En Levi disfrutamos del día más grande
El título del relato perteneciente a lo acontecido en Levi (Kittilä) el 8 de Diciembre de 2006 hace honor, sin duda, a la realidad más absoluta. Este día estaba señalado en el calendario con letras de oro, y es que era en el que más posibilidades había de disfrutar a lo grande de algunas de las actividades invernales más divertidas. Un día en Levi puede ser muy largo si se aprovecha bien. Hay tantas cosas que se pueden hacer que uno no da abasto. Son incontables las agencias desplegadas en la ciudad lapona por lo que hay multitud de ofertas que ponen los dientes largos a los turistas que se ven obligados a seleccionarlas.
Nosotros, para un día que íbamos a estar, debíamos escoger lo que más nos gustara, y aunque debíamos ajustar la economía a la realidad, tampoco teníamos pensado escatimar o dejar de hacer algo por ahorrar. Si habíamos llegado hasta allí, a casi 200 km por encima de la línea del Círculo Polar Ártico, era para disfrutar de cosas que no tenemos en nuestro país.
Teniendo en cuenta que no sabemos ni esquiar ni hacer snowboard (la elección del 90% de los turistas), nuestras posibilidades quedaban bastante claras. Lo teníamos pensado antes de ir a Finlandia. Una de las cosas que había soñado muchas veces en poder hacer es montar en un trineo tirado por perros nórdicos. Eso en mi caso, por lo menos, era algo que tenía seguro que intentaría realizar alguna vez en mi vida. Y estaba muy cerca de cumplirlo. Por ello, nos levantamos temprano para acudir a la Oficina de Turismo de Levi, que queda en frente del Hotel Levitunturi.
Los datos de contacto son los siguientes: Levi Tourist Information. Myllyjoentie 2 ,99130 Levi; Tel. +358 (0)16 639 3300 ; Fax +358 (0)16 643 469 ; e-mail: levi.info@levi.fiAllí uno puede contratar no solo excursiones o actividades, sino también alojamiento o la obtención de información de utilidad para moverse por la zona. Según las recomendaciones que llevaba desde Madrid, ese era el lugar idóneo para saber qué podíamos hacer, dónde y a qué precio. Los Tourist Info de Finlandia gozan de un gran prestigio y eficacia que hacen que sean utilizadas por los visitantes para encomendarles sus planes en este país.
Después de levantarnos y mirar por la ventana un paisaje aún más nevado y frío que la noche anterior, marchamos rápido a dicho lugar para “adquirir nuestros deseos”. Una de las chicas que nos atendió (en inglés) nos preguntó acerca de lo que queríamos. Rápidamente le preguntamos qué actividades podíamos hacer y a qué precios, por lo que sacó unos cuantos catálogos en que vienen las ofertas de las múltiples “Agencias de Aventura” de Levi. Rápido nos quedamos con los referentes a las excursiones en trineos de perros, de renos, de caballos islandeses y de motonieves. Julián y yo íbamos leyendo en voz alta lo que se podía hacer junto a los precios de los mismos. Y segundo a segundo, minuto a minuto de lectura, íbamos confirmando lo que sospechábamos en torno al elevado coste que supone llevar a cabo una “actividad invernal” en Laponia.
No está hecho para “viajeros humildes” de los que van con mochila y saco de dormir al hombro. Lo veo más encaminado a parejas, familias o gente desahogada económicamente que pueden permitirse pasarse unas vacaciones a todo tren. Nosotros veíamos que tan sólo podíamos hacer una de las muchas opciones que se ofrecen en Laponia en general y en Levi en particular. Os comento algunas de las más importantes:
- Ski, Snowboard y sucedáneos: Lo típico y común. La gente lleva sus propios equipos o los alquila. Hay muchos kilómetros de pistas para tirarse todo el día.
- Motonieves: Son incontables los caminos en la zona para ir con la motonieve a gran velocidad. Las alquilan por horas o por rutas.
- Trineos de perros o renos: De lo más interesante y original, pero las granjas en que se realizan dichas actividades están algo alejadas del centro neurálgico de Levi, por lo que requiere desplazamientos.
- Excursiones a una granja de perros o renos (pero sin montar en trineos): Vale dinero ir y acabas con los dientes largos si no te subes a ellos.
