Empiezan los problemas... la maldición del Vatnajökull

Seydisfjordur Travel Blog

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Nos quedaban las motonieves en la cumbre del Vatnajökull. Ibamos a la lengua del Joklasel, donde habíamos visto carteles de alquiler de motos. Debíamos subir con nuestro coche a la cima de la montaña más cercana al glaciar más grande de Islandia. Las vistas desde la carretera no eran esperanzadoras pero las experiencias tan increíbles del día nos habían envalentonado y emprendimos la subida.

La niebla, como muestran las fotos, era como un techo sobre nuestras cabezas, sólido, compacto e infranqueable.

La espesa capa de niebla al subir
Llegó un momento en que el mundo desapareció y no vimos más que unas cuantas piedras delante de los faros. Ni luces antiniebla ni nada. Solo un gigantesco fantasma blanco que lo abarcaba todo. Sabíamos que a nuestros lados, más allá de las piedras debía haber una caida considerable. Ibamos acojonados. No podíamos dar la vuelta porque no había ningún espacio para girar en la carretera estrecha. Tampoco sabíamos cuánto quedaba para llegar a la estación, ni si saldríamos de la nube en algún momento. Lo único que deseaba en aquellos minutos eternos era no ver unos faros de frente. Seguíamos cuesta arriba, con la tracción puesta, botando en una carretera de piedras en mitad de un barranco, a 10 por hora y sin ver una mierda.

 

Después de una vida, la niebla cedio un poco y al poco vimos la sombra blanca de una furgoneta 4x4 aparcada.

La niebla era tan compacta que parecía que habían techado el cielo
¡Habíamos llegado a la cumbre! Bajamos del coche para respirar un poco, y nos cruzamos con unos españoles que se montaban en su propio 4x4 para iniciar el descenso. La niebla seguía siendo demasiado espesa para hacer nada. Aún así entramos en la cabaña de Joklassel y nos encontramos con una familia de españoles que estaban ayudando a sus hijos de 6 ó 7 años a ponerse el equipo de las motonieves.  Se nos acercó el guía preguntando si queríamos subir a las motonieves porque salían ya. Y los cuatro nos miramos y no fue necesario decir mucho más. Con las mismas nos montamos en el coche pensando que la familia estaba loca si iban a subir con lo críos a hacer motonieve con ese tiempo.

 

La bajada fue igualmente cautelosa, y tuvimos la suerte de no volver a cruzarnos con ningún coche. Tuvimos que resignarnos y reconocer que el Vatnajökull nos había vencido. No se podía tener todo.

 

 

Al llegar abajo, cambiamos de conductor y llevé el coche hacia el norte, camino a nuestro alojamiento del día, el pueblecito costero de Seydisfjordur.

Se acabó. No vimos nada. Momentos de miedo
Cruzamos todo el este en unas horas, con la lluvia acompañando todo el viaje. No paró de llover en ningún momento, a pesar de que recorrimos más de 300 kms.

 

Cuando llegamos a nuestro destino, aún nos quedaba la sorpresa del día: la dueña del youth hostel había dado nuestra habitación a otros españoles que se habian hecho pasar por mí. Que lo sentía mucho, que ya habían pagado y que buenas noches, que había tenido un día duro escuchando llorar a un bebe toda la tarde y que no le dijeramos cómo regentar su hostal. Después de convertirme en hulk, cagarme en todo lo que se menea y hacer un rápido diagnóstico psicológico de los nativos isleños, nos enzarzamos en una bonita discusión sobre las bondades de pedir identificación a los que llegan a tu negocio y las ventajas de una lobotomía artesanal para sus hijitos. La muy ·%$&3 $%23  buena mujer, tras un breve pero fructífero intercambio de sinapsis neuronales, se dignó a pedirnos disculpas y nos dijo que como solución nos podría alojar en casa de su señor padre, en el centro del pueblo.

Entre dormir en la casa de un señor islandés con Parkinson y dormir en una calle mojada y sucia, aceptamos el trato y nos fuimos a ver cómo son las casas islandesas.

 

Descubrimos que el pobre señor debía haber pasado por cosas así antes. Su hija, en un principio, ni siquiera le comentó que estábamos en casa, y se despidió diciendo que estaba un poco “under the weather”. Ella sí que estaba demente, la G$%RE F& habitante de los fiordos. Aprovechamos para hacernos unas hamburguesas que habíamos comprado en el super por la mañana y cenamos como unos reyes.

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Así son las casas islandesas
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una tipica cocina islandesa
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Seydisfjordur
photo by: Adrian_Liston