La magia del Volcán

Poas Travel Blog

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Mapa con los planes llevados a cabo ese día: Volcán Poas, Catarata de la Paz.

Posiblemente fue la noche que mejor dormí en las últimas dos semanas. Sentí algo similar a cuando paso un período más o menos largo fuera de mi casa y vuelvo a descansar a mi habitación, a mi cuarto de toda la vida. Por supuesto me vino fenomenal para levantarme con la fuerza, la alegría y la ilusión intacta de seguir quemando etapas de ese viaje frenético que estaba viviendo. A pesar de haber visto y hecho muchas cosas tenía tantas ganas o más para continuar haciéndolo. No deseaba detener la marcha delirante que habíamos iniciado hacía menos de dos semanas. Es más, esperaba con mucha expectación la última fase del recorrido planificado. Nada más y nada menos que la zona Caribe.

 

Pero ese viernes debía tomármelo como un intermedio, un día tranquilo en que visitaríamos nuevos sitios los cuales no requerían largas caminatas ni palizones en coche.

Cuando ascendimos al cráter del Volcán Poas, nos lo encontramos practicamente tapado por las nubes
El Volcán Poás apenas quedaba a 30 kilómetros de Villa Pacandé por lo que la cosa era sencilla. Las complicaciones pasaban porque se dieran las condiciones ambientales idóneas para poder visitar un cráter casi siempre cubierto de nubes. Es decir, como siempre, dependíamos de la suerte. La Naturaleza al poder.

Lo ideal es madrugar antes de que la niebla y el humo se mezclen para esconder a la vista lo más alto del volcán, que según lo que había visto en fotos, es realmente impresionante. Supuestamente abren a las ocho de la mañana y nosotros estaríamos allí como pronto a las diez porque nos habíamos levantado algo más tarde de lo normal. Aprovechamos ya para desayunar tranquilísimamente en compañía de unos huéspedes californianos que se encontraban alojados en la Villa. Sobra decir que cayeron rendidos ante la estupenda mermelada de guayaba mezclada en el pan y esas jugosas piezas de mango y sandía que daban a la mesa un toque de color.

En esta foto posé con el cráter del Poas tan cubierto de nubes que no se veía nada...

 

Los norteamericanos pasaban su primer día en el país y todo les sonaba tan a distinto como a mí tiempo atrás. Incluso me permití la dudosa licencia de recomendarles lugares como si fuera un experto en lo que a Costa Rica se refiere. Pero esta gente tenía muy claro que quería playa y canopy por lo que tampoco hizo falta excederse mucho. Península de Nicoya y Monteverde. Con eso podían tener en una semana lo que ellos pedían.

 

Nos hicimos muchas fotos como si nos conociéramos de toda la vida. Incluso nos ofrecieron ir a su casa de Los Angeles. Me encanta ese ambientillo de “amigos para siempre” que se crea en los viajes. Estás por ahí 5 minutos con gente y parece que les guardas un cariño especial.

...pero en unos segundos las nubes practicamente desaparecierony sólo quedó la humareda que aún desprende el volcán
Suele ser gracias a que se les conoce en un momento radiante, de vacaciones y en el extranjero. Cosas que parecen leves y nimias pero que permanecen en nuestra memoria toda la vida.

 

Después de que desde Villa Pacandé les consiguieran un 4x4 para moverse por donde ellos quisieran, Inti llamó a la compañía en que lo habíamos alquilado nosotros (Expedition Car Rental) para comentarles que ya lo queríamos devolver. Pero nadie se puso al teléfono. Una llamada tras otra y sin respuesta al otro lado. Seriedad absoluta, como podéis comprobar. Otra razón más para no contratar ningún vehículo a esta empresa que se portó con nosotros de forma rastrera y cuyas consecuencias arrastraríamos incluso hasta el último día. Y eso que desde ese mismo momento íbamos a utilizar el vehículo particular de Inti, una minivan japonesa.

En el Poas hay que tener paciencia, ya que si se tiene suerte, puede despejarse y mostrarse.

 

Probaríamos a llamar después para llevarles el coche y que nos indicaran el presupuesto del cristal roto. Y por supuesto para cobrarles el freno gastado que habíamos tenido que cambiar nosotros mismos (Bueno, nosotros exactamente no, fue Serafín).

