Odense, tras los pasos de Andersen

Odense Travel Blog

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Imagen captada desde la ventana de nuestro Bed&Breakfast de la calle Skibhusvej

 

Si hay una ciudad en el mundo donde los cuentos parecen cobrar vida, esa es Odense, la principal urbe de la Isla de Fionia y la tercera en número de habitantes de toda Dinamarca. Nuestro campo base fionés fue el lugar de nacimiento de Hans Christian Andersen (1805-1875), quien escribió un total de 164 cuentos enfocados tanto para el público infantil como adulto y en los cuales uno puede conocer su filosofía y moralidad. Hoy en día sus historietas han traspasado todas las fronteras geográficas e idiomáticas y no pocas generaciones han crecido leyendo la obra del autor danés. “El patito feo”, “Las habichuelas mágicas”, “La sirenita” o mi favorito “El Soldadito de Plomo” son algunos de los mejores ejemplos de lo que estoy hablando. Si pincháis aquí podéis leer a texto completo la mayoría de los cuentos de un escritor que huyó de la pobreza en Odense y recibió todos los honores en Copenhague donde alcanzó un gran reconocimiento incluso por parte de la Casa Real.

La casa donde nos alojamos las noches de viernes y sábado (Skibhusvej B&B)
Desgraciadamente era un hombre muy depresivo que había pasado de una infancia triste a un éxito profesional en la edad adulta pero que no vino acompañado de suerte en el terreno amoroso. Él mismo se consideraba un fracasado por este hecho y le afectó incluso a sus ganas de seguir escribiendo. Llegó a comentar que lo hacía mera y llanamente “para subsistir”. Falleció en la capital danesa en 1875 tras no haberse recuperado de una caída de la cama.

 

Hoy en día, la huella del “hijo predilecto de Odense (y de toda Dinamarca)” está presente a lo largo y ancho de la geografía danesa. Los lugares por los que pasó o vivió y los rincones que le inspiraron en su excelsa obra están marcados con todos los honores que recibió y sigue recibiendo.

Rebeca y yo con nuestro Ford S-Max que alquilamos para el fin de semana fionés
Andersen para los daneses es como Cervantes para los españoles o Shakespeare para los angloparlantes. Su más famoso miembro tocado por la varita de la universalidad y lo más cercano que hay a ser inmortal, que no es otra cosa que ser recordado por siempre.

 

La propia Odense, donde nos encontrábamos en ese momento, amaneció totalmente despejada con resquicios de nieve en tejados y aceras de lo que había caído la noche anterior. El amplio ventanal que iluminaba por entero el cuarto de la casa roja de Skibhusvej dejaba entrever algunos paseantes en bicicleta, muy típico en algunos países del norte como Bélgica, Holanda o los pertenecientes a Escandinavia. Pero el movimiento allí afuera era más bien escaso. Mucha tranquilidad, mucho silencio, impropio de una ciudad.

Con una banderita de Dinamarca en la Calle Skibhusvej de Odense en que se ubicaba nuestro hostel
Y más para el que vive en una como Madrid…

Para aprovechar las horas de luz (que finiquitaban su actuación aproximadamente a las cuatro y media) no perdimos más tiempo y tras un desayuno rápido consistente en galletas dietéticas con sabor a barro que traía Rebeca, nos bajamos a descubrir edificios, calles, casas y callejuelas de la que fue cuna del ya mencionado H.C. Andersen.
Al igual que en otras ciudades consideradas “pequeñas” el casco histórico está muy concentrado y se hace bastante manejable para recorrer. Suele haber siempre una plaza principal en que se encuentra el consistorio municipal o la Catedral (incluso ambas como en la propia Odense), un conjunto de calles peatonales que se entrelazan a ambos lados de una arteria principal, normalmente encaminada al comercio, y ciertos puntos de interés en forma de monumento, iglesia, edificio o casa típica.

Odense Slot
Y ésta ciudad seguía a rajatabla este aspecto. Aún así tiene muchas diferencias respecto a Aarhus ya que, según mi opinión, está a medio camino entre una villa pintoresca danesa y una metrópoli. No llega a tener ese rango cosmopolita y dinámico de Aarhus o Copenhague, pero sí un mayor aspecto aldeano y sosegado.

El nombre de Odense ya de por sí tiene raíces vikingas debido a su significado que viene a ser “Santuario de Odín”, dedicado al Dios nórdico por excelencia. Su existencia, por lo tanto, viene de antiguo y alcanzó una gran importancia que no decayó hasta el Siglo XVIII donde dejó de ser la mayor ciudad del Reino de Dinamarca. Andersen, que nació y vivió su infancia en un suburbio de dicha localidad, es a la literatura danesa lo que el Rey Knuds II (San Canuto para los menos entendidos) es a su historia. El monarca asesinado en 1085 fue nombrado Santo por el Papa para garantizar la supervivencia de la Iglesia Católica en Dinamarca y no precisamente por sus méritos religiosos.

El sobrio Palacio Real de Odense hoy se utiliza para albergar oficinas municipales
Desgraciadamente pocos daneses conocen que aquí en España (sobre todo en la Universidad Autónoma de Madrid) se celebra San Canuto por unos motivos bien diferentes que distan de la conmemoración más antigua. Para quien no lo sepa, San Canuto aquí es considerado el patrón de los fumetas y porretas. Los Amigos de María vienen celebrando esta “festividad” a golpe de colocón durante los últimos años. Cada vez es más la gente joven que sale en procesión para honrar a tan peculiar santo, porro en boca y mini de kalimocho en la otra. Los tiempos cambian, ¿no creéis?

 

Y como me siga yendo por los cerros de Úbeda, en vez de contaros mis aventuras y desventuras en esta ciudad, acabaré por hablaros de la filosofía del ser y de la moral kantiana.

Sele en el Palacio de Odense (Odense Slot)
Así que me centro en relataros lo que vimos en la ciudad y mis opiniones y reflexiones en torno a la misma. Sin olvidar el giro radical que llevamos a cabo durante la tarde-noche del sábado. Una oda a la improvisación…

 

Bajamos por la Avenida Skibhusvej donde nos paramos en una panadería con un género buenísimo a tomarnos un chocolate/café y un bollo. Algo caliente para el cuerpo era lo mejor con vistas a preservarnos del frío ambiente de esas horas mañaneras. Ni mucho menos bajábamos de cero grados, pero se hacía notar una frescura en ocasiones molesta, sobre todo en el momento en que nos despojábamos de los guantes para sacar alguna fotografía. En dicha avenida ya pudimos tantear las diferentes formas y el múltiple colorido de las viviendas que anteceden a la moderna Estación de Trenes desde la cual se puede decir que comienza todo recorrido al centro histórico y cultural más relevante.

