Skagen, un Espectáculo de Luz y Color
”Skagen, un espectáculo de luz y color” es la frase con la que he visto oportuno titular este capítulo. Las tres palabras que califican tan insólito lugar en Dinamarca son las que resumen más fielmente mi parecer. Espectáculo, Luz y Color. Es posible que las leáis en no pocas ocasiones cuando me refiera a esta preciosa zona que fue rescatada del olvido a mediados del Siglo XIX. Dichas palabras van indisolublemente unidas. Son en realidad una misma concepción, una misma idea. Un Todo que marca las horas en el Norte de Jutlandia. Con su principio, su desarrollo y su emocionante final. Sentaos, estad relajados y listos. Os doy la bienvenida al Gran Espectáculo de Skagen.
No eran ni las ocho de la mañana cuando abrí los ojos mientras el Sol luchaba por asomarse por encima de las aguas bálticas y golpear las olas con sus alargados rayos tiñéndolas de fuego. A su vez el cielo, despejado de nubes, absorbía el reflejo de la incipiente y tibia luz para ir adquiriendo un tono rosáceo sobre el que se posaban los aleteos de multitud de gaviotas.
Me levanté de la cama y mientras miraba a través de la ventana las casas amarillas que teníamos en frente traté de que Rebeca se despertara de su letargo. Aunque por las escasas intenciones de movimiento más bien parecía que le debía sacudir de su periodo de hibernación. Cuando quiso ponerse de pie yo ya estaba vestido y expectante por salir a la calle cuanto antes a disfrutar de su tranquilidad, de sus rutinarios silencios, de sus armoniosas callejuelas que son en sí un todo dorado. Y máxime del comienzo de un día más que perfecto en el que poder gozar por el mero hecho de contemplar, observar y dejarme llevar por un lugar fascinante en el que la magia envuelve absolutamente todo.
Como Rebeca tardaba en quedar lista para ir a desayunar, le dije que me bajaba a la calle a tomar algunas fotografías y que cuando considerase oportuno me viniese a buscar. Con cámara en mano me planté en el puerto en que se estaba llevando a cabo la carga y descarga de los navíos que permanecían atracados. En muchos de ellos un reguero de gaviotas parecía querer y no poder entrar a los mismos para probar los restos del suculento pescado capturado durante la dura y fría madrugada. El sol anaranjado proseguía su lucha para dar luz a las embarcaciones en las que resaltaban sus nombres escandinavos. Y es que tanto Skagen como las poblaciones aledañas viven por y para el mar. Los pescadores y marineros aún ven con extrañeza la presencia de turistas y bohemios en un lugar tan duro como ese. Ya en su momento dudaban de la buena fe de los artistas y pintores que dieron sentido a sus creaciones trasladándose allí. Un lugar en el que han naufragado multitud de barcos y en el que la meteorología puede ser malévola, es extraño que sirva de inspiración en este mundo del arte. Aunque nada más lejos de la realidad…
Skagen, históricamente hablando, ha sido siempre un enclave alejado pero muy estratégico en las idas y venidas bélicas entre los países escandinavos. Quizá más en la época vikinga y medieval porque durante siglos no tuvo mayor importancia que la que le daban los transportes de mercancías por mar. Siempre estuvo rodeado de Leyendas de fatales naufragios y accidentes marítimos por la dureza climatológica que provoca temibles tempestades y ventiscas. Incluso se habla que en su momento, aprovechando las características de la costa, había gente de allí que encendía fuegos en la playa que despistaban a los marineros para que los barcos sucumbieran y encallaran, convirtiéndolos en pasto del pillaje local. Pero poco más…
No fue hasta 1871 cuando esta región norteña no comenzó a gozar del protagonismo que merecía. En ese año un poeta y pintor nacido en Copenhague, Holger Drachmann (1846-1908), conoció Skagen y alrededores y quedó tan prendado de su luminosidad y colorido que poco tiempo después acabó fijando allí su residencia. Lo mismo hicieron otros artistas que quisieron comprobar por ellos mismos que los elogios del maestro Drachmann eran ciertos. Michael Ancher, que se casó con una pintora local (Anna), también se fue a vivir allí. Kroyer fue el siguiente de otros muchos quienes quedaron fascinados de los matices que podían captar de esa luz que nunca llega a rozar de intensidad total.
