Zagreb, la ciudad de las dos colinas. Tarde-noche en Ljubljana
A pesar de no tener previsto parar aquí, no sé si el azar, la fortuna o el destino me condujeron a una de las capitales europeas que más han avanzado en la última década en lo que a oferta cultural, ocio e infraestructuras se refiere. La imagen (equivocada) que tenía de Zagreb antes de conocerla era la de una ciudad de estilo urbanístico comunista. Pero nada más lejos de la realidad. La capital de Croacia se erige en la antesala perfecta de las ciudades centroeuropeas.
Antes de las siete y cuarto de la mañana ya estaba comenzando mi andadura por mi última parada croata. No tenía demasiado tiempo porque a primeras horas de la tarde debía coger un tren a Ljubljana, pero era justo para aprovecharlo y deambular por los lugares más destacados de esta ciudad, que supuso una gratísima sorpresa para mí.
Para entender cómo está estructurada Zagreb, es importante conocer algunos datos de su historia y desarrollo. Sólo así se comprende cómo está dividida en tres partes bien que hoy en día son un uno, pero conservando cada una de ellas su idiosincrasia particular.
A pesar de haber sido habitada durante el período neolítico y romano, fue en el Siglo XI cuando fue mencionada por primera vez. El rey Ladislao I de Hungría fundó una diócesis en el monte Kaptol que creció en torno a la Catedral de San Esteban (hoy está dedicada a la Asunción de la Virgen María).
Poco después se desarrolló otra comunidad independiente sobre la colina vecina de Gradec. Su centro religioso fue y sigue siendo la Iglesia de San Marcos.Ambas rivalizaron política y económicamente durante los siglos XIV y XV hasta que se aliaron para repeler las invasiones otomanas. Los dos centros comenzaron a colaborar entre sí por motivos comerciales, ya que seguían considerándose enemigas.
En el Siglo XVII tanto Kaptol como Gradec se convirtieron en una sola ciudad, Zagreb, capital de una pequeña porción de Croacia que tuvo la fortuna de no caer bajo el yugo turco. Hoy en día la ciudad es el centro político, financiero, administrativo e industrial de la República croata. Ambas colinas habitadas forman parte del centro antiguo y cultural de Zagreb, y la parte baja es el lugar idóneo dedicado para el comercio y los negocios, y desde el pasado siglo también ocupa su extensión con museos, teatros y exposiciones.
Yo comencé mi andadura en la Parte baja (en inglés Lower Town) desde donde se advierten al fondo las colinas de Kaptol (a la derecha, asomando sus torres de la Catedral) y de Gradec (Cuyo punto visible es la Torre Lotrscak). Pero primeramente debía recorrer detenidamente “la ciudad de los museos” que va desde la Estación Central hasta la Plaza Jelacica, el corazón de Zagreb y antesala al casco histórico.
Subiendo por la el Parque del Rey Tomislav es inevitable pararse en el Pabellón de Exposiciones (1897) que se reconoce por sus paredes amarillas que colorean el edificio neo-renacentista que en la actualidad exhibe colecciones temporales de Arte Contemporáneo.
Más adelante, en el Parque Strossmayer se encuentra la Galería de arte del mismo nombre donde se puede entrar a visitar pinturas de épocas más antiguas que en el Pabellón anterior. Las obras de los grandes maestros croatas están allí alojadas y son uno de los muchos orgullos de la Nación. A su derecha no queda nada lejos la Galería de Arte Moderno, otro ejemplo de la afición artística que se respira en Zagreb.Ambos edificios, están rodeados de inmensos jardines y de amplias avenidas, en donde se suelen realizar numerosas actividades culturales tanto musicales como de otro tipo. Un lugar destinado a la belleza, al arte, al clasicismo, a los museos, que no se queda atrás en absoluto de las grandes ciudades europeas. El Museo Arqueológico es el siguiente en orden a medida que se va subiendo por los jardines hasta el Parque Nikole Subica Zrinjskog.
A escasos 200 metros del Museo Arqueológico y del final de la zona ajardinada llegué al centro neurálgico de Zagreb, la Plaza Jelacica, dedicada al revolucionario Joseph Jelacic, que se alzó en 1848 contra de los austrohúngaros.
En el mismo centro de la Plaza (que antiguamente fue mercado) se encuentra la estatua ecuestre del personaje que da su nombre al lugar. La Trg Jelacica es peatonal y el único medio de transporte motorizado que admite es el Tranvía, que atraviesa los puntos más esenciales de la capital croata. Es un lugar lleno de vida por la cantidad de gente que va a sus cafeterías y centros de comercio, o que utilizan el lugar para llegar tanto a Gradec (cogiendo un funicular) como a Kaptol. Forma parte de la Avenida Jurisciceva que cruza la ciudad de este a oeste