Naturaleza salvaje en Corcovado
Para los amantes de la Naturaleza más pura, más inaccesible, más variada. Para los aventureros que quieren adentrarse en un lugar salvaje para recorrer un bosque donde la fauna y la flora brillan más que en ningún otro sitio. Para los que se consideran viajeros y no meros turistas. Para quienes quieran aprender en primera persona lo que es la vida animal, que no es precisamente la que nos muestran en los zoológicos. Para aquellos que deseen alejarse del mundanal ruido y sentir la pureza del aire que respiran. Para los que necesiten darse cuenta de que hace falta un compromiso a nivel mundial que evite la contaminación y la destrucción de los recursos naturales. Para los que busquen observar cómo era todo hace millones de años. Para todo aquel que quiera sentirse vivo… Corcovado es su destino.
Por esas razones y por muchas más llevaba tanto tiempo deseando acceder a los adentros del inmenso Parque Nacional.
Son algo más de 42000 hectáreas con las que cuenta el que es considerado como “último gran reducto de bosque tropical húmedo de la vertiente pacífica de América Central” (Guía de Costa Rica de Lonely Planet). Posiblemente el PN Corcovado sea la reserva natural más importante del país, y posiblemente de toda Centroamérica. Una publicación del prestigio de National Geographic se aventuró a catalogarlo con una frase que resume a la perfección el significado de este rincón privilegiado de la Península de Osa: “el lugar más intenso del mundo, biológicamente hablando”.
Los datos que adelantaba en el capítulo anterior son realmente reveladores: 8 tipos distintos de hábitat (bosque de montaña, bosque de pradera, manglar, bosque de pantano, etc…), 500 especies de árboles, cerca de 400 de aves, 140 de mamíferos, más de 100 de anfibios y reptiles y un sinfín de cifras difícilmente comparables en la inmensa mayoría de regiones del Planeta.
Se sabe que Corcovado cuenta con las poblaciones más amplias de mamíferos que tienen el dudoso honor de estar en peligro de extinción, o como mínimo gravemente amenazados. Es por ello que se le considera la casa del jaguar, del puma, del ocelote, del tapir, del oso hormiguero gigante o del pecarí. Y en lo que a aves se refiere, posiblemente conserve una de las mayores colonias de Lapas rojas (Guacamayos escarlata) de toda América Central. Incluso se ha detectado la revitalización de la enorme Águila Arpía, de la cual hablamos también en el capítulo anterior.
Normal que tanto Inti, que ya había estado un par de veces allí, como yo, aún con poca experiencia en lugares así, estuviésemos ansiosos de comenzar una marcha de varias horas por el Parque.
Lástima que no diéramos el paso de arriesgarnos a completar alguno de sus largos senderos. Corcovado es ideal para aquellos que quieran realizar recorridos de más de un día de duración. La ruta más usual es la que llega hasta el Río Sirena, posiblemente uno de los corazones del Parque. Pero nosotros no nos decidimos y finalmente hicimos ida y vuelta en el mismo día accediendo por la Puerta “La Leona”. Nos propusimos aguantar hasta que hubiera luz y ánimo suficiente para caminar. Posiblemente suficiente para contemplar la majestuosidad de esta selva tropical única.Para mí la noche había sido algo movida porque me costó bastante conciliar el sueño. Estando al aire libre (al menos parcialmente) estuve bastante atento a los sonidos que se escuchaban tanto en la cabaña como en los alrededores. Por momentos me pareció percibir a algunos “invitados” que desconozco lo que eran en realidad.
En cuanto aparecieron las primeras luces del alba pude distinguir en la lejanía los aullidos de los monos congo, que se habían puesto de acuerdo para hacerse notar todos al mismo tiempo. Fácilmente podían encontrarse a más de un kilómetro de nuestra cabaña del Luna Lodge, pero su ya de por sí destacable capacidad de emitir sonidos potentes, uniéndolo al eco que había en el monte, me permitió escuchar a la perfección las actividades comunicativas de los que son los primates más grandes del continente americano.
Que manera más formidable de despertarse, ¿verdad?Tomamos un opíparo desayuno en el Restaurante del Hotel y justo después preparamos convenientemente la mochila para todo el día. Sin contar las cámaras de fotos, que ya parecían estar unidas biológicamente a nosotros, llevamos cuatro litros de agua, comida tipo pic-nic que nos dio la gente de Luna Lodge, poncho-chubasquero, Relec, unos pequeños prismáticos y papel higiénico…
El agua más vale que sobre que falte porque hay que evitar las peligrosas deshidrataciones. Por tanto, aunque pesen, se debe hacer el esfuerzo. Y con la comida lo mismo. Sólo hay que pensar en que si uno se pierde ahí dentro, lo puede pasar mal si no va preparado.
El poncho-chubasquero es importante si no se quiere acabar empapado por una de las muchas tormentas que llegan sin avisar o si simplemente se desea mantener con vida cualquiera de los aparatos electrónicos que porte (sea móvil, cámara o ambos).Tanto el Relec como cualquier anti-insectos son una opción básica para protegerse de las molestas picaduras tan cotidianas en un entorno tropical. La protección es la mejor prevención.
Los prismáticos pueden ser de utilidad si se quiere observar lo más nítidamente posible a los animales. No a todos les gusta precisamente pasar tan cerca para que se les pueda ver.
Respecto al otro elemento, el papel higiénico…nunca se sabe cuándo se va a necesitar, por tanto no está de más guardárselo en la mochila.
