Desandar lo andado (Levi-Rovaniemi-Helsinki)

Helsinki Travel Blog

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Ahí se quedó la cabaña de madera de Levi, envuelta en nieve a pesar de que las temperaturas comenzaban a subir por encima de cero grados


El sábado 9 de diciembre de 2006 supuso un retorno a los orígenes del viaje al llevar a cabo un paso recordatorio por la propia Levi, la impersonal Rovaniemi, y la moderna a la vez que atractiva Helsinki. A poco más de 24 horas del final, debíamos dar media vuelta y como dice el título de este capítulo, desandar lo andado.

Teníamos claro que lo mejor había pasado, pero éramos conscientes que aún podíamos aprovechar el tiempo y así seguir empapándonos de un país lleno de sorpresas. Aún quedan por contar algunas anécdotas curiosas en unos casos, útiles en otros, e incluso escatológicas y frikis en último lugar. Por tanto no puedo hacer más que recomendaros que nos sigáis en esta especie de “marcha atrás” simbólicamente hablando.

Julián, Premio Marmota Suomi 2006.

 

Apenas habíamos dormido seis horas que nos supieron a bien poco cuando el odioso despertador de Julián hizo sonar su estruendoso timbre. En ese momento se siguió el ritual, consistente en posponer la agonía de cinco en cinco minutos hasta que harto de alarmas, me levanté dando palmas para que hacer espabilar al personal. Pero Julián hizo caso omiso a las llamadas y se tapó por entero con la sábana. Vaya, mírale, como los niños pequeños, le dije antes de tirarme encima suya en plan Pressing Catch. Pero ni con esas. Lo único que funcionó fue encender la luz y abrir la ventana para que el frío fuera suficiente motivo para que se levantara. Ese método tradicional lo he visto emplear a mi madre en casa cuando mi hermana ondeaba la pereza extrema por las mañanas.

Rovakatu triste, fría, impersonal... es nada más y nada menos que la arteria principal de Rovaniemi

 

Desayunamos tranquilamente y nos vestimos un día más de muñecotes abrigados para salir a despedirnos de la nieve, cosa que hicimos con mucha pena, por cierto. Es lo malo de irse tan pocos días, que entre abrir y cerrar la maleta hay un suspiro. Y es que no nos cansábamos en absoluto de presenciar el espectáculo natural que teníamos frente a nuestros ojos.

 

De todas maneras, ya comenzamos a notar cómo el frío no era tanto y cómo grandes cantidades de nieve se iban desprendiendo de los árboles e iban agrupándose en montones debajo de los mismos. El espesor del suelo había disminuido notablemente respecto a la noche anterior tal y como notamos al poder dar pasos más ágiles sin tener que llegar meter las rodillas en el blando terreno.

Muñeco de nieve en la Lordi Aukio, que reune el mayor bullicio y ambiente de la ciudad lapona
Tal como habíamos visto en las predicciones meteorológicas de la Televisión finlandesa, se pronosticaba una subida de temperaturas en los próximos días, comenzando dicha escalada el sábado en que nos encontrábamos. Así que calculamos que cuando llegáramos a Rovaniemi a mediodía, no íbamos a poder verla como lo hicimos la primera vez. Al final, habíamos tenido hasta suerte en eso, ya que el tiempo fue perfecto cuando lo necesitamos. Ni un día más ni un día menos… Aunque sí es una lástima para los fineses además de los propios turistas, que durante aproximadamente una semana, verían peligrar su ocio invernal. Este tiempo está loco y no respeta ni inviernos ni veranos…

 

La casa quedó más o menos recogida y nos marchamos dejando el lavavajillas puesto (lleno hasta la bandera) justo antes de depositar las llaves en el buzón que hay en el exterior de recepción.

