Bienvenidos a Fionia (Dinamarca 2ª parte)

Odense Travel Blog

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Otro viernes previo a un viaje en el que uno está en el trabajo con la mirada, el corazón y la mente totalmente perdidos, por no decir ausentes. No hacía tanto que había tenido esa sensación y es que tan sólo quince días separan mi experiencia en Aarhus y Ribe con los amigos del barrio de otro fin de semana en Dinamarca. En este caso varié la ruta y la compañía. Si en el primero el itinerario se llevó a cabo en torno a un radio de 100 kilómetros desde Billund (ver mapa con el recorrido) y nos habíamos centrado en dos ciudades destacadas de la Península de Jutlandia, en este caso tomaríamos un rumbo bien distinto: La Isla de Fionia.

Respecto a mi acompañante, se había reducido en número notablemente. De 14 había pasado a ser una sola persona. Rebeca sería la afortunada o desafortunada que compartiera viajecito conmigo. Ella es una buenísima compañera de trabajo y además la tengo considerada como más buena amiga todavía, por lo que me sentí muy bien acompañado.
Las horas previas a nuestra marcha fueron en parte similares. Bueno, me equivoco. Se me olvidó decir que la niña tiene verdadero terror a montar en avión y que al subirse a uno, cualquiera puede disfrutar de un show realmente alucinante. Así que mientras yo tenía cosquilleo en la tripa por los nervios y las ganas de irme, a ella no se le quitaba de la cabeza la palabra “avión”. Hay que tener una fobia para saber de qué se trata porque yo no llego a comprender ese miedo irracional a volar. A mí personalmente me gusta el momento en que se despega o en el que me quedo pegado a la ventanilla viendo el paisaje de tierra, de mar o de nubes.
No hubo manera de hacer que no pensara en ello en los días previos. Y de nada sirvió hablarle de que hay muchos más accidentes por carretera que por aire. Así lo que hicimos tanto yo como mis compis de curro fue hacer todo lo contrario. Le decíamos: “Rebeca, ¿incineración o tumba?; Vete despidiendo de tus seres queridos; Ya te mandaremos un ramo de flores para que veas que nos acordamos de ti; Me han dicho que no hay piloto en el avión, que es un ordenador el que te lleva a tu destino; Míralo por el lado bueno, si la diñas no te vas ni a enterar”.

La verdad que pensaba que me iba a dar un “viajecito” tremendo pero al final no fue para tanto. Se cumplió el dicho español de “mucho ruido y pocas nueces”.

 

Bueno, ahora comentaré el porqué de la Isla de Fionia y cómo hicimos para preparar una ruta por allí y reservar alojamiento:

 

No es casualidad la frase “el jardín de Dinamarca” que va siempre unida a Fionia. Esta isla que tiene un tamaño algo inferior o igual al de la Comunidad de Madrid se caracteriza por sus verdes praderas, sus infinitas costas y sus casitas de cuento, amén de algunos castillos asombrosos, que conforman un paisaje idílico y de Leyenda. A dos aguas y separada de un puente con Jutlandia y Selandia, conserva un entorno natural ejemplar en el que la tan socorrida frase de “desarrollo sostenible” goza de una cotidianeidad inusitada. En pocos sitios se puede ver tan bella conjunción de labor humana y de la naturaleza. Aldeas de antaño, puertos pesqueros, casas de vivos colores en medio del campo y una ciudad, Odense, lugar de nacimiento de Hans Christian Andersen, en la que hay un ambiente de tranquilidad propio del norte de Europa y que ofrece algunos lugares de interés para el visitante.

Por eso mismo elegimos a Fionia como nuevo destino de fin de semana “internacional”, uno de los varios que se planearon en su momento para 2007.