A la entrada al Parque Nacional por La Leona no se puede llegar en coche.
Se debe hacer caminando un trayecto que no llega a los 3 kilómetros por Playa Madrigal (contigua a la de Carate). Lo más recomendable, si se dispone de vehículo, es llevárselo hasta el mismo Carate y dejarlo aparcado en La Pulpería próxima al original Aeródromo. Eso fue exactamente lo que hicimos nosotros, a pesar de que nuestro Terios tenía un plasticucho por luna trasera. Pero ya de perdidos al río…Ahora que estoy escribiendo me ha venido a la mente un recordatorio bastante importante. ¡Hay que llevar dinero! Me explico, como en todos los Parques Nacionales, hay que abonar el precio de la entrada (en el caso de Corcovado son 8$). Y no es extraño el caso de gente que se da la paliza hasta La Leona y se ha tenido que volver porque pensaba que se entraba gratis y que no iba a necesitar pasta en lo más profundo de la selva.
Casi nos sucede a nosotros, aunque encontré casualmente unos euros salvadores en un recóndito bolsillo de mi mochila. Si no es por eso se nos chafa la mañana con total seguridad.Una vez dejamos el coche en la ya mencionada Pulpería hicimos animados los 100 metros que separan a ésta de Playa Madrigal, que como he dicho antes, es la continuación de Playa Carate. Nos quedaba un largo trecho que recorrer, y más cuando mirábamos el horizonte brumoso donde el viento jugaba con la arena para mostrar borrosos los verdísimos montes tapizados por entero de verde. Nada más comenzar nos encontramos con un pequeño riachuelo que se unía con las aguas del Océano. No es que fuera muy grande, pero sí lo suficiente para mojarnos los pies. Así que nos acercamos a la orilla donde parecía más estrecho y nos dispusimos a cruzar.
Inti primero y yo después. Lástima que en el momento en que tocaba mi turno una ola golpeó más fuerte de lo normal y el escaso caudal del riachuelillo se multiplicó en un segundo. Lo justo para empapar por completo mis botas de montaña. Ir con los pies calados no es lo mejor precisamente para llevar a cabo una marcha. Es por eso que me agarré un buen cabreo y me acordé verbalmente de mi mala pata.Después del despropósito llegó el momento de hacer los casi 3 kilómetros de caminata que había que hacer para llegar “La Leona”. Andar por la playa con calzado es bastante más agotador que si se hace sobre suelo firme. Acabas con los gemelos duros como el acero. Y si a eso le sumamos el peso de la mochila, que nos íbamos turnando a cada rato, la cosa es peor. Pero como en otras ocasiones, el esfuerzo se compensa con las preciosas vistas y la sensación de estar lejos de todo y de todos, en uno de los lugares más ricos en lo que a biodiversidad se refiere.
Daban muestra de ello los ruidosos guacamayos que surcaban el cielo con su rojo plumaje o los astutos gavilanes que seguían minuciosamente nuestro paso con su mirada rapaz.Los troncos de las palmeras se encontraban curvados de tal manera que parecían estar buscando bañar sus copas en las cálidas aguas del mar. Otros, en cambio, estaban tirados en la arena, posiblemente después de haber sido transportados por la corriente. Algo parecido sucedía con los cocos, que estaban azarosamente repartidos a lo largo de toda la playa. No es difícil golpearlos con los pies como si fueran balones de fútbol.
Pero detrás de las palmeras es donde se encuentra lo inaccesible, lo verdaderamente salvaje. Una extensión gigantesca de terreno frondoso en el que el hombre no ha llegado a reinar con sus estrambóticas e inútiles construcciones.
Un lugar destinado a la vida de miles de animales que son ajenos a la peligrosidad que les rodea. Y no me refiero tan sólo a la propia vida en la selva en la que están expuestos a formar parte de la cadena alimenticia tanto por arriba como por abajo. Son los cazadores furtivos quienes se saltan a la torera un ciclo en el que no deberían formar parte. Lamentablemente, a pesar de estar cada vez más controlado, se dan casos de partidas de caza en la que nada está a salvo de la mediocridad de gente pobre de espíritu.El calor húmedo se hizo notar en mi espalda cubierta por esa mochila amarilla que a tantos sitios me ha acompañado y que se encontraba realmente llena. Los 45 minutos que duró la marcha por la playa desierta fueron más intensos de lo que cabía imaginar. No sólo miraba a través del bosque por si veía algún animal desorientado, sino también para localizar la dichosa Puerta de Entrada al Parque Nacional.
Pero todo llega en esta vida, y el acceso conocido como “La Leona” también terminó llegando. Un cartel indicativo y una pequeña oficina de madera nos mostraron el principio del camino que cruza la totalidad del Parque de este a oeste, del sector en que nos encontrábamos hasta la entrada de “San Pedrillo”, más popular para los que vienen de Drake. Pero antes, como es normal, había que pasar por caja. 8 dólares por barba (les dimos un mejunje de moneda americana, costarricense y europea) y los sabios consejos de quienes han hecho tantas horas en el Parque que conocen muchos de sus secretos y de sus peligros.