Sele in Rovaniemi
Miramos hacia atrás y sin más dilación caminamos hacia la puerta del Hotel Levitunturi donde saldría el autobús dirección Rovaniemi. Volvimos a sentir los efectos de la subida de temperaturas, ya que seguía cayendo sin cesar la nieve de los árboles, además de que en las farolas se estaba deshaciendo el hielo que en forma de goterones apuntaba hacia el suelo. El termómetro del Supermercado confirmó los pronósticos: 0º grados. Como decimos en España, ni frío ni calor

 

El bus llegó a su hora y antes de subirnos a él, Julián dejó claro que se iba a dormir durante el trayecto. Yo, que estaba bastante espabilado, puse cara de no gustarme la noticia, ya que me esperaban un par de horas sin conversación, ya que mi compi iba a entrar en coma inducido.

Julián en uno de los puentes de Rovaniemi que pasan por encima del Río Kemijoki
Pero Juli, te vas a perder el paisaje -  le dije haciendo un intento para que aguantara despierto. Ya he visto paisaje. Tengo mucho sueño..." fue su clara y concisa respuesta que siguió con su cerrar de ojos. No tardó más de dos minutos en quedarse completamente dormido con la boca abierta. Me dieron ganas de quitarme un calcetín y ponérselo ahí para tapársela, pero a esas horas de la mañana no apetecía ser tan cabronazo.

A lo largo del trayecto la nieve fue disminuyendo poco a poco, aunque no lo suficiente para que pudiera disfrutar de unas bonitas vistas que me mantuvieran entretenido. Había casitas en medio de la más absoluta soledad, y el bus hacía paradas en lugares totalmente aislados y vacíos. Pero siempre había alguien que se subía.

El Río Kemijoki ya se había descongelado por culpa de la repentina subida de temperatura
Me pregunto cómo será la vida de esa gente. Seguro que no es tan aburrida como nos imaginamos. Yo creo que se puede ser feliz viviendo con tu familia en una casa en el bosque imperando la sencillez sobre lo que hoy en día reina en las ciudades: stress, prisas, impersonalidad, caos, atascos…

 

Aproveché a grabar videos cortos con la cámara, y en alguno de ellos retraté el careto de Julián, que con boca abierta pedía a gritos que se le despertase. Pero nuevamente fui bueno y aguanté…a pesar de sus incipientes ronquidos.

Prácticamente al final del trayecto, en las proximidades de Rovaniemi, le corté el sueño con algo de esfuerzo. Vaya día de marmota que llevaba el chaval…

 

La Estación fue la última parada del recorrido.

Larga espera la que sufrimos en el Aeropuerto de Rovaniemi
Nada más bajarnos nos dimos cuenta de que iba a ser algo peligroso caminar por la calle debido a que a falta de nieve, el hielo era el que se encontraba bajo nuestros pies. Así que con mucho cuidado y andando como pingüinos, nos adentramos en el edificio. Necesitábamos informarnos sobre los buses que se debían dirigir ese día al Aeropuerto de la ciudad, ya que la vuelta a Helsinki la íbamos a hacer en avión (a las 18:15 horas). El precio del vuelo había sido exactamente el mismo que el de la ida en tren y en este caso nos decantamos por viajar así para poder disfrutar de la noche de la capital finlandesa, que al parecer era bastante entretenida. Así que contábamos con unas cuantas horas para recorrer parte de la anodina Rovaniemi y comer una vez más en el Golden Rax Pizza Buffet al que ya le estaba cogiendo tirria por abusar. Por tanto tomamos un chocolatito caliente y retornamos hacia las vías principales de la ciudad, es decir, Rovakatu, Koskikatu y Lordi Aukio, donde más gente suele haber.
Ya estaba como loco de que saliera el avión de una vez

La caminata fue algo convulsa, ya que cada dos por tres nos escurríamos debido a las malévolas placas de hielo. Era fácil vernos poner cara de susto al pensar que nos íbamos a dar un trastazo contra el suelo. Pero afortunadamente, a pesar de andar como patos mareados, no hubo tal batacazo. Aún recuerdo mi penosa actuación en los hielos perpetuos que se esconden en un pedregoso valle del Desierto de Gobi (Mongolia), que para dos placas que había, me caí de culo ante la mirada y posterior sorna de mis amigos. En Rovaniemi, en cambio, con kilómetros y kilómetros no pasamos del uyyyy…casi!!