- Pesca en el hielo: Para los amantes de esta actividad, debe ser una gozada. Se busca un Lago o Río helado y se hace un agujero.
- Safari de Auroras Boreales: De noche, te llevan a los mejores sitios para poder observar las Luces del Norte.
- Rutas a caballo: Es tradición utilizar para recorrer los campos nevados a caballos traídos de Islandia. Estos son de un menor tamaño que los que estamos acostumbrados a ver, pero se manejan bien sobre el gélido terreno lapón.
- Raquetas de nieve: Típicas para transitar sobre la nieve.
Para saber más sobre éstas y muchas más actividades os remito nuevamente a la web de Información Turística de Finlandia, más concretamente a su apartado referente a lo que estamos hablando, al que podéis acceder pinchando aquí.
Perfecto para planificaros algo en la Laponia finesa, incluso en la parte que toca la costa como por ejemplo Kemi, en que podéis vivir la única e inolvidable experiencia de montaros en un rompehielos (El Sampo) y tiraros al agua con unos trajes especiales.
Pero nosotros nos encontrábamos en Levi, y era allí donde ejerceríamos alguno de nuestros sueños. Le dijimos a la chica que nos buscara algo bueno para montar en trineo de perros a buen precio. Nos comentó que necesitaríamos un medio de transporte para llegar, ya que la granja de Huskies estaba a más de 20 km. Entonces le pregunté si era posible trasladarnos a dicho lugar en motonieve.
Así que pagamos el buen montante económico y marchamos al gran supermercado que queda prácticamente al lado del Levitunturi.
Allí compramos algo para hacer un desayuno-comida que nos mantuviese bien alimentados para todo el día, que se preveía largo. Para la noche aún nos quedaba algo de pasta en sobre que nos habíamos llevado desde Madrid. Lo de la cocina en la cabaña viene bien para ahorrar costes de comida evitando los restaurantes. Y más cuando acabábamos de soltar cada uno las “treinta mil pelas” de antes. En Finlandia los gastos pueden ser elevados porque, a pesar de no llegar a la carestía de Noruega e Islandia, su nivel de vida difiere mucho del de aquí. Digamos que es caro para nosotros, pero no para ellos. Más sueldos, más precios, aunque compensados. En cambio en España, sueldos escasos, precios europeos. Parece que solo somos UE para continuar perdiendo poder adquisitivo como tontos. Pero bueno, no es momento de hablar del redondeo y de cómo los mil euros de ahora son las 100.000 pesetas de antes. Tampoco de la precariedad laboral o del precio de la vivienda. Estamos en Finlandia y prefiero hablar de cosas más agradables que la cruda realidad que supone una losa para la mayoría de los españolitos de a pie que damos el cayo día a día.
Quedamos en la Agencia de las motonieves (de nombre Enonvene) a eso de las doce y media, por lo que las dos horas las pasamos comiendo, descansando y recorriendo los nevados alrededores de la cabaña. No hace falta mucho para disfrutar de un lugar privilegiado que no se ve todos los días.
Durante ese tiempo me preguntaba si llevaría bien la motonieve o si me iba a piñar con el trineo.
Son dos cosas que no tenía la más remota idea de cómo controlarlas. Aunque viendo por ahí a la gente, me suponía que sí sería capaz. Todo se aprende, ¿no?Pero llegó la hora de la verdad, el momento cumbre del viaje. Nos dirigimos andando a la Agencia Enonvene (ver carta de servicios en inglés), que queda en la misma Sirkka, dejando atrás las pistas de esquí. Una vez llegamos, vimos que había aparcadas numerosas motonieves, que las veía más grandes de lo normal. Posiblemente fuera el miedo escénico ante la cercanía de subirme a una de ellas.
Pasamos dentro y tras entregarles el justificante de pago (ya que habíamos dado los 179 euros/persona en la Tourist Info) nos presentaron al que iba a ser nuestro guía cuyo nombre impronunciable me resisto a decir.
Era un hombre de unos cuarenta y tantos años, con bigote y con buen humor, a tenor de sus comentarios siempre jocosos. Nos ayudó con el vestuario, ya que lo normal es que ellos te suministren el equipo consistente en mono, casco, botas y guantes, con los que es materialmente imposible pasar frío. Cuando nos ataviamos con tan pesada vestimenta, parecíamos dos corredores de Fórmula Uno. Sólo nos faltaban los mil sponsors que suele llevar esta gente. Y obviamente, su cuenta corriente. En eso perdíamos por goleada.