Entre sus recomendaciones hay una que se antoja como principal para todos los visitantes, por muy experimentados que estén. No hay que salirse de los senderos señalizados porque si se hace es realmente fácil perderse. Y en un entorno tan maravilloso siempre pero tan hostil en muchas ocasiones la responsabilidad debe extremarse lo máximo posible si no se quieren pagar las consecuencias. Una selva no es un parque de atracciones. Yo al menos no me lo tomaría como tal teniendo en cuenta que hay desperdigadas miles de serpientes venenosas, arañas de impresión, cocodrilos (En Corcovado hay una enorme laguna que está llena de estos voraces reptiles) y algunos depredadores como el puma, el jaguar o el ocelote a los que como mínimo hay que tener respeto.Firmamos en la lista de visitantes y comprobamos que había una media de turistas por día realmente baja para lo grande que es el Parque Nacional.
Antes que nosotros habían pasado tres y en esa semana raro había sido el día que se habían superado los veinte accesos. ¿Ahora entendéis mis críticas al PN Manuel Antonio y a su entorno? La sensación y el cosquilleo que recorría mi cuerpo al pensar que íbamos a estar prácticamente solos a lo largo de kilómetros de selva no es la misma que cuando se tiene que compartir con cientos de turistas armando ruido.Mientras hablábamos con los vigilantes de las particularidades de Corcovado y del itinerario que teníamos pensado realizar no pudimos dejar de observar la colección de calaveras y restos óseos de animales que tienen expuestos en una agrietada mesa de madera. Curiosa la vértebra de tiburón, los pequeños cráneos de los monos cariblanca o las calaveras de los pecaríes, algo así como los jabalíes pero sin los colmillos hacia fuera.
A estos les tenía un poco de miedo porque había leído en las guías que son un tanto malhumorados y que si se sienten amenazados con la presencia humana son capaces de atacarles en forma de embestidas y mordiscos. Otro factor a tener en cuenta para no tomarse a broma la visita a los adentros del Bosque Tropical.Los vigilantes nos comentaron que en las últimas semanas se estaban dando algunos casos de avistamiento de un puma que merodeaba en las cercanías de la costa, y por tanto del trail oficial que siguen los visitantes. Al igual que no era descartable cruzarse con un tapir que se estaba dejando ver junto a su cría. Yo lo deseaba realmente, a pesar de que estaba completamente seguro de que me iba a acongojar bastante. Sería un privilegio cruzarse con especies como éstas. Inti no tenía miedo porque es de la opinión de que si no les das motivos para enfadarse, no te harán nada.
Puede ser fácil decirlo, pero podríais responderme a una cuestión que pregunté a mucha gente durante el viaje. Si os encontráis de frente con un puma o con un jaguar, ¿qué es lo que se debe hacer? Las respuestas fueron diversas aunque posiblemente la que contó con más adeptos fue la de “no correr”. Posiblemente sea la más certera porque es la mayor muestra de debilidad y de miedo que se puede tener. Y más vale que no huelan el miedo. Puede no ser demasiado gratificante.Con un mapa y con una bendición comenzamos a caminar por el estrecho trail o sendero que se en ocasiones intercala playa y selva. Con el cielo prácticamente cerrado por los enormes árboles, algunos de ellos supervivientes del bosque primario, nos sumergimos lentamente y en silencio por el fascinante entorno natural.
Percibí un ruido en un árbol cercano y cuando dirigí mi mirada hacia su poblada copa caí en la cuenta de que allí estaba subido de forma bastante visible una especie de primate bastante distinta a la de los aulladores. Era indiscutiblemente un mono cariblanca (Cebus capucinus), también conocido como “Capuchino” por el color de su pelaje alrededor de la cara símil al de la capucha del hábito de esta conocida orden monacal.
Estos monos, de expresividad asombrosa, son según los investigadores los más inteligentes de las 4 especies que se extienden a lo largo y ancho de América Central y del Sur.En principio sentado en una rama me miró fijamente hasta que saqué la cámara y comenzó a moverse. Al no estarse quieto, las fotos estaban quedando totalmente borrosas. Y la poquísima luz solar que allí había tampoco ayudó. Tuve que esperar a que se detuviera en algún momento para poder retratar al que sería mi primer Cariblanca. Afortunadamente lo hizo, y no fue el único, ya que desde ese día, se mostraron en bastantes ocasiones.
Tienen una altura que no supera el medio metro, aunque su cola es mucho más larga que su cuerpo. Los capuchinos son realmente bonitos. Parecen personitas o niñitos pequeños con una mirada tremendamente expresiva. He escuchado historietas de los cariblancas que muestran lo inteligentes y gamberros que son.
Lo que sí me extrañó fue verle solo porque lo más normal es que estén acompañados de varios miembros del grupo.
Continuamos la marcha dejando pasar enormes ceibas, que parecen esos árboles de cuento en cuyo interior viven gnomos y duendecillos. Son algunos de los resquicios del bosque primario a esa altura del camino. Por sus colosales raíces los conoceréis…
En silencio, despacio, con paso firme y ojo avizor fuimos moviéndonos durante todo el tiempo para no perder detalle y que no se nos escapara nada.
Pero aún teniendo extremo cuidado, hay que contar con otro factor importante, la suerte. Ya hemos comentado en más ocasiones que la Naturaleza te muestra y te oculta a su antojo. Y no hay que desesperar si un día no se consigue ver nada. Seguro que otro, en el momento en que no te esperes, aparece algo. Hay que pensar que se está penetrando en la casa del puma, del jaguar, del mono y de cientos y cientos de especies de todas las formas y colores.