Rebeca con el Palacio de Odense de fondo.

 

En frente de la Estación el primer lugar destacable que vieron nuestros ojos fue el Palacio de Odense (Odense Slot) que se encuentra en el tranquilo Parque de los Reyes (Kongens Have). Este modesto palacete de paredes blancas fue mandado construir por el Rey Federico IV en el primer tercio del Siglo XVIII el cual utilizó como residencia ocasional en alguno de sus desplazamientos a la ciudad fionesa. No está abierto al público ya que en su interior hay oficinas del Ayuntamiento. A nosotros nos resultó algo similar a la Casa Blanca estadounidense, aunque de mucho menor tamaño.

En el Teatro de Odense, construido a finales del Siglo XIX
Eso sí, está rodeada de un parque con estanques, árboles enormes y algunas estatuas de bronce que parecen cobrar vida ante la inmensidad del jardín. Una de ellas provocó alguna que otra carcajada ya que parecía estar en la posición idónea para practicar eso que tod@s llaman amor pero quieren decir sexo. Cosas de la mirada sucia, qué le vamos a hacer.

A las horas en que nos encontrábamos éramos los únicos en caminar por dicho parque, aunque en mejores épocas (primavera y verano) reúne a mucha más gente que en cuanto sale el sol se reúne para charlar, descansar o tomar algo. Eso del botellón no parece que se lleve tanto allí.

 

Nada más salir del Parque y cruzar por Vindengade nos encontramos a nuestra izquierda el Museo de Arte de Fionia (Fyns Kunstmuseum) que en el interior de su edificio neoclásico de color gris, y reconocible por sus formas y sus columnas, se aloja una importante colección pictórica, escultórica y decorativa de artistas daneses de todos los tiempos.

Museo de Arte de Fionia (Fyns Kunstmuseum)
Nosotros no entramos pero para los que estéis interesados en visitarlo sabed que abre de martes a domingos de 10:00 a 16:00 horas y cuesta 40 Coronas danesas.

 

Buscamos dirigirnos a Vestergade, la calle comercial principal de Odense, por lo que continuamos por Jernbanegade (donde se encuentra el Museo mencionado) y fuimos a ambos lados otros puntos importantes de la ciudad. A mano izquierda el Claustro Graabrødre (antiguo convento medieval convertido en asilo) y el Teatro de la ciudad hecho en su mayor parte en ladrillo y cuyo friso superior es lo más destacado dentro de la sobriedad y funcionalidad no precisamente llamativas.

La Radhuspladsen a contraluz
Allí Rebeca no evitó hacerse una foto por el mero hecho de que todo el mundillo teatral le fascina. Su vocación es ser actriz de teatro y da clases para conseguirlo algún día. A ver si pronto la tenemos con un papel en la Gran Vía, aunque sea la de Pollastre de Arriba.

En el margen derecho de la calle se encuentra uno de los hoteles más conocidos de Odense, el First Hotel Grand, que lleva en pie desde finales del Siglo XIX y que está a tiro de piedra de Vestergade, la principal arteria del centro de la ciudad. En este lugar uno puede ver algo más de movimiento a lo largo del paseo peatonal lleno de tiendas, restaurantes y bares de comida rápida por la que los habitantes y turistas (si los hay, que vimos a 3 japoneses…) hacen sus compras en forma de “ropa y complementos”.

Ayuntamiento de Odense (Radhuspladsen) y estatua en el centro conocida como "Oceanía"
Allí no falta ninguna marca conocida, y cuando estuvimos, eran destacables sus carteles de “Rebajas” tan típicos en el mes de Enero. Esa parte más bulliciosa y tan llena de colorido y de edificios de altura media la dejamos para después de comer, por lo que yendo a mano izquierda fuimos a parar a la Plaza del Ayuntamiento (Rådhuspladsen) donde destacan el edificio de la municipalidad (es decir, el Ayuntamiento), la Catedral de San Canuto (Sankt Knuds Kirke) y dos estatuas de bronce de gran tamaño y que son objetivo principal de los juegos de niños y mayores. La situada en el centro exacto de la Plaza se llama “Oceanía” y es una mujer tumbada y bastante rellenita sobre la que uno no puede evitar intentar subir encima. La otra, en el lado opuesto de la Catedral, es la del omnipresente Hans Christian Anderesen.
En la Plaza del Ayuntamiento hay una estatua dedicada al hijo predilecto de Odense, Hans Christian Andersen
No podía ser otro…

 

El edificio del Ayuntamiento es arquitectónicamente interesante. Rematado con almenas, a cualquiera le parecería más un palacete que una sede municipal. Es de finales del XIX, como gran parte de las construcciones de la ciudad.
Después de estar unos minutos en la Plaza pasando frío y teniendo cuidado de no escurrirnos con el hielo que tardaba en deshacerse, decidimos no esperar más y entrar a la Catedral.

 

El templo religioso dedicado al Rey Knuds no conserva precisamente apenas nada de su origen gótico.

Rebeca junto a Oceanía
A pesar de su antigüedad (S. XIII) y estilo arquitectónico inicial, los muros exteriores y fachada no son los que estamos acostumbrados a ver en otros monumentos cristianos de la época en ciudades europeas. Puede parecer duro, pero posiblemente por fuera la Iglesia de San Sebastián del barrio madrileño de Carabanchel me parezca más bonita y llamativa. Quizá después de ver tesoros como la Catedral de Santiago, Burgos, Sevilla, Milán o Amberes, es complicado valorar estéticamente otros monumentos religiosos en las muchas regiones del Norte de Europa. Tan sólo algunas bellas excepciones (Nidaros en Trondheim o Roskilde en la propia Dinamarca) subsanan la excesiva sobriedad y funcionalidad de los magnos edificios cristianos.

Ya en el interior la cosa mejoró un tanto. Se caracteriza por ser sobria, funcional y de paredes blancas como la de Aarhus o la cantidad de iglesias que hay en el país danés.