Nos encontramos a una familia española que había también contratado algo con ellos, pero no intercambiamos ninguna palabra porque salieron escopetados con uno de sus guías. El nuestro parecía no tener prisa alguna e iba bastante tranquilo.
Dejamos allí nuestras cosas (mochila, ropa...) y llevamos lo justo y necesario, es decir, la cámara de fotos. Porque no inmortalizar lo que íbamos a vivir ese día hubiera sido pecado mortal. Teníais que ser testigos de nuestras deshonrosas pintas de Hormiga Atómica en medio de los bosques nevados de Laponia.Come on, espetó nuestro enjuto guía lapón mientras se dirigía a la puerta de salida. Julián y yo nos miramos, frotamos nuestras cubiertas manos, y marchamos con él hacia fuera, donde había aparcadas no menos de diez motonieves, todas cubiertas de blanco por la ventisca de copos que llevaba cayendo ininterrumpida desde la noche anterior.
El guía se subió a la que al parecer sería mi moto y comenzó a explicar cómo funcionaba.
Yo, a pesar de que estaba algo nervioso por verme ante ese “cacharro enorme”, comprendí rápido las directrices que nos iba dando el hombre. En realidad lo más importante es saber arrancar, que en el manillar derecho es donde se acelera, en el izquierdo donde se frena, y que en las curvas, tu cuerpo debe desplazarse en la misma dirección. Es decir, el camino va a la derecha, pues haces fuerza a la derecha. A la izquierda, pues a la izquierda. Que la moto y tu cuerpo sean un único objeto... Nada más y nada menos.Con todo y con eso subí a la motonieve. Juli detrás se agarró bien porque impresiona. Cerramos los cascos y esperamos a que nuestro guía arrancara su moto. En cuanto lo hizo, ligeramente le di fuerza al manillar derecho y apenas se movió. Entonces le di más chicha y comenzamos a deslizarnos seguros y firmes sobre el nevado camino para dar la primera vuelta de prueba.
La sensación de conducir una motonieve es difícil de describir, pero a grandes rasgos, puedo decir que te sientes enormemente poderoso. La potencia, que en ese momento era escasa, forma parte de tu organismo, de tus manos, de tu cabeza. Recuerdas una y otra vez que moto y tú sois un único cuerpo, para así ir disminuyendo temores e irte viendo más seguro. Un par de subidas por una pequeña colina, unas cuantas curvas... y ya estás listo para penetrar al bosque y tener una de las mejores experiencias de tu vida.
La nieve que caía sin cesar trató de colarse por todos los medios en lo que no llegaba a cubrir el casco, el viento gélido de ese día golpeó imperturbable sobre nuestras caras, y el frío se hacía notar en las manos, a pesar de estar resguardadas gracias a los guantes.
Pero en ese momento sólo existían dos palabras enormemente relacionadas: Potencia y Velocidad. Y ésta última se desarrolló en su máxima magnitud cuando cruzamos el lago helado por el que comenté que no nos atrevimos a pasear la noche anterior (Immeljärvi). Fue ese momento en el que se alcanzó uno de los muchos puntos álgidos que tendríamos ese día. Sobre la moto me sentí el Rey del Mundo, ajeno a cualquier entorno que se saliera de la nevada pista, de mi vehículo y del precioso paisaje forestal en el que estábamos inmersos. Mientras seguíamos al guía que iba muy por delante, observando detenidamente nuestros movimientos, Julián y yo nos gritábamos comentando la jugada, pero a sabiendas de que el ruido y el viento hacía imposible tal comunicación. Que si mira el salto que hemos dado, que si vaya curva, que si esto es alucinante… eran las típicas frases que soltamos a la vez que la adrenalina se despojaba de nuestros cuerpos.Hicimos alguna que otra parada en la que el guía nos preguntaba que qué tal íbamos, además de enseñarnos a regular la mini-calefacción que llevan los manillares para que las manos, prácticamente inmóviles excepto el pulgar, no cogieran frío. Y es cierto que este calor artificial era más que necesario porque cuando se lleva un rato, las manos sufren. Y el pulgar también, no sólo por la bajísima sensación térmica que se aumenta directamente proporcional a la velocidad, sino porque estás constantemente apretándolo o soltándolo levemente para que la moto continúe el trayecto.