El éxito, por tanto, no se basa tan sólo en verlas o no verlas.Lo importante es no cesar en el empeño de descubrir y aprender las peculiaridades del Mundo animal y vegetal. Yo, gracias a la lectura y a las palabras de mi amigo Inti, adquirí una serie de conocimientos que otrora eran inimaginables para mí, más versado en disciplinas históricas, artísticas y culturales. Vamos, que yo siempre he sido más de Monumentos, Historias y Leyendas, y es por ello que me he defendido mejor en ciudades y villas que en el campo. Afortunadamente poco a poco he logrado instruirme en temas naturales y así comprender al menos una mínima parte de lo que se cuece en lo que a Naturaleza se refiere. Descubrí especies que jamás había oído nombrar y singularidades de éstas realmente asombrosas. Y como he dicho antes, fue muy importante la colaboración de mi compañero de viaje y de otras personas que conocí como Albert, además de esos libros y revistas a los que nunca está de más echar un vistazo. Desde siempre la lectura ha sido la mejor fuente para el aprendizaje. Y antes de viajar a un lugar determinado, qué mejor que ésta para empaparse de todo lo que vas a disfrutar. De esa forma es como se optimiza el tiempo que se esté en un país o región determinada. Sea en Jordania, sea en Costa Rica o sea en Burkina Faso.
El crujir de ramas no hizo inmutarse al pizote que rebuscaba comida escarbando en la tierra. Pizote es el nombre con el que en Costa Rica y en otros países de América latina se le conoce al Coatí de nariz blanca (Nausa narica), un animal con cierto parecido al mapache aunque de mayor tamaño (patas y cola más largas), color marrón y un hocico lo suficientemente flexible para poder alimentarse de las arañas y demás insectos que viven en el suelo.
Pero, por el contrario, en esta ocasión nos mantuvimos observando al animal muy tranquilamente, dándonos tiempo suficiente para tomar fotografías mientras olisqueaba “el alimento” que obtenía del agujero que hacía con sus patas. Apenas se inmutó de nuestra presencia porque no hicimos ruido alguno.
Más adelante tuvimos que caminar por una zona en la que nos teníamos incluso que agachar para evitar las delgadas pero firmes ramas de los arbustos y árboles de alrededor.
La oscuridad era bastante elevada y era muy escasa la luz que lograba sobrepasar las trabas vegetales que allí son mayoría. Fue justo ahí cuando escuché unos pasos rompiendo las secas hojas. Eran bastante cercanos y provenían de un lugar más cercano del que me podía imaginar. A nuestra derecha, a unos cuatro o cinco metros observamos las oscuras siluetas de unos animales que también parecían estar buscando alimento. Debido a la penumbra que había, no conseguimos distinguir a ciencia cierta de o que se trataba. Hasta que emitieron un sonido que nos resultó muy común, el del cerdo. Nos dimos cuenta, por tanto de que nuestros amigos fisgones eran varios ejemplares de pecarí, más concretamente de “Pecarí de Collar” (Dicotyles tajacu) que reciben ese nombre por la mancha blanca que rodea su cuello. Estos cerdos salvajes (los ticos los llaman Chanchos de monte), que conforman el alimento más común de los felinos, pueden ser muy agresivos porque son muy susceptibles. Se sienten amenazados a la mínima, y más aún si van con crías. Su reacción es similar a la del jabalí. Recurren a la fuerza para arremeter contra sus enemigos, pero además utilizan su afilada mandíbula para morder si es preciso. Es por ello que aceleramos el paso lo justo para que no nos vieran correr. Simplemente pasamos de largo con mayor celeridad para evitar posibles inconvenientes. Se ha dado más de un caso en que algún turista se ha llevado unos buenos pescozones. Inti contaba la curiosa historia de un señor alemán que viéndose acosado por éstos en Corcovado se desvió del camino y tuvo que subirse a un árbol para protegerse de sus ataques. Como los pecaríes no se iban, se quedó dormido en una enorme rama. Cuando después de varias horas se marcharon descendió y anduvo medio perdido por la selva. Pero su mayor peligro no fueron los animales salvajes o la falta de avituallamiento (de lo que iba bien surtido). La mala fortuna le hizo toparse con unos “bandidos panameños” que le saquearon y le dejaron casi hasta sin ropa. El pobre alemán, dado que estaba más perdido que Marco en el día de la madre, caminó durante horas sin rumbo entre la espesura de la selva. Menos mal que encontró un pequeño riachuelo, del que supuso que desembocaría en el mar. Acertó y terminó llegando a una playa, donde se orientó bien para volver a su hotel. Tuvo la suerte de contarlo. Otros no.Así que con historias como esas, ¿a quién le iba apetecer toparse con una manada de pecaríes? Normal que saliéramos de allí lo antes posible.
Desde ese momento fui más atento si cabe y cualquier mínimo movimiento no pasó desapercibido para mí.
Y más cuando uno se acuerda de pecaríes, serpientes, tarántulas y otros muchos animalitos que como mínimo pueden dar un gran susto al que se los encuentra. Y por donde íbamos, todo podía pasar…
Avanzamos en nuestro recorrido durante un rato bastante tranquilos sin avistar más que los exóticos guacamayos que no faltan a su cita siempre a dúo. Haciéndonos una foto en una ceiba que parece formar una puerta con sus ramas, nos dimos cuenta de que una pareja de novios, venía detrás caminando rápidamente y hablando con un tono de voz un tanto elevado que no era lo más adecuado para ir observando la Naturaleza. No se percataban en absoluto de que haciendo ese ruido no iban a poder ver demasiadas cosas ese día.
