El día que crucé el charco por primera vez

Alajuela Travel Blog

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Recorrido llevado a cabo en Costa Rica. Aquí no se incluye el que hicimos por el Archipiélago de Bocas del Toro (Panamá)

Pura vida fue la primera frase que salió de mi boca nada más entrar en el gigantesco avión transatlántico de Iberia en el que pasaría algo más de catorce horas hasta llegar a mi destino soñado: Costa Rica.
¿Y qué es la pura vida? se preguntarán algunos mientras otros estarán esbozando una tibia sonrisa ya sea por conocimiento a ciencia cierta o por haber llegado a estar cerca de ella, sabiendo perfectamente a qué me refiero con dicha expresión.

Estas dos palabras se fusionan cotidianamente en las conversaciones de la gente costarricense para saludar, para dar las gracias, para expresar que una persona es simpática, para despedirse de un amigo o simplemente para decir que todo está bien, por poner varios ejemplos. Pero el quid de la cuestión no está en su repetida utilización, sino en el transfondo de su significado que resume un estado de ánimo o más concretamente una forma de vida. Espero que cuando hayáis terminado de leer este diario, podáis comprender de una forma u otra qué implica el tener Pura Vida.

Esa es exactamente la razón principal por la que me encontraba volando un sábado 28 de abril de 2007 por encima de las aguas Atlánticas que separan el continente europeo del Nuevo Mundo. Bueno, esa y otras muchas más relacionadas con la "fiebre viajera" que estaba sufriendo y que me había llevado a una vorágine difícil de parar.

La historia de querer viajar a Costa Rica venía de años atrás. Más concretamente de la primavera de 2005, cuando mi padre me presentó a Inti, un compañero de trabajo que acababa de llegar de allí tan maravillado que había tomado la decisión de irse a vivir al pequeño país centroamericano en cuanto pudiera. Y pudo, vaya si pudo. Pero no fue sencillo, ya que para lograr el sueño de establecer su residencia y trabajo allí tuvo que luchar lo suyo. Afortunadamente tenía la gran experiencia de sus tíos, que hicieron lo mismo cinco años antes y que consiguieron hacerse un hueco. Ahora poseen dos pequeños hoteles familiares muy cercanos al Aeropuerto principal de Costa Rica (en Alajuela, a pocos kilómetros de San José) y han encontrado la estabilidad necesaria para quedarse allí para siempre y vivir tranquila y felizmente.

Inti, quien estudió una rama de la Veterinaria más enfocada a los animales salvajes había encontrado su paraíso particular. Me explicaba repetidamente en nuestras charlas que iba a perseguir su sueño y que tenía claro que lo iba a lograr. Su idea era enfocar su vida al turismo ecológico y poder algún día enseñar a la gente cómo disfrutar de la naturaleza sin destruirla. Pero en un país con tanta influencia norteamericana, el inglés era imprescindible para tratar con los visitantes, así que ya tenía planeado marcharse una temporada a Irlanda para aprender un idioma que no controlaba ni en sus niveles más básicos.

A mí cuando me contaba esas historias me daba una envidia tremenda. Aunque era harto complicado, tenía claro lo que quería hacer. Yo todo lo contrario. No era una época buena para mí, ya que en esas fechas yo me encontraba trabajando como documentalista en una multinacional dedicada a la Auditoría con todo el pesar de mi corazón. Tenía una jefa estúpida, un horario imposible y un sueldo mísero que no se acercaba ni siquiera a la precariedad del mileurista de esta España tan alejada de lo que se cuece en otros países de Europa. Afortunadamente unas semanas después, tras casi dos años de explotación, dejé ese trabajo y me marché al que por el momento es el viaje de mi vida, el Transiberiano que hice con mis amigos del barrio por Rusia, Mongolia y China (previo paso por Berlín y Riga). Aunque tardé en conseguir otro empleo, mejoré cualitativa y cuantitativamente mis condiciones. La espera fue angustiosa pero sirvió para algo.

