Península de Osa: Viaje al Paraíso

Carate Travel Blog

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Recorrido realizado de Quepos a Carate (Península de Osa)

El 2% de la Diversidad Biológica de todo el Planeta, 5000 especies de plantas, 700 de árboles, 375 de aves (18 endémicas), 124 de mamíferos, 117 de reptiles y anfibios, 8000  de insectos, 28 de ballenas y delfines…son algunos de los datos objetivos que pueden salir a la luz cuando se habla de la Península de Osa, situada al suroeste de Costa Rica y considerada por muchos como la “última frontera salvaje” del país centroamericano.

 

Un lugar con un punto de inaccesibilidad suficientemente atractivo para llamar la atención de los más aventureros y de los amantes de la Naturaleza más pura, más original. Su “gran estrella”, el Parque Nacional  Corcovado, posee hasta 13 ecosistemas diferentes y especies que sólo habitan en ese territorio tropical.

Una garza observa el amanecer subida a un tronco de palmera

 

La Península de Osa es a Costa Rica lo que el Amazonas a Brasil. Una joya que sirve de pulmón a un planeta castigado por la deforestación, la desertización, la contaminación de la atmósfera y de las aguas, y de un acuciante cambio climático que afecta a todo y a todos.

 

Es por todas esas razones, y otras muchas más, que antepusimos Corcovado, y por extensión Osa, a cualquier otro lugar de Costa Rica. Este debía ser un puntal básico del viaje y no cabe duda de que terminó siéndolo. La magia de la naturaleza brilla allí más que en cualquier parte. Y eso se respira a cada paso…

 

Por eso no nos importó ni a Inti ni a mí levantarnos a unas horas tempranísimas en las que el único resquicio de luz venía de los millones de luciérnagas que se revoloteaban resplandecientes en el fulgor de la vegetación.

Nuestro Terios (sin luna trasera) cruzando la carretera embarrada que va de Manuel Antonio a Dominical
En ese momento de la madrugada el vacío de gente y coches se veía compensado por esos sonidos propios de especies casi invisibles al ojo humano que retumbaban constantemente a nuestro alrededor.

 

Pocos minutos pasaban de las cinco de la mañana cuando nos subimos al coche, del que esperábamos que no nos diera más problemas. Comenzó un trayecto largo pero emocionante a esas tierras que tanto le cambiaron la vida a Inti. Con nuestra “arrancada” se puso fin a esos dos días muertos en Quepos, donde no nos salió nada bien. Dos días perdidos en los que personalmente conocí a buena gente como Pedro o Serafín, pero que supusieron un parón a una vorágine espectacular. Acostumbrados a una semana frenética, esas 48 horas “atrapados” involuntariamente, minaron un tanto nuestra moral. Pero esta se reestableció de inmediato porque quedaban aún por pasar cosas muy grandes.

Golfo Dulce nos indicaba que habíamos llegado a la Península de Osa
Corcovado, Tortuguero, Cahuíta y Bocas del Toro, entre otros…casi nada al aparato.

 

Como nuestra intención era visitar Corcovado accediendo desde su entrada situada más al sur (Puerta La Leona) debíamos realizar un recorrido dividido principalmente en cuatro fases:

Quepos-Dominical, Dominical-Chacarita, Chacarita-Puerto Jiménez y Puerto Jiménez-Carate. La primera y la última son las etapas más complicadas debido al penoso estado de la vía. Y se recomienda plenamente llevarlas a cabo en un todoterreno. Los vehículos normales y corrientes pueden no superarlas. Y si lo hacen, posiblemente a un precio demasiado elevado.

El ejemplo más claro lo constituyen los 44 kilómetros que separan Quepos de Dominical, en cuya carretera de grava y profundos charcos el Terios se fue tambaleando de forma constante.

El Golfo Dulce
Este recorrido, dependiendo de si está afectado por las lluvias, se puede tardar en hacer algo menos de dos horas. Si los dos teníamos bastante sueño, la posibilidad de quedarnos dormidos era improbable porque no hubo momento en que no estuviéramos saltando en nuestros asientos o esquivando baches que son trampas dañinas para cualquier vehículo que pase.

 

La luz del alba se fue asomando paulatinamente dando color a extensos palmerales que se prolongan a lo largo y ancho del camino. De fondo las robustas montañas coloreadas de verde inmaculado, atraían nubes densas y esponjosas regalando a nuestros ojos un panorama exótico y de ensueño.
Las
garzas, apoyadas sobre los troncos quebrados, observaban inmóviles un amanecer que dibujaba paisajes infinitos, en los cuales la vida no se detiene jamás.