 

Cuando ya estábamos dejando atrás la gris Rovakatu nos dimos cuenta de que habiendo estado en la Terminal de Buses se nos había olvidado preguntar sobre los horarios y precios de los que llevan al Aeropuerto.

The Official Airport of Santa Claus. Lo dicho, el Aerpuerto Oficial de Papá Noel
Nos marchamos sin más y tan tranquilos. "Bueno, pues luego vamos y lo hacemos, no creo que pase nada..." comentamos con una pachorra increíble. Cruzamos la comercial calle Koskikatu tal y como hicimos un par de días antes, y aunque sin nieve, estaba más poblada que entonces. Se notaba que era sábado y que la mayor parte de la gente no tenía que trabajar. Allí la diversión radica en la multitud de centros comerciales y restaurantes, acompañados por los navideños puestecillos de madera donde los turistas se hacen con pieles de reno, peluches y todo tipo de souvenirs de la región.

El termómetro superaba los dos grados sobre cero, y eso se hacía notar bastante, ya que con tanta ropa teníamos bastante calor. Y veíamos a la gente, acostumbrada a soportar extremas temperaturas, con no muchos medios para ir abrigados.

En Aleksanterinkatu pudimos ver el partido del Real Madrid
Normal, cuando hay días del año en que superan los -20º. Eso sí que tiene que ser digno de ver…

 

Nos entró una gula repentina y nos metimos al ya mil veces comentado buffet de comida rápida, donde sólo faltó engullir las sillas. Al lado de nuestra mesa había una piscina de bolas (qué recuerdos…) donde dos niños hacían bastante el gamberro al contrario que los otros que había en el local, que estaban junto a sus padres calladitos o como mucho hablando en voz baja. Nos extraño ese comportamiento tan poco finlandés… Pero al cabo de unos minutos nos caímos del guindo y nos dimos cuenta que no eran ni lapones ni fineses. Españoles, dos críos españoles… Siempre haciéndonos notar en el extranjero, no tenemos remedio. Vaya juerga se pasaron tirando las bolas por todas partes.

En el Bar de Hielo que hay en la Discoteca Uniq de Helsinki
Nos dieron ganas hasta a Julián y a mí de meternos ahí con ellos para retornar nuestra feliz infancia. Pero no teníamos el cuerpo para esos trotes ya estábamos tan llenos que no nos apetecía movernos mucho.

 

Después de un rato y una infusión salimos a la calle. No sabíamos qué hacer ni dónde ir por lo que le propuse a Juli pasar el tiempo en el Arktikum (el Museo Polar), pero no le convenció mucho la idea, principalmente porque andaba muy pelado de dinero. Normal, en Finlandia la economía se te va de las manos en un pis pas. Así que decidimos ir caminando a uno de los puentes que cruzan el río Kemijoki que tantas veces habíamos visto helarse por la webcam.

Juli sostiene su copazo en el bar de hielo
Pero ese día ya no estaba como lo vimos el primer día. Apenas quedaban algunos bloques flotando sobre las aguas como si de la época del deshielo se tratara (primavera). Nuevamente cosas del tiempo y del calentamiento…

 

Y así se pasó la tarde, charlando entre el hielo y la lluvia acerca de lo insufrible que debía ser vivir en una ciudad tan gris y con tan poca vida como Rovaniemi, a la que sólo recomiendo su estancia para visitar la Aldea de Santa Claus y ser base de operaciones para recorrer Laponia.

 

Ya con la noche cerrada fuimos a la Terminal de autobuses, con la consiguiente sorpresa de que no había nadie vendiendo tickets ni teníamos información acerca de los horarios de las lanzaderas al aeropuerto.