Incluso pasaron a pocos metros del que posiblemente fuera el basilisco más espectacular de los que tuve la ocasión de ver a lo largo de todo el viaje. Este reptil con apariencia de dinosaurio contaba con dos crestas diferentes en el lomo realmente grandes. Y la longitud de la cola le hacía medir con seguridad más de un metro de largo. Impertérrito y subido a un ancho tronco, se mostraba orgulloso ante todos aquellos que quisieran mirarle. La parejita de turistas no congratuló con su atención a este lagarto de gran tamaño que parecía esperar el movimiento de alguna presa que llevarse a la boca.
Nos adelantamos a ellos para que no nos espantaran a los animales que pudieran estar merodeando por el sendero a esas horas.
Tanto el chico como la chica iban con unos pantalones cortísimos que no son ni mucho menos los más idóneos para caminar por la selva donde estás expuesto a muchos agentes externos en forma de vegetación que pique, insectos malhumorados o incluso alguna serpiente peleona, que las hay, y muchas, aunque a priori no sea sencillo verlas.
Ambos tenían las piernas bastante rojas, posiblemente porque sus lechosas pieles no están acostumbradas a los escozores de un Sol que no hace falta que esté en su punto más álgido para hacerse notar.
Como decía antes, los chavales iban tan enfrascados en sus conversaciones y en sus ruidos varios que no se daban cuenta de muchas cosas.
Tuvimos que ser nosotros los que les alertáramos de que un precioso cariblanca nos observaba a la vez que degustaba con gran pasión un apetitoso mango. Entre que había más luz y que el animal colaboró más de la cuenta, pudimos fotografiarle como no habíamos tenido posibilidad de hacerlo con el anterior que habíamos. Salió muy bien retratado el primate, aunque su fotogenia era ideal para que eso ocurriera. La pareja se quedó haciendo lo propio y mientras tanto Inti y yo aprovechamos para acelerar y dejarles atrás. Aunque no duró demasiado porque hubo un momento en que las cuatro personas que allí estábamos nos tuvimos que juntar casi por obligación. Y es que el camino se desvió hacia la playa al encontrarse totalmente cortado por un ancho y profundo río.
Pero aún así, dejaba sus aguas en el embravecido mar, por lo que había que cruzarlo sí o sí.
Las escasas opciones, habiéndose descartado en absoluto la de dar la vuelta, eran si hacerlo con las botas puestas, las cuales se empaparían seguro, o descalzándose para evitar que esto sucediera. Quizá lo más lógico, y como así sucedió finalmente, era llevar a cabo la segunda. Lo malo de la misma estaba en las muchas piedras que había hacían daño en las plantas de los pies y provocaban en no pocas ocasiones que nos escurriéramos haciendo peligrar los enseres que llevábamos encima. Hubo varios momentos en que me vi muy a punto de hacer el ridículo, pero “no llegó la sangre al río”…
Una vez cruzamos y nos calzamos de nuevo sentados en las rocas nos levantamos para admirar el lugar en que nos encontrábamos.
Los cientos, que digo, miles de cangrejos ermitaños se escondieron atemorizados al sentir nuestra presencia próxima a ellos. No había absolutamente nadie más allí y eso me hizo sentir el ser más pequeño e insignificante del mundo en medio de un lugar absolutamente salvaje. Era una ocasión para disfrutar y dejarse llevar por unos momentos casi imposibles de volverse a vivir. Menos mal que quedaba aún mucho viaje y esos minutos o segundos mágicos se repetirían con diferentes formas, colores y sensaciones.
Había que penetrar de nuevo en la selva pero no había señalización alguna del trail que debíamos tomar, por lo que continuamos por la playa. Bastaron unos metros para darnos cuenta de que íbamos equivocados así que retrocedimos y encontramos un pequeño pasaje entre la frondosidad que nos introdujo una vez más en un camino similar al de la primera parte de la ruta.
Allí nos esperaba la tercera clase de monos visibles en Corcovado. Me estoy refiriendo a los ágiles, escurridizos y saltarines “Monos Araña” (Ateles geoffroyi), los cuales se encontraban en las ramas más inaccesibles utilizando sus larguísimas extremidades para desplazarse de un lugar a otro. Y es que son estas sus mayores y mejores distintivos. De ahí viene el apelativo de “arañas” que les permiten ser los Spiderman más veloces y hábiles a este lado de Centroamérica. De un color más oscuro que no llega al de los aulladores, estos primates del Nuevo Mundo son fácilmente reconocibles y visibles porque su aspecto es bastante distinto al de las otras especies. Más altos y delgados, con brazos, piernas y cola de mayor longitud, son bastante menos sociables que los cariblancas o los titíes pero quizás más agradecidos que los aulladores, que no les gusta demasiado ser vistos.