A finales de 2006, después de la publicación del Diario de Oriente Medio y los Balcanes, que supuso el resurgimiento de mi Espacio personal (El Rincón de Sele), Inti se puso en contacto conmigo nada más volver de Irlanda. Tras lograr un muy aceptable nivel de inglés había puesto fecha para marcharse definitivamente a vivir a Costa Rica, el 10 de diciembre de ese mismo año. Después de un par de conversaciones me convenció para ir allí unas semanas, siendo así el "gran viaje" previsto para 2007. No tardó demasiado, la verdad, ya que desde que habíamos hablado la primera vez me había empapado de todo lo que había en el país y sabía perfectamente que debía ir allí lo antes posible.

Dicho y hecho, tras volver de mi viaje invernal por Laponia (Ver Postales de Finlandia), me hice con los billetes de avión y comenté en el trabajo que me tomaría 3 semanas en Mayo. Afortunadamente no hubo ningún problema y ya no quedó más que esperar a que llegara la fecha del 28 de abril para tomar ese avión de Iberia que me dejara por primera vez en América.

A pesar de volcarme en una serie de mini-viajes previos al de Costa Rica, no dejé de informarme en guías, de leer revistas o de consultar en los foros, para aprender lo máximo posible de dicho país centroamericano. Concretamente mi Biblia durante ese tiempo fue la Lonely Planet, que como siempre, va más allá de informaciones generales y pasa a asesorar al viajero en cosas más prácticas, que al fin y al cabo es lo útil.

Poco a poco fui creando un mapa de Costa Rica en mi cabeza y conociendo esos lugares más recomendables para así en fechas más cercanas a mi partida, tener elaborado un itinerario más o menos planificado. Tiempo para ello había de sobra. Faltando unas semanas para el día señalado con una equis en el calendario, Inti y yo, mediante el siempre útil messenger, diseñamos una ruta lo más completa posible para abarcar lo máximo posible. Incluso surgió la idea de pasar a Nicaragua y así visitar ciudades míticas como Granada o Volcanes como el Masaya, pero la imposibilidad de cruzar allí con coches alquilados (ese sería nuestro medio de transporte) nos hizo desdeñar tal opción, muy a mi pesar. Lo que sí vimos mejor fue cerrar el viaje en el Archipiélago panameño de Bocas del Toro, al que se puede llegar de forma sencilla desde el Caribe Sur costarricense. Un día por aquí, dos por allá... parece fácil decirlo pero no hacerlo. Pero en mi caso, la preparación y estudio de los viajes son siempre un estímulo. Sin el antes y el después no tendría la misma gracia.

Este viaje en el que me estaba embarcando se presentaba muy diferente a los anteriores en muchos aspectos. Era la primera vez que me centraba en ver "naturaleza" exclusivamente. Ni edificios monumentales, ni ciudades bulliciosas, ni aldeas de cuento... Aquí lo que prima al 100% es lo natural. A los aficionados a tan amplia materia, Costa Rica jamás nos va a decepcionar. ¿Por qué? Muy fácil. Los datos que resaltan que algo más de un 25% del país está protegido (y subiendo) y que posee el mayor número de especies de flora y fauna de todo América Central son suficientes para atraer a cualquiera a esa tierra tan maravillosa.

Estaba deseando fervientemente ver animales en su estado natural y no en cautividad. Tenía claro que no están tan a la vista como en la Sabana africana ya que la jungla es ideal para camuflarse, pero confiaba en la suerte y en la sapiencia de mi amigo Inti y de los personajes que conoceríamos por el camino. Aunque con la Madre Naturaleza ya se sabe, todo es imprevisible y estamos a expensas de lo que ella decida.

Me hacía especial ilusión poder ver a los monos jugueteando en los árboles, a los simpáticos perezosos holgazaneando, a las coloridas aves revolotear por la selva, a las ranitas poniendo su banda sonora particular o a los delfines saltar para salir a respirar. Respecto a la posibilidad de ver un puma, un jaguar, o una tortuga marina desovando, se me ponía la piel de gallina sólo de pensarlo. Aunque hay que reconocer que las probabilidades (sobre todo en lo que a felinos se refiere) son exageradamente mínimas en estos casos.