Golfo Dulce

Los campesinos, cargando pacientemente sus aperos de labranza, nos miraban a ambos lados de la convulsa carretera. Para ellos comenzaba un día duro en el campo, regado de sudor, de esperanza, de melancolía.

 

De Quepos a Dominical no hay demasiados atractivos, exceptuando el tramo final en que se encuentra la Playa Matapalo o la Hacienda Barú, una reserva natural bastante interesante que acoge distintos entornos como el típicamente costero, el manglar o el bosque húmedo entre otros. Este lugar es un Refugio Nacional de Vida Silvestre propiedad de dos conservacionistas extranjeros que lo habitan y protegen.

Golfo Dulce
Se organizan numerosas excursiones y actividades, por lo que si se va con tiempo no está de más darse una vuelta por allí.

 

Y un par de kilómetros después de Barú, por fin sobrepasamos Dominical, una de las mejores playas de la Costa Pacífico, que atrae a los surfistas más atrevidos. Pero para nosotros lo importante no era eso. Nuestra alegría se basaba en que finalizaba la cansina y deteriorada carretera que venía de Quepos. Desde allí a Palmar Norte fue sin duda mucho más tranquila, aunque ni punto de comparación cuando logramos acceder durante varios kilómetros por la Interamericana hasta Chacarita, donde uno se desvía para internarse a la Península de Osa.

 

En esta población que sirve de puerta al Parque Nacional Piedras Blancas fue donde decidimos pararnos a desayunar.

La Península de Osa es el único lugar de Costa Rica en el que quedan Guacamayos Escarlata.
Yo me comí un bocadillo del que ni me molesté en indagar demasiado en su interior, por muy sospechoso que me pareciera. De beber, una coca cola de la cual esperaba absorber suficiente cafeína para espabilarme de la modorra que no se había marchado aún. Y de fondo, una canción de nuestro compatriota David Bisbal, del que los costarricenses esperaban con fervor su primer concierto en San José. Todo un boom mediático que se dejaba ver a todas horas en radio, prensa y televisión.

Ya más “despiertos” proseguimos con nuestro camino, desviándonos de la Interamericana para coger la carretera a Puerto Jiménez que durante muchos kilómetros va rodeando Golfo Dulce, considerado como uno de los cuatro fiordos tropicales del mundo, el cual posee una diversidad de vida marina muy destacable.

 

El sensacional paisaje del Golfo provocó que nos detuviéramos en más de una ocasión para tomar fotos de sus aguas, tranquilas a la vez que cristalinas.

El camino de Puerto Viejo a Carate son dos horas bastante tortuosas en las que poco a poco se va penetrando en la selva más cercana al Parque Nacional Corcovado
Una frondosa arboleda en la que conviven múltiples especies animales se precipita hasta la orilla en la que los hoteles o construcciones privadas son todavía escasos. Razones que explican la pureza de sus aguas. Cruzo los dedos para que la cosa continúe igual, aunque mis dudas respecto a lo contrario me hacen ser un tanto pesimista. En las aguas de Golfo Dulce se adentran las ballenas jorobadas, los tiernos delfines, las veloces mantas y muchos más representantes de la fauna marina presente en el Pacífico. Durante la estación seca es muy posible poder observar a los cetáceos, por lo que con tiempo una buena excursión no deja de ser interesante. Quizás el lugar donde más oferta haya para realizar este tipo de actividades sea Puerto Jiménez, la población con más habitantes en la Península de Osa, por la que pasan todos los viajeros que necesitan ir a Carate (a 3 km de La Leona), donde se distribuye una serie de alojamientos próximos a Corcovado.

En Puerto Jiménez, vive Bolívar, la persona que fue guía de Inti la primera vez que estuvo en Costa Rica, y a quien había visto tan sólo una vez desde entonces.
Playa Carate
Ambos, después de conocerse, prometieron montar juntos algún día un negocio en Osa. Y a esas alturas en que nos encontrábamos estaban reconduciendo sus sueños para hacerse con un terreno y construir un pequeño hotel con sus propias manos. La intención era crear algo humilde, huyendo de la pomposidad de los hoteles de lujo, para gente con ganas de conocer la riqueza natural del tesoro que conforma la pequeña Península. Bolívar conoce Corcovado y alrededores como la palma de su mano. E Inti cuenta con el afán, ilusión y la visión necesaria para lograr rentabilizar un sueño que está por encima del dinero. Ambos buscan lo que muchos quisiéramos. Ser jefes de sí mismos haciendo algo que les gusta. Parece sencillo escribirlo pero todos sabéis que es muy complicado tirarse a la piscina en busca de objetivos que realmente valen la pena. Él ya dio el paso de marcharse a vivir a Costa Rica. Por mi parte pienso que no he hecho aún lo suficiente para alcanzar mis propios sueños. No sé si por comodidad, por miedo o por no tener aún las ideas claras.
En Playa Carate