 

Tras charlar con José Manuel y Cecilia (Sesi como le dicen todos) sobre las aventuras que habíamos tenido hasta ese momento nos marchamos al Volcán Poás para subir hasta el cráter. A las horas a las que estábamos y con las nubes cubriendo a pasos agigantados el cielo azul con que había amanecido el Valle Central, era complicado poder ver con claridad el agujero volcánico en que hay una pequeña laguna y del que salen fumarolas, que no son otra cosa que pequeñas chimeneas naturales que emanan una mezcla de gases y vapores.

La Laguna Botos se formó en el antiguo cráter del Poás con agua de lluvia

Si las nubes eran tan caprichosas de agarrarse a primera hora a la cima del volcán la misión era imposible. Pero había que intentarlo. No hacerlo hubiera sido absurdo.

 

Justo antes de marcharnos los tíos de Inti nos recomendaron ir a un mirador de Quetzales que está de camino al Poás. Tomamos nota de dónde era, dejamos el sucio Terios sin cristal y tomamos la minivan de Inti para comenzar nuestra excursión del día.

El asfalto de una carretera en buen estado, teniendo en cuenta lo que habíamos visto hasta el momento, serpenteó a lo largo y ancho de las verdes montañas que dan sombra al Valle Central. Fuimos subiendo poco a poco, regalándonos a la vista una bonita panorámica que se iba intercalando con las nubes que terminamos por dejar abajo. Era posible que aún tuviéramos tiempo de vislumbrar más o menos despejado el cráter.

En las aguas de la Laguna Botos no hay apenas vida. Tan sólo hay algunos microorganismos que sobreviven a la acidez.
La misma intención que los centenares de turistas que visitan día a día el Parque Nacional Volcán Poás, declarado como tal en enero de 1975. Las buenas carreteras de acceso provocan que sea uno de los lugares con más turismo del país. Llegan incluso los grandes autocares de los que no habíamos dado cuenta anteriormente. El pintoresco cráter atrae no sólo al turismo extranjero sino también al nacional. Y es que son muchos los colegios que llevan a sus alumnos allí de excursión. La mejor manera, sin duda, de aprender sobre los volcanes y otros fenómenos naturales.

 

Una garita en plan peaje requirió nuestro paso para hacernos pagar los 8 dólares que costaba la entrada al Parque en ese momento. No me admitieron el carnet de estudiante, el cual no me estaba siendo rentable. Le preguntamos a la persona que nos cobró ese dinero si se estaba viendo el cráter esa mañana.

En la Laguna Botos
Contestó que “más o menos” y que si queríamos tener alguna posibilidad debíamos subir rápido porque calculaban que en pocos minutos era prácticamente seguro que quedara opacamente cubierto de niebla y nubes.

 

No esperamos más y tras dejar el coche en el parking comenzamos a subir a pie por un camino asfaltado que contenía no pocas indicaciones de “lo que quedaba para llegar”. A la entrada un edificio-museo con tienda de souvenirs y restaurante me hizo entender que este Parque Nacional se había turistizado demasiado. Al igual que los grandes grupos organizados de turistas tanto de avanzada como de corta edad que se divertían en sus respectivas excursiones.

 

La temperatura era bien fresca.

La Laguna Botos recibe el nombre de la tribu indígena que vivía en las cercanías del Volcán Poas
A esas alturas habían caído unos cuantos grados y es por ello que me puse una sudadera encima de la camiseta. Ya estaba avisado de que refrescaba más de lo normal. A medida que íbamos ascendiendo el entorno se fue asemejando más a un bosque bajo. Al parecer la zona de bosque nuboso perteneciente al Parque se encuentra más alejada del cráter. Allí ya se encuentran las epífitas que vimos en Monteverde tales como orquídeas, musgos, gigantescos helechos que se adoban casi como parásitos a los troncos de enormes árboles.

 

Pero nosotros, cada vez más cerca de la cima del volcán, fuimos notando esa cada vez más escasa vegetación en la que de vez en cuando asomaba alguna simpática ardilla que se escondía en cuanto alguien hacía acto de aproximación.

 

A poco más de un kilómetro de la entrada, 15 minutos de subida por una sinuosa cuesta, el camino se bifurcaba.