Rebeca y yo en la Plaza del Ayuntamiento de Odense
Pero al menos posee detalles llamativos pertenecientes a su época más antigua como su impactante retablo renacentista que contiene más de 300 figuras, siendo uno de los más valiosos en el norte europeo. O su magnífico sepulcro en el que incluso se conserva intacta la armadura que llevó el “personaje durmiente” en el fragor de la batalla. Y en la parte de abajo están expuestos los restos mortales del Patrón de la ciudad y su hermano, es decir, San Knuds y Benedicto. Rápidos y veloces nos asomamos a la cristalera a ver qué tal se había conservado el mítico San Canuto. Del que un día fue Rey de Dinamarca y hoy es el Santo predilecto de los porreros y fumetas no quedan más que unos cuantos huesos y parte de su calavera (Curiosa paradoja o premonición). Al parecer debido a los elevados impuestos y acciones tiranas con que brindaba al pueblo, terminó siendo asesinado junto a su hermano en la Iglesia cercana de San Albano (Sankt Albany Kirke) por granjeros y campesinos malhumorados.
De fondo el Edificio de la Municipalidad de Odense

En la Catedral también se conserva un bello órgano y algunos cuadros de miembros de la Iglesia danesa en épocas pasadas. Uno puede asomarse a la Sala de Reuniones donde miembros eclesiásticos tomaron decisiones que no encaminadas meramente a la religiosidad y moral cristiana.

Aparte de nosotros, había 3 turistas más de avanzada edad que se rieron cuando yo dejé mis guantes sobre uno de los aparatos calefactores para después en la salida tener las manos calentitas. Aunque el día había amanecido soleado, no estábamos superando el grado de temperatura, y las manos suelen ser lo que más sufre.
Para inmortalizar el momento catedralicio dejamos la cámara apoyada en algunos de los bancos desde donde la gente suele seguir la ceremonia religiosa. Es complicado salir los dos en las fotos, por lo que hay que aprovechar los apoyos que van surgiendo en el camino.

Rebeca&Sele en la Catedral de Odense (Santk Knuds Domkirke.

 

Una vez salimos de la Catedral cogimos la calle Torvegade desde donde se puede ver cómo se alza la que para mí es la iglesia más bonita de Odense (en lo que a exterior se refiere) reconocible por su gran altura y su llamativo campanario. Sankt Albany Kirke, a la que si españolizamos deberíamos llamarla Iglesia de San Albano. Por dentro paredes blancas intercaladas con ladrillo en los arcos. Poco más. Nuevamente nos encontramos con otro claro ejemplo de por qué la gran mayoría de los templos daneses no me entusiasman demasiado. Siempre hay excepciones y en este capítulo os hablaré casi al final de la que más confirma la regla.

 

Justo detrás de Sankt Albany se encuentra la zona que para mí es más interesante de Odense y que difiere en parte de la convencionalidad de otras urbes danesas.

Tumba de un guerrero situado en la Catedral de Odense (Santk Knuds Domkirke)
En torno a la Calle Nedergade y la Iglesia Vor Frue Kirke (de escaso interés estético y artístico) hay un gran número de casas antiguas con entramados de madera horizontales y verticales de diferentes colores y formas que parecen más propias de un pueblo que de una metrópoli de más de doscientos mil habitantes. Además, en la propia Nedergade (como en las aledañas) se encuentran la mayor parte de anticuaros, galerías de arte y tabernas de época de Odense. Es un lugar ideal como Mercado de Antigüedades aunque viendo precios creo que son incluso más “ladronzuelos” que los de España. Pero como no iba precisamente a comprar no es algo que me importara demasiado. Yo simplemente me limité a disfrutar de sus artículos y de las silenciosas callejuelas con casas que parecen sacadas de la Edad Media y donde sólo faltan los carros a caballos yendo al trote por el empedrado. En una de sus tiendas aprovechó Rebeca para comprar un detallito a una amiga.
El retablo de la Catedral de Odense es uno de los mejores del norte europeo
Curioso, a mí nadie me regala nadie cuando se va por ahí a pasar un fin de semana. Tolerancia cero a los obsequios y souvenirs indiscriminados!!!

 

Pasamos por delante de una casa marcada por haber sido habitada durante varios años por H.C.Andersen (Munkemollestraede 3. Ver info pinchando aquí), en la que pasó un período bastante complicado para él debido a la gran pobreza en que estaba sumida su familia. Aunque casualmente no me pareció la típica casa de personas sin recursos económicos. Es más, creo que supera con creces al tamaño de la mía y la de Rebeca juntas. Debe ser que en el Siglo XIX no engañan a la gente con los precios del metro cuadrado.

Rebeca y yo en el interior de la Catedral
Siempre hubo impresentables y caraduras pero creo que nos superamos día a día. Vais a pensar que me paso el día protestando y quejándome. Quizá tengáis razón pero es que uno no puede hacer otra cosa que indignarse por la imposibilidad de tener casa propia por los precios abusivos y los sueldos indecentes e inmorales con los que nos vemos obligados a vivir.

Volviendo adonde estaba os cuento que no pudimos entrar porque se encontraba cerrada a pesar de que según las guías debía estar abierta en esas fechas.

 

Pero no es este el edificio más representativo en la historia del más famoso escritor de cuentos de todos los tiempos.

Restos de San Canuto. Para que más de uno aprenda cómo se acaba...
Para ver el lugar en que nació y donde se exhibe una colección museística realmente impresionante en torno al autor danés hay que marcharse a lo que fue el barrio humilde de Odense. En torno a la Hans Jensen Straede y la calle Bangs Boder se accede a un conjunto de casas bajas que muestran al visitante cómo eran en los Siglos XVIII y XIX, aunque mucho más pulcras y repintadas. Una de éstas, bastante pequeña y de color amarillo, es la que vio nacer a Hans Christian Andersen un 2 de abril de 1805. Recuerdo que a nuestra llegada, cuando estábamos a punto de asomarnos a ver qué veíamos a través de la ventana, una señora con las bolsas de la compra se fue trastabillando por capítulos hasta que se pegó una toña descomunal. Digamos que estaba claro que iba a acabar cayendo al suelo pero entre medias parecía estar dando pasos de baile antes del fracaso final. Afortunadamente no le pasó nada y cuando le ayudé a levantarse no se me escapó la risa.
Catedral de Odense (Sankt Knuds Domkirke)

Eso sí, tanto Rebeca como yo las reservamos para cuando se abandonara la calle limpiándose la falda. Tenía que haberlo grabado…
No por la casa del artista en concreto, sino por todas las que salen a ambos lados de un tranquilo y limpio paseo, vale la pena darse una vuelta por aquí. Y ya si la pasta y las ganas lo permiten, podéis pasar a ver la HC Andersen Hus (Casa Museo de Andersen) que por 60 DKK (algo más de 8 euros) muestra una detalladísima colección de libros, objetos y curiosidades relacionadas con tan insigne danés. Nosotros nos permitimos entrar a verla pero curiosamente bajo un coste cero. Resulta que cuando accedimos al moderno edificio que queda detrás de la casa original se abrió la puerta mecánica de salida y sin comerlo ni beberlo ya nos vimos dentro.
Iglesia de San Albano (Sankt Albany Kirke). Posiblemente la más bonita de Odense