 

Una vez llegamos a Puerto Jiménez detuvimos el coche para que Inti llamara desde una cabina a su ídolo Bolívar del que había oído hablar tantas veces que parecía de la familia. Estaba en su casa pasando su día libre y nos encontraríamos con él un cuarto de hora más tarde en el Restaurante Carolina, posiblemente el lugar más concurrido de la ciudad. Yo me pedí un batido de alguna fruta tropical para no variar, y es que no me cansaba en absoluto de esos jugos tan deliciosos que tanto echaría de menos en mi vuelta a la rutina. Porque yo en menos de dos semanas volvería de nuevo a mi triste silla de oficina y esa aventura por rincones remotos rodeados de Naturaleza estaría tan sólo en mi mente y en los centenares de fotografías guardadas en mi ordenador. Inti tenía más suerte porque le quedaba Costa Rica para rato.

Guacamayo alimentándose (carretera de Puerto Viejo a Carate)
Suele decir muy orgulloso que pasará los próximos setenta años de su vida allí. Espero que así sea, aunque lo de ser centenario a esas alturas lo veo complicado.

 

Bolívar apareció sonriente y los dos amigos se fundieron en un gran abrazo. Se sentaron a la mesa y allí estuvimos comentando largo rato las historietas vividas años antes en Corcovado cuando se encontraron nada más y nada menos con un Tapir, un mamífero de más de 300 kilos bastante primitivo que tiene una pequeña trompa y que pertenece a la Orden de los Perisodáctilos, la misma que engloba a los caballos y a los rinocerontes. Lo vieron a lo lejos, y se tumbaron en el suelo para que no se percatara de su presencia. A pesar de su tamaño es muy difícil toparse con ellos, ya que son un tanto escurridizos.  
En esa ocasión Bolívar, Inti y varios amigos suyos hicieron el mismo recorrido que teníamos planificado realizar al día siguiente.

Guacamayo Escarlata, también conocido como Lapa Roja (Camino de Puerto Viejo a Carate)
Es decir, entrando desde La Leona y adentrándose por Corcovado en un camino que zigzaguea entre playa y bosque.

Teníamos esperanzas de que Bolívar fuera nuestro guía a lo largo del periplo por el precioso Parque Nacional. Quién mejor que él para hacerlo. Pero no tuvimos esa suerte porque debía  trabajar al día siguiente e iba a estar ocupado hasta prácticamente el anochecer. Así que seríamos nosotros dos solos los que penetráramos en la maraña de la selva húmeda donde habitan más plantas y animales que en ningún otro sitio de Costa Rica. Nos dio las recomendaciones básicas para toda marcha por un bosque similar, consistente en no separarse de los senderos y tener mucho cuidado con saber dónde se pisa y agarra uno. Nunca se sabe cuándo puede aparecer una Serpiente Terciopelo, posiblemente una de las más venenosas del país y con un alto nivel de presencia en Corcovado.

Después se trató el tema del “futuro negocio” en el que los dos se tenían que poner las pilas.

En ese momento apenas tenían unas pocas ideas claras en la cabeza que debían ir dando forma. Aunque faltaba lo principal, que desgraciadamente no es la ilusión, sino “la plata” que financie la compra del terreno y los gastos normales que acarrea levantar un lodge o un hotel. Tenían trabajo para rato y debían ponerse pronto a ello si es que no querían que los costes se inflaran demasiado. Costa Rica está a la venta, en todas partes hay carteles de “Real Estate” pero eso algún día se tendrá que acabar. Según la gente que conoce ese mundillo, hablaba de que estaría casi todo vendido en menos de dos años. Se verá si el tiempo les dará la razón.

 

Bolívar nos llevó a su casa donde quiso que conociéramos a su mujer y a sus hijas, quienes me preguntaron por algunos de esos viajes por tierras lejanas. Para mí es un placer relatar historias e hitos que conforman mi corta experiencia.

Mapa que refleja la situación del Luna Lodge. Posiblemente uno de los mejores hoteles de la Península de Osa.
Y mejor es aún cuando los que te escuchan disfrutan de tu compañía.

Una característica muy loable de los ticos es hacer que sientas su casa como “tu casa”. Les encanta compartir una buena conversación, y si es con café, mejor que mejor.