Ser camarera en un bar de hielo tiene que ser duro. Y si no, fijáos en el careto de frío que tiene la muchacha
Según las guías, van y vienen según los vuelos pero no hay información exacta sobre este término. Así que nos vimos preguntando a la gente que estaba allí sentada esperando en absoluto silencio. Al principio pensamos que no nos iban a hacer demasiado caso, ya que se les veía muy parados. Pero en unos minutos hicieron todo lo posible por ayudarnos. Fue una movilización realmente estupenda y sorprendente que dice mucho del carácter finlandés. Reservados y callados, pero cuando les entras para hablar o pedir ayuda, rápidamente hacen lo imposible por ponerle solución. Cuando comenzaron a llamar a sus amigos o familiares con el móvil por si sabían algo de los buses al aeropuerto tanto Juli como yo nos sonrojamos bastante. Pero lamentablemente no tenían conocimiento alguno de dichos autobuses, por lo que salieron a preguntar a alguno de los conductores que había fuera en las paradas. Una de las chicas me pasó al teléfono a un amigo suyo que me dijo que había un autobús que salía a las cinco y media pero que no era suficiente para estar con la antelación necesaria en el aeropuerto.
Benditos seáis... Somos Sele y Juli, y venimos de Raticulín
Así que por último no tuvimos más remedio que ir a una parada de taxis (con oficina incluida) que hay en el mismo parking de la Terminal. Pero para más inri, estaba cerrado. Ya en lo que me pareció un abuso, una de las chicas llamó a radiotaxi para que viniera uno a buscarnos e incluso le preguntó lo que nos iba a cobrar más o menos (unos 20 euros nos dijo). Les agradecimos enormemente la elegante y amable atención que habían tenido con nosotros. En cinco minutos, un taxi se detuvo en la puerta y nos subimos en medio del soberbio aguacero que se estaba cebando con la capital lapona. En apenas un cuarto de hora nos dejó en el pequeñísimo Aeropuerto Internacional de Rovaniemi donde no había ni diez personas. Nos cobró 16,50 euros, es decir, un poco menos de lo que al parecer iba a costarnos el trayecto. Vaya, si son más caros los taxis madrileños que los finlandeses…pensamos ambos en voz alta nada más resguardarnos de la lluvia.
El Uniq con su Ice Bar es de recomendable visita para los que gusten de la fiesta nocturna
Ya en Madrid, me metí a la web del Aeropuerto y me fijé en el apartado referente a los transportes a/desde el mismo donde se indica que los buses de los que hablaba, hacían un recorrido por ciertos hoteles de nieve cada vez que llegaba un avión. De cómo ir hasta allí no dice ni palabra.

 

Al final llegamos mucho más pronto de lo previsto por lo que el tiempo lo pasamos en la cafetería hablando de todo y de nada, y donde se nos notó un gran cansancio por todos estos días. En mi caso lo entiendo Julián, pero en el tuyo que te has sobado a lo bestia en el autobús.… le dije a mi amigo de cachondeo mientras éste se reía.

Brindo por un viaje perfecto. Salud!!
Pues en el avión seguro que también me quedo dormido… contestó el gañán aspirante a lograr alzarse con el Premio Marmota del viaje. Yo gané el del Sanitario de Oro, pero me resisto a explicar de qué se trata.

 

El vuelo de la compañía Blue1 (la rama de bajo coste de Scandinavian Airlines) se retrasó y terminó saliendo a las siete de la tarde. En nuestro avión la mayoría eran españoles que viajaban por distintas agencias. Y de ellos, casi todos catalanes, que son seguro los que más viajan del país. El trayecto a Helsinki duró algo menos de una hora, aunque estuvo cargadito de turbulencias debido al mal tiempo.

Siempre me enseñaron que durante los viajes es bueno mezclarse con la gente de distintos países
Pero afortunadamente salimos  sanos y salvos. No hay que tener tanto miedo al avión porque la probabilidad de accidentes es netamente inferior a la que se puede tener en coche o en bus.

 

Esta vez no hubo problemas con las maletas más que la tardanza habitual en recuperarlas y ver una y otra vez el mismo equipaje dar vueltas sin que nadie lo retirara. No estaba preparado para más sorpresas aunque sí tenía la mosca detrás de la oreja, como supongo que tendré cada vez que coja un avión...