No lo pudimos evitar, guiados por la inercia y por las pocas ganas desembolsar coronas, pasamos por la parte de atrás. Yo creo que hasta nos vieron pero deben estar tan poco acostumbrados a que la gente se cuele que no hicieron nada. ¡Qué honrada es esta gente! ¡Y qué pícaros somos nosotros! Sea como fuere, ya estábamos en el interior del Museo que quizá me parezca uno de los más exagerados en torno a una persona en concreto, y más a un literato. Lo que sienten allí es una adoración exacerbada que les ha llevado a adquirir toda clase de artículos y objetos de colección pertenecientes a Andersen. Y cuando digo toda clase, estoy en lo cierto. ¿Sabéis que en una sala de curiosidades tienen una cuerda que llevaba siempre consigo a los hoteles tan extravagante y extraño escritor? Os preguntaréis la razón de tan extraña costumbre. Pues ahí va la respuesta. Resulta que el susodicho autor de cuentos tenía tanto miedo al fuego y a que se incendiara el lugar en que dormía que se llevaba una soga larga y gruesa por la que poder descolgarse por la ventana si fuera necesario.
Interior de la Iglesia de San Albano (Santk Albany Kirke)
A éste le quería haber visto yo en el incendio del Edificio Windsor… Hay que ver qué rara es la gente. Posiblemente por hechos como ese si hubiera nacido en nuestros tiempos habría pasado a ser considerado más friki que genio.

Pero el Museo da mucho más de sí ya que contiene una colección de cuentos de Andersen traducidos a todos los idiomas, una reproducción de su despacho en Copenhague o varias salas audiovisuales en los que emiten reportajes en torno a su persona. Luego, lo que para mí es más interesante, es la parte dedicada a su casa natal en la que se muestran las habitaciones tal y como debieron ser en la época. Probé a tumbarme en una de las camas y me alegré de vivir en la época de los colchones de látex y todas esas pijadas que tan bien le vienen a la espalda. En vez de una cama parece un campo de tierras movedizas en las que te hundes cada vez más… Me da que Andersen & Cía no debieron sentirse Flex precisamente…

Cuando fuimos a salir, y como no sabía lo que nos habíamos ahorrado con nuestra entrada al Museo por la puerta de atrás, me fui al stand de venta de tickets (y souvenirs) para conocer no habíamos perdido 60 Coronas danesas, que para mi gusto son excesivas.

Bonita casa en el barrio de detrás de la Catedral
Sé de muchos que sabiéndolo, no hubieran entrado (legalmente hablando). Si viene aquí la tropa de Aarhus se queda en 99% en la puerta de salida esperando. Ese 1% posiblemente hubiera sido yo.

 

Abandonamos no sólo la casa sino el barrio de casas bajas de magnífico colorido para bajar 4 kilómetros a lo largo del Río Odense con objeto de llegar al Den Fynske Landby (El pueblo fionés) que recrea una villa de época con casas originales traídas de distintos puntos de la Isla. Por lo que había leído debía ser del estilo del Den Gamle By de Aarhus del que ya os hablé en otro capítulo.

Detrás de Sankt Albany se encuentran los barrios más pintorescos y bonitos de Odense
Así que para ello fuimos siguiendo el margen del río por los nevados caminos durante largo rato sin que lográramos alcanzar nuestro propósito. Los únicos que pasaban por allí eran los patos, ocas y otras aves que viven a la orilla. Al ver que habíamos debido andar casi los cuatro kilómetros estipulados, preguntamos a una chiquilla que hacía footing que nos dijo que íbamos en dirección opuesto a nuestro destino. A Rebeca y a mí se nos quedó cara de tontos al ver que nuestro sentido de la orientación había sido totalmente nulo. Por tanto, vista la hora que era y que cerraban eso a las tres, nos dimos media vuelta para buscar en el centro un sitio para comer. Porque ir para allá con lo lejos que estaba sabiendo que nos podían cerrar en minutos lo veía una bobada. Prefería comer tranquilamente y pasear por Vestergade y adyacentes porque llevábamos una mañana non stop que nos estaba dejando exhaustos. Además, al día siguiente en el sur de Fionia íbamos a poder deleitarnos de villas y viviendas como las de antaño que se conservan en no pocos lugares de la Isla.
Rebeca disfrutó de su primera experiencia viajera de fin de semana. Fionia en general y Odense en particular dio motivos para ello
Y si encima el hambre apremiaba, con más motivo.
Sé que me vais a matar cuando os diga dónde almorzamos, pero es que hay escasos sitios de comida local y los que hay son de precios excesivos. Total, sucumbimos nuevamente a la comida oriental y terminamos en un Restaurante Chino muy próximo a Nedergade y a la figura del Soldadito de Plomo protagonista de uno de los cuentos más tristes de Andersen. Por diez euros aproximadamente estuvimos sentados cómodamente en un “come todo lo que puedas” que nos sirvió para llenar nuestras reservas. Sigo prefiriendo el de mi barrio, pero estuvimos a muy a gusto y nos sirvió para reposar y charlar sobre Odense en general, Dinamarca en particular y asuntos varios de aquí y allá. Leyendo las dos guías que llevábamos encima (Lonely Planet de “
Países Escandinavos” y “Guía Azul de Dinamarca”) comprobamos fehacientemente que le habíamos dado un buen repaso a Odense y que nos quedaba patear un poco las calles más céntricas que entran y salen de Vestergade.
En esta casa vivió H.C. Andersen durante algunos años de su infancia. Actualmente tiene un museo dedicado al autor aunque no el más importante.
Después a la tarde-noche teníamos la opción de marchar a ver algún pueblecito de la costa. En mi cabeza estaba visitar Nyborg, desde donde sale el Puente de 18 kilómetros que cruza hasta Selandia. Pero todo estaba abierto a cualquier posibilidad.

 

Después de la charla con una Banda Sonora de fondo puramente latina (Juanes, Ricky Martin e incluso Las Ketchup) nos marchamos del Restaurante hacia punto central de Odense, la Plaza del Ayuntamiento, donde de nuevo nos hicimos una foto con Andersen, la señora gorda y todo lo que nos rodeaba. A esas horas post-comida (aunque para los daneses es la de la merienda) había más ambientillo en la ciudad. La gente parecía haber salido de la hibernación para bajarse a la calle, tentada por un Sol y un cielo azul realmente inusual en la época invernal.