 

Nos despedimos de Bolívar y familia para continuar con la última fase de nuestro trayecto, quizás la más movidita. El camino de Puerto Jiménez a Carate es posiblemente uno de los más sufridos para llevarlo a cabo. Prácticamente son dos horas de vaivén. Si alguien se anima a hacerlo debería preguntar por el estado de la vía, ya que si uno se adentra en plena época de lluvias, puede correr el riesgo de no poder circular. Hay que atravesar un par de ríos, los cuales puede alcanzar un caudal imposible para que un vehículo pase.

Vista desde el Luna Lodge, el mejor hotel de todo el viaje.
Siempre queda la opción de tomar una avioneta desde Puerto Jiménez, aunque desconozco cuáles son las compañías que hacen este recorrido. Posiblemente Nature Air sea una de ellas.

 

Antes de partir nos pasamos por el supermercado para hacernos con varias botellas de agua. No viene nada mal hacer esta compra antes porque en los hoteles los precios se inflan de tal manera que hay que hacer un presupuesto aparte con las bebidas. Si la gente está dispuesta a realizar marchas de más de un día al Parque, ir surtido del agua suficiente se hace realmente imprescindible. No son pocos los casos de deshidratación por parte de turistas un tanto confiados.

 

La “carretera” de Puerto Jiménez a Carate mide 45 kilómetros aproximados, aunque se hacen igual de largos que si fueran 200.

Luna Lodge es un ejemplo de integración en la Naturaleza
De vez en cuando es posible cruzarse con algún osado camión que hace reparto de víveres a los pocos hoteles y lodges de la zona que están prácticamente incomunicados. Aislamiento que explica el elevado coste del alojamiento para un turista cualquiera.

Cada kilómetro que íbamos superando parecía un triunfo porque con tanto barro y tanto agujero era un milagro que el coche no se quedara estancado. A pesar de las repetitivas vibraciones, el camino no se me hizo ni mucho menos cansado, porque era impresionante comprobar cómo íbamos internándonos hacia un lugar especial, más salvaje, más inaccesible, más exótico. Se advertía gracias a  las escasísimas casas particulares o pequeños hoteles que aparecían salteados a un lado u otro de la vía. Aunque lo que más me hacía notar que nos encontrábamos en un lugar diferente, rodeado de naturaleza pura, tenía que ver con una especie animal que de toda Costa Rica prácticamente un 95% se encuentra en la Península de Osa.

Luna Lodge mezcla la sencillez con el buen gusto en medio de la selva
Exactamente con un ave que simboliza el continente americano unido a un factor eminentemente tropical: El Guacamayo Escarlata, más conocido en Costa Rica como “Lapa Roja”. Y es que fueron muchos los que vimos durante nuestra presencia en Osa. No tuvimos que avanzar demasiado en el trayecto Puerto Jiménez-Carate para poder observar este gran ave pintado de rojo, azul e incluso amarillo. Esta especie perteneciente al grupo de los psitácidos (que engloba loros, pericos, etc…) debido a su utilización para fines comerciales y circenses, ha visto disminuido gravemente su número hasta entrar a la fatídica lista de los “Animales en peligro de extinción”. En Costa Rica ha quedado relegado tan sólo a la Península de Osa y al delta del Río Tárcoles, del que ya hablamos en otra ocasión respecto a su población de cocodrilos.

 

Es realmente emocionante observar cómo su vuelo dibuja un contorno rojo en pleno cielo.

Un Basilisco observa el horizonte apoyado en una rama (Luna Lodge, Carate)
A los guacamayos les gusta mostrarse, pero sobre todo se hacen escuchar mediante su graznido característico que rasga el viento y el silencio. Nosotros nos detuvimos en más de una ocasión para tomarles fotografías. Es bastante usual encontrárselos en parejas, entre las cuales guardan una fidelidad “eterna” como ocurre en otras aves tropicales (Tucanes, por ejemplo).
Se alimentan principalmente de frutas y semillas, por lo que si no están volando, lo más probable será verlos en los árboles más altos.

 

Repito, en Osa hay una colonia importantísima y a todo el viajero que allí se dirija le garantizo que los podrá observar en no pocas ocasiones.

Comiendo en el Luna Lodge
Motivo suficiente para conocer este lugar, que conserva especies desaparecidas en otras muchas regiones en las que antes habitaban. El del Guacamayo no es el único caso, no cabe duda. Los numerosos ecosistemas allí presentes y el “aislamiento” que siempre ha tenido (y que espero que dure eternamente) explican ese interesante porcentaje de Biodiversidad que mencionaba al principio del presente capítulo.