 

Salimos del aeropuerto y nos dimos cuenta de que no estaba lloviendo y que el suelo estaba seco, cosa que agradecimos bastante porque si no hubiera sido un engorro. Los buses a la ciudad a esas horas pasan cada bastante poco tiempo. Teníamos incluso dos para elegir a la misma hora (El de Finnair y el número 615 que te dejan en la Estación de Trenes en media hora) pero cogimos el segundo por costar algo menos. Ya en la propia Helsinki nos fijamos que en uno de los bares estaban echando por la televisión el partido FC Barcelona-Real Sociedad y nos quedamos bastante alucinados. A las once de la noche (diez hora española) jugaba el Real Madrid contra el Sevilla en el Estadio Ramón Sánchez Pizjuán de la ciudad hispalense. Y no queríamos perdérnoslo por nada del mundo. Lo malo era que el sitio en que estaban televisando al Barça nos pillaba muy lejos desde nuestro albergue. Comprobamos cómo ir y no llegaba ni el tranvía. Pero no cesamos en nuestro empeño y nos encomendamos a buscar algún lugar en que pudiéramos ver el fútbol. Lo que en un principio veíamos complicado por la poca afición finlandesa al Deporte Rey en España y Europa, en ese momento confiamos en que podíamos tener suerte. Algún bar tiene que haber. Ese partido yo no me lo pierdo por nada… le dije a Julián.  Una vez más salió el socio madridista que a pesar del sufrimiento que le da su equipo, le sigue partido a partido… Qué le vamos a hacer, uno ha nacido con ese vicio.

 

Llegamos a la Plaza de la Estación (Rautatientori), algo más vacía que el miércoles, y caminamos hasta Aleksanterinkatu para coger el tranvía número 4 que nos dejó en diez minutos en nuestro alojamiento del islote de Katajanokka (Eurohostel). Después de rellenar nuevamente el consabido papeleo de registro, subimos a la habitación, que en este caso nos la habían dado en la quinta planta que olía bastante a tabaco y a perro. Obviamente era la acondicionada para fumadores y gente con mascotas. Curiosa mezcla. Da que pensar…

 

Nos cambiamos para salir a cenar y después ir a alguna discoteca (sí, a la de hielo…). Por fin nos quitamos nuestros ropajes para la nieve y adecuamos un poco la vestimenta para no desentonar en la fiesta nocturna de Helsinki. Así que camisa, vaqueros, zapatos…y listos. Vamos, que antes de que empiece el fútbol tenemos que encontrar un local donde poder verlo, le dije a Julián, metiéndole prisa como siempre.  Y así salimos, con más prisa que pausa para coger el ascensor y marchar al centro a buscar un bar para ver el partido. Y fue en este ascensor donde nos ocurrió una de las anécdotas más absurdas y frikis que nos ha ocurrido en nuestra vida. Son de esas cosas que uno se ríe después de padecerlas pero que en ese momento no hace ni puñetera gracia. Esto es lo que sucedió exactamente:

 

Había tres o cuatro chavales dentro del ascensor que cogimos en la quinta planta del Erohostel. Justo cuando sus puertas se iban a cerrar, entraron dos más, lo que ya superó el cupo máximo del mismo. Pero de nuevo volvieron a subir dos más, y cuando ya estábamos suficientemente apretados y el portón fue a cerrarse…otro chico que iba bastante bebido se metió. Le dieron al botón para comenzar al descenso y justo cuando no había avanzado ni siquiera un metro se quedó totalmente parado. Julián y yo nos miramos e hicimos un gesto no necesitó palabras para entender lo que estábamos pensando.