Pero ya era 28 de abril y la suerte estaba echada. Se había terminado la planificación y la preparación. Unas horas antes terminaba de cerrar mi enorme mochila Altus que tantos viajes me lleva acompañando. Como siempre, iba bien cargadita. Tanto, que me costó Dios y ayuda cerrarla en mi casa. Camisetas de manga corta (por el calor), camisetas de manga larga (por los mosquitos), pantalones largos, pantalones cortos, bañadores, botas de montaña, zapatillas, chanclas, ropa interior, bolsa de aseo, mini-botiquín, cargadores del móvil y la cámara...se apelotonaban no dejando ni un centímetro de espacio.

Afortunadamente el tema de la vacunación había quedado solucionado mucho antes. Tanto para Costa Rica como para Panamá (más concretamente para Bocas del Toro) seguí las recomendaciones existentes. Exageradas, sí, pero no obligatorias. Nunca está de más ir protegido y tranquilo así que por lo menos hay que informarse del tema. Según fuentes del Ministerio de Sanidad español es recomendable estar vacunado de la Hepatitis A y B, de las Fiebres Tifoideas, del Tétanos y de la Fiebre amarilla. Respecto a la Malaria, tomar una dosis de Resochín (la más flojita) a la semana, comenzando 7 días antes del viaje, durante el viaje, y cuatro semanas después de volver. A todo esto habría que añadir la protección normal para las zonas en que abundan los insectos en general y mosquitos en particular, es decir, el Relec (fuerte) de turno.

Costa Rica y Bocas no son precisamente lugares en que se den demasiados contagios, pero por su naturaleza, probabilidad de los mismos siempre hay. Repito, son "recomendables" y no obligatorias. Conozco mucha gente que ha ido allí sin vacunar y sin tomar pastillas para la Malaria y no le ha pasado absolutamente nada. Es algo totalmente discrecional que depende de la persona en cuestión.

Con un buen plan, con el equipaje listo, las vacunas puestas, los dólares escondidos (aunque la moneda oficial es el Colón, los aceptan en todas partes) y el pasaporte resguardado con la copia correspondiente...me encontraba en ese enorme avión del que hablaba al principio, observando en silencio el paisaje uniforme de color azul que representa el inmenso Océano Atlántico.

Se me olvidó comentar la enorme sorpresa que me llevé al ver que el "vuelo directo" que me había vendido Iberia se había convertido en un "no directo" ya que haría una parada de una hora en Guatemala para dejar pasajeros. Vale que es uno de los países que más ganas tengo de visitar, pero no me parece ni lícito ni normal venderte la moto y luego hacer lo que les de la gana. Suficiente coste tenía el billete para jugar con esas cosas.

A mi lado tenía una mujer llamada Sira de algo más de 30 años bastante habladora y con una resaca tremenda de la fiesta que se había dado la noche anterior. Marchaba nada más y nada menos que a una reserva indígena de Honduras como voluntaria de una ONG. Al parecer es algo que hace todos los años. Su marido, no muy aficionado al tema, se quedó en casa una vez más. Me habló de todo, de sus fiestas, de su empresa, de sus viajes, del tabaco y de maroto el de la moto... Menos mal que me puse los cascos para ver una de las tres películas que pusieron durante el larguísimo vuelo. "En busca de la Felicidad" protagonizada por Will Smith e Hijo, fue el título elegido en primer lugar. Un nombre algo premonitorio, ya que ese objetivo estaba a unas pocas horas de verse cumplido. "El Gran Viaje del año" es la semana, la quincena o el mes que me hace más inmensamente feliz...

La segunda película fue una de dibujos animados bastante extraña. Ese rato aproveché para estirar las piernas y dar paseíllos por el avión, que ya me estaba empezando a cargar la espalda. Charlé un rato con las azafatas que me iban proporcionando zumos, refrescos, cacahuetes, y me decían con propósito de insuflar ánimo que ya no quedaba tanto para llegar a Guatemala. Podía ser verdad, pero es que yo no iba allí precisamente.