 

Nuestro afán fotógrafo nos hizo detenernos más de la cuenta, y por ello retrasar nuestra llegada al alojamiento que teníamos concertado: Luna Lodge, posiblemente el mejor hotel existente en los aledaños a Corcovado (yendo por Drake o por Puerto Jiménez). Al menos eso me aseguraba Inti totalmente convencido.

Las vistas irrepetibles desde Luna Lodge

 

El camino se fue haciendo más abrupto, con más subidas y bajadas, e incluso teniendo que superar charcos que mojaban incluso las puertas. Dos riachuelos que vierten sus cristalinas aguas al Pacífico son posiblemente los obstáculos más molestos que se encuentra todo aquel que quiera llegar a Carate, sobre todo estando inmersos en plena época lluviosa. En uno de ellos, hace muchos años Bolívar tuvo que rescatar a un compañero suyo después de que la corriente le arrastrara tanto a él como a su caballo. Así que si esto sucedió, imaginad qué difícil debe ser completar el recorrido. Nosotros afortunadamente no los encontramos demasiado caudalosos y el Terios, que es posiblemente el Todoterreno más flojo y de menos nivel de los que se pueden alquilar, los superó sin ningún problema.


Ya con gran parte del recorrido hecho me sentí partícipe de una de esas películas de aventuras en los que los protagonistas acceden a las poblaciones más remotas tras atravesar kilómetros y kilómetros de jungla.

Los tucanes son monógamos. Durante su vida tan sólo tienen una pareja
Además de las pintorescas lapas rojas, también nos cruzamos con algunos azores que nos observaban concienzudamente desde sus ramas. El paraíso tropical se fue enriqueciendo a cada metro…hasta que llegamos a Playa Carate, muy próxima a nuestro objetivo. Este lugar es sin duda uno de los más especiales para Inti. La primera vez que estuvo en Costa Rica fue testigo de cómo el mágico atardecer teñía las aguas del mar y las palmeras que decoran primorosamente un paisaje que ha sobrevivido al hombre. Posiblemente esos minutos fueron el detonante que activaría su deseo y convencimiento de que Costa Rica sería algún día su casa. El tiempo parece haberle dado la razón.

 

Dejamos el coche a un lado de la vía y caminamos unos metros entre palmerales para tocar la arena de la mítica Playa Carate.

Una pareja de tucanes
Puedo afirmar con total seguridad que no había nadie más a muchos kilómetros. Nuestra única compañía la conformaban las bravas olas del Pacífico y los guacamayos que pasaban a gran altura por encima de nuestras cabezas. Hacía calor, y el viento provocaba el contoneo de las palmeras que parecían títeres de un ser invisible. ¡Qué sensación de lejanía! Más de 8000 kilómetros separado de mi casa… Yo en una playa desierta aún más espectacular que la de Buena Vista o incluso la de Carrillo(ambas en el Pacífico Norte). Un lugar diferente, especial… Y a las puertas del inmenso y solitario Parque Nacional Corcovado.


Volvimos al coche para realizar el último y corto tramo de tres o cuatro kilómetros que nos separaba del Luna Lodge. En apenas un par de minutos arribamos al pequeñísimo pueblo de Carate, en el que un ridículo aeródromo nos indicó que ya estábamos muy próximos a nuestro objetivo.

El paisaje desde la habitación del Luna Lodge es realmente fabuloso
Una pista al ras de la playa y una tienda de campaña eran las “magníficas” instalaciones de un Mini-Aeropuerto donde llegan aviones procedentes de Puerto Jiménez, que trasladan a turistas sin ganas de sufrir los angustiosos baches de la carretera embarrada. Tengo que reconocer que no me creí en absoluto que en verdad sí que era un aeropuerto. Pero estaba equivocado.

 

Nos separamos del litoral desde donde al día siguiente deberíamos caminar para acceder a Corcovado por “La Leona” y nos internamos por una vía un tanto abrupta que serpenteaba por la montaña, donde algunas señales de nuestro hotel nos daban ánimos indicando que ya quedaba menos para llegar. Dejamos atrás una pequeña pulpería según la cual Lonely Planet dice que se ofrecen habitaciones y posibilidad de alojamiento a precios realmente asequibles y baratos respecto a los hoteles existentes en la zona (El propio Luna  Lodge, Terrapin Lodge, Lookout Inn, etc…).

El Gavilán fue una de las Aves que más veces encontramos en el entorno de Corcovado
Ideal para mochileros y viajeros de bajo presupuesto que quieran hacer una marcha por Corcovado.

