Diario de un Peregrino
Los hombros ardían y los pies reclamaban descansar. ¿Por que resulta tan difícil caminar? En cada paso sentía el calor del asfalto. Luchaba contra el tobillo que me pedía cojear. Pero yo caminaba como un soldado, con pasos sincronizados, sin pensar. Faltaba poco. Sonreí al pasar por Lavacolla, un antiguo centro de purificación antes del destino final. Los gallegos no tienen mucha imaginación para los nombres. Había despertado en Arzúa, más de treinta kilómetros atrás. Las señales que indicaban la distancia habian desaparecido y desconfié que tan cerca estaba por llegar. Me alcanzó otro peregrino, ver a alguien más me da ánimo. Llegamos a Monte Gozo, en tiempos antiguos se podía mirar la catedral a la distancia, pero hoy se confunde en la metrópolis de Santiago. Era el final. El albergue de Monte Gozo es una celebración, con sus 800 camas, cafetería, tiendas, correo, banco. Es más grande que muchos de los pueblos en el trayecto. Las caras de muchos de los peregrinos que empezaron siendo extrañas son ahora familiares. Seguramente si no fuera por el desgaste, Monte Gozo seria una fiesta. Pero al caer el sol, aquí también llega el silencio.
La credencial indica que empecé en Ponferrada, pero yo creo que empecé antes. Desde que me entro la loca idea de ir a Santiago. Y es que suena tan simple. Caminar, descansar, comer, conocer. Dar un vistazo a una vida sencilla. Además me queda el consuelo de que como yo, hay muchos otros locos. Ponferrada es conocida por el Castillo de los Templarios, un castillo medieval como aquellos en las historias de hadas. Todavía no empezaba el recorrido así que pasé la primera noche en un hotel, no me sentía con el merito para quedarme en el albergue. Empecé cuando la ciudad dormía, justo antes de que el sol empezara ha aclarar la noche. Seguí las flechas amarillas que indicaban el camino, esto se convertiría en un habito. Me encontré con otros peregrinos, pero era mi primer día y mi paso era más rápido. Solo un hombre y una muchacha seguían mi ritmo. Ella también empezaba, se llamaba Mariana, era de Barcelona. El peso de la mochila empezó a incrementar con cada paso y el sol empezó a reclamar su terreno. Mariana paró en un pequeño pueblo, pero yo no quería parar por que continuar seria más difícil. Me encontré con Jonathan, un peregrino de Sevilla, al cual el camino ya le habría cobrado un precio. Su novia se quedaría en Ponferrada con una lesión en la rodilla. Pasamos por varios campos de cultivo, Jonathan cogió cerezas, pero yo no tome nada por si acaso acá hay una maldición de Cortés. El también paró en un pueblo aceptando una invitación de unos locales. Al final me quede con el sol de compañero. Yo seguía, aunque cada vez más lento, el terreno montañoso parecía aliarse con la mochila para traerla abajo. De pronto oigo una plática a la distancia, Jonathan y Mariana vienen detrás de mí. Entramos al pueblo de Villafranca del Bierzo pasando por el portal del perdón, aquel que otorga los beneficios de la peregrinación a los que no pueden continuar. El terreno montañoso de Galicia esta por venir. En las siguientes etapas nos encontraríamos con Cebreiro, el punto más alto del camino, con una subida de 2000 pies en 8 kilómetros. Pero por hoy era todo. El caminar sin la mochila era un gran alivio, me resultaba extraño, en tan solo seis horas mi cuerpo se había acostumbrado a su peso. Sientía flotar sin ella, pero me costaba trabajo caminar sin que los pies me recordaran el trayecto. Me duche, comí, descansé, y compré alimentos para el día siguiente - esto también se convertiría en un habito. Entre los peregrinos compartimos remedios, como usar doble calcetín o poner una toalla en los hombros debajo de la mochila. Esa noche dormí poco, el cuerpo incomodaba, suponía por que era la primera etapa.