La calle Nedergade y aledaños tienen muchos anticuarios. Posiblemente es otro de los lugares con más encanto de Odense
Desde la Radhuspladsen cogimos la larga Calle Vestergade donde había un ir y venir de personas que entraban y salían de las tiendas, mayoritariamente de ropa. Como ya he comentado, es muy normal en las ciudades danesas tener una arteria principal totalmente peatonal que acaba siendo el lugar favorito para que sus habitantes pasen el tiempo libre por allí. Sobre todo había grupos de coleguitas, de novios y novias, de una edad más joven que buscaban entretenimiento sabadero.

 

En Vestergade uno puede encontrarse edificios y casas “medianas” de finales del XIX y principios del XX. Ya si se deambula por las callejuelas que se abren a los lados se puede tener suerte y pasar por arcos y construcciones de colores intensos y con las vigas de madera cruzándose a lo alto y a lo ancho.

Barrio de las antigüedades de Odense

Prácticamente cuando dicha calle finaliza se puede coger la perpendicular de nombre Kongensgade donde hay al menos dos tiendas de Levis llenas de pijos que llevan los pantalones caídos como se llevan ahora. Sí, esos mismos que parecen que van cagaos. Cosas de la moda, que para creerse con clase hay que enseñar la marca de los calzoncillos.

En esta calle hay un pub en cuya fachada hay colgado un helicóptero real. No es muy grande pero es de verdad. Al parecer todo el interior está lleno de fotografías y enseres típicos de vehículos aéreos, de debe ser aficionado/a el dueño/a del local.

 

Rebeca y yo decidimos ir tranquilamente regresando hacia el Bed&Breakfast por lo que cogiendo la Calle Vindengade fuimos dando un lento rodeo hasta llegar de nuevo a la zona de la Estación de Trenes desde la que se puede acceder a Skibhusvej.

El punto negro en la esquinita soy yo!
Ya parecía que llevábamos pasando toda la vida en Odense. Conocíamos calles, caminos y atajos para movernos por la city. Es como si se nos cargara un mapa de GPS en la cabeza que nos permita dirigirnos a cualquier lado en un destino concreto. Bueno, en el caso de Rebeca la cosa es más complicada porque los mapas no son precisamente lo suyo. Yo creo que en un plano con tres calles tendría dificultad para guiarse. Ella misma lo dice, la orientación no es su fuerte. ¿De qué me sonará a mí este detalle? Quien me conozca sabe a qué me refiero. Sobran las palabras…

 

Ya en la habitación concretamos que nos iríamos a pasar la tarde-noche a Nyborg, que al parecer tiene unas cuantas calles pintorescas, un castillo en ruinas y un paseo en el puerto interesante.

Son muchos los lugares de los que ondean las banderas de Dinamarca.
Y podríamos ver el famoso puente de 18 Km. de longitud que cruza el Gran Belt que separa las islas de Fionia y Selandia. Justo en ese momento, echado en la cama, ojeando un mapa me empezó a entrar el gusanillo de hacer algo distinto a lo previsto y aumentar la cuota de kilómetros al Ford S-Max. ¿Era muy descabellado pasar al otro lado del puente y en vez de ver Nyborg pasar la tarde-noche en Copenhague? No, ¿verdad? Pero tampoco era algo que tuviera muy claro. Sabía que había un peaje de precio elevado y la excursión podía salir algo cara. Aunque la opción de volver a la capital danesa casi seis años después y hacer un mini-tour por sus principales atractivos me seducía cada vez más. En parte también pensé en Rebeca, que nunca había estado allí y de seguro le iba a encantar. Había hecho “un esfuerzo” en haber seguido a rajatabla mi itinerario y también merecía ver la que para mí es una de las capitales más fascinantes de Europa.
Vor Frue Kirke es otra de las iglesias más conocidas de Odense

 

En el coche fui dirigiéndome a Nyborg a la que se llega en poco más de 20 minutos desde Odense. La señalización e indicaciones de la carretera son más que ejemplares, por lo que es casi imposible perderse. Durante el camino en que íbamos vislumbrando la verdísima pradera fionesa mi mente seguía debatiendo en torno a si era adecuado marchar a Copenhague o en cambio quedarnos en Nyborg, que también podía ser interesante. Al día siguiente teníamos planeado un recorrido largo y detallado por la Isla de Fionia y debíamos estar “frescos” para llevarlo a cabo.
Mientras tanto dejábamos a los lados caserones de paredes rojas y vigas de madera al descubierto, como mostrándonos imágenes bucólicas de un paraíso en la tierra.

El barrio en que nació Andersen era de origen humilde pero actualmente no lo parece en absoluto. A mí es quizá la zona que más me gustó. Son casitas bajas y de colores llamativos. Muy bonito este sitio.

A medida que pasábamos de largo las verdes llanuras a las que les quedaba un rato de luz solar (el cielo estaba totalmente despejado) iba teniendo más claro que terminaríamos no en Nyborg sino en Copenhague. Ya dentro del pueblo, que por cierto tiene muy buena pinta, paré el coche y le comenté a Rebeca mi idea. A ella le pareció algo de locura, ya que era hacer demasiados kilómetros. Pero en el fondo era consciente que le apetecía muchísimo conocer la preciosa capital danesa. Me bajé del coche y pregunté a un paisano que cuánto se tardaba en llegar a Copenhague desde donde nos encontrábamos y me contestó que lo normal sería hacer el trayecto en menos de dos horas. Volví al Ford, me senté mirando un mapa y cuando Rebeca preguntó qué es lo qué íbamos a hacer me vino a la cabeza la imagen del Nyhavn, que para quien no lo sepa es la calle del embarcadero de Copenhague en el que a ambos lados hay preciosas casas de distintos colores.

Detrás está la casa en la que nació Hans Christian Andersen
En verano es el lugar con más alegría, vida y movimiento de la ciudad. Para mí, es una de mis calles preferidas de todo el mundo, por lo decir que es la que más me motiva. La había visto hace algo más de seis años y por mis narices que la vería de nuevo. Rebeca no puso ninguna pega porque se la veía ilusionada con la posibilidad de dar un paseíto, aunque fuera nocturno, por la cosmopolita capital de Dinamarca. Así que, allá fuimos…

 

Tras avanzar unos metros con el coche nos encontramos con el enorme puente, que hoy en día es todo una obra magnífica de ingeniería. La Isla de Selandia se veía muy lejana. ¡Imaginad 18 kilómetros! Es más largo que el estrecho de Gibraltar. Que tomen nota los políticos de este país y se pongan manos a la obra para hacer que Marruecos quede más cerquita y accesible.