Skagen ha sido fuente de inspiración de paisajistas de estilo impresionista quienes con maravillosas obras supieron captar preciosas escenas cotidianas de temática marina. Muchos de sus cuadros pueden recordarnos al mejor Sorolla, autor español que retrató como nadie los paisajes mediterráneos.
Hoy en día Skagen sigue vinculado al arte y por ello es posible visitar tanto en su Museo como en la Casa de Michael y Anna Ancher esos magníficos lienzos que tanta fama le han dado al pueblo.
La II Guerra Mundial supuso una pausa fría y cruel que durante algunos años sustituyó el glamour por las bombas y la destrucción. De esa oscura época que sacó lo peor del ser humano quedan restos de búnkers que parecen seguir vigilando la costa apostados en las arenosas dunas.
Hoy en día Skagen es uno de los destinos turísticos predilectos de muchos noruegos y suecos, además de los propios daneses, que buscan ocupar sus extensas playas y degustar la gastronomía local como un día hicieron aquellos artistas que plasmaron un paisaje casi indescriptible e impropio de Escandinavia.
Y ahí estábamos nosotros. Mejor dicho, estaba yo porque Rebeca aún seguía arreglándose en la habitación. No hizo falta que me viniera a buscar porque me tocó hacer lo propio a mí. Lo mejor de todo es que cuando subí me dijo que yo había tardado más que ella. Ver para creer…
El Hotel Skagen Sømandshjem incluye un Desayuno Buffet en el precio de la habitación, y al parecer hacen uso del mismo no sólo los clientes que pernoctan allí. Son muchos los lugareños del pueblo que lo escogen para desayunar convenientemente con sus familias en el fin de semana. La oferta no es que sea demasiado variada como me suele gustar pero tampoco está mal. La cuestión está en comer de todo para ir bien cargaditos de cara a aguantar las excursiones del día. Algo de embutido, cereales, bollería, huevos con bacon, pan con mantequilla y mermelada son las opciones que uno tiene para llevarse a la boca por la mañana.
Yo cogí un poco de todo. Rebeca tampoco escatimó, cosa extraña en ella que lleva un control férreo sobre todo lo que come.
Le mostré las primeras fotos que había tomado mientras la esperaba y también le expliqué lo que íbamos a ver ese día. Aunque ya lo había hecho en no pocas ocasiones en la oficina, al parecer por las caras que ponía no se debió enterar demasiado bien. Así que “por un secuestro digno” tuve paciencia para que se viera involucrada en lo que íbamos a llevar a cabo. Y no era para nada difícil porque en Skagen, más que monumentos (que no hay), lo que hay que hacer es visitar las mejores zonas paisajísticas que le han dado fama. Y hay dos que adquieren protagonismo por encima de todas: Grenen y Råbjerg Mile.
Por tanto, el plan del día era el siguiente: Dar una vuelta por el pueblo e ir rodeando la costa hasta llegar a Grenen, el último reducto de tierra de la Europa continental donde se une el Mar del Norte con el Báltico. Después bajaríamos varios kilómetros al sur (16km) para ver las inmensas dunas de Råbjerg Mile, que forman uno de los mayores desiertos de arena de toda Europa. Indiscutiblemente no podríamos marcharnos sin ver la Iglesia enterrada (Tilsandede Kirke) que es el símbolo de la región por todo el significado que conlleva. Para los tiempos medios y postreros éramos conscientes de que podían ir surgiendo ideas sobre las que ir improvisando. Tampoco quisimos exigirnos demasiado porque podíamos permitírnoslo. Lo mejor de Skagen, si se tiene suerte al respecto, está en la luz y el colorido que un día dieron la inspiración a los mejores artistas daneses. Contemplar y observar cómo se dibujan las siluetas de los hogares, cómo van emergiendo las cambiantes figuras de arena o cómo el Sol va pintando a su antojo los contornos y relieves tanto en tierra como en mar, son razones justificadas para hacer un viaje a este lugar. El espectáculo en Skagen está protagonizado por la luminosidad y las diversas gamas cromáticas que con tibieza decoran un escenario natural diferente.