En ese momento había tres ejemplares, que parecían ser los miembros de una misma familia. El padre haciendo su papel de saltimbanqui y la conmovedora imagen de una madre con su cría enganchada en la espalada, que en ningún momento dejó de mirarnos con sus ojos tiernos e inocentes. Esta madre se hacía con celeridad con pequeños frutales que apenas tardaban un segundo en ser comidos. Apenas se inmutó con los chasquidos eléctricos de las cámaras de fotos que hacían lo propio para inmortalizar el momento. En este viaje los protagonistas que se buscaban en las fotografías eran nada más y nada menos que los muchos animales que nutren los verdes parajes de esas tierras centroamericanas. No hay tanta efectividad como en un Safari por Kenia o Tanzania pero posiblemente haya más emoción…
Caminamos durante mucho más tiempo por el interior de Corcovado, alternando playa y bosque. Me sorprendió ver la cantidad de grandes arañas que permanecían estáticas en sus inmensas y seguras telas de araña. Curiosamente las hembras, que son las que manejan el cotarro, son varias veces más grandes que los machos, que tan sólo copulan para fecundarlas. De diversas formas y colores, amenazan a las presas que caen en sus redes, las cuales no tienen posibilidad alguna de salvarse. Son quizá la parte más débil de la cadena alimenticia de la que ninguno estamos a salvo. La historia del pez grande comiéndose al chico es aplicable a todas y cada una de las especies animales. Y bastante reseñable y lamentable en el ser humano tanto en sentido literal como figurado.
En un árbol hueco observamos cómo dormían algunos murciélagos, los cuales son vitales en el Medio Ambiente por ser una de las especies que más favorecen la polinización. No están tan bien considerados como las aves por su tétrico aspecto (que a mí personalmente me fascina) pero son un eslabón en la Naturaleza como mínimo igual de importante que ellas. En Costa Rica los hay de bastantes tipos y de muchos tamaños. No tuve suerte de ver esos tan inmensos de los que me habían hablado, fáciles de asustar a cualquiera. Los que teníamos delante dormitando en el interior del árbol eran de tamaño más modesto.
La pareja de extranjeros se detuvieron y dieron media vuelta porque no querían llegar demasiado tarde a su hotel. La verdad es que ese es un factor muy a tener en cuenta porque la nocturnidad en época de lluvias no es lo más recomendable precisamente. Nosotros calculamos las horas a dedicar antes de que eso ocurriera y teníamos tiempo de sobra para seguir caminando e incluso detenernos tranquilamente las veces que hiciera falta. Quizás podíamos seguir un par de kilómetros más antes de parar a comer el picnic, descansar un poco y volver por donde habíamos venido. Y eso hicimos. El premio a nuestro esfuerzo fue no encontrar persona alguna durante todo ese tiempo y compartir la pureza del aire con un par de Guacamayos rojos a los que tuvimos a una distancia realmente corta.
Quizá eché de menos no encontrarme ninguna serpiente. Pensé que íbamos a ver más a lo largo del viaje, y apenas hubo suerte en ese aspecto. Aunque no me imagino la cara de “acojonado” que hubiera puesto al tener una Terciopelo o una enorme Matabuey mirándome a los ojos. Quería verlas pero en el fondo sentía miedo. Esa dualidad la mantuve a lo largo de los días, aunque poco a poco fui superando temores y me hice más al entorno, al que hay que admirar a la vez que respetar. No está bien ni ser un valiente irresponsable al igual que un timorato insoportable. Ambos caracteres no cuajan bien a la hora de disfrutar de lugares como este.
A las nubes les dio por ponerse a jugar y se concentraron peligrosamente, no para algo demasiado inminente pero sí para provocar una irremediable tormenta esa tarde. Aún así nos sentamos en el tronco de una palmera a comer, en compañía de una pequeña iguana de un verde imposible de camuflar. Al frente las olas grises del inquieto Pacífico que baña la Península de Osa. Y detrás un sinfín de hectáreas cubiertas de robustos árboles, de esplendorosa vegetación, de animales convertidos en supervivientes. Pocas veces, por no decir nunca, había comido en un lugar así. Tan lejano, tan inmerso en la naturaleza…
A las huellas que daban muestra de nuestro paso por allí se las comenzó a llevar la húmeda brisa que originaba una bruma cada vez mayor. El estruendoso silencio hacía retumbar nuestros bocados al sándwich y a las frutas que componían nuestro almuerzo.
No era necesario hablar. Tan sólo ver, oír y callar. Dejarse envolver por la más que suculenta atmósfera de la cual nosotros éramos tan sólo dos míseros puntos más.
Tomamos unas fotos del lugar para recordarlo por siempre y tornamos nuestros pasos por donde habíamos venido. Era momento de marcharse y no entretenerse demasiado porque aún necesitábamos de varias horas para volver al Luna Lodge.
Ni que estuviera hecho aposta, un simpático cangrejo coronó una señal de madera que indicaba que había que ir por allí para llegar al Puesto por el que habíamos entrado por la mañana. Al Sendero “La Leona” le restaba algo más de tres kilómetros y medio para salir triunfadores de Corcovado. Si después tenemos en cuenta que no se sigue precisamente una línea recta sin obstáculos, y que quedaba la agotadora Playa Madrigal que hunde los pies al máximo, la misión no era ni mucho menos sencilla. Aunque sí agradecida porque durante el trayecto de vuelta volvieron a saciar nuestras ganas de “vida salvaje” los monos cariblanca y araña, que mostraban su inquietud desde unos árboles que proyectaban una sombra cada vez más oscura, al igual que el cielo, del que estábamos a expensas.