 

Utilicé de nuevo las guías, los foros y las recomendaciones personales para elaborar una rutilla por la zona, que al final como veréis, acabó siendo incluso superada. El campo base al que nos trasladaríamos tras nuestra llegada a Billund sería la propia Odense, que es la ciudad más importante de Fionia. El sábado dedicaríamos la mayor parte del tiempo a visitar este lugar y la tarde-noche la dejamos abierta a no pocas posibilidades. Desde quedarnos a ver qué tal es el ambientillo nocturno en la propia Odense hasta marchar a alguna de las villas costeras de la Isla para dar una vuelta y cenar. La idea era pasarnos por Nyborg, un pueblo de 9000 habitantes con un paseo muy bonito y un castillo en ruinas aunque más conocido por ser el lugar desde el que parte el impresionante puente de 18 kilómetros que une Fionia con Selandia. Pero no se descartaban destinos ni lugares. La cuestión era aprovechar el tiempo al máximo y eso es algo siempre innegociable.
Ya el domingo lo dejaríamos para movernos con el coche por la Isla para ver los lugares más interesantes y recomendables. En ese ranking nunca podía faltar el Castillo de Egeskov calificado como la perla de Fionia al ser uno de los edificios antiguos más bellos de Dinamarca en medio de un entorno natural inmejorable. También nos informamos de algunos pueblos pesqueros bonitos y pintorescos que localizamos al sur de la Isla (Troense, Svendborg, Faaborg) a los cuales iríamos dependiendo del tiempo que nos quedara antes de marchar al Aeropuerto.

 

Una vez previsto un planning en el que se admitían variaciones, nos hicimos con un coche para esos días, que al igual que en el anterior fin de semana, lo contratamos a través de la página que Hertz tiene en Ryanair.com, que siempre sale mejor de precio. Por 107 euros teníamos un Golf 1.6 o similar, que visto lo ocurrido quince días antes (que nos dieron un Toyota Avensis 1.8), termina siendo un vehículo bastante mejor (sobre todo, más grande).

 

¿Y el alojamiento? Como ya comenté en otra ocasión, no es sencillo encontrar albergues u hostels baratos en la época invernal danesa. El más conocido en Odense, de la cadena Hostelling International, es el DANHOSTEL ODENSE CITY, pero le quedaban unas semanas para abrir sus puertas para la temporada 2007. Enero es un mes fantasma en Dinamarca. Febrero lo es menos pero también tiene lo suyo. Lo mejor para visitar y reservar en este país es el período primavera-verano, que es el preferido para multitud de turistas que sobre todo se centran en Copenhague y alrededores (ubicados en Selandia).

Al final, y tras muchas búsquedas, navegué por  la web de la Oficina de Turismo de Odense y en el apartado dedicado al alojamiento (Accomodation) tanto Rebeca como yo nos centramos en los Bed and Breakfast de la ciudad para buscar disponibilidad en primer lugar y buenos precios en el segundo. Tras barajar varias opciones nos decantamos por el Skibhus B&B que tenía buena pinta y nos costaba unas 200 Coronas (25 euros aprox) por persona y noche. Para reservar tan sólo tuvimos que enviarles un e-mail. No necesitaron previo pago o información personal alguna para tramitar la reserva. Ésta nos fue confirmada de inmediato. Muy típico de los daneses es confiar en la buena fe de los demás. Decir honrados es poco. A Escandinavia en honestidad y civismo es difícil igualarla e imposible superarla.

 

Tras contaros de forma resumida el planning, que como veis que no es para tanto siendo tan solo de viernes a domingo, os pediré que me acompañéis al Aeropuerto de Barajas con la miedosa de Rebeca para embarcar a mi segunda aventura danesa en dos semanas. ¿Preparados? Vamos allá…

 

Taxi desde el curro hasta Barajas por la no desdeñable cifra de 18 euros. Al menos en esta ocasión compartí gastos con mi compi por lo que el sablazo no se hizo notar tanto como otras veces. Lo que sí se repitió fue mi inalterable sonrisa y el corazón a mil al tener tan cerquita otro viaje, por muy corto que fuera. Llegamos tan pronto al Aeropuerto que después de facturar en el stand de Ryanair (Terminal 1) estuvimos dando vueltas por ese ir y venir de gente a todas horas. Embarcaríamos aproximadamente a las cuatro y veinte (más o menos media hora antes del despegue) pero curiosamente había una cola increíble esperando. En este caso puedo entenderlo porque con esta compañía no tienes asignados unos números de asiento, pero no sé si os habéis fijado en que en los casos en que sí tenemos por escrito dónde nos vamos a sentar en el avión, también se forma una larga fila de gente esperando para entrar. Un cuarto de hora, media hora o tres cuartos… Da lo mismo, ahí siempre tienes a cantidad de personas haciendo cola tras el mostrador. ¿Pero acaso no se dan cuenta de que aunque entren los últimos se van a sentar igual? Cosas extrañas que me asombran y no pocas veces me irritan. Gusta el masoquismo, está claro.