Y así fueron pasando las horas. Hubo una tercera película en solfa, en este caso española: "Vete de mí" protagonizada por Juan Diego, uno de los mejores actores de nuestro país, y por Juan Diego Botto (valga la redundancia), un tipo que no me cae especialmente bien. Al menos estuvo entretenida, excepto el final, que es bastante deprimente, lento y soso.

En una de mis miradas por la ventanilla, me di cuenta de que pasábamos por encima de una Isla. ¡¡Tierra a la vista!! me dije a mí mismo como si fuera uno de los miembros de las Tres Carabelas que arribaron el 12 de octubre de 1492 al Continente americano. Por el tiempo que llevábamos y el color turquesa de sus aguas pensé que podíamos estar en Puerto Rico o incluso en Santo Domingo. Me hacía mucha ilusión tocar de alguna manera el Nuevo Mundo, o como lo llamamos de forma más coloquial, "cruzar el charco". A pesar de haber estado en muchos países, nunca había tenido la fortuna de estar en esa América tan variopinta a la vez que excitante. No veía la hora de llegar...

Once horas después de haber despegado en la caótica Terminal 4 del Aeropuerto de Barajas sobrevolamos Guatemala para detenernos en la ciudad que lleva el mismo nombre. Un paisaje absolutamente verde se mezclaba con la bruma provocada por el tremendo calor que allí estaba haciendo. Cuando el verde pasó a ser gris de pequeños edificios y casas bajas supuse que ya estábamos en la capital guatemalteca y que aterrizaríamos de un momento a otro. Así fue. Unos minutos bastaron para darnos cuenta de las inmensas zonas chabolistas y pobres que abundan en la ciudad centroamericana, que llegan incluso a estar a escasos metros del Aeropuerto.

El avión se detuvo en una de las pocas pistas que conforman las instalaciones del mayor aeródromo del país. Cuando abrió sus puertas se marchó por lo menos un 80% del pasaje, siendo unos pocos los que tuvimos que aguantar una hora parados con el calor que hacía en ese momento. Aproveché a charlar con una señora de Costa Rica, que volvía a su casa después de meses de trabajo en España, la cual no había estado en bastantes sitios señalados como imprescindibles en nuestro itinerario. También compartí risas y consejos con una pareja que se iba a Panamá a pasar las vacaciones. Él español y ella panameña, habían estado el año anterior en Bocas del Toro, del que se quedaron con un muy buen sabor de boca (valga la redundancia), a pesar de que una gran ola se llevó sus cámaras de fotos en uno de sus trayectos en lancha. Ya puedo tenerla bien guardadita cuando vaya - comenté a los chicos entre risas.
Ellos tampoco se esperaban el parón guatemalteco que nos estábamos metiendo para el cuerpo. Otras personas me explicaron que de vez en cuando lo hacen, sobre todo si encuentran un buen cupo para ir a ese país.
Yo pensaba que Costa Rica era más transitada que Guatemala, al menos turísticamente hablando. También hay que decir que en esta última hay mucha ONG y eso podía explicar el enorme desembarco español que allí se acababa de producir.