En medio de la caminata nos pareció escuchar algo detrás de unos arbustos. Parecían pasos de más de un animal. Me recordó al de los cerdos salvajes a los que tuvimos pocos metros en la mañana. Pero ni mucho menos eran los temidos pecaríes. Una larga familia de pizotes (coatíes) rebuscaba comida tanto en árboles como en el suelo. La escena fue enternecedora porque las crías eran preciosas. Tan inocentes y simpáticas. No sé cuántos miembros eran, pero es posible que llegaran a la decena. Los ojos les brillaban absolutamente, como varios pares de estrellas en una noche despejada. Unos apenas se inmutaban de nuestra presencia, en cambio “los mayores” de vez en cuando nos obsequiaban con una mirada de desconfianza. Ocurre en muchas especies animales, en que el instinto de protección se multiplica considerablemente cuando hay crías de por medio. Por ello no hay que molestarles demasiado ni hacer mucho ruido. Simplemente disfrutar del panorama y hacer fotografías. Después de eso, si siguen ahí, rodearles sin preocupación y seguir por el camino. Cuando nosotros pasamos los “papás” erizaron el vello e incluso hicieron un ruido extraño, un tanto amenazante, como diciendo “vamos, largaros de aquí y dejadnos tranquilos”.
Pero esta familia de pizotes no fue la única…fueron dos más las que cortaron nuestro paso a lo largo de la marcha. Una de ellas estuvo la mayor parte del tiempo apretujada en un árbol del que no dejaron de asomarse muchas caritas de los pequeñines que apenas superarían el mes de vida. Ya después en el suelo comenzaron a jugar dando saltitos de un lugar a otro mientras que los grandullones apenas levantaban la cabeza del suelo del que obtenían alimento. Había momentos en que me recordaban a ositos de peluche. Muy guapos los animalitos.
Curiosamente a lo largo de muchos minutos nos fue siguiendo un ave un color amarillento que se fue posando de rama en rama como si nos acompañara o espiara. No adivinamos en absoluto de qué especie se trataba, y eso que lo veíamos cercano, favorecidos por el uso de unos pequeños prismáticos que me había llevado a la excursión por Corcovado.
Nuestro original compañero de viaje estuvo a nuestra vera prácticamente hasta que volvimos a cruzar por el río de la ida, un poco más crecido que a la mañana. Era impresionante cómo se notaba la poca presencia de sol en el camino que se hacía más oscuro por momentos. Los techos improvisados que forman los árboles tapaban la escasa luz que se dejaba intuir a través de los grises nubarrones.
Pero era suficiente para poder ver esa improvisada ciudad cuyos edificios estaban representados por las rugosas ceibas y los imponentes guanacastes. Sólo faltaban las puertecitas de los gnomos para darle un toque 100% mágico al lugar. Ese existente en la imaginación de una feliz infancia en todo cobra vida. Y la vida es precisamente lo que más se respira en Corcovado, un universo paralelo de color verde y de armonía natural.
A primerísimo hora de la tarde logramos llegar a la caseta de los vigilantes del Parque. Y con ellos charlamos de nuestra corta experiencia allí. No traíamos las noticias deseadas del avistamiento de pumas, tapires u otras especies difíciles de observar. Pero sí nuestra más sincera alegría de haber dado nuestros pasos en una tierra privilegiada y única en el mundo. Se sorprendieron de que hubiéramos tenido tan cercanos a los pecaríes, algo gamberros según ellos.
Y mientras Inti se retrataba con una vértebra de delfín o toqueteábamos los cráneos de mono, tuvimos una interesantísima conversación con los responsables del Sector La Leona. Expusieron sus impresiones como si a periodistas lo hicieran. A pesar de saber que yo llevaba una Página Web viajera relativamente pequeña, querían que hiciera llegar a la gente la necesidad de proteger un lugar que representa lo que la Tierra fue hasta que al ser humano le dio por hacer el cafre. Estaban contentos porque poco a poco la concienciación general estaba siendo mayor, pero aún hablaban con tirantez de un Gobierno, el cual, según ellos, no se preocupaba demasiado de conservar los espacios naturales de su país. El trabajo más importante lo estaban llevando a cabo organizaciones no lucrativas, los activos ecologistas o personajes muy concretos que estaban invirtiendo dinero en la tan necesaria protección. Gente como Lana Wedmor, de Luna Lodge, a la cual conocían, estaba haciendo mucho por la Península de Osa. De ella nos hablaron con respeto a la vez que envidia, y no sólo por ser poseedora de un hotel de tan magna categoría, sino también por ser una de las poquísimas personas que han podido avistar un Águila Arpía, especie que se daba por extinta en el país centroamericano hasta que ella se topó con el majestuoso rapaz.
Nos contaron cómo los cazadores furtivos entraban sin escrúpulos en el Parque con sus perros y sus dañinas escopetas para hacerse con diversas piezas ya fueran simples chanchos de monte o animales en mayor peligro de extinción. Es posible escuchar ladridos algunas noches. Ante una posible detención policial de dichos indeseables las penas carcelarias son mínimas y las económicas son realmente nimias. Y con un código penal tan blando, es fácil saltarse a la torera todas las Leyes de conservación de la Naturaleza. Lo mismo sucede con los que incluso llegan a quemar bosque para provocar la salida de los animales y así ser cazados con un cobarde disparo.
Si ni esto, ni la construcción irresponsable, ni la contaminación son capaces de regularse firmemente para ser evitadas, es muy complicado que quienes nos sucedan en este mundo lleguen a disfrutar de un caramelo que se agota por momentos. Hay que hacer todo lo posible para que esto no suceda, tanto Costa Rica como en cada uno de los rincones de la naturaleza más primigenia.