Otra instantánea del Cráter del Volcán Poas
De frente, el esperadísimo cráter del Volcán, donde la gente se asomaba a lo lejos por una valla de madera (No sabíamos si se veía o no). Y a la derecha un estrecho y oscuro sendero que lleva a la Laguna Botos, el cráter originario del Poás pero que hoy en día es lo que su propio nombre indica, una laguna.

 

Lo primero era lo primero y es por ello que caminamos de frente expectantes por saber qué nos íbamos a encontrar. Antes de nuestra visita, desconociendo si fructosa o no, permitidme contaros en unas líneas algunos datos interesantes del Volcán Poás.

 

El Parque Nacional de aproximadamente 5000 hectáreas tiene como Rey de Reyes a uno de los muchos volcanes con actividad relativa que pueblan Costa Rica.

Cráter del Volcán Poas
El Poás, con una altura de 2704 metros y  un cráter con 1 kilómetro y medio de diámetro y 300 metros de profundidad, fue formando su fisonomía después de varias erupciones, siendo en 1953 la última de importancia relativa. Siglos atrás se habían efectuado dichos fenómenos en un cráter que no se ubica en la cima y que actualmente soporta las aguas pluviales que lo convirtieron en Laguna (Botos). Pero desde mitad del XX es el cráter situado más arriba el que atrae las miradas de los muchos viajeros y turistas que pasan por allí. Se calcula que más de 250000 personas visitan año tras año el Volcán animados por su espectacularidad y su fácil acceso. Una importante inyección en las arcas costarricenses, sin duda alguna.

 

Erupciones de importancia no ha habido en las últimas décadas. Tan sólo en varias ocasiones ha lanzado ceniza a mucha distancia, siendo cerrado temporalmente por este hecho.

En el Crácter del Poas hay una pequeña laguna que en ocasiones se ve azul turquesa
Son bastantes los años en que no se ha dado peligro alguno y el mayor engorro sufrido ha sido el cotidiano en que las nubes no dejan ver apenas el cráter decorado con una pequeña charca de coloración variable (últimamente tiene un color celeste resplandeciente) o las amarillentas fumarolas.

 

Y en ese paso nos encontrábamos Inti y yo. A escasos metros del vallado en que la gente se agolpa para observar el espectáculo volcánico y sacar buenas fotografías que enseñar a familiares y amigos. Un paso tras otro, nos asomamos y… nada de nada. Una pared de opaca niebla blanquecina alejaba cualquier mínima posibilidad de apreciar cráter alguno. Lo único que nos hacía corroborar que estábamos en lo alto de un volcán era el apestoso hedor a azufre que no pasaba desapercibido. Así debe oler el infierno, pensé, con una mezcla de rabia y resignación por no haber tenido suerte.

Fumarola en el Cráter del Volcán Poas. El amarillo es del azufre que desprende
Me acordé de la recomendación leída en guías donde se dice que conviene estar a primera hora de la mañana para tener más probabilidad de encontrarse el lugar despejado. Pero qué se le iba a hacer… tan sólo cabía rezar para que la niebla se disipara por el viento aunque fuera por unos segundos.

 

Con algo de sorna le pedí a Inti que se subiera a una escalinata para hacerme una foto de recuerdo. Un clic me indicó que había tomado la fotografía pero de repente el gesto de su cara cambió y me pidió que no me moviera, que iba a tomar otra.

En Freddo Fresas (Carretera al Volcán Poas) nos dimos una buena comilona tica
Y así varias veces hasta que con extrañeza me doy la vuelta y me encuentro el cráter despejado, no al 100% pero sí lo suficiente para poder apreciar un paisaje excepcional y quasi-interplanetario. Del agujero bañado con una charca no precisamente apta para el baño salía de forma constante una gran humareda, como si de un caldero gigante se tratara. A los lados aún es posible apreciar los restos de lava que en su día descendieron lenta pero poderosamente por la ladera. Las fumarolas expulsaban su gas amarillo, que por su contenido rico en azufre, nos estaban obsequiando con un olor bastante repugnante. Algunos de los visitantes que allí estaban aprovechando a realizar fotografías iban con la nariz tapada para soportar tan magna pestilencia.
Casados y batidos de fresa antecedieron a un buen plato de plátano frito con queso y mermelada
Pero, a pesar de ese nimio detalle, valía la pena contemplar y fotografiar ese pedacito de tierra viva, que respira y que nos enseña un poquito de su poder. La justa para hacernos pensar lo pequeños e insignificantes que somos. Tan a expensas de esa Naturaleza a la que en general no se le guarda respeto alguno.