Una de las cosas que nos dejó alucinados tanto a Juli como a mí es la cantidad de pistas que hay hechas exclusivamente para la motonieves en medio del bosque, de la ladera o incluso del monte. También nos llamó la atención la cantidad de riachuelos y arroyos que íbamos cruzando como si tal cosa.
Ahí lo que hay que hacer es agarrarse los machos y meterle caña al trasto. Si el tío que llevábamos delante podía, nosotros no éramos menos.Si alguna vez tenéis la inmensa fortuna de subiros a una motonieve, sabed que no es difícil manejarla, a no ser que el circuito sea muy complejo, lleno de subidas y bajadas con un nivel de nieve superior a un metro. Las zonas llanas son fáciles de transitar, y no vais a tener problema alguno. Le cogeréis el tranquillo enseguida y lo vais a disfrutar como enanos.
En otra de las paradas aprovechamos para sacar multitud de fotos para inmortalizar uno de los momentos cumbres no sólo del viaje, sino de todos los viajes que hemos podido realizar. Muy posiblemente, junto a lo que sucedería después, se alcanzó de seguro el cenit durante esas alocadas horas sobre la nieve.
Tras hacer bastantes kilómetros moviéndonos por un entorno natural de sobresaliente alto, nos dirigimos a la Granja de Huskies y Renos donde disfrutaríamos de la segunda actividad (los trineos).
A las dos menos cuarto de la tarde (o mejor dicho…de la noche) llegamos a Lapinkylä o, lo que es lo mismo, a la pequeña villa lapona donde hay una granja de Huskies y Renos, junto a varias construcciones que sirven de vivienda, café o restaurante.
Aparcamos las motos y tras retratarnos junto a un par de renos, nos metimos raudos y veloces a una de las cabañas que servía de cafetería. Los cuerpos andaban fríos y debían reponerse con un buen chocolate caliente y una muestra de la deliciosa bollería que allí poseen. Obviamente, corre a cuenta de la Agencia, que no debe pasar apuro económico alguno.
Haciendo la cuenta, viendo el dineral que nos sacaban a nosotros, que éramos dos gatos como quien dice, imaginad lo que se llevan por todas y cada una de las familias que les confían sus horas de ocio en Levi. Un negocio próspero en toda regla. Normal que se pongan como locos cuando no llega la nieve como otros años.
Un enorme tazón de chocolate junto a un muffin que nos supo a gloria, fueron los avituallamientos previos a la nueva aventura que nos esperaba, que no era otra que subirnos a un trineo tirado por perros (Dogsled en inglés). Al contrario que la motonieve, aquí la tecnología punta no se necesita en absoluto. Éste es un medio de transporte utilizado por esquimales y Samis a lo largo de muchos siglos (incluso de no pocos milenios). En lugares nevados y helados, es de las pocas opciones que tienen para desplazarse.
Así que tras intercambiar algunas palabras (pocas, la verdad) con el guía de Enonvene, fuimos al lugar en que decenas de perros nórdicos ladraban sin cesar mientras los dueños de las instalaciones les iban colocando en un trineo determinado. Al parecer la colocación de los mismos es esencial, ya que cada uno de ellos posee una función determinada.
Dos mujeres de aspecto serrano daban órdenes a los nerviosos cánidos que siempre se les veía dispuestos a salir corriendo. La jauría era casi ensordecedora y nos pareció complicado poner orden ante tantos perros. Las señoras de la granja eran de un tamaño considerable, algo rudas, pero nunca dieron un mal gesto a los turistas (o clientes) que allí nos encontrábamos. Otra cosa bien distinta era su forma tosca y enfurecida de dirigirse hacia los perros nórdicos debido al jaleo que allí estaban armando. Bien sabido es que el husky es puro nervio, así que imaginad estando junto a muchos más.