En el tiempo que pasamos allí de charla, los operarios de limpieza dejaron "reluciente" en un momento un avión que tenía bastante porquería después de algo más de diez horas de viaje. Subieron los nuevos pasajeros, en su mayoría alemanes y americanos, y partimos hacia un viaje más corto inferior a las dos horas. Eso ya no era nada para todo lo que llevábamos encima. Estaba realmente agotado físicamente. Un trayecto transoceánico es duro de digerir. Pero bueno, sarna con gusto no pica, como dice el sabio refranero castellano. No me iba precisamente a galeras a remar. Tenía claro que quería disfrutar de lo mejor de Costa Rica y de las preciosas islas panameñas de Bocas del Toro. También estaba previsto tomar nota de lo que iba viviendo para después plasmarlo en esta crónica que espero logre entretener o servir al público lector. En una libreta de tapas ocres apunté esos datos y nombres que a uno se le pueden olvidar en un momento dado. En escritos anteriores no utilicé nada parecido, pero nunca viene mal un apoyo si se quiere hacer algo realmente decente. Mi intención en lo que a publicación de diarios se refiere es ofrecer entretenimiento, información práctica y útil, amén de un recordatorio personal que en su día me será grato leer. La experiencia de mi viaje en primera persona es lo que espero que quede reflejado en estas palabras. Mis avatares, aventuras, pensamientos... son los protagonistas de una narración que en ocasiones puede ser algo espesa para el lector. Nada más lejos de mi intención, que no es otra que presentar algo medianamente ameno. Trataré de controlar la extensión de mis palabras para no pasarme y no resultar excesivo. A ver si de la realidad al hecho no hay tanto trecho.

Volviendo a la historia que nos ocupa debo decir que el trayecto que separa Guatemala de Costa Rica se me pasó "volando" literalmente. La oscuridad se impuso a través de las ventanillas del avión mientras nos avisaban de la proximidad del aterrizaje en tierras costarricenses. Unos minutos me separaban de mi destino. El Aeropuerto Juan Santamaría, que aunque uno lee que es de San José, se encuentra en la Provincia de Alajuela, era el lugar donde había quedado con mi amigo Inti, quien me vendría a buscar para llevarme al Hotel Villa Pacandé (situado en dicha ciudad), que sería nuestra base de operaciones en principio, mitad y fin del viaje. Regentado por sus tíos Cecilia y José Manuel, tiene la tranquilidad y sosiego que a uno le puede faltar en la ajetreada ciudad de San José. Yo quería levantarme por la mañana y escuchar el sonido de los pájaros, y eso allí era algo que quedaba absolutamente garantizado.  


La  pista mojada por la lluvia caída esa misma tarde recibió a nuestro avión de Iberia que se posó sobre ella a las 18:45 horas. En cuanto abrió sus puertas salí raudo con mi pequeña mochila a la espalda para recoger cuanto antes mi queridísima Altus en el lugar en el que suele salir el equipaje. Como el Aeropuerto no es demasiado grande, no tardé mucho en hacerlo. Pasé los rutinarios controles de pasaporte, rellené la solicitud de entrada pertinente y me hice con mis cosas antes de dirigirme a la salida en la cual se apelotonaban un gran número de taxistas esperando turistas con el sable preparado. (Un consejo. Son más fiables los de color naranja. Los rojos tienen más a la estafa y a la sorpresa final) Entre ellos emergió la figura de mi amigo Inti (que con su metro noventa no pasaba desapercibido) y de su primo Pipe, quienes llevaban un rato esperando fuera. Después de saludarnos y de intercambiar frases del tipo ¿qué tal el viaje? y por fin estoy aquí, caminamos hasta la furgoneta de Inti, acondicionada totalmente para el turismo. Hacía bastante calor, a pesar de que la lluvia había refrescado el ambiente. Era algo húmedo pero muy soportable. Y más en mi caso, que estoy hecho para las altas temperaturas.

 

Diez o minutos bastaron para atravesar la ciudad de Alajuela y tomar la carretera que va en dirección al Volcán Poás, donde en uno de sus desvíos se encontraba lo que se conoce por Villa Pacandé o La Villa, como suele nombrarla mi amigo. Cruzamos la puerta de hierro y dejamos la furgo en el pequeño aparcamiento de que dispone el lugar. Nada más bajar me encontré con un amplio espacio ajardinado que precede a una casa grande en plan chalet, de la cual aparecieron José Manuel y Cecilia, los tíos de Inti, quienes me proporcionaron un cuarto bastante amplio con baño privado y televisión. 

Hay dos tipos de habitaciones, amplias y muy iluminadas, (de 38$ y de 50$). Todos los cuartos tienen agua caliente y desayuno incluido (al igual que el parking).
En Costa Rica, normalmente, cuando se indica el coste de un hotel, se habla de precio por habitación y no por persona tal y como estamos acostumbrados.