La admiración que esta gente tiene a Osa es realmente extraordinaria. Para muchos es algo más que un Parque Natural. Es como si fuera el jardín de un hogar que está a punto de ser derribado. Corcovado representa más que muchos, la última esperanza…
Tras despedirnos de la gente del Sector La Leona marchamos caminando por el último tramo a pie del día. Físicamente estaba fenomenal y después de semana y media me había acostumbrado a las largas caminatas. Ni agujetas ni nada. Como mucho las sempiternas rozaduras que cuando se van de un lado aparecen en otro.
Inti y yo, aún más concienciados tras la charla conservacionista que acabábamos de tener, fuimos recogiendo a lo largo y ancho de Playa Madrigal todas aquellas latas, botellas, plásticos y basura en general que otras personas sin escrúpulos habían dejado caer en la fina arena. Los vigilantes de La Leona nos habían proporcionado dos grandes bolsas negras (a petición de Inti, todo hay que decirlo), y a las mismas arrojamos esos desperdicios no biodegradables que no hacían más que contaminar y ensombrecer un lugar cercano al Paraíso. Las dos bolsas con un tamaño similar a un saco quedaron tan llenas que ni siquiera pudimos cerrarlas antes de tirarlas al contenedor cercano a la pulpería donde habíamos dejado el coche por la mañana. Por cierto, es el único del que disponen en Carate. Además la mujer que regenta la Pulpería nos comentó que allí “pagan” porque se lleven la basura. Otro factor que va en contra de cualquier principio lógico.
La recogida de basura nos llevó prácticamente una hora y posiblemente nos cansó más que todo el recorrido anterior por el Parque Nacional, ida y vuelta incluidas. Estábamos ya deseosos de llegar al Hotel. Cuando lo hicimos nos recibieron con todos los honores, y como en el día anterior, una bandeja con sendos vasos de agua con hielo saciaron nuestra sed y necesidad de beber algo fresco. El trato a la clientela es tan excepcional que en ocasiones resulta sencillo ruborizarse, y más en mi caso, que soy un tanto campechano yendo siempre “de tú a tú” con todo el mundo.
Subimos a nuestra cabañita y me senté en la cama derrotado. Fue sentir el colchón y tener ganas de quedarme allí mismo durmiendo. Pero había que desprenderse de la ropa sudada y pegarse una ducha de campeonato. Los calcetines casi me los tuve que quitar con espátula. Mis pies se encontraban en un penoso estado al haber permanecido empapados durante horas. La “mala pata” que tuve en el riachuelo de Playa Madrigal donde mis botas quedaron cubiertas de agua, había pasado factura.
La ducha me dejó tan relajado que permanecí medio dormido en la cama durante un rato. Justo ahí arrancó una tormenta tan grande que parecía que el tejadillo se iba a venir abajo. Menos mal que el temporal tropical no nos cogió en plena excursión. Dos horas muy pero que muy fuertes de lluvia intensa sirvieron para regar el verde tapiz de la región de Osa.
Nos dio una tregua para bajar a cenar y tener en primer lugar una breve conversación con la madre de Lana, que comentó fugazmente que viajaría a España con su familia allá por otoño. Le animé fervientemente a que lo hiciera porque estaba seguro de que les iba a gustar mucho. También comentó su idea de aprender español al menos igual que bien que su hija, la cual domina la lengua castellana casi a la perfección. Costa Rica había pasado a ser su casa, y para ella era el lugar ideal para pasar los años que hicieran falta.
Finalizando la cena (excelente como siempre), nos vino a ver uno de los encargados de Luna Lodge, el cual es prácticamente la mano derecha tanto de Lana como de su madre. Le comentamos nuestra idea de marcharnos de Osa a la mañana siguiente para llevar a cabo el largo trayecto de vuelta a Alajuela, el cual nos tomaríamos con total tranquilidad. A él le pareció correcto y nos recomendó, si queríamos hacer alguna parada en el camino, ir a un Mirador de Quetzales situado en pleno Cerro de la Muerte, un lugar con bastante altitud en medio de la Cordillera de Talamanca, la cual había que atravesar para llegar a nuestro destino. Yo tenía muchísimas ganas de poder ver este Ave legendaria, y podía ser una gran oportunidad que le valga. Y si nos cogía de paso en la Interamericana, pues mejor que mejor.
Después de ese excelente consejo intercambiamos un diálogo interesantísimo de Historia, disciplina que admiro totalmente. Siempre fue mi “profesión frustrada”. La escasez de salidas profesionales de la carrera universitaria me hizo desfallecer y decantarme por otra cosa en la que toqué la materia a grandes rasgos. Es por ello que forma parte de mis hobbies, y que siempre trato de reflejarla tanto en mis viajes como en mis escritos. Siempre presente…
Me daba pena pasar mi última noche en Corcovado, pensé ya echado en la cama a punto de dormir. Fue un error no haber llegado hasta el río Sirena y no haber hecho un recorrido aún más prolongado. Pero si miramos es lado bueno, es otra excusa para volver algún día a Costa Rica. Escribiendo en estos momentos desde la mesa del ordenador me doy cuenta de que este país me ha abierto aún más el apetito “aventurero”. Tuve la miel en los labios pero aún queda una colmena entera por descubrir.
La lluvia repicaba en la madera e impedía escuchar convenientemente a los millones de ranitas e insectos que pululan diariamente por allí. El goteo incesante y duro fue con un reloj en mi cabeza haciendo toc, toc, toc… Cuando me quise dar cuenta era de día y del traqueteo del agua se había pasado a los aullidos del mono dando la bienvenida a otro nuevo amanecer. Así da gusto.