 

Después de un par de minutos observando entusiasmado el panorama, las nubes se mezclaron con el humo y el cráter volvió a ser invisible para todos los que allí estábamos. Esa tregua que había pedido la habíamos tenido. Con eso ya había compensado subir hasta allí. Eso está fuera de toda duda.

 

Fue entonces cuando retrocedimos por donde habíamos venido y tomamos el estrecho sendero que serpea en la oscura y húmeda maleza hasta llegar a la Laguna Botos, el cráter originario que dejó de serlo para convertirse en un enorme hueco cubierto de agua procedente de la lluvia.

Esto es un Casado como Dios manda. Arroz, frijoles (judías), carne, ensalada y puré de patata. En Freddo Fresas son especialistas en comida casera costarricense
El nombre “Botos” procede de una tribu indígena que estuvo siglos asentada en sus cercanías. Costa Rica fue siglos atrás un cúmulo de etnias de las que hoy en día apenas queda representación. Quizás sean las Reservas Brí Brí, los poblados chorotegas o guaymíes los que más miembros cuenten. Otras muchas tribus fueron diezmadas con la llegada del hombre procedente de Europa.

 

El agua de la Laguna Botos, a pesar de ser pluvial, no es apta para el baño, y ni siquiera el desarrollo de vida en la misma. Tan sólo las bacterias soportan la extrema acidez debido a su incuestionable origen volcánico. La forma circular de la Laguna delata este aspecto. Rodeada de un frondoso paisaje vegetal posee una tonalidad verde casi cristalina que capta gracias al reflejo de las exuberantes arboledas.

 

No éramos nosotros los únicos en el mirador, en el cual aguantamos un rato hasta que llegaron las hordas de niños excursionistas que agotan al ser más paciente.

Otra instantánea de la Catarata de la Paz
Momento ideal para dar marcha atrás y tomar de nuevo el oscurísimo caminito en el que cabe esperar el asalto de un orco o de otra tenebrosa criatura salida de cualquier libro de Tolkien.

 

Volvimos al cráter de arriba, que seguía cubierto, pero como premio de despedida fuimos obsequiados con un repentino despeje que nos mostró el volcán con mucha más claridad que la primera vez. Y durante más tiempo.

 

Es por ello que mi recomendación a todos los viajeros que allí vayan es muy simple: Paciencia.

La Catarata de la Paz, a las faldas del Volcán Poas, se encuentra en un entorno de bosque nuboso
Cuando uno menos se lo espere es posible que una ráfaga de viento termine llevándose a la más aparatosa de las nubes que viven agarradas al volcán. Aún así, es mejor si se madruga. Pero si no se hace, confiad en que es posible pasar de la espesura a la claridad en tan solo unos segundos. De todas maneras sed conscientes como he ido diciendo en todos y cada uno de los relatos que “la Naturaleza es imprevisible y que lo que un día te quita otro día te da”. Podéis no tener fortuna en el Poás y ver muchos animales en Corcovado por poner un ejemplo.   

 

Finalizamos nuestra visita al Parque Nacional haciendo una parada en el museo de carácter didáctico que hay a las puertas. Muy apto para estudiantes y curiosos que busquen conocer los interesantes entresijos tanto del Poás como de la Vulcanología en general.

Catarata de la Paz
De un modo interactivo y entretenido es posible aprender muchas cosas. Aunque tampoco es un lugar que requiera demasiado tiempo. Un simple paseíllo es suficiente.

 

En la planta de arriba hay una enorme tienda de souvenirs y regalos donde sus precios son directamente proporcionales a la fama del Parque Nacional en que se encuentra. Allá cada cual con su presupuesto, pero de todos es sabido que hay que evitar hacer compras en los sitios más turísticos.

 

Volvimos a la minivan de Inti, que nos aguardaba en el abarrotado Parking. Cuando preguntó qué quería hacer no tuve dudas. “Ir a lo de los quetzales que nos han recomendado tus tíos”-le dije sin pensar.