Un señor nos puso junto a un trineo y nos dio nociones básicas para saberlo dominar. Tendríamos 4 perros tirando en cada uno de ellos (de Juli y mío, ya que el guía se quedó en la cafetería), lo que ya le podía proporcionar una gran fuerza y velocidad. A grandes rasgos lo más básico es: colocar el cuerpo algo curvado y no estirado como un palo, si hay una curva hacia la derecha, hacer fuerza a la derecha, y si es a la izquierda, pues a la izquierda (más o menos como en las motonieves). Las piernas van abiertas, ubicándolas en el esquí derecho e izquierdo. En el mismo centro va el freno, que se activa subiéndose sobre él y apoyando todo el peso. Una vez te levantas del mismo y pones las piernas a los esquís de los lados, los perros siempre están dispuestos a salir corriendo sin que haga falta que les digas nada.
Lo que es muy importante también es que nada más dejar de estar subidos en el freno, debemos agarrarnos muy bien, ya que los perros hacen su arranque de una forma muy pero que muy fuerte, y como te pille desprevenido, lo normal es que caigas. Esto último nos lo aconsejó también la familia española que habíamos visto antes en la sede de la agencia. Era un matrimonio junto a su hijo de unos 14 o 15 años que estaban disfrutando de unas increíbles vacaciones como nosotros. Eso sí, ellos iban con un lujo bastante superior en consonancia con su poder adquisitivo, que como hablamos con ellos después, no era escaso precisamente.
Durante unos minutos, Juli en su trineo y yo en el mío, estuvimos esperando que nos seleccionaran los perros para hacer una travesía por el bosque de unos cinco kilómetros aproximadamente.
Y como he comentado antes, no debe ser fácil escoger a un perro u otro. Según pude observar, ponían siempre a uno más experto junto a otros que se les veía muy jóvenes. Siendo cuatro, es normal que uno lleve la voz cantante y los otros prácticamente le acompañen haciendo fuerza. En los trineos en que hay más perros (puede superar la decena) el adiestramiento es mucho mayor para que así tengan claras sus funciones. Como veis, todo esto no es moco de pavo y lleva un trabajo y un conocimiento de los cánidos fuera de lo normal.
Poco antes de comenzar, los perros de Juli se pelearon y por ello les cambiaron por otros, no sin antes una buena reprimenda verbal. Las laponas de aspecto serrano imponían bastante. Tanto que me asustaban hasta a mí cuando daban instrucciones a los animales o les regañaban cuando hacían algo mal.
Estas se enfadan y te sueltan una ostia que no se la salta un torero…
Después de tanta parafernalia una de las Serranas nos preguntó si estábamos listos y sin apenas tiempo para decir “yes” soltó las cuerdas que mantenían sujetos los trineos y salimos escopetados hacia el bosque. El arranque es bestial y como hablábamos hace un momento, es esencial estar bien agarrado. De esta forma emprendimos nuestra breve travesía por el bosque, tal y como había soñado tantas veces.
En primer lugar iba una de las laponas, separado en segunda posición Julián vivía en sus carnes el que de seguro es de los momentos más impresionantes de su vida, al igual que para mí, que (3º) me sentía nuevamente el ser más privilegiado del mundo.
Durante minutos o quizás segundos, en tu mente se te pasan tantas cosas de tu vida cotidiana, que al lado de esto quedan en un segundo o tercer plano. A pesar de tener a dos trineos por delante, sentí la soledad más absoluta. Esa soledad que te hace sentir único en un mundo único, hecho por y para ti.
La velocidad no es que fuera muy puntera precisamente, quizá porque no estábamos demasiado separados los unos de los otros, o porque estuvieran cansados los pobres huskies. En algunas de las rectas más longevas, sentí la necesidad imperiosa de inmortalizar el momento. Fuera como fuera quería poder recordar fielmente la imagen que mis ojos tenían delante durante esos minutos tan intensos como emocionantes. Así que despacito me quité el guante derecho y hurgué en el bolsillo en busca de mi cámara.
Unos minutos después nos vimos obligados a detenernos ya que en el camino estrecho por el que transitábamos nos cruzamos con otros dos trineos.
Al final no pasó a mayores y la mujer, más cabreada que el propio reno, nos dispuso nuevamente a que continuásemos para así dar por finalizado el trayecto de 5 kilómetros. Antes de llegar hubo un giro bastante cerrado que me pilló desprevenido y tras poner el pie donde no era, me vi obligado a soltarme del trineo y a rodar sobre la nieve. Menos mal que no había nadie porque si no, menuda vergüenza. Hay que estar muy pero que muy atentos. Si alguna vez hacéis esta actividad, no os confiéis como yo e id siempre seguros y firmes sobre el trineo. Preveniros bien en las curvas y en las salidas. De esa forma, no habrá ningún problema.