De los que sufrimos el atranque entre plantas sólo Juli y yo no hablábamos finlandés. El resto de pobladores era para echar de comer aparte. Finlandeses todos, sólo se salvaba una parejita de novios que se consolaba acaramelada de su mala suerte. Porque los siete restantes eran dignos de mención. Eran un grupo de “colegas” con un aspecto algo peculiar. A ver como lo digo… tenían pinta de lo que los gays llaman “osos”. Es decir, bicharracos musculosos y peludos con apariencia de ser muy bestias a los que les van más los hombres que a un tonto una tiza…  Parecían salidos de “La Ostra Azul” (Bar gay mencionado en Loca Academia de Policía. Si pincháis sobre el link veréis la mítica escena). Sólo les faltaba el cuero… Vamos, en otras palabras, que no nos agacharíamos en el ascensor aunque se nos cayeran cincuenta euros. Y para colmo estaban con una melopea digna de los mejores abrazafarolas callejeros.

Uno de los listos pulsó la alarma, pero nadie atendió hasta unos minutos después en que mi paciencia estaba empezando a llegar a su límite y comenzaba a trasladarse en mí una buena dosis de agobio y nerviosismo. Cada vez que se comunicaban con alguien, lo hacían obviamente en su idioma, pero no se molestaban en traducírnoslo a nosotros. Siguieron pasando los minutos y mi mala uva fue en progreso. Me cagué en sus padres, en sus madres y toda su familia. Eso es lo bueno de hablar otro idioma, que te puedes desfogar con ellos sin que se enteren. Otra cosa es lo que dirían de nosotros, pero bueno, eso me da igual.
El calor del ascensor maligno comenzó a ser más que asfixiante aunque es normal teniendo en cuenta que había once personas abrigadas a lo bestia encerradas en un habitáculo sin apenas espacio para moverse. Lo que más me sorprendió es que no cundió en absoluto la intranquilidad. Ellos estaban tan contentos cantando, gritando y eructando que no había ningún problema. Tras veinte minutos sin noticias, volvieron a hablar con alguien, y en esa ocasión me dirigí a uno de los espabilados que me comentó que habían llamado a un operario de la compañía que se supone que iba a venir pero que no sabía cuánto podía tardar en llegar. Pero a ellos les daba lo mismo. Con reírse ya tenían suficiente. Y el tiempo seguía pasando...y yo cada vez más nervioso. No tengo claustrofobia, pero creo que ese día me dio algo parecido. Así que tanto Juli como yo nos contentamos con llamarles de todo menos guapos. No os creáis, es muy útil para calmarse poder decirles a unos maromazos que son unos hijos de las cuatro letras (no digo hijosputa por si nos lee algún menor de edad). El más bigastro de todos, calvo y con perilla, y con cara de tener un coeficiente intelectual similar o inferior al de Bush (que ya es), abrió su super móvil y puso a todo volumen su repertorio de música heavy en mp3. No teníamos espacio, no podíamos hablar con nadie, estábamos muy acalorados, olía a chotuno y no sabíamos cuándo podíamos salir de ese infierno en el que se había convertido el ascensor. Me acordé de mi madre y de unas cuantas personas que les hubiera dado un jamacuco allí mismo. Porque siguieron pasando los minutos y de allí nadie nos sacaba.

Pero queridos lectores, siempre puede ser peor, no hay que desesperar. ¿Qué no puede ser peor? Agarraos que vienen curvas.

 

El último elemento que se subió al ascensor, que encima era el más perjudicado por el alcohol, ni corto ni perezoso se sacó la pija ante la meticulosa atención de todos sus compañeros del gremio y se puso mirando a la puerta del ascensor. Juli, que no había observado la jugada, le di un toque y le pedí que me dijera que si lo que estaba viendo era una alucinación. No jodas, esto no puede ser real… dijimos ambos. Julián, colega, que se va a poner a mear en el ascensor!!! Echa para allá que el subnormal éste encima nos salpica... fue una de mis frases de estupor.

Ante los ojos de gozo de sus amigos “los osos amorosos” comenzó a echar una meada de campeonato. Ninguno de ellos le dijo nada, simplemente se contentaban con poderle ver la chorra a su ebrio colega mientras obsequiaba a los presentes con su orín.