La preciosa villa que da nombre a toda la zona fue, por tanto, nuestro primer objetivo. Solitarios fuimos al ras del puerto donde el viento iba limando las filas de casas rojas que son típicas para venta de pescado. Son la versión danesa de los fast food pero no con la escasísima calidad de los fish and chips tan típicos de Inglaterra. Aquí uno al menos sabe lo que come. En verano ponen las terrazas y están abarrotadas de gente que buscan comer pescado. Yo sigo quedándome con los pescaítos fritos de la costa andaluza. El día que los daneses conozcan los chanquetes, los chopitos o la tortillita de camarones será el acabose.
La estatua de un marinero se yergue mirando a esa mar que aunque les da la vida, muchas veces se la quita.
Posiblemente es uno de los oficios más duros y respetables que hay. Y por esos lares del norte europeo, la cosa tiene que ser de aúpa. En esta región, como he dicho antes, se vive por y para el mar. Es un elemento indisolublemente unido al pueblo, al carácter de sus gentes, a su historia.
Las casitas de rojo combinado con el blanco de puertas y ventanales son uno de los símbolos de Skagen. Por un asomo me vino la imagen del Bryggen de Bergen, aunque allí las construcciones de madera y vivos colores son más espectaculares. Las de Dinamarca son la versión reducida. Además de tener funciones bien diferentes. Simplemente me llegó un chispazo de la bella Noruega y recordé la que para mí es una de las ciudades más bonitas de los Países Escandinavos.
Pero no os penséis que lo tradicional en Skagen es ese estilo de construcciones. Allí es casi uniforme el color amarillo cuyas gamas y matices los moldea el astro solar con sus caprichosos e improvisados movimientos. Caminando por las callejuelas uno se siente como en un pueblo de juguete, tranquilo, silencioso y armonioso. Nosotros paseamos de forma tranquila y relajada dejando a los lados los simétricos vallados de madera totalmente blancos que hacen juego con los ribetes, las puertas y las ventanas de las casas. Fuimos siguiendo esa melodía pausada que compone la equilibrada decoración de un lugar especial. No tiene monumento alguno que admirar, pero tampoco lo necesita. Skagen es una oda a la serenidad, a la calma y al sosiego. Allí uno debe sacar el lado romántico de la vida cotidiana, del duro trabajo en el mar y de los ritos usuales y diarios de la población local. Incluso en el periodo estival, cuando allí hay mucho más dinamismo, tiene que ser posible encontrar la paz y el relax.
La iglesia del pueblo sigue los patrones y motivos de los que os hablado para mantener el equilibrio y la sensatez de un todo amarillo y blanco. Incluso su interior, donde parece sentirse la frescura de la mar, no se salta un ápice los esquemas. Vale la pena sentarse en uno de sus níveos bancos decorados con flores recién cortadas para observar las reproducciones de navíos y barcos de guerra que cuelgan del techo. Es algo que ya pude apreciar tanto en la Catedral de Aarhus como en la Iglesia del pueblo fionés de Bregninge. El mar, para bien o para mal, siempre está presente…
Desde la propia Iglesia se puede acceder a la Sankt Laurenti Vej que es la Avenida Principal de Skagen, en su mayor parte peatonal para el uso y disfrute de la población local y del turismo que busca algo más de trasiego. Atravesando el pueblo de norte a sur es el lugar indicado para ir de compras o hacer uso de alguno de sus restaurantes. Abundan en su mayor parte las tiendas, quienes se aventuran a sacar parte de su género a la calle como si de un mercadillo se tratara. Sct. Laurenti saca el lado más cosmopolita y consumista del que es el municipio más septentrional de Dinamarca.
Como ya había ganas de disfrutar de los paisajes y de los panoramas naturales que hacen famosa a esta región, fuimos siguiendo las traviesas del tren que llevan hasta el puerto y que pasan por delante del que fue nuestro hotel durante dos días. Me encanta el mundillo del ferrocarril y más en lugares como este en que uno se siente dentro de una maqueta. Eso de que las vías sean un caminito más le da nuevamente un toque romántico y novelesco a esta villa de por sí digna de retratar bellísimas historias.
Cogimos el coche para ir hacia Grenen, que apenas está a dos o tres kilómetros del pueblo. Antes de llegar hicimos un intermedio en una especie de grúa antigua desde la cual se divisan los mejores amaneceres. No he llegado a saber qué es exactamente pero su dibujo es fácil verlo en imágenes de Skagen. Está claro que es uno de sus símbolos pero desconozco su significado.