Si me preguntáis qué es lo que más me gustó entre las motonieves y los perros, os tengo que confesar que, sorprendentemente, fue lo primero (que volveríamos a llevarlo a cabo para regresar).
No sé la razón, pero igual es que me gusta más ser yo quien domine la situación y quien controle de una forma u otra la potencia y la velocidad que se puede obtener con este medio. De todas formas tengo que decir, justamente, que lo de los perros es también una sensación única que provoca mucha más emoción que las motos.
Después de finalizar la excursión en los trineos y salir del recinto donde ladraban los perros, Julián y yo nos miramos y nos dimos un abrazo en el que no hicieron falta las palabras. Simplemente lo que acabábamos de vivir, lo que estábamos viviendo, y lo que aún quedaba… había compensado enormemente todo sacrificio realizado para llegar hasta allí. Yo personalmente me siento muy orgulloso de haber podido compartir con uno de mis mejores amigos tal experiencia.
Antes de volver a la cafetería, nos volvimos a retratar con el reno del principio (no el de la pelea) e incluso nos metimos en un improvisado iglú que aunque es fresco, su temperatura es mayor que la externa porque no permite que el viento penetre.
Nuestro guía nos esperaba allí y tras inquirirnos sobre la experiencia que acabábamos de tener, nos pidió que tomáramos algo caliente antes de proseguir con nuestro recorrido en motonieve, en este caso, para volver. No esperamos más y Julián y yo nos pedimos un café y un chocolate respectivamente. Y cómo no, un bollo para acompañar.
Ya sentados en las mesas de madera el hombre nos preguntó si queríamos volver por donde habíamos venido, o si por el contrario, preferíamos retornar a Levi subiendo por el monte, opción mucho más arriesgada. En ese momento en que estábamos, en el cual gobernaba una incontrolable euforia, no dudamos y le dijimos que nos metiera caña y fuésemos por donde él quisiera. El guía sonrió y dijo que perfecto, que nos preparásemos para grandes subidas y bajadas. Iríamos por arriba en vez de por abajo.
Nos embutimos nuevamente los cascos en la cabeza y nos dirigimos a las motos en plena oscuridad. La nieve había dejado casi blancos los vehículos y antes de subirnos, tuvimos que apartar bastantes montones. Encendimos las luces y volvimos a la faena.
La hora y pico que duró la vuelta fue más complicada que la anterior, pero seguro que nos hizo soltar más adrenalina todavía. Sobre todo cuando comenzamos a ascender por cuestas cada vez más empinadas y nos veíamos obligados a echar el cuerpo hacia delante. Al parecer es más complicado tanto subir como bajar cuando en una misma motonieve van dos personas, ya que gran parte del peso va hacia atrás. Eso se nota bastante cuando a los lados del camino, sobre todo en zonas altas, la nieve tiene un espesor mucho mayor (de más de un metro). La moto tiende a irse hacia un lado y no pocas veces uno se las tiene que ver y desear para evitar meterse en los lugares en que es fácil quedarse “atrancado” literalmente. Tanto a nosotros como al guía nos ocurrió eso y tuvimos que levantar las motos en medio de la ventisca y de la oscuridad que imperaba en lo más alto del monte. Incluso una de las veces, nos ayudó alguien que casualmente pasaba por allí, ya que el vehículo del guía de Enonvene se quedó varado sobre la nieve y no había forma de moverlo. La tortuosa subida nos dejó en la parte más alta del Monte Levi donde apenas hay vegetación por el frío que allí hace. Nos detuvimos y tratamos de sacar alguna foto a los blancos arbustos mientras tratábamos de caminar sobre un suelo bastante intransitable. Allí comentamos que ese debía ser un lugar privilegiado para poder ver las Auroras Boreales que tanto se nos estaban resistiendo por la tempestad. El hombre de la agencia de aventura nos confirmó que nos iríamos a casa sin haber sido testigos de las Luces del Norte ya que la previsión era muy clara en torno a la permanencia de los cielos cubiertos. Aún así, no quisimos darnos por vencidos y continuamos soñando en disfrutar de los colores que originan las tormentas geotérmicas.