Imaginad nuestra cara de incredulidad ante el mayor esperpento que habíamos visto en muchos años. Posiblemente ésta sea la mayor esperpenticidad vivida por mí estando de viaje. Y por Julián también, os lo aseguro.

En serio, poneros en situación. Más de media hora encerrados en un ascensor, abrigados hasta los topes, junto a otras nueve personas, de las cuales siete estaban muy bebidas y gritaban, cantaban, eructaban…y hasta se meaban en un lugar que no era precisamente grande. Además, sin información del exterior y a expensas de que alguien nos ayudara un sábado por la noche…

 

Tras algo más de cuarenta y cinco minutos de encierro involuntario un alma caritativa que debía ser de la empresa de ascensores, abrió la puerta y pudimos salir todos. La subida la tuvimos que hacer con cuidado, no llegáramos a tocar los restos del orín mencionado. ¡Por fin se había terminado la pesadilla!

 

Yo reconozco que, a parte de asco, podéis ver su lado gracioso. Pero os aseguro que si os vierais allí como nosotros, el cabreo y la indignación hubieran sido las palabras más adecuadas para describir vuestro estado de ánimo. Ya Julián me dijo, “Sele tío, seguro que esto cuando estés escribiendo tu diario te vas a reír”. A lo que contesté, “Ya Julián, pero ahora mismo me cago en estos hijos de…”. Él tenía razón, con el tiempo lo ves de otra manera, pero hay que estar en la situación para vivirlo.

 

Así que tras el secuestro de tres cuartos de hora, marchamos corriendo a ver si encontrábamos algún lugar para ver el fútbol, que estaba a punto de comenzar. Además no habíamos cenado y llevábamos bastante hambre a esas horas (las once aproximadamente). Subimos por la Plaza del Mercado (Kauppatori) y al pasar delante de una expendedora de billetes de ferry aprovechamos a comprar dos tickets de ida y vuelta a Suomenlinna para el domingo por la mañana temprano (07:40). Después de eso tiramos hasta Aleksanterinkatu. O allí o en Mannerheimmintie tenía que haber algo. Juli no creía que fuéramos a tener suerte e iba más pendiente de sitios para cenar que para ver el fútbol. Pero, sin cesar en nuestro empeño, nos fuimos a preguntar a un local de la cadena “Iguana” y…bingo!! Sevilla-Real Madrid en directo. En ese momento se nos pasaron todos los males y amenizamos el partido con una pizza y una fajitas mexicanas, a la que los finlandeses son aficionados (Les encanta la comida mexicana). Y de fondo, mi música preferida (Oasis, Blur, Robbie Williams, Roxette…) como si el destino tratase de compensar lo ocurrido en el ascensor. Y para colmo nada más sentarnos, gol de Beckham y 0-1 para el Real Madrid, que jugaba contra el equipo más en forma de la Liga Española. Pero como no todo es perfecto, nos acabaron remontando en uno de los mejores partidos fuera de casa de la era Capello. Un gol de Kanouté y una soberbia chilena de Chevantón echaron atrás el sueño madridista de sacar los tres puntos en el Pizjuán (ver ficha del partido). Yo, cuando pierde el Madrid, me cojo unos rebotes considerables. Pero uno no está de viaje todos los días y no puede tomarse esas cosas tan a pecho. Así que pagamos cada uno lo nuestro y nos fuimos hacia la Plaza de la Estación a buscar la discoteca que aloja en su interior el celebérrimo Bar de Hielo del cual desconocíamos nombre y ubicación exacta.