 

El tipo de gente que se subió al avión no era ni mucho menos homogéneo pero sí que se daban no pocos casos de chicos y chicas jóvenes que se habían visto atraídos por esto del bajo coste y que se iba de fin de semana a Dinamarca a la mecagüendiez como se suele decir. Seguramente no sabrían ni donde caía Billund pero se habían visto cegados por la novedad y la aventura (No me voy las voy a dar ahora de sabiondo porque yo mismo hace unos meses no lo había oído en mi vida). Otros tenían claros sus destinos: Aarhus o Copenhague, las dos principales ciudades danesas. Algunos eran estudiantes ERASMUS que volvían a sus Universidades o incluso iban para conocer dónde iban a estudiar (o más bien “vivir/disfrutar”) al siguiente año. Sea como fuere, con esos precios dan ganas de irse a donde sea. Pero si encima te preparas una buena ruta o un buen plan por muy simple que sea, puedes tener uno de los mejores fines de semana del año.

 

Embarcamos a la hora prevista y mientras caminábamos por el “finger” para entrar al avión, el color de la cara de Rebeca se fue tornando de blanco a rojo. Estaba realmente nerviosa. Yo tenía clara mi estrategia al respecto. Pasar olímpicamente de toda mención al “me da miedo”, al “quiero bajar” o a cualquier bobada neurótica. Este caso es como el de los niños pequeños que se caen y miran al papá o la mamá, los cuales si se ponen tensos, provocan que lloren con todas sus fuerzas. En cambio si no le dan importancia al asunto y se ríen, el crío no se lo toma a la tremenda y se levanta tan tranquilamente. Pues el mismo “tratamiento” iba a llevar a cabo con Rebeca. No dar importancia a sus neuras y a sus comentarios apocalípticos en los que dan al avión por derribado en un segundo. Y creedme, a pesar de que en el despegue lo pasó mal, tuvo un muy buen vuelo y yo la encontré más tranquila de lo esperado.

 

Las tres horas de trayecto que separa Billund de Madrid se pasaron algo largas y dio tiempo a todo. Una de las cosas que hicimos primero fue troncharnos de la risa al ver los dibujitos de “emergencia” que hay pegados en cada uno de los asientos. Os preguntaréis la razón. Resulta que hay tres cosas que no debe haber en un Aterrizaje de Emergencia y que vienen dibujadas dentro de un círculo de “prohibido”. A saber, zapatos de tacón, pendientes y “dentaduras postizas”. Así que tenedlo en cuenta por si alguna vez ocurre. Quienes tengan alguna de estas tres cosas que se lo piensen antes de subir a un avión. Ni que decir tiene que no se recomienda viaje aéreo a miembros de la tercera edad.

Otra de las actividades que llevamos a cabo fue introducirnos al misterioso y rebuscado mundo del Sudoku, para tratar de sacar algunos numeritos. Me temo que por mi parte la paciencia es limitada. Y por la de Rebeca más aún.

 

Así fue pasando el tiempo en el avión hasta que sí que me sucedió algo realmente curioso y que me dio un corte tremendo. Al salir del cuarto de baño hubo un chico acompañado por bastante gente que me preguntó que si yo era Sele, el que había escrito lo que llevaba en la mano. Esta persona de la que os hablo llevaba fotocopiado el texto de la primera crónica de Dinamarca correspondiente a mi expedición junto a la gente del barrio por Aarhus y Ribe, que había terminado tan sólo tres días antes. Imaginad mi cara cuando veo uno de mis diarios de viaje en las manos de alguien que buscaba hacer algo más o menos similar. Marcos, que así se llamaba, necesitaba información de utilidad para su viaje a Aarhus y al parecer le vino bien contar con la información que yo le proporcioné. Así que estuve hablando tanto con él como con sus colegas sobre la noche danesa, lo que hay que ver en la ciudad y recomendándoles que fueran a Ribe a pasar el domingo. Pero iba con ellos una chica de Dinamarca que vivía en Horsens y me temo que les acabó convenciendo para que fuera con ellos. Craso error ya que esta es una de las ciudades más anodinas de todo el país. Ribe, por el contrario, es considerada una joya en Jutlandia que muestra calles y casas en un estado de conservación realmente admirable.