Casa de H.C. Andersen
Me encantaría…

 

El viento que venía del norte hacía fuerza en nuestro vehículo al que trataba de arrimar lo más a la derecha posible, es decir, hacia las gélidas aguas bálticasEl puente nos pareció bastante impresionante. Recorrer tanta distancia con mar a los lados y debajo nuestro me produjo mucha emoción y excitación.
La magnífica Autopista E-20 por la que íbamos tiene “un pero” que deben considerar todos los conductores. Y no me refiero al asfaltado o a las curvas precisamente. Me refiero al superpeaje que hay en la propia Selandia, una vez se cruza el puente, en el que te meten un buen sablazo. Rebeca y yo apostábamos cantidades. Tanto la ida y la vuelta podían suponer un agujero bastante considerable a nuestros presupuestos, ya de por sí bastante ajados.

En el barrio donde nación Andersen
Finalmente la gracia nos costó aproximadamente 255 Coronas en total (i/v). Más o menos viene a ser unos 35 euros. Es mucha pasta pero menos de lo que me esperaba. Veríamos si valía la pena pagar por ello.

 

Los ciento diez kilómetros que nos separaban de Copenhague fueron más complejos de lo previsto. Sobre todo en lo que al aspecto meteorológico se refiere. Si en Fionia os decía que estaba totalmente despejado, en Selandia la cosa estaba cambiando a pasos agigantados. No solo se estaban amontonando unos nubarrones de impresión sino que cuando llevábamos un rato en carretera, ya de noche (a pesar de ser las cinco de la tarde), se puso a nevar bien fuerte. El efecto provocó que los coches aminoraran bastante la velocidad y fueran más juntitos todos para evitar las zonas más heladas.

Tirado en una de las camas de la Casa de Andersen. Qué incómoda!
Creo que no lo he comentado antes, pero en Dinamarca los conductores me parecieron muy responsables, que no se saltan a la ligera los límites de velocidad, ni te funden con las largas ni se te pegan al culo cuando quieren adelantar. Supongo que es un tema de buena educación una vez más.

Se nos hizo largo el trayecto y más cuando un par de veces notamos que el coche patinaba en el hielo. Aunque la ida no era lo que más temíamos precisamente. Era la vuelta lo que más nos preocupaba. A las horas en que volveríamos de Copenhague podía haber una nevada en la carretera bastante chunga. La propia Rebeca, que por otra parte es muy miedosa, sugirió más de una y de dos veces que si hacía falta diéramos la vuelta. Pero era algo absurdo, estábamos de Fionia a la misma distancia que de Copenhague.

A ratos la carretera y el tiempo mejoraban como se ponían casi impracticables.

Rebeca y yo en una de los cuartos de la casa donde nació Andersen
Así fue durante todo el camino en el que fuimos testigos una vez más del microclima hipercambiante danés, del que no te puedes fiar en absoluto.

A eso de las seis de la tarde entramos en la gran ciudad danesa reflejada en el cartel como København. Recordad si vais allí que siempre debéis dirigiros a København C. que viene a decir Copenhague Centro. Hay antes otras salidas en las que el nombre de la capital viene seguida de una S o una V que son Sur y Oeste respectivamente. A diferencia de Madrid, puedes llegar al punto más céntrico (CENTRUM) sin tener que tomar interminables desvíos. No tiene pérdida.

 

De lo que no se puede asegurar nada es del tiempo ya que de nuevo volvió a caer una gran nevada mientras buscábamos en lugar desde el que hace 6 años comencé un recorrido a pie por la ciudad junto a mis amigos Kalipo, Chema, Bernon, Mutiu y Saúl cuando éramos unos novatillos en esto de los viajes.

Haciendo de profesor muerto de la película "Tesis" de Alejandro Amenábar
De repente, nada más ver la estación y en frente el Tívoli, un parque de atracciones que lleva en funcionamiento más de cien años en el corazón de la ciudad, recordé que estábamos muy cerca de la Plaza del Ayuntamiento desde donde se recomienda comenzar toda ruta por Copenhague. Perfecto, Rebeca, ya sé dónde estamos. Dejemos el coche en un parking • le dije con la alegría de saber que no me había perdido. La apariencia pueblerina de Odense había desaparecido de nuestra visión para enfrentarnos de nuevo a una gran ciudad, que sin ser tan agobiante como otras capitales europeas, respira de un perfecto equilibro entre modernidad y clasicismo. En cuanto pasamos por la Radhuspladsen donde se alzan edificios imponentes como el del Ayuntamiento o el del Hotel Palace nos encontramos con un Aparcamiento subterráneo donde a pesar de sus altas tarifas decidimos dejar el coche para comenzar nuestra andadura por la capital.
Odense es como un gran pueblo lleno de casitas pequeñas

Antes de bajarnos eché mano a las guías para preparar un recorrido express por las principales calles y monumentos de la ciudad. Utilizando “recuerdos propios” y recomendaciones sacadas de los dos libros que llevaba, diseñé un itinerario sencillo, cómodo y lo más completo posible para que Rebeca pudiera quedarse con una buena impresión de la ciudad y yo pudiera redescubrirla, y quien sabe si pasar por lugares nuevos.

 

No me voy a extender demasiado en contaros nuestras peripecias por Copenhague simplemente porque quiero que esta Crónica de 3 fines de semana esté centrada en “La Otra Dinamarca”, a saber, Jutlandia y Fionia.

Rebeca y yo ante una bonita calle de Odense
Mi interés en estos pequeños viajes se centró en conocer sitios distintos que se salen de las arquetípicas rutas de las agencias. Obviamente la capital está muy bien, y si la combinamos con otras urbes a orillas del Báltico como Copenhague, Tallin o Estocolmo sale un viaje para chuparse los dedos. Pero como lo prometido es deuda, quiero hacer de este escrito uno de los referentes para que los lectores puedan llevar a cabo itinerarios diferentes por zonas menos conocidas pero de gran interés que esconde este gran país llamado Dinamarca.

De todas formas comentaré brevemente la ruta seguida por la ciudad, que es más o menos similar a la que pueden llegar a hacer (con más tiempo por delante) los muchos turistas que la visitan año tras año. Eso sí, exceptuando el insólito barrio de Christiania, que tiene historia aparte.

 

Tal y como comenté anteriormente, cerca del 100% de los itinerarios por la ciudad suelen comenzar por la atractiva Plaza del Ayuntamiento (Radhuspladsen) en la que se erigen dos de los edificios más llamativos, como son el de la municipalidad que da nombre al lugar, y el que alberga uno de los hoteles más prestigiosos del mundo, el Palace.

Sele Superstar
También es reconocible por la fuente de bronce en la que hay un toro matando a un dragón o por la columnata en que hay una escultura de dos guerreros vikignos tocando la trompeta. A Rebeca, tal y como me dijo después, este momento en el que nos situamos en el centro de la Plaza le pareció uno de los más mágicos del viaje. Con lo poco que había tenido ocasión de ver y ya estaba totalmente convencida de que habíamos hecho bien en variar nuestra ruta… unos 130 kilómetros.