Para llegar hasta ahí me empapé los pies
Y allá fuimos, descendiendo la montaña curva tras curva. En cuanto pasamos una serie de puestos de artesanía y frutas nos dio la impresión de que nos lo teníamos que haber pasado. Preguntamos a una vendedora que conocía el lugar exacto pero que nos dio la mala noticia de que “no había quetzales” ya que se habían marchado de allí semanas antes. Todo va por épocas, y al parecer en el Valle Central no era el momento de estas exóticas aves que se me estaban resistiendo. Me temía que debía conformarme con haber escuchado su silbido en el frondoso Parque Nacional de Monteverde, junto a Inti y Albert, mientras caminábamos despacio por los Puentes colgantes de Selvatura.

 

Mi estómago se estaba haciendo a los horarios costarricenses.

Atardecer desde Villa Pacandé
Inti, que ya sabía perfectamente dónde íbamos a comer, no se lo pensó dos veces y arrancó su coche. En apenas cinco minutos aparcó junto a uno de los Restaurantes que más recuerdo me dejó en las tres semanas de viaje. Su peculiar nombre Freddo Fresas era un indicativo claro de qué fruta era su especialidad. Ya teníamos elegido, por tanto, el sabor del jugo que nos iba a acompañar en la comida. Después de sentarnos en una de las muchas mesas de madera del local echamos un ojo a la carta que notoriamente estaba compuesta de platos típicos de la cocina de Costa Rica. Freddo Fresas es indicativo de un binomio compuesto por “comida casera” y “calidad”. Su fama, que ha traspasado fronteras, no sólo se debe a la exquisitez de sus fresas sino también por ser los que mejor preparan “El Casado”, que como sabéis es el alimento favorito de los ticos. La composición es la siguiente: Arroz y frijoles (núcleo principal), ensalada (lechuga, tomate, repollo o remolacha), carne (bistec, chuleta o pollo) ó pescado. Dependiendo de los lugares donde se prepare este alimento tan popular como económico, se pueden añadir diversos ingredientes con un carácter tan decorativo como funcional: Plátano, puré de patatas, etc… Lo que es seguro es que jamás puede faltar el arroz o los frijoles.
Panorámica nocturna del Valle Central desde el Restaurante "El Mirador del Valle".

 

Por tanto, no nos entretuvimos demasiado con la carta y pedimos jugos de fresa para beber, un buen casado de res (ternera o cebú) para cada uno y de postre una deliciosa bandeja de plátano cubierto de queso fundido y mermelada. La mesa quedó de postal cuando nos lo trajeron todo. Delicioso es un adjetivo netamente escaso para expresar cómo nos supo la comida. Y todo por un precio que no llegó a los seis euros por barba. Sin duda vale la pena detenerse en este restaurante en la carretera que comunica Alajuela con el Volcán Poás. Gastronomía de Costa Rica al 100%.

 

Tras la comida y la posterior sobremesa continuamos con nuestro camino. Mi cuerpo pedía una siesta a gritos pero mi cabeza aún quería enriquecerse con nuevas experiencias, nuevos destinos. Había oído hablar en más de una ocasión de La Paz Waterfall Gardens, un complejo natural bastante completo situado a pocos kilómetros de donde nos encontrábamos. Tan sólo había que desviarse de la carretera al Poás (exactamente en Poasito) y tirar hacia la Gasolinera de Vara Blanca. Girando a la izquierda había que seguir la carretera durante 6 kilómetros para arribar a Los Jardines de la Paz, otro de esos lugares exageradamente concurridos por turistas de todos los países del mundo. Esta reserva privada está constituida por más de 3 Km. de senderos que serpentean paralelamente al Río La Paz a través de un bosque húmedo. En su interior hay un sinfín de atractivos naturales (y no tan naturales) para todas las edades como un enorme mariposario, un jardín de colibríes, un ranario, una exposición de serpientes por nombrar unos cuantos. También hay que contar con las espectaculares cataratas (cinco para más señas) que dejan boquiabierto a los visitantes.