Sea como fuere, no os imagináis la ilusión (y la vergüenza) que me dio al ver como uno de mis “diarios” serviría de guía para otros viajeros. Cosas como esta son las que me alientan para escribir y mostrar a los demás el mundo visto por mis ojos. Con que a una sola persona le sea útil lo que yo hago, me doy por contento. Veo que al menos no dedico tiempo en balde.

 

Diez minutos pasadas las ocho de la tarde el avión de Ryanair aterrizó en el moderno a la vez que pequeño Aeropuerto de Billund. Desde la ventanilla pudimos ver zonas en las que había nieve acumulada de los últimos días en que las temperaturas habían sido las propias de un invierno normal. Afortunadamente, a pesar del aire frío que sentimos al bajar del avión, la noche estaba totalmente despejada y no había demasiado viento que dificultara la conducción al contrario de lo que nos pasó quince días antes yendo a la ciudad de Aarhus.
A partir de ahí la estrategia era clara. Recoger la maleta y rápidamente desplazarnos hacia la propia oficina que Hertz tiene en el Aeropuerto para que nos dieran las llaves del coche sin tener que esperar una larga cola. Afortunadamente nuestro equipaje salió muy pronto por lo que fuimos los primeros en recoger el que sería nuestro vehículo hasta el domingo por la tarde. Y una vez más fue mejor de lo esperado. Nos dieron un Ford S-Max 1.8 Diesel tremendo y que salió a la venta a mediados de 2006 por una cifra cercana a los 30000 euros. Casi nada al aparato… O sea, que iríamos como unos señores.

Nada más tener las llaves en nuestro poder (y un mapa de carreteras de Dinamarca muy útil) nos fuimos a una de las Casas de Cambio del Aeropuerto y nos hicimos con la poderosa moneda local (Coronas Danesas, DKK). En ese momento un 1€ equivalía a 7,3DKK.

Con todo listo y tras mirar en el mapa cómo llegar a Odense nos desplazamos al Parking del Aeropuerto donde se encuentran los coches alquilados para comenzar nuestro itinerario danés de fin de semana. Durante los primeros minutos me fui habituando a las dimensiones, a la suavidad en su manejo y a su potencia. Era también la primera vez que cogía un coche con seis marchas, que tampoco supone ninguna historia rara.

Accedimos a una carretera secundaria bastante oscura que llegaba hasta Kolding, que junto a Fredericia son las dos poblaciones más importantes y cercanas al puente que une Jutlandia con la Isla de Fionia. Poco más de media hora bastó para llegar a esta localidad y coger la Autopista E-20 que cruza dicho puente y que pasa por Odense, nuestro campo base para el fin de semana. Por esa misma carretera, de buenísimo trazado y asfaltado, uno puede tirar hasta Copenhague si quiere.

 

Una vez entramos a la ciudad de Odense, la mayor dificultad estuvo en saber cómo llegar a nuestro Bed&Breakfast por lo que estuvimos dando bastantes vueltas sin saber dónde demonios se encontraba la calle Skibhusvej, que por lo que supimos más tarde gracias a la ayuda de unos paseantes, sale justo detrás de la Estación de Trenes. En plena búsqueda cambió el tiempo radicalmente (muy típico allí) y se puso a nevar con fuerza. Bastaron un par de minutos para dejar las calles y las carreteras totalmente cubiertas de blanco lo que complicó en parte nuestra misión. Al final, tras preguntar dos o tres veces, subimos por la susodicha calle hasta que en el número 152 encontramos nuestro alojamiento para dos noches que responde al nombre de Skibhus B&B.  De la bonita casa pintada por entero de rojo bermellón salió una mujer bostezando a la que al parecer no lo habíamos dejado irse a la cama. Y no serían más de las once de la noche. Nos dijo que podíamos dejar el coche en cualquier lado porque no había aparcamiento restringido ni de pago, pero antes preferimos ver la habitación y dejar la maleta arriba. Así que subimos tras pasar por el modestísimo hall y subir las estruendosas escaleras de madera decoradas con objetos cotidianos antiguos llegamos a nuestro cuarto. Limpio y acogedor, con un buen cuarto de baño y un gran ventanal desde el que se veía la calle cubierta de nieve. Una televisión, una mesa para dejar las cosas o comer si es preciso y un par de estanterías componían una decoración frugal y típica de un alojamiento de bajo coste.

