacemos si directamente no las recibimos, ni por la mañana ni por la tarde? Era algo que no prefería pensar porque podía machacarnos más de un plan. Pero la posibilidad estaba ahí abierta.

 

Fue salir del Shake Joe´s y entrar al Hotel (puede haber menos de 30 metros entre ambos) y comenzar lo que llevaba gestándose toda la tarde. Una increíblemente severa tormenta tropical hizo acto de aparición y golpeó con una fuerza atronadora. Yo creo que cinco minutos de ese diluvio equivale a uno o dos días lloviendo ininterrumpidamente en Madrid. Subimos al balcón donde a cubierto nos tumbamos en las hamacas para poder ver en vivo el jarreo constante que nos estaban mostrando los nubarrones. Yo aproveché para tomar notas en mi libreta, sobre todo en torno a lo que había visto en la playa. Pero poco duró mis tareas de escritor aficionado porque la electricidad se fue de repente, quedando tanto el hotel como la calle completamente a oscuras. Iluminándome con el móvil me hice con una linterna que guardaba en la mochila y bajé a recepción a preguntar. Uno de los chicos que atendían, ya que Carolina y Mateo se habían marchado a su casa, me dijo que era un apagón controlado de dos horas que llevaba dándose desde hacía lo menos diez días. Este tema ya lo había comentado en otro capítulo. Debido a los fallos en el sistema eléctrico por las penosas infraestructuras y a lo vacío que estaba el Lago Arenal (vital para suministrar energía), las autoridades costarricenses se veían obligados a realizar “apagones generales” (eso sí, por zonas) diariamente. Y a Sámara y alrededores les tocaba siempre a las siete de la tarde. Por lo que hasta las nueve no teníamos más remedio que quedarnos completamente a oscuras.

 

En ese tiempo me duché y me tumbé un rato en la cama a descansar. La lluvia siguió cayendo con la misma fuerza hasta las ocho y media. Por tanto me levanté y me bajé con la linterna a la calle a dar una vuelta. Sin ella, no hubiera visto ni a un palmo delante de mí, ya que tan sólo se vislumbraban lejanas e intermitentes algunas velas que habían puesto en casas y hoteles.

 

Pero fijándome bien, no eran las únicas luces presentes en Sámara. A esas horas las luciérnagas se contaban por millones. Yo en mi vida había visto algunas sueltas, y siempre despertaron mi curiosidad. Pero es que había allí era para grabarlo. Miles y miles de puntos verdes se movían de un lado para el otro. Eran muy visibles debido a la falta de iluminación en la calle. Las luciérnagas, de la familia de los coleópteros (es decir, son escarabajos), tienen el don de la bioluminiscencia, consistente en generar luz por ellas mismas. En la parte inferior del abdomen tienen un órgano especial que hace posible este fenómeno. Lo suelen utilizar las hembras para atraer de los machos, y por su puesto, lo apagan cuando ellas quieren, ya que así evitan posibles peligros.

 

Como aún quedaba tiempo para que se restableciera la luz (artificial) me metí a la playa a dar otro pequeño paseo. Mi intención era llegar al estero de antes, por si tenía la suerte de ver algún cocodrilo. Pero estaba más lejos de lo que yo recordaba y tuve que dar la vuelta pronto para estar en el hotel a las nueve. Escuché numerosos ruiditos provocados por los cangrejos y ermitaños que parecen hacer crujir las piedras. Si me paraba e iluminaba una pequeña porción de suelo con la linterna, podría ver decenas y decenas de cangrejitos escondiéndose en un agujero o en una concha, según los casos. Nunca había visto tantos juntos, al igual que las luciérnagas. En Costa Rica todo es así, a lo grande. No se andan con medianías, y menos las cosas relacionadas con la Naturaleza y el Mundo animal.