 

La verdad es que no nos costó nada encontrar nuestro objetivo. Su nombre, “Club Uniq”, y su ubicación exacta “Yliopistonkatu 8” (de fácil pronunciación). En la puerta hace mención a que en su interior se encuentra el “Arctic Icebar”. Así que entramos al edificio y cogimos el ascensor dirigiéndonos hacia el sótano donde se encuentra el que es uno de los garitos más de moda de Helsinki (abierto de miércoles a sábados de diez de la noche a cuatro de la madrugada). La música electrónica hacía contonearse a multitud de personas de apariencia fashion victim. No es que tenga una pista enorme que digamos, pero sí lo suficiente para aguantar allí un buen rato echándote unos bailes y tomándote unos copazos si vas con la cartera llena de billetes. En el interior de la discoteca nos llamó la atención la cristalera desde donde se veía el Bar de Hielo en que unos cuantos valientes tapados con ropa de abrigo estaban de charla mientras en sus manos cubiertas de manoplas sostenían unos cubatas. Nos dirigimos a la puerta del Arctic Icebar y nos dijeron que teníamos que ir a la barra de la discoteca a pedir un “vale para una copa” que cuesta 10 euros para poder entrar. Así que eso hicimos y una vez enseñamos nuestro salvoconducto para pasar, nos pusieron una especie de albornoz con capucha de color gris metálico. También nos dieron las manoplas que habíamos podido ver por la cristalera. De otra forma, no debe ser muy gratificante estar en un local con -5ºC de temperatura constante. Abrimos el pesado portón y entramos al recinto, de dimensiones bastante reducidas, pero cuyo interior era todo absolutamente de hielo. La barra, las mesas, las paredes… todo estaba congelado. Incluso la chica que servía las copas parecía no tener suficiente con el albornoz futurista que llevaba puesto al igual que nosotros. Sus mejillas rosadas denotaban el frío que estaba pasando. Y es que debe ser duro trabajar allí. Le pedimos unos vodkas e hicimos un brindis por el gran viaje que nos habíamos marcado en Finlandia, por ella y por los estúpidos que nos lo habían hecho pasar canutas en el ascensor más tóxico de todos los tiempos. Chin chin!!

 

La música en el Arctic Icebar era distinta a la que sonaba fuera en el Uniq. Quizá más sosegada y relajante, más Chill Out. A pesar de ir vestidos como esquimales, los cinco grados bajo cero se dejaban notar por lo que si vais, no penséis que podréis aguantar mucho tiempo. La cosa es curiosa y original pero tampoco es para tanto. Digamos que es algo que no se puede hacer todos los días y que permite saborear algo nuevo y diferente.

 

Lo mejor está fuera en el Uniq, donde las finlandesas bailan al son de la música. A esas horas la gente ya iba bastante perjudicada por el alcohol tal y como pudimos comprobar cuando algunos borrachos solitarios se acercaban a las emperifolladas damas finesas que se dejaban llevar por el ambiente festivo.

 

Vimos a un grupito de tres personas, dos chicas y un chico de apariencia sudamericana que se nos quedaron mirando un rato. Al final él se acercó y nos preguntó si éramos españoles. Al contestarle sonrió y nos saludó efusivamente. Era un chico de Perú que vivía en Estocolmo que estaba en Helsinki con su novia y una amiga de ésta (de nombre Tea) que era bastante actractiva. Y con ellos pasamos un buen rato charlando en spanglish de Finlandia en particular y Escandinavia en general. Con quien más estuvimos fue con Tea, quien había estado veraneando un año en Málaga. Al parecer la Costa del Sol es muy frecuentada por los acaudalados finlandeses que van buscando el tiempo y las playas que allí no tienen. Spain is different me dijo una de las veces. Pues vente para allá conmigo y verás qué different…me faltó decirle a la muchacha. A uno siempre le gusta conocer mundo y a las personas que lo pueblan, ¿no?

 

Así se fue pasando la noche cuando nos tuvimos que recoger, ya que a las 7:40 de la mañana nuestro ferry saldría hacia la isla de Suomenlinna en lo que sería nuestra última excursión finlandesa. Habíamos leído y escuchado bastantes halagos a la fortaleza de origen sueco que domina las aguas del Báltico, por lo que no nos importaba dormir pocas horas para aprovechar el tiempo. Como suelo decir muchas veces…”ya descansaremos cuando estemos muertos”.

 

Y con esta frase macabra, me despido de vosotros y os emplazo al último relato en que os hablo de nuestra visita a Suomenlinna y de cómo el sueño finlandés terminó con nuestra vuelta a Madrid.

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