La Paz Waterfall Gardens es más que un negocio. No suponía que fuera tanto. Tiene un hotel (Peace Lodge), un buen restaurante y una enorme tienda de Souvenirs. Cuando le pregunté a Inti cuánto costaba hacer el tour por el complejo me quedé patidifuso. En ese momento (mayo de 2007) la entrada de adultos era de 29 dólares. Para 2008 estaba previsto subirlo a 22. Estos precios varían dependiendo de si se incluye la comida. Es ese caso aumentan por lo menos 12 dólares más.

 

Me pareció demasiado y más teniendo en cuenta lo que habíamos visto ya y lo que aún nos quedaba por ver. Inti recordó que la 5ª catarata del Río La Paz se puede ver desde la carretera por lo que no era necesario entrar al complejo y gastarnos tanta pasta. Además, aunque hubiésemos querido, la rentabilidad hubiera sido nula porque echan el cierre a las cinco de la tarde. Así que eso es lo que hicimos, ir a esa espectacular catarata que tantas veces ilustra catálogos, postales y reportajes de Costa Rica. No sin antes perdernos nuevamente gracias a la inconmensurable orientación de mi gran amigo Inti, alias “GPS”, que nos llevó por un camino de Dios en que casi nos liquida un camión que no esperaba presencia humana por la zona.

 

Pero todo tiene solución en esta vida, y las usuales pérdidas en carretera también. Tarde, pero terminamos llegando a “La Catarata La Paz”, una nutrida caída de agua que parece superar los 30 metros. Dejamos el coche entre un puente y una tienda de regalos y nos bajamos para observar otro de tantos presentes con que nos obsequia la Naturaleza. Tomamos unas cuantas fotografías en plan Barrio Sésamo. Cerca….lejos….cerca…lejos. Así de pesados somos los viajeros a una cámara pegados. Yo reconozco ser incluso cansino en este aspecto. Compadezco a mis sufridos y sufridas acompañantes en los viajes por tener que aguantar mis repetitivas tomas y poses. Algún día entenderé que lo que no falla es la cámara sino yo.

 

No quedaba demasiado para que la pronta oscuridad comenzara a cernirse sobre el espeso y cerrado bosque por donde juega a dar saltos el Río La Paz, bello y esperanzador nombre en los días que corremos. Como la intención de Inti era limpiar el coche que habíamos utilizado hasta ese día para después dejarlo definitivamente en las oficinas de la casa que nos lo había rentado, marchamos a Villa Pacandé para finiquitar ese tema lo antes posible.

 

Tardamos algo menos de media hora en llegar. Inti estuvo largo rato tratando de contactar con los de la compañía de alquiler. Y siguieron con su afán de no coger el teléfono.

Yo mientras tanto me senté plácidamente en el ordenador para conectarme a internet y echar un vistazo de lo que se movía por el mundo. Como siempre, las buenas noticias eran tan escasas como insignificantes por lo que pasé por hablar con las pocas almas que a esa hora estaban despiertas en España. La diferencia horaria era un abismo. Las seis de la tarde en Costa Rica se convertían en las dos de la madrugada españolas. Aún así siempre hay alguien al otro lado.

 

Después de mucho tiempo la gente de Expedition Car Rental se dignó a responder las incesantes llamadas de Inti. Cuando les comentamos que íbamos a dejar el coche a su oficina y que tuvieran preparado el “presupuesto” del cristal nuevo que supuestamente habían comprado, dijeron que no debíamos preocuparnos. Ellos mismos irían a recoger el coche al día siguiente (en que nosotros partiríamos a Tortuguero). No había demasiada prisa, al parecer.

 

No me gustó su solución pero nada podíamos hacer. Ellos se ocuparían de venir a por el coche. Nosotros, por tanto, teníamos la tarde-noche libre para quedarnos en la Villa y salir tranquilamente a cenar cuando asomara el apetito. Aproveché a leer algunos de los libros de naturaleza que había en uno de los estantes de la casa. Algunos de los animales que aparecían retratados los había visto, aunque me quedaba por ver la mayoría. Tenía debilidad por tener delante una enorme tortuga Baula, que como ya dije en capítulos anteriores, puede llegar a medir los dos metros de largo. Y estaba deseando encontrarme una de esas ranitas de ojos rojos cuyo aspecto fotogénico ha servido para ilustrar tanto a revistas como a libros. En la zona a la que íbamos era más complicado ver felinos como jaguares o pumas, que aunque los hay (según épocas pueden ir a Tortuguero “de caza”), es casi imposible toparse con ellos. Así que había que buscar otros posibles como los que he comentado o incluso como el Perezoso de Tres dedos, que se estaba resistiendo sobremanera. El de dos ya lo pudimos ver en Monteverde, y bastante cerca además.