 

A las nueve, minutos más, minutos menos, cuando había vuelto la luz llegué al Hotel, en cuya puerta me estaba esperando Inti algo inquieto. No sabía dónde me había metido y estaba algo preocupado. Aunque la preocupación por mi “seguridad” no era la que le inquietaba. Jose, no vamos a encontrar ningún sitio para ir a cenar • dijo en un tono un tanto hosco. Pero si acaban de dar las nueve • le reproché. Verás verás, vamos a buscar algún restaurante… contestó seguro de lo que iba a suceder.  El tema estaba en que en Costa Rica los horarios que hace la gente son un tanto similares a los europeos. Me refiero a que comen a mediodía y cenan como tarde a las siete. Y a las nueve, ya es complicado encontrar lugares en los que poder tomar algo.

 

En España los horarios son mucho más tardíos. Hay gente que come incluso más tarde de las tres y que cena a las diez u once. Los restaurantes de Madrid pueden estar recibiendo clientes para comer a las cuatro o para cenar pasadas las once. Antes de las nueve, no tienen preparadas ni las mesas.

 

Inti quería llevarme a una pizzería que le gustaba especialmente y cuando llegamos, el encargado nos dijo que la cocina había cerrado hacía un rato. Y así en todos y cada uno de los establecimientos en que preguntamos.

Tengo que reconocer que esa costumbre de recogerse pronto y madrugar demasiado no va conmigo. Inti ya se había hecho a esos horarios tan “prematuros” para mí en los casi seis meses que llevaba viviendo en Costa Rica. Aprovechan al máximo las horas de luz, pero la noche la viven muy poco. Ese es el gran fallo en esos países, contando además que anochece como tarde a las seis y media (como en invierno en España)

 

Al final, después de muchos intentos y de vernos con el estómago vacío hasta el día siguiente, logramos encontrar un Restaurante abierto, donde nos tomaron nota por pura casualidad. Su nombre era “El Ancla”, y nos dimos cuenta de que si estaba sirviendo aún cenas era porque había muchos lugareños expectantes con un partido de fútbol. Jugaba Saprissa, el equipo más famoso de allí, aunque fuera de las fronteras de Costa Rica no lo conoce ni el que lo fundó. Y eso era motivo suficiente para atraer la atención de los ticos, muy amantes del fútbol. Son también seguidores de las grandes ligas europeas, sobre todo la española, y la televisión de allí suele televisar los mejores partidos de la jornada. Es raro cuando no pueden ver un encuentro en el que juegue el Real Madrid, el Barcelona o incluso el Atlético de Madrid. Vamos, que ven gratis más fútbol español que nosotros.

 

Después de cenar volvimos al hotel y nos metimos a la habitación rápidamente. Yo tenía un sueño que no me tenía en pie, y al día siguiente madrugaríamos por si tenían a las ocho las llaves de nuestro Terios. Al menos eso esperábamos, porque de lo contrario, la cosa podía chafarse… ¿Qué ocurriría? ¿Saldría todo bien? ¿Dónde iríamos? Mejor os dejo con la intriga para que continuéis leyendo el próximo capítulo donde viví algunas de las experiencias más memorables de todo el viaje.

 

José Miguel Redondo (Sele)
El Rincón de Sele

Schmalleen says:
I wish I knew Spanish better! Looks like you have a lot of info up here-that's great! Well, I enjoyed the pictures though! Any tips on what I absolutely should NOT miss?
Posted on: Jul 10, 2007
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Mapa de situación de Sámara
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Samara Beach
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La Playa de Sámara
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Playa Sámara
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El Zopilote es el carroñero por e…
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Una Garza tricolor en el estero de…
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Garza caminando por la playa
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Garza pescando
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Caracara carancho
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Ibis buscando alimento en la Playa…
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Zopilote en Sámara Beach
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Pelícano volando en la Playa Sám…
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Árbol lleno de zopilotes
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Zopilote común
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Atardecer samareño
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Atardecer en Sámara
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Samara
photo by: Sele