Como en todas las ciudades danesas, de la Plaza sale una Calle principal en la que no tienen cabida los coches ya que es meramente peatonal. Si en Aarhus se llamaba Sondergade y enlazaba con Sankt Clements Torv y Ryesgade, o en la propia Odense recibía el nombre de Vestergade, a Copenhague su avenida más emblemática se la conoce como Strøget.

La huella de Andersen se puede ver en toda la ciudad. Aquí por ejemplo podéis observar una estatua del "Soldadito de plomo".
La calle comercial más importante y concurrida de la ciudad está formada en realidad por cinco que se van uniendo a lo largo del camino. He aquí sus estrambóticos nombres de los cuales he tenido que mirar en la guía para recordarlos: Frederiksberggade, Nygade, Vimmelskaftet, Amagertov y Ostergade. Casi nada…

En esta empalmación sucesiva de calles que forman parte de Strøget uno va encontrándose no sólo edificios de bella factura en la que se agolpan las tiendas y los locales de venta de comida rápida (7eleven, Kebabs, Hotdogs, Pizzerías…) sino que uno va cruzándose con fuentes o estatuas (“Cáritas” o la del “Obispo Absalón”, fundador de la ciudad) o preciosos monumentos (Sede de los Tribunales reconocida por sus columnatas, la Iglesia Helligandskirken, San Nicolás en una de las callejuelas paralelas…). En verano se multiplica el número de paseantes que quedan extasiados con la música callejera o con los múltiples puestos de flores y artesanía o las terracitas que copan este lugar tan lleno de vida.

Comimos en un chino para ahorrar un dinerillo
Cuanto más íbamos descendiendo (ya que íbamos en busca de Nyhavn, el precioso embarcadero) más disfrutábamos de uno de los más bellos paseos peatonales de Europa. Las tiendas más prestigiosas de la capital se encuentran aquí, aunque las más célebres no son precisamente las de ropa o joyas como por ejemplo la “Royal Copenhaguen Porcelain”, la “Georg Jensen (Platería)” o la “W.O. Larsen” que es un paraíso para los que fuman en pipa.

En esta amplia avenida no sólo se suceden diversas calles sino que también aparecen plazoletas no muy grandes en las que debe ser un gustazo sentarte a tomar algo o simplemente observar el panorama dinámico de la sociedad danesa. Ya al final de Strøget, se encuentra la extensa y bella Kongens Nytorv (que traducido quiere decir algo así como Plaza de los Reyes) en cuyo centro se erige la estatua Christian V a cuyo alrededor había gente haciendo patinaje sobre hielo aprovechando el bloque creado por las bajas temperaturas de los últimos días.

Radhuspladsen (Ayuntamiento y Catedral)
En este espacio desde el cual se acaba accediendo al buscado Nyhavn hay edificios sumamente emblemáticos como el Teatro Real (reconocido por las dos estatuas de la puerta). La ópera (comunicada con el teatro por una arcada), la Embajada de Francia (lo veréis por la bandera), el Palacio victoriano Magasin du Nord (reconocible por su bóveda), Charlottenborg (Sede de la Real Academia de Arte) y Hotel d´Angleterre, que junto al Palace de la Radhuspladsen son los más prestigiosos de la ciudad (Nos apto para economías humildes, medias y medio-altas). El lugar es fascinante aunque para mí lo es más cuando desemboca en el embarcadero que suele llevarse la mayor parte de las fotografías de catálogos, guías o espacios de internet que versan no sólo sobre Copenhague sino también de toda Dinamarca.
Rebeca con la estatua de Andersen

 

Está claro que no es lo mismo visitar Nyhavn en una noche invernal que en una mañana del mes de julio, pero se puede captar notablemente el encanto de este canal artificial en el que hay gran cantidad de navíos atracados que tienen a ambos lados una inmejorable sucesión rectilínea de preciosos edificios con colores y tonos que parecen haber salido de la paleta de algún genio de la pintura. Ese es el lugar exacto que me encaminó ha hacer tantos kilómetros para tan pocas horas.

Quizá lo encontré algo vacío y desangelado porque no era la  fecha ni el momento pero Nyhavn deleitó como supuse a Rebeca y me impresionó a mí como aquel día perdido de un interrail muy novato.

En la Calle Vestergade, la principal arteria peatonal y comercial de la ciudad de Odense
Uno de los corazones de Copenhague está allí y supone una salida al mar desde la que se puede ver el modernísimo y acristalado edificio de la âpera o en el fondo a la derecha el sugerente y extraño barrio de Christiania, señalado por la torre en espiral de una iglesia del XVIII. Curiosamente parece vigilar la zona hippie en que un día varios centenares de personas ocuparon barracones militares para crear un lugar con sus propias leyes. Lamentablemente se acabó convirtiendo en un paraíso de las drogas tal y como pude comprobar varios años antes en que entre otras cosas vimos a madres con sus hijos comprando “costo” en un mercadillo. Hoy en día esta faceta tan poco saludable ya no es igual y el barrio está mostrando una cara bien distinta y más afín a sus propósitos iniciales.

 

Una de las formas de llegar a Christiania es cogiendo un barco al fondo del embarcadero, pero como no teníamos mucho tiempo continuamos nuestra ruta por la calle Toldbodgade porque queríamos ver los exteriores del inmenso Palacio Amalienborg donde reside la Familia Real danesa.

Muchas son las casas con entramados de madera que se conservan en Odense
Pero sufrimos del síndrome de la “clase aristocrática” y no pudimos evitar entrar al famoso Hotel Admiral, que en su día fue un almacén portuario del Siglo XVIII y que actualmente reúne al turismo de alto standing. Atraídos por la lectura de las guías que hablaban de su precioso interior en que resaltan vigas de madera originales además de no pocas maquetas nos sentamos a tomar dos chocolates a precio de oro. Y bien que nos sentó a pesar de provocar una nueva disminución de fondos. Estuvimos como señores y lo que es mejor de todo, nos sentimos como señores. La improvisada excursión tardío-nocturna a Copenhague nos estaba viniendo como anillo al dedo.

 

El calor corporal que provocó el chocolate se redujo notablemente en cuanto salimos del Admiral para continuar nuestra caminata hacia Amalienborg.

Muaaack
Dejando atrás la extensa y ajardinada Plaza de Santa Ana (Sankt Annæ Plads) apenas hay que avanzar unos metros para tomar una calle en sentido izquierdo que te deja en el mismo centro de otro de los lugares más mágicos de Copenhague, el cual no había tenido la oportunidad de ver en mi primera y rauda visita a la capital.