Avanzamos dejando un empinado faro a la derecha hasta que ya no pudimos seguir más de frente. En un quasi-vacío aparcamiento detuvimos nuestro vehículo para comenzar nuestra andadura en uno de los lugares más mágicos y emblemáticos de Dinamarca.
Grenen sí que es con exactitud el punto más septentrional en territorio danés. Para muchos es la punta de la lanza de Europa cuyos últimos metros sirven para juntar las aguas del Estrecho de Kattegat (Mar Báltico) y las de Skagerrak (Mar del Norte). Sobre todo en verano es muy usual a ver multitud de paseantes realizando el ritual de caminar por la playa arenosa dejando a ambos lados distintos mares hasta que en los últimos metros la estrechez es insalvable.
Rebeca y yo plantamos nuestros pies sobre la arena y fuimos marchando en dirección norte para recorrer el kilómetro más intenso y mágico en esa franja del país. El viento fue dando forma a la playa y al impetuoso Mar Báltico que teníamos a la derecha. A nuestra izquierda aún no se había incorporado el del Norte, ya que eso sólo ocurre en los tramos finales. Las que sí nos quisieron acompañar fueron las tímidas y concentradas dunas de pequeño tamaño. Y también los Búnkers desde los que un día se impuso el Reino del Terror y de la demencia. Restos de la enajenación más temible del hombre, que suponen un recuerdo perenne de la atrocidad de una de las guerras más cruentas de nuestra Historia. Sus muros grises de hormigón contrastan con ese colorido único, que a esas horas de la mañana, era el perfecto. Rebeca y yo fuimos comentando que era cierto lo que se hablaba de la luz y el color que tanto habían asombrado a los paisajistas del Siglo XIX. No parece que la fuerza del Sol llegue a incidir del todo por lo que si el cielo se encuentra despejado (que por fortuna nosotros lo tuvimos así) se puede apreciar un panorama idéntico al de los cuadros de Kroger o del matrimonio Ancher.
A medida que va avanzando uno se puede aprecia más cerca cómo la lengua de arena vira a la derecha donde la separación entre mares disminuye muy notablemente. A Rebeca y a mí era imposible borrar de nuestros rostros la felicidad de los minutos mágicos que precedieron a nuestra triunfal llegada “a la punta de Europa”. Porque la emoción de llegar al final se puede tocar con los dedos. Uno allí siente que no queda más mundo que ese. Sólo resta el vacío, la nada.
Cuando dimos la vuelta un gran número de familias, y sobre todo parejitas, estaban iniciando lo que ya está considerada una de las peregrinaciones naturales y espirituales más apasionantes. Tras escribir dificultosamente sobre la arena “Skagen 2007” proseguimos nuestro camino por las dunas entre las que se esconden los búnkers. Logré entrar a uno con la ayuda del improvisado apoyo de unas grandes piedras que me alzaron al interior. Rebeca, que no es muy amiga de entrar a sitios oscuros (y sucios), se quedó fuera esperándome. Me sorprendió que dentro no hubiera basura, botellas y olores corporales como en los que había tenido la ocasión de visitar en España. Puertas metálicas similares a las de las Cajas Fuertes son las que anteceden a dos o tres salas desordenadas sobre las que un día se apoyaron con fusiles y granadas los soldados de la Alemania Nazi. La oscuridad dentro es total y pude ver algo gracias a la luz del móvil y de los flashazos de la cámara digital.
No fue el único búnker al que intenté entrar, pero no hubo suerte al tener todos sus accesos cerrados. Y después sube que te baja por las dunas hasta llegar al coche para continuar con nuestra ruta del día. Grenen había cumplido e incluso superado nuestras expectativas y el siguiente destino al que debíamos marchar era Råbjerg Mile, quizá lo más impactante de toda la franja norte danesa. Pero cuando apenas llevábamos un minuto conduciendo, pasamos por el Faro y no pudimos evitar dejar el coche allí y ver si era posible pasar dentro.