 

Seguimos avanzando por el frondoso paraje y atravesamos un río donde trabajan desde antiguo los “oreros”, es decir, buscadores de oro. Al parecer la zona es muy rica en pepitas, y esta gente continuadora de una tradición muy americana del Siglo XIX (Recordemos las famosa “Fiebre del Oro”), sale pacientemente con sus bateas para conseguir la máxima cantidad posible del metal más preciado.

 

Ascendimos por la colina para cumplimentar el último kilómetro. La vía se estrecha al máximo aunque ya queda visible el hotel.

Fotografía ampliada del Gavilán
No queda nada…un minuto.

 

Y en el lugar más oculto y más inmerso en la Naturaleza en que jamás había estado, se erigían las instalaciones hechas de madera del inigualable Luna Lodge, un sueño hecho realidad. Aparcamos nuestro coche, descendimos y rápidamente salieron a recibirnos.

 

Apareció un chico que venía del Bar/Restaurante con dos grandes vasos de agua con hielo que agradecieron sinceramente nuestras secas gargantas. A partir de ese momento éramos los huéspedes del que, como he dicho antes, es posiblemente el mejor hotel de Corcovado.

La niebla se agarra a lo más profundo de la selva
De lo que no me queda ninguna duda es que me encontraba en uno de los alojamientos más fascinantes de mi vida. Y no lo digo por los lujos o por las cabañas allí construidas sino por el entorno natural en el que está inmerso. En medio de una montaña totalmente arbolada y con vistas de fondo a las aguas del Océano Pacífico donde de vez en cuando es posible que asome una ballena. Un telón simplemente inimitable. Tanto, que ha sido premiado por numerosas revistas de turismo e incluso naturaleza. Excelente reportaje el de National Geographic donde ensalza al Luna Lodge como el mejor ejemplo de integración hotelera en un entorno natural. Y es que sirve totalmente como paradigma de esos conceptos que comentamos en otros capítulos: El Turismo ecológico y el Desarrollo sostenible.

 

Esos días no iba a estar Lana Wedmore, la propietaria de Luna Lodge que supo reflejar sus sueños en las realidades más palpables. Esta estadounidense se había cansado de su trabajo en oficinas y en uno de sus viajes a Costa Rica se dio cuenta de que allí estaba su vida. Quedó tan fascinada de la Naturaleza de la Península de Osa que tuvo claro que su destino acababa de pasar delante suyo. Y no lo desaprovechó en absoluto. Hoy en día tiene uno de los hoteles de mayor prestigio habiéndose logrado integrar a la perfección en el paisaje.

 

Las instalaciones no desentonan en absoluto con el lugar en que están erigidas. A grandes rasgos, Luna Lodge está compuesto de aproximadamente 11 bungalows de madera y tejado de paja, del bar/restaurante y de una enorme plataforma en lo alto donde se dan clases de yoga. Obviamente los jardines y arboledas que bañan todo esto son los que camuflan estas construcciones en medio de la verdísima montaña. También tiene una pequeña piscina, un huerto de donde sacan todos los vegetales utilizados en su menú de comidas y cenas e incluso una enorme tienda de campaña que también sirve de “habitación”. No tan glamouroso como las cabañas, pero siempre a un precio más asequible.

 

Nuestro bungalow era el número tres, y para llegar a él caminamos por el estrecho sendero empedrado. Con nuestras mochilas al hombro y un tanto descuidados por los días que llevábamos de viaje, deseábamos dejar las cosas en nuestra habitación. En cuanto tuvimos nuestra cabañita de frente, me quedé realmente impresionado. Era una mezcla de refugio indígena y de bungalow de lujo de esos que salen en las películas. Y por dentro, dos enormes camas con dosel (para evitar estragos de los insectos) y un baño gigantesco. Aunque lo que más me gustó fue la terracita en las que dos mecedoras dirigían sus movimientos hacia el paisaje verdísimo de Corcovado. Aunque para entender de verdad la espectacularidad de lo que estoy describiendo, hay que estar allí. O al menos ver las fotografías. Por mucho que lo intente me es imposible hacer una descripción somera y detallada de este lugar. Son mucho mejores las imágenes…

Lo único que no me entusiasmaba de nuestro bungalow era que no estaba totalmente cerrado por arriba. El tejadillo dejaba varios centímetros al aire libre en todos sus bordes, por lo que no quedábamos cubiertos al 100%. Esa es la razón por la que en las camas hay un dosel que si se coloca bien no entra ni el insecto más minúsculo. Yo con lo poco que me gustan los bichos, me cerraría de noche concienzudamente. Que en Corcovado hay insectos que muchos no nos imaginaríamos ni que existen.