El Palacio de Amalienborg se ubica en una plaza circular y se compone de cuatro edificios de estilo rococó construidos a mediados del siglo XVIII para familias de alta alcurnia. No fue residencia de los monarcas hasta 1794 después de un incendio que destruyó el Palacio Real en que vivían. Desde entonces Amalienborg está habitado por los Reyes de Dinamarca que vienen a dar un uso u otro a las regias instalaciones. En el centro exacto del complejo se alza una estatua ecuestre de Federico V.

Radhuspladsen de Copenhague. El Toro matando al dragón es uno de los símbolos de la capital danesa
Hacia allí fuimos Rebeca y yo cuando nos dimos un susto enorme al encontrarnos frontalmente con uno de los miembros de la Guardia Real que iba uniformado al igual que los de Inglaterra pero cambiando el rojo por el azul. Después del sobresalto nos acercamos a unos metros del personaje que estaba totalmente inmóvil, erguido, imperturbable e impasible al igual que sus otros compañeros que están al servicio de los Reyes. Impresiona al principio e incluso te impone, y más cuando en esa preciosísima plaza nos encontrábamos totalmente solos.  Nos colocamos en todo el medio junto a la estatua para observar en 360º una panorámica totalmente fascinante. Nuestra compañía, aparte de los guardias, era el silencio que de vez en cuando se veía interrumpido por el sonar de nuestros zapatos en el empedrado. Un par de minutos después se produjo otra de esas escenas que siempre quedarán en nuestro recuerdo.
Con un Troll en una tienda de la Calle Stroget (Copenhague)
Sonaron unas campanadas señalando la hora (que no recuerdo con exactitud) y justo a continuación los guardias abandonaron su inmovilidad para dar paso a un ritual de movimientos que llevan predefinidos desde siglos antes. Caminaron rectamente hacia delante y cargaron sus armas mirando hacia nosotros. La sensación que tuvimos Rebeca y yo durante unos segundos fue similar al de los reos condenados ante el pelotón de fusilamiento. Menos mal que dieron un giro a un lado para continuar con sus estudiados movimientos castrenses. De verdad que imponían muchísimo. Allí solos, el golpe de sus suelas contra el empedrado retumbaba en nuestros oídos. Pero todo era tan mágico que el susto inicial quedó en una mera anécdota graciosa.

 

Siguiendo de frente para traspasar el regio círculo nos encontramos con otra de las joyas de la capital de Dinamarca, la Marmorkirken (Iglesia de Mármol) que tiene una gran similitud a la Iglesia de San Pedro del Vaticano.

Nyhavn es la calle del embarcadero de Copenhague. Sin duda es la que tiene más encanto de la ciudad.
Su cúpula de 30 metros de diámetro corona un edificio que fue mandado construir por Federico V para celebrar el tercer centenario de la Dinastía de los Oldenburg en el trono danés. Si en este relato he hecho críticas a la sobriedad de los templos religiosos daneses, aquí podéis ver cómo toda regla tiene una excepción.

Cuando ambos estuvimos en frente de sus muros recordamos que no hay que dejar para muy lejos una visita a Roma. Mucha gente me dice que parece mentira que habiendo estado en tantos sitios no haya tenido tiempo para detenerme en la capital italiana. Y es cierto, tiene delito. Pero tiempo al tiempo…
Desde allí tomamos en sentido izquierdo la Calle Bredgade donde destacan otros edificios de uso tanto religioso como civil. En lo que a religión se refiere uno no puede dejar de sorprenderse al ver una Iglesia Ortodoxa cuyas cúpulas doradas en forma de cebolla parecen sacadas del Kremlin moscovita (Alexander Nevsky Kirke).

Rebeca y yo tomando un chocolate caliente en el lujoso Hotel Admiral (Copenhague)
Como tampoco pasa desapercibida la Iglesia de San Ansgars (núm 62) dedicada al Evangelizador de esas tierras. En dicha calle también se encuentran dos museos (Medicina y Artes decorativas) que tienen un estilo neoclásico que de una forma u otra embellecen aún más si cabe una zona de por sí agraciada.

Después de eso seguimos un buen rato vagabundeando por la ciudad de un sitio a otro pero más tranquilamente. Habíamos visto más o menos lo que queríamos y nos dio algo de pereza ir a ver la famosa “Sirenita” símbolo de Copenhague, que se encuentra algo alejada. Con ello además evitamos la tan consabida decepción que suele despertar a todos los visitantes y turistas que no sé qué se esperan de ella. Yo tuve la oportunidad de verla años antes desde uno de los barcos que parten de Nyhavn para hacer un interesante recorrido y para mí no supuso nada en absoluto. No siempre lo más conocido es lo mejor y lo que más te gusta.

 

Lo que sí nos perdimos fue el Castillo de Rosembog rodeado de inmensos jardines o los mil museos interesantes de que dispone la ciudad, pero había que asumir que nuestra visita estaba envuelta por la fugacidad y la improvisación. Aunque nuestro cometido se había visto cumplido con creces con uno de los paseos nocturnos más deliciosos que he tenido la oportunidad de dar en mucho tiempo. Y qué decir de Rebeca. Copenhague le produjo admiración, fascinación y felicidad. Se sintió allí como pez en el agua y siempre recuerda esa noche como aquella en la que quedó prendada de una de las capitales más bellas no sólo de Escandinavia sino de Europa.

 

Como estábamos algo preocupados por el tiempo y por la carretera que teníamos que coger (que a saber en qué estado estaría) fuimos volviendo lentamente por donde habíamos venido, subiendo por la larguísima Stroget desembocando en nuestro punto inicial, la Radhuspladsen, donde en uno de sus parkings teníamos nuestro Ford S-Max. De esta forma dimos por finalizada nuestra exitosa visita a Copenhague.

 

En la carretera afortunadamente no pasó nada reseñable. La nieve de la ida se había derretido y no hubo peligro en ningún momento de patinazos inesperados. En el trayecto fuimos con la música a un buen volumen para evitar el muermo proveniente del cansancio que llevábamos. Afortunadamente sólo nos llovió unos minutos al final, en la propia Fionia. Nuestro cuarto en Odense nos esperaba calentito para caer rendidos después de una jornada bastante intensa que parecía haber durado una semana. Lástima que Juli me envió un sms maldito diciendo que el Madrid había perdido contra el Villareal. No se puede tener todo en esta vida, ¿verdad?


José Miguel Redondo (Sele)
El Rincón de Sele

 

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