La puerta estaba abierta y dejaba entrever una vieja tienda de souvenirs en los que las postales y posters de Skagen estaban listas para ser vendidas a esas hordas de turistas a los que les quedaban varios meses para llegar. Supuestamente para subir la escalera y disfrutar de las preciosas vistas que se obtienen desde lo alto del Faro hay que pagar. Pero como allí no había absolutamente nadie entornamos la crujiente puerta de madera y comenzamos la escalada por las concéntricas escaleras de caracol. El ascenso fue agotador, pero esto se vio totalmente compensado cuando en la parte más elevada, tras abrir una pequeña trampilla metálica, pudimos asomarnos a la terraza. Desde allí la panorámica es excelente ya que la lengüeta de arena de Grenen se aprecia al máximo. Y al otro lado se puede observar el amarillo de los muros que colorea el pueblo. Rebeca no disfrutó tanto de la experiencia en las alturas porque para no variar, le dan miedo. No se movió de la puerta y se pasó los minutos pidiendo por favor para que volviéramos al coche que desde allí se veía minúsculo, casi de juguete. Así que tocó bajar por el empinado faro que lleva décadas orientando a las embarcaciones que pasan por allí. El viento azotaba el lugar donde estaba el coche aparcado, a escasos dos o tres metros del mar embravecido. Con música de los Beatles iniciamos nuestra marcha definitiva hacia Råbjerg Mile, que se halla aproximadamente a 16 kilómetros al sur de Skagen. Se llega recorriendo dicha distancia por la carretera número 40 dirección Frederikshavn. Claramente se ve en los carteles que hay que tirar a mano derecha hasta que el paisaje da un cambio radical y se pasa de la verde arboleda a lo que uno puede encontrarse en países más propios del Norte de África. La mítica Let it be cantada por McCartney supuso la mejor Banda Sonora posible a nuestra llegada a tan insólito lugar.
Råbjerg Mile es un conjunto de grandes dunas migratorias que forman un desierto de arena en una zona realmente impropia para que este hecho se dé. Entre el agua y el bosque no son pocas las hectáreas arenosas que pueden llegar a alcanzar una altura de 40 metros. Este lugar tan mágico y original causa extrañeza a todo el que se desplaza para admirar un paraje natural que puede ser típico en Marruecos, Mauritania o Túnez pero no de países del norte de Europa y menos de Escandinavia.
Ni Rebeca ni yo nos esperábamos en absoluto que la extensión del complejo desértico fuera tan grande. En cuanto nos bajamos del coche y caminamos atravesando los montículos accedimos a una zona en la que, favorecidos por un cielo azul espectacular, nos sentimos como si estuviésemos en medio del Sahara. Las dunas allí parecen olas que ondean lenta y pausadamente al compás del viento, que se deja notar bastante. Nosotros afortunadamente no lo sufrimos demasiado, siendo conscientes de la suerte que habíamos tenido con la climatología. No es lo mismo ver ese terreno desértico un día con el sol espléndido (que no intenso) que cayendo una manta de agua o con una tormenta de arena que no nos hubiera dejado ni caminar.
Pero la fortuna nos había sonreído tanto ese día que pudimos disfrutar como enanos de la arena, donde se nos hundían los pies y a veces las rodillas. En mi caso fui más allá y me tiré por completo al suelo como si fuera una croqueta. Total qué más me daba si tenía granitos de arena hasta en los rincones más insospechados…
No es por presumir pero creo que las fotografías quedaron espectaculares. Sé que el 99% lo pone el paisaje y el resto el que saca la instantánea, pero todo cuenta, ¿no? La verdad es que la luminosidad era tan perfecta que me dejó retratar para todos vosotr@s este trocito de desierto escondido en el Norte de Jutlandia. Y Rebeca, buena fotógrafa, sacó unas muy bellas imágenes. Hay que darle ya el Premio Olympus C-50.
Estábamos contentos y felices de estar presenciando ese capricho de la naturaleza que suponen no sólo las dunas sino la totalidad de esa región tan alejada de nuestros hogares. ¡Vaya sábado más impresionante que estábamos pasando! No me canso de decirlo. No sé si existe la felicidad absoluta pero cuando estoy viajando siento algo que se debe parecer muchísimo.