Cuando le dije a la mujer que le pagábamos nos dijo que no nos preocupáramos por ese tema y que ya lo haríamos más adelante. Estaba muy cansada y quería irse a la cama. Así que tras darnos las llaves del cuarto y de la casa, explicarnos que debíamos dejar las puertas cerradas, y mostrarnos la cocina común, se metió a su habitación y nos deseó las buenas noches. A mí no me apetecía dormir todavía, a pesar de estar cansado del viaje, y sobre todo de haber ido a trabajar ese día. Le propuse a Rebeca aparcar bien el coche y darnos un paseíllo por la ciudad para ver si había movimiento alguno. Antes de eso subimos de nuevo a la habitación a comer un poco de jamón serrano que había traído mi compi de Madrid. Bueno, llamar jamón serrano a eso es un pecado. La tunante (y su madre) parecía que habían cortado el jamón con un hacha. No sabía si me estaba comiendo un chuletón o un solomillo (salvando las distancias). Vamos, igualito que una tabla de ibérico de las que te ponen en Andalucía…

 

Tras el suculento manjar con el que me deleitó Rebeca nos dispusimos, esta vez sí, a bajar a dar una vuelta por Odense a ver cómo se las gastan a esas horas de la noche. O mejor dicho, para comprobar cómo no se las gastan a esas horas de la noche. Porque otra cosa no, pero decir tranquilidad y silencio es poco. Sin haber llegado a la medianoche había muy poca gente en la calle. Parecía que todo el mundo estaba en casa viendo la tele o acostados a la espera de que llegara el sábado.

 

Descendiendo por la calle Skibhusvej hasta llegar a la Estación desde donde comienza “el centro neurálgico” de la ciudad, pudimos ver cómo al igual que en el resto de Dinamarca (a excepción de la capital) se llevan las construcciones de cómo mucho tres alturas de distintas formas que no atentan contra el buen gusto. Odense es como un gran pueblo, de gran extensión pero de vida tranquila típica escandinava. Sus más de doscientos mil habitantes no llenarían algunas localidades madrileñas como Móstoles, Alcorcón o Getafe. Para mí sería un placer vivir en un sitio en el que se pueda ir andando a trabajar pero a su vez disponga de los servicios y posibilidades de las grandes ciudades. Las ciudades pequeñas son ejemplares en llevar a cabo la tan buscada “calidad de vida”.

 

El tour nocturno lo hicimos por las calles más céntricas de Odense, de las que os hablaré minuciosamente en el relato del sábado 29 de febrero. A grandes rasgos diré que bajamos por el helado jardín del Palacio de los Reyes (Kongens Slot), pasamos por el Teatro Real y accedimos a la arteria principal y comercial de la ciudad, Vestergade. Allí, tras comprobar que no había nadie por las calles, a excepción de unos pocos personajes convenientemente alcoholizados, echamos un vistazo a la Plaza del Ayuntamiento y me desquité de mi afrenta con el jamón-chuletón-piedra con un perrito caliente que me supo a gloria.

 

Tanto allí como a la vuelta de esa fría noche que no llegaba a los cero grados (ni frío ni calor como se suele decir) vimos tan sólo un par de locales con música que me recordaron a mi infancia veraniega en Benidorm donde los viejecitos bailaban agarrados al son de “I just call to say I love you” de Stevie Wonder. En el tema de ambiente nocturno y festivo, está claro que Odense no es ni mucho menos como Aarhus (la capital de la marcha danesa). Pero ese dato lo teníamos claro de antemano porque las guías la tildan de “aburrida” en lo que a fiesta se refiere.

 

Así que volvimos tras nuestros pasos porque nos encontrábamos molidos por lo que había sido un día largo. Y el sábado iba a dar mucho juego. Un recorrido exhaustivo y completo por Odense, cuna de Hans Christian Andersen, y una tarde-noche en la que nos salimos del plan establecido y nos decidimos a tirar de “improvisación”. Este segundo fin de semana danés iba a cundir al máximo. Hasta el sábado pues!!





 



José Miguel Redondo (Sele)
El Rincón de Sele

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Odense
photo by: donouwens