"Y el seis de julio la fiesta explotó", escribió Hemingway sobre los san fermines de Pamplona. San Fermín es la fiesta máxima. El blanco y el rojo se apoderan de la ciudad como el alcohol de las venas. La música sale de los callejones para entrar en tus oídos y permanecer ahí. Jóvenes, niños, ancianos. Ojos que no están ahí. San Fermín seduce como la capa al toro. De algún lugar el coro del cielito lindo me regresa a casa. En este lugar se olvida el mañana, se olvida todo. Cuando el sol se asoma, es una zona de guerra. Botellas, vasos, tumultos de gente. El olor de alcohol y de desechos penetrados en la brisa matutina. Y es cuando las calles de Estafeta y Mercaderes se llenan de mozos. Es cuando el corazón late fuerte, se canta y el estomago se siente vivo. Ahí estas, hombro con hombro, esperando. De pronto se oye un tronido en el cielo, y brincas de arriba abajo como por instinto, hasta que todos empiezan a correr. El paso incrementa. Sientes clavada la mirada de los espectadores en los balcones, como si estubieras en un escenario. Todo pasa tan rapido. Cuando pasan los toros los pies quieren seguirlos, por que el corazón aun lo sientes latir. Quizás el camino de Santiago se hizo para calmarlo. La música vuelve a salir de los callejones para llenar el hueco, para entrar en tus oídos y permanecer ahí.
Tenia la intención de escribir mi paso día a día pero mi cuaderno se quedo en blanco. El camino se vive. Pero tengo una mejor excusa, descubrí que cuando los hombros están adoloridos, los pies tienen ampollas y el tobillo esta hinchado no puedo escribir. El camino es una sypnosis de la vida. Se sufre. Se admira. Te puedes perder buscando flechas, esperando llegar al siguiente descanso, a la siguiente etapa, a la catedral. Pero lo importante es el camino mismo y la gente en ella. Por que lo que más recuerdo es al grupo de jóvenes ciclistas madrileños bromeando como se habían alimentado con un queso por días. La gentiliza de la señora en Cebreiro que, acostumbraba a ver peregrinos sin dinero, me compro un zumo de naranja en el bar local. La señora del restaurante que aseguraba que yo era cubano. El padre entusiasmado por tener un mexicano en su parroquia. El anciano de 75 años que llegaba por la noche al albergue. El canto de la flauta del niño haciendo el recorrido en caballo. El portugués que me dio ánimos en el último trayecto antes de llegar a Monte Gozo. Tantas caras. Tantas historias. Eso es el camino. Mucho de los días se parecen, pero con un poco de atención ninguno es igual. Y es así, como paso a paso, kilómetro a kilómetro, de montaña en montaña, se hace lo que se piensa ser una meta tan lejana - llegar a Santiago de Compostela. Muchos, inconformes con que exista un final, continúan a Fisterra, un pueblo junto al mar el cual se pensaba ser el final del mundo. Es una excusa para caminar. Pero de ahí ya no hay más. Fisterra significa literalmente el final de la tierra - los gallegos no tienen mucha imaginación para los nombres. Al llegar a Santiago muchos se olvidan que no es el abrazo al apóstol el objetivo, ni la misa de los peregrinos, ni el recostarte en la plaza del Obradoiro admirando la belleza de la catedral. El objetivo era el camino mismo. Y de pronto te das cuenta que también así es la vida. Que se sufre. Que se admira. Que te puedes perder buscando dirección, esperando el siguiente descanso, la siguiente etapa. Pero lo que más recuerdas son aquellos que te rodean. Y no solamente los que se preocupan por ti, sino cada persona. Todos cargando sus historias, que resultan ser a veces más pesadas que una mochila. Y al final te encuentras ahí, frente al apóstol, con una credencial que indica que terminaste en Santiago. Pero yo creo que termino después. Hasta que se me salga la loca idea de soñar.
~JJ Velazquez