Excepto en un primer momento en que vimos un grupo marcharse dejando sus huellas sobre la arena, estuvimos todo el tiempo solos. Rodeados de ese vacío tan personal y tan fuerte que sentimos quienes adoramos el Desierto. Silencio y el único movimiento de millones de partículas de arena que se mueven a tenor de lo que les ordena el viento. ¿Quién dice que en el desierto no hay vida? Por supuesto que la hay…
En la parte más alta de la macroduna de Råbjerg Mile se puede ver tanto el agua como el bosque, algo ya más complicado tanto en el Magreb como en otras regiones desérticas. Algo de Dinamarca tenía que haber, ¿no?
Lentamente nuestros surcos sobre el mar de arena se fueron cerrando hasta que dimos por finalizada la magnífica experiencia en el que es el Desierto más impactante de Europa. Sacudiéndonos la arena del abrigo, pantalones y botas, entramos al coche donde nuevamente nos esperaban esos genios llamados Beatles. El interior del vehículo no se salvó de esa arenilla que habíamos sido incapaces de quitarnos, tanto en Grenen como allí.
Seguimos el mismo camino por el que habíamos venido. Entre Rabjerg Mile y la carretera 40 que une Skagen con Frederikshavn hay un verdísimo bosque que contrasta con ese paisaje que acabábamos de contemplar. Vastos pinares sobre terreno arenoso en el que uno puede observar preciosas casonas y granjas blancas con entramados de madera. En una de ellas vimos que había muchísimos caballos a los que les estaban dando de comer. Rebeca, que ya se había fijado en ellos en el trayecto de ida, me comentó que nunca había montado y que es algo que le gustaría hacer alguna vez. A mí es algo que me fascina y sí he tenido la suerte de hacerlo en contadas ocasiones. Aún recuerdo que uno de los días más increíbles de mi vida lo pasé en las praderas de Mongolia, en un lugar llamado Orkon Waterfalls, donde tuve la oportunidad de cabalgar a mis anchas junto a mis amigos. Fue una experiencia inolvidable y con ganas de rememorarla me bajé del coche y fui a preguntar si podíamos dar una vuelta a caballo por alguno de los caminos agrestes de la zona. La dueña de la casa, que estaba acondicionando el establo en que viven los animalitos, me dijo que no prestaba ese servicio hasta el veran,o pero que si queríamos por unas 220 DKK (30 euros aprox) cada uno nos haría una ruta de una hora u hora y media. La verdad que tanto a mí como a Rebeca nos pareció mucho dinero para nuestros ajustados presupuestos. Al principio nos animamos y dijimos que sí, pero cuando la mujer nos dijo que fuéramos dentro de una hora, no nos hizo mucha gracia. No debía quedar demasiado tiempo de luz y todavía nos quedaban algunas cosas por hacer. Así que concretamos que si pasábamos sería dentro de esa hora, pero en nuestras mentes ya no entraba tal posibilidad. Íbamos a ir hacia la Iglesia enterrada y ya veríamos qué hacer.
Finalmente después de pensarlo decidimos posponer lo de los caballos para otra ocasión. En la Sierra de Madrid podíamos ir cualquier día y cabalgar por sus senderos. Digamos que es algo factible en casi cualquier parte del mundo.
Olvidado el tema caballar accedimos definitivamente a la carretera número 40 en dirección a Skagen y pocos kilómetros antes del pueblo nos desviamos a la derecha a un camino que se mete en el bosque. En un aparcamiento prácticamente vacío dejamos nuestro Ford porque para llegar a la mítica Iglesia enterrada (Tilsandede Kirke) se debe ir andando (tres o cuatro minutos, no os asustéis). Digo mítica porque hoy en día es el símbolo de esta zona gobernada por esas dunas movedizas que durante siglos han ido consumiendo terrenos fértiles e incluso pequeñas aldeas como las que rodeaban dicho monumento.
Enseguida vimos alzarse a la torre totalmente blanca que en su día hizo de campanario de una Iglesia y de un pueblo que ya no existen porque fueron ocultados por las imparables dunas. De ahí el nombre de Iglesia enterrada. La que es portada de la Lonely Planet dedicada a Dinamarca (en inglés) atrae a múltiples viajeros (sobre todo en verano) que se sientan a su alrededor para ver cómo inciden los rayos de Sol cuando éste se oculta hasta el día siguiente. El color blanco inmaculado de la Torre (que en su día fue anaranjado como el ladrillo) se torna de miel en los atardeceres despejados durante unos minutos hasta que lenta y pausadamente se va apagando. Es como si un proyector lo apuntara como una linterna y le fuera cambiando matices y tonos a su antojo. En cuanto el espectáculo finaliza, hay quien rompe a aplaudir efusivamente como cuando se cierra el telón en el teatro. Porque eso es exactamente Skagen, un teatro cuyos actores principales son el Sol y el cielo quienes juegan caprichosamente con la iluminación natural.
Rodeamos el monumento, que en un principio no vimos en absoluto que estuviera enterrado. Para ello tuvimos que darnos la vuelta para que, en su parte trasera, pudiéramos observar cómo de lo que en su día fue una puerta tan sólo se ven unos centímetros. Hay placas informativas sujetadas por atriles en que uno puede ver cómo era el templo de origen medieval y el pueblo de alrededor hasta que fue devorado por la arena en el Siglo XVIII. Con éstas uno puede hacerse medianamente a la idea de cómo debía ser el lugar casi trescientos años antes.
La Iglesia enterrada no debe ser considerada como un monumento reseñable arquitectónicamente hablando. Más bien es un símbolo, un punto de encuentro en el que se detiene todo el que pasa por Skagen. Una perfecta metáfora del paso del tiempo y de la inexorable marcha de la naturaleza, a la que nunca se le puede detener. Siempre fue así y siempre lo será…
¿Y qué hacemos ahora? preguntó Rebeca. Le contesté que no tenía ni idea pero que había que aprovechar el tiempo de luz que quedara porque cuando se hiciera de noche tendríamos más tiempo libre para comer algo, descansar y perrear incluso. Así que cogimos el coche y volvimos hacia Skagen donde por casualidad nos detuvimos en uno de esos Museos al aire libre con casitas de época decoradas tal cual debían ser antiguamente y que tanto gustan a los daneses. Skagen By-Og Egnsmuseum se sitúa en la calle Nielsensvej (8-10) al sur del pueblo. Es fácil de encontrar porque su molino de madera es visible casi desde cualquier parte. Este Museo de pequeñísimas dimensiones muestra con viviendas y construcciones antiguas traídas de toda Dinamarca cómo era la vida rústica y tradicional de los siglos precedentes. Obviamente no es ni la vigésima parte del Den Gamle By de Aarhus del que ya os hablé en uno de los relatos de mi primer fin de semana danés. Pero sí es curioso para el que esté allí ver el funcionamiento de un molino, entrar a un antiguo establo o ver una granja al completo. Por 30 Coronas Danesas (5 para niños) se puede pasar un rato entretenido en familia. Para plan tranquilo está bien. Nosotros no pagamos por entrar pero es que no había nadie para tal efecto. Y nos gustó sobre todo la vivienda de los granjeros en las que todos y cada uno de los objetos son originales y no reproducciones. Eso sí, queda algo cutre la figura de cartón piedra del hombre de la casa durmiendo en la cama.
En Skagen se pueden ver más cosas muy interesantes, pero se encontraban cerradas. Así por ejemplo las casas de los pintores que tanta fama dieron al pueblo. La que compartió el matrimonio Ancher (Anchershus) abre tan sólo los fines de semana de invierno, aunque en verano lo hace diariamente (50 DKK). Conserva recuerdos de la pareja además de alguna de sus creaciones. Esta casa fue ocupada hasta los años 60 por Helga, su hija.
La Residencia de Holger Drachmanns (Drachmanns Hus) abre de Mayo a Octubre, además de los días festivos de Dinamarca para mostrar el espacio interior en que vivió el artista.
Aunque es quizá el Museo de Skagen (Skagens Museum) ubicado en Brøndumsvej 4 donde se pueden disfrutar de las excelentes colecciones pictóricas tanto de los Ancher como de Kroyer o lo que es lo mismo, La Escuela de Skagen. Por 70 Coronas (casi 10 euros, lo que es excesivamente caro para mi gusto) uno puede pasarse por allí para observar en el óleo esos preciosos paisajes de luz tan típicos del norte jutlandés.