 

Qué bien venían esos momentos de relax, sin duda ideales para retomar los nuevos acontecimientos con energías renovadas. Tampoco es que antes hubiéramos estado picando en la mina, no me entendáis mal, pero había sido una sucesión tan constante de experiencias y sensaciones que un pequeño paréntesis se agradecía bastante.

 

Y de repente, otro atardecer de esos que no se pueden explicar con palabras. En este caso, asomados en el balcón de una de las habitaciones de la Villa, presenciamos cómo el cielo se tornó fuego sobre las cada vez más negras siluetas en que se iban convirtiendo los árboles segundo a segundo. Y a menos luz, más ruido de pájaros, insectos y demás animales que enloquecen tanto en el ocaso como en el amanecer. Es imposible no caer rendido ante la más espectacular de las cotidianeidades.

 

Y de noche, justo después de preparar la mochila para nuestro Tour caribeño, alguien llamó a la puerta de Villa Pacandé. Y sorpresa, era Pedro! Para los olvidadizos diré que fue la persona que amablemente nos dio cobijo y ayuda en Quepos durante los dos días en que el 4x4 nos dio infinitos problemas. El mismo que regenta una Escuela de Español (El Paraíso) en dicha ciudad próxima a Manuel Antonio y en el exótico archipiélago panameño de Bocas del Toro.

 

Muy amable como siempre y acompañado de su socia alemana compartió una agradable conversación tanto con nosotros como con los tíos de Inti, con los que comparte una excelente amistad desde hace años. Todos ellos salieron de Colombia buscando algo mejor y era obvio que lo estaban logrando día a día. Aunque esto no es óbice para que echen de menos su Patria y se aferren a miles de recuerdos. La tierra siempre tira mucho. Uno puede hacerse a todo, pero es imposible perder la noción de unas raíces que jamás desaparecen.

 

Y salió la conversación de la comida típica de Colombia. Que si uno echaba de menos esto, que si otro le encantaba almorzar lo otro… Vamos, que se nos hizo la boca agua. Fue por tanto cuando llegó el momento para salir a cenar. Ellos se quedaron en la Villa esperando a unos clientes que estaban por llegar. Nos fuimos entonces Inti y yo, no sin varios encargos gastronómicos previos.

 

Nuestro destino para homenajear a nuestro apetito se encontraba a apenas a diez minutos de la Villa, subiendo por la carretera que se dirige al Volcán Poás. Su nombre no podía ser más idóneo: El Mirador del Valle. Las mesas apuntan a una enorme cristalera desde donde se obtienen unas excelentes vistas de San José y alrededores, rodeados de inmensas montañas. De noche la iluminación de farolas y viviendas parecen convertirse en un enorme lago de luz. Y sin apagones que valgan, vaya.

 

De entrante pedimos chicharrones con patacón y como plato fuerte un delicioso lomo encebollado que me supo a gloria. Disfruté lentamente de carne jugosa bañada en finísimas capas de cebolla. Realmente exquisita.

 

No nos entretuvimos demasiado en el Restaurante porque abajo en la Villa esperaban voraces los encargos que nos habían hecho. Y allá fuimos a saciar el hambre de todos los asistentes que no dejaron ni las migas.

 

Las distintas conversaciones se sucedieron animosamente hasta que llegaron los últimos clientes. Un matrimonio con niña pequeña procedente de Israel aterrizó después de un larguísimo viaje. Y sólo tenían ganas de descansar, aunque a la pequeña le dio por llorar tanto que acabaron a las tantas de la madrugada en el hospital. Pero esos inconvenientes y preocupaciones se quedaron más allá de mis sueños porque ni el más sonoro llanto me impidió dormir. Esa noche no me hubiera despertado ni con un altavoz a todo volumen sobre mi cabeza.

José Miguel Redondo (Sele)
El Rincón de Sele

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