 

Antes de comer nos dimos una buena ducha que nos mantuviera frescos, ya que hacía un calor algo pegajoso. Las nubes cubrían el cielo enteramente y se presagiaba la cotidiana tormenta tropical. La niebla no terminó de abandonar la espesa vegetación del monte que se veía desde cualquier rincón del Luna Lodge. La misma en la que podría estar cazando el veloz jaguar o el astuto puma. Corcovado como ya he mencionado en más de una ocasión da cobijo a más animales que en ningún otro sitio de Costa Rica, y posiblemente de América Central.

 

Bajamos al restaurante a comer. En el camino un Basilisco permanecía petrificado encima de una rama mirando hacia el lejano horizonte. Las crestas de cabeza y cuerpo sobresalían más que en cualquier otro que hubiera visto antes. Afortunadamente su quietud me permitió retratarle tranquilamente y con la cercanía suficiente para conseguir una buena imagen. Aunque nunca viene mal un buen zoom. Para todos aquellos que busquen hacer un “safari” fotográfico, les recomiendo que lleven cámaras con más aumentos de los que las digitales llevan por defecto (x3). De esa forma, con paciencia y buen tino, obtendréis fotos de revista.

 

En el restaurante del hotel la atención es realmente perfecta. Los camareros tratan a la clientela con una educación simplemente exquisita. A mí me daban incluso algo de vergüenza ser fruto de esos modales victorianos que suelen recibir las personalidades más distinguidas. Yo soy más campechano y no estoy hecho para protocolos. Creo que pertenecen a esferas más elevadas (económicamente hablando) y por ello a mí me va el trato más cercano, más de amigos.

 

La comida estuvo a la altura de la elegancia y amabilidad propia del Hotel. Hecha con los productos obtenidos del huerto, el “almuerzo ecológico” fue un placer para nuestros paladares que durante los últimos días no habían recibido más que fast food. La cantidad no era excesiva pero sí lo suficiente para saciar un hambre que arrastrábamos desde el tempranero desayuno en un bar de mala muerte de Chacarita. Pero lo mejor de la comida no fue el delicioso alimento precisamente. Lo extraordinario venía de esas vistas asombrosas que se alcanzan desde las mesas de madera matemáticamente dispuestas. Desde el corazón del monte en que nos encontrábamos se erigía una panorámica excepcional y maravillosa que mostraba un precioso valle desembocando en el azulado Océano. En el propio restaurante disponen de un catalejo realmente potente desde el que se puede observar de forma minuciosa todo lo que hay alrededor. Incluso se advierte el oleaje de un mar más lejano de lo que parece. Es ideal para hacer seguimiento de aves y otros animales como monos o perezosos que allí son abundantísimos.

 

Charlamos unos minutos con la madre de Lana, que ayuda a su hija en la gestión del hotel. Estaba realmente orgullosa de su hija y de lo que había logrado levantar en un país al que ya consideraba su propia casa. Durante los dos días que estuvimos en Corcovado, Lana se encontraba en San José, donde tenía prevista una entrevista con el Ministro de Medio Ambiente. Y es que no se conforma con hacer prosperar un negocio de por sí rentable sino que es una de las luchadoras más sobresalientes por la conservación de la Península de Osa. Encabeza y promueve interesantísimos proyectos que buscan preservar el privilegiado hábitat existente en esta tierra del suroeste costarricense. Entre ellos destaca el “Proyecto de Monitorización de el Águila Arpía”, una especie que se daba por extinta en Osa, pero de la que se han avistado últimamente nuevos ejemplares (Lana fue una afortunada que la tuvo a poca distancia en el propio Luna Lodge). Esta es una de las aves depredadoras más grandes de América. Su envergadura puede superar los dos metros y su presas favoritas son los perezosos y los monos, por lo que como veis, no se conforman con animales pequeños. El abundante plumaje de su cabeza además de su gran tamaño son características que la hacen inconfundible incluso para los menos entendidos. Pero la posibilidad de encontrarse en Costa Rica con tan sólo un ejemplar es aún más remota que la de hacer lo propio con un jaguar. Se desconoce su número, pero según lo que nos contó uno de los responsables del Parque Nacional Corcovado (capítulo siguiente), es probable que haya cinco o seis.

 

Pero éste no es el único proyecto en que colabora Lana Wedmore. Son muchos los trabajos y colaboraciones que está llevando a cabo para devolver al menos una minúscula parte de lo que el ser humano ha arrebatado a un Paraíso como la Península de Osa.