 

Después de dejar mis cosas en el suelo de la habitación salí unos minutos para que me enseñaran las instalaciones. Lo primero que me llamó la atención fue comprobar que lo único que detenía el silencio era el ruido de grillos y pajarillos nocturnos, que sustituían a los del motor de los coches. Se ganó con el cambio, no cabe duda. A pesar de la oscuridad de la noche, pude ver la gran variedad de plantas, arbustos y arbolitos que tiene el terreno en el que se encuentra La Villa. Cecilia no sólo es aficionada a la jardinería sino que también es una gran experta. En sus jardines ha plantado orquídeas, limoneros, árboles de mango y otras muchas especies arborícolas y florales que aún no he conseguido aprenderme.

 

Estuvimos charlando amigablemente esa noche, aunque pronto se retiraron a descansar (En Costa Rica no se hace la vida nocturna de España y la gente se acuesta a horas en las que nosotros ni hemos cenado). Pipe, de 15 años, se marchó a su cuarto a ojear un libro de partituras de guitarra que le había traído desde Madrid. Está aprendiendo a tocarla y por ello tanto su primo como yo supusimos que unos cuantos ejemplos de “música española” no le vendrían nada mal.

 

Así que nos quedamos un rato más Inti y yo, en el que aprovechamos para ver fotos de su ordenador y en dar los últimos retoques a un plan bastante ambicioso pero con suficiente margen de tiempo ante posibles imprevistos. Nunca pasa nada hasta que pasa, por lo que siempre que se prepare un itinerario tanto aquí como en otro país, conviene no apretar demasiado los días. Y casi más en Costa Rica, donde las pobrísimas y ajadas carreteras, pueden jugar una mala pasada al coche.

 

En lo que a nuestro plan se refiere, apuntamos los lugares y el orden de visita (además de los distintos alojamientos) dejando bastante flexibilidad en el número de días a disfrutar en cada uno de ellos. Lo que teníamos claro era que el viaje estaría dividido en dos partes. La primera, que comenzaría el sábado 29 de abril, estaría encaminada a visitar algunos de los interesantes destinos del centro-norte del país (Volcán Arenal, Rincón de la Vieja, Monteverde-Santa Elena) y a recorrer la Costa Pacífico desde Guanacaste (provincia ubicada en el Golfo de Nicoya) hasta el selvático y alejado Parque Nacional Corcovado (en la Península de Osa) haciendo parada en Quepos donde se encuentra el Parque Nacional Manuel Antonio. En cambio la segunda, algo más corta, nos llevaría a conocer los principales puntos de la Costa Caribe costarricense (Tortuguero y Cahuíta) y las paradisíacas Islas de Bocas del Toro, ya en Panamá. Entre medias, un día de descanso en La Villa, que nos vendría bien con seguridad porque estaríamos agotados.

 

Cuando concluimos el repaso del itinerario nos fuimos cada uno a nuestra habitación a preparar el equipaje para la primera parte del viaje. Llevaba la mochila hasta los topes y debía quitar algunas cosas para ganar espacio. Después de hacerlo me tumbé en la cama y caí destrozado. A pesar de ser allí las diez de la noche, en mi cabeza estaba todavía el horario español (seis de la mañana del día siguiente). Habría que esperar a que me despertara para comprobar los efectos del famoso jet lag.

 

El sábado tendríamos un atractivo fuerte para ser el primer día: El Volcán Arenal. Y eso era suficiente motivo para acostarme con una sonrisa en los labios. Me esperaba una gran aventura desde ese momento hasta mi regreso a Madrid el 20 de mayo. Éste era un viaje diferente y sabía que podía depararme experiencias inolvidables. A mis 26 años había cruzado “el charco” por primera vez para plantarme en un pequeño pero gran país como lo es Costa Rica. Y en absoluto lo iba a desaprovechar…

José Miguel Redondo (Sele)
El Rincón de Sele

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