Como ya parecía que al Sol no le quedaba demasiado para ocultarse nos fuimos definitivamente a una de las playas del sur de Skagen, más o menos a la altura de la Iglesia enterrada, aunque llegamos allí bordeando la costa y no por la carretera 40. Al fondo de las mismas, donde había algunos coches aparcados, hay bastantes dunas altas, más consistentes que las de Rabjerg Mile, por lo que las vimos idóneas para subirnos y ver el color del cielo en el horizonte.
Fuimos por el sitio más difícil y para llegar a lo más alto tuvimos que caminar a gatas para no caernos. Vaya imagen más lamentable que dimos, pero nos lo pasamos genial haciendo el mono. Valió la pena, por supuesto, no sólo por las risas que nos echamos, sino también por ver ese Sol acompañado de nubes que hacía fuerza para no caer al vacío y traer el ocaso. Estuvimos allí un buen rato y como la puesta se hacía esperar volvimos rodeando caminitos de arena y descendiendo por dunas en las que lo más fácil hubiera sido caer rodando. Teníais que haber visto a Rebeca cómo apoyaba los pies mientras el viento le dejaba el pelo como a la niña del exorcista. ¡De traca esta niña!
Como nuestros estómagos rugían por lo tarde que era (más de las cuatro) y no probaban bocado desde el amanecer, decidimos volver al área del hotel para buscar algún restaurante. Prácticamente de allí sale una calle que llega hasta Sct. Laurenti llamada Havnevej donde hay bastantes sitios para comer (sobre todo italianos). Que estén abiertos es otra cosa. Nosotros terminamos comiendo pizza en uno llamado FIRENZE donde nos entró una modorra fuera de lo normal. Tuvimos que salir a dar una vuelta por el pueblo para despertarnos y bajar el llenazo que la comida había ocasionado en nuestros cuerpos. Y aún había luz. El atardecer en esa región es increíblemente lento y permite ir disfrutando largo rato de figuras y tonos luminiscentes realmente prodigiosos. Caminando por las calles aledañas a la Estación de Trenes fuimos testigos de cambios repentinos de colores. En el norte, dirección Grenen, el rosa del cielo parecía incluso llegar a la gama del fucsia. En el sur en cambio, la espectacularidad era total y bien distinta. Parecía que el horizonte ardiera como una fogata a punto de apagarse, donde sólo quedan esas últimas brasas que se resisten a desaparecer. Tomé una foto realmente impactante que reflejaba exactamente lo que allí estaba sucediendo. Como dijo Rebeca, parecía el decorado de “Lo que el viento se llevó”. Sólo faltaba que alguien gritara la famosa frase de “A Dios pongo por testigo…que jamás volveré a pasar hambre!!”
La oscura tarde la pasamos merodeando por el pueblo en el que daba la impresión que tan sólo lo habitábamos nosotros. Ya presos del agotamiento decidimos tomarnos el resto del día con tranquilidad. Poco faltó para que nos quedáramos dormidos en la habitación del Hotel. Fueron las gracias de Mister Bean las que nos mantuvieron avispados. Nos echamos bastantes carcajadas viendo el desaguisado que organiza dicho elemento en un restaurante y en una recepción de la Reina de Inglaterra donde le acaba dando un cabezazo que hace que el de Zidane en la final del Mundial sea una travesurilla sin importancia.
Ya de noche fuimos a buscar un buen sitio para cenar pero tan sólo permanecía abierto el Restaurante en el que habíamos comido las pizzas. Llegamos incluso a coger el coche para ir al pueblo de Albæk situado a medio camino entre Skagen y Frederikshavn. Pero allí lo único que vimos en movimiento fueron las barreras del Ferrocarril para que pasara un solo vagón. Ni un alma alrededor. ¿Pero dónde se mete esta gente un sábado por la noche?
A pesar de que me negaba a volver de nuevo al Firenze no hubo más remedio que cenar allí. Al menos en este caso se invitaba Rebeca por una apuesta que habíamos hecho semanas antes.
Todavía hay gente que no sabe que yo cuando juego, lo hago sobre seguro... La Lasagna estaba deliciosa… y más cuando no me tuve que rascar el bolsillo.
Y así la noche se fue cerrando más y más hasta que la luna llena bajó definitivamente el telón. La función se había terminado y el espectáculo había sido todo un éxito.
José Miguel Redondo
El Rincón de Sele