 

Y si hablamos de Luna Lodge como negocio, su labor es intachable. Las revistas y guías más prestigiosas consideran éste como uno de los Hoteles de mayor encanto que se pueden encontrar en el mundo. National Geographic, Travel & Leisure Magazine, Condé Nast Traveller, Fodor´s, Lonely Planet y un largo etcétera de publicaciones coinciden en alabar las maravillas de este lugar.

 

Inti y yo pasamos la tarde muy tranquilamente, dedicándonos a descansar, pasear y contemplar embobados uno de los paisajes más sorprendentes y prodigiosos que aún quedan intactos en este Mundo cada vez más ajado. Que si en la altísima plataforma de yoga del hotel, que si en las mecedoras de la terraza, que si en una de las cómodas hamacas… Estuviéramos donde estuviéramos era imposible no dejarse llevar por el asombro más absoluto, la emoción más sincera.


Halcones, gavilanes, guacamayos y una familia de simpáticos tucanes eran parte del decorado viviente que sobrevolaba un cielo plomizo que arrancó de raíz el silencio con una tormenta de algo más de dos horas. Las justas para hacer desaparecer la luz de un día que se acababa temprano como de costumbre. A las seis y media ya era totalmente de noche, y a las siete nos esperaban para cenar. Hábitos un tanto anglosajones a los que debía acostumbrarme. Inti, con varios meses en Costa Rica a sus espaldas, lo había conseguido.

 

Cuando cesó la lluvia las ranitas, los insectos y las aves nocturnas se hicieron sentir como suelen. La selva es totalmente suya y es esa la hora en la que numerosos animales llevan a cabo su supervivencia alimentándose, copulando o simplemente huyendo para no convertirse en las suculentas cenas de sus enemigos.

 

Destacaban los enormes murciélagos, los cuales son víctimas de la superchería popular occidental que los cataloga como animales oscuros y malignos propios de cuentos fantasmagóricos. A mí sinceramente me encantan, siempre me parecieron preciosos. Y no lo digo por ese “macabrismo” del que siempre se me ha tachado.

Además, conviene saber que los murciélagos son responsables de un altísimo porcentaje de polinización, en ocasiones superior al de las aves. Es por ello que su importancia se hace vital en el crecimiento del medio ambiente que habitan.

 

Cenamos con los dos únicos clientes que estaban alojados en el hotel. Una pareja de norteamericanos que venían de la ciudad californiana de Pasadena habían escogido Corcovado y el Luna Lodge para pasar unos días. La chica había leído las buenísimas referencias que National Geographic otorga al hotel, y logró convencer a su novio para tomarse unas merecidas vacaciones. Buena elección, digo yo. Pero apenas quedaban unas horas a su sueño porque la realidad les esperaba al día siguiente tras tomar un par de aviones que les devolvieran a casa.

 

Compartimos una cena realmente deliciosa que incluso llegó a superar las bondades del almuerzo. Recuerdo que el plato principal fue berenjena rellena y que no dejé absolutamente nada en el plato.

Nos dimos un buen susto cuando un murciélago de buen tamaño pasó a pocos centímetros por encima de nuestras cabezas. Y que queríamos, estábamos en la selva. Otra curiosidad fue un insecto posado en la pared cuyo cuerpo era radicalmente exacto al de una hoja. Si no le ves moverse es imposible darse cuenta de lo que es en realidad.

 

Nuestro plan para la jornada siguiente era hacer una marcha de varios kilómetros por el interior del Parque Nacional Corcovado. Iba a ser bastante duro y cansado por lo que decidimos retirarnos pronto a la cabaña para dormir lo suficiente para estar al 100% de fuerzas. En nuestro trayecto a la cabaña nos encontramos con un gran número de sapos, aunque fue una tarántula pequeña a un metro escaso de la puerta la que me puso un poco nervioso. Ya dentro, tomé medidas de precaución para evitar "posibles sorpresas". Lo primero que hice fue rociarme bien de Relec, tanto a mí como a mi alrededor.  

El dosel anti-insectos lo cerré de tal manera que hice que fuera imposible que nada se colara mientras durmiera. El temor a las peludas arañas me hizo estar bastante tiempo con tensión. Pero poco a poco me fui relajando y dejándome llevar por el Dios Morfeo. Lo que no tenía seguro es de si cuando me despertara me tenía que levantar a trabajar o seguiría tan felizmente en Costa Rica. Y es que me encontraba más cerca del sueño que de la realidad.

 

José Miguel Redondo
El Rincón de Sele

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Carate
photo by: Sele