El guía, antes de seguir con el descenso del Monte o Tunturi como lo llaman los finlandeses, nos pidió que más que nunca debíamos apoyar las curvas con nuestro cuerpo, para evitar quedarnos atrapados en la nieve. También nos previno de las placas de hielo, de color oscuro, que podían ser peligrosas. De esta forma, con mucho cuidado comenzamos la bajada por cuestas bastante pronunciadas, que siempre terminaban en curva cerrada. No vimos las placas de hielo que nos comentó, aunque sí montones nevados suficientes para meternos en ellos por entero si nos descuidábamos. Así fuimos bajando poco a poco hasta que llegamos de nuevo a un llano donde pudimos aumentar considerablemente la velocidad media que habíamos llevado durante la vuelta.
Ya nos habíamos hecho los dos a la moto, como un equipo, como un todo que se deslizaba por los nevados caminos de la Laponia finlandesa inmersos en una oscuridad casi total. Y de ahí hasta que llegamos al “garaje” de las motonieves, a un par de minutos de la Agencia Enonvene, donde teníamos nuestras ropas y mochilas. Ese fue punto y final de la aventura del viernes 8 de diciembre de 2006: El día en que cruzamos el bosque lapón en moto y en trineo. El día más grande de nuestro viaje por Finlandia…
De camino a Enonvene, estuvimos hablando los tres sobre lo tardanza de llegar la nieve a esos lugares en que tan pronto suele venir. En ese momento el guía con un gesto y una frase, resumió a la perfección lo que la nieve supone a los Finlandeses. Se agachó y con una mano recogió un buen montón de polvo blanco. Ya de pie dijo “This is our money” (Este es nuestro dinero) y razón no le faltaba, ya que en Finlandia el oro es de color blanco…
Una vez llegamos a la Agencia y nos cambiamos de nuevo, nos encontramos una vez más a la familia española, quienes estaban alojados en el Hullu Poro, que era a su vez hotel, restaurante y discoteca. Posiblemente sea el complejo más célebre de Levi. Nosotros habíamos oído hablar bastante sobre la marcha nocturna de su local, pero al parecer era también uno de los complejos hoteleros y gastronómicos más considerados de la zona.
Estuvimos un rato compartiendo anécdotas y momentos divertidos que habíamos vivido allí, ya que habían contratado lo mismo que nosotros (motonieve + trineos). Nos contaron que habían decidido ir a Finlandia unos días antes de partir, ya que su idea principal era ir a Colorado para pasar las vacaciones, pero que por lo que sea no pudieron ir al final. Vamos, que no les faltaba pecunia para sufragarse unas buenas vacaciones. Nos recomendaron, también, la discoteca de hielo de Helsinki, donde por diez euros, uno puede disfrutar de algo “casi único” en el mundo (digo lo de casi único ya que en otros países como Islandia, tienen una de estas). No recordaban el nombre, pero sí que estaba muy cerca de la Estación de Trenes. Tomamos nota y nos despedimos deseándonos suerte para el tiempo que nos quedaba de disfrute en Finlandia.
La tarde la pasamos en la cabaña entre saunas y momentos de relax en el sillón. Estábamos molidos y, por tanto, tocaba no hacer demasiados esfuerzos. Así pasaron las horas, ya que tras la sauna nos llegamos a quedar dormidos. Por la noche, después de cenar, salimos un rato a ver el ambiente nocturno de Levi, y terminamos en un pub/cervecería de cuyo nombre no quiero acordarme en que se nos adobó un finlandés borracho que al parecer había vivido en Málaga durante tres años. Por poco, pero sobrevivimos a la tortura de aguantar su pésimo nivel de castellano mientras condecoraba nuestro sentido del olfato con un aliento a alcohol realmente insufrible. También probamos en la discoteca del Hullu Poro, donde incluso celebran conciertos, pero no había nadie por lo que el día siguiente tras dar un buen rondo por Sirkka y concienciarnos de que no veríamos las Luces del Norte, volvimos a la cabaña para acostarnos hasta el día siguiente. Eran casi las dos de la mañana de un incipiente nueve de diciembre que quizá no sería igual de intenso y emocionante, pero que nos aportaría nuevas cosas dignas de recordar durante el tiempo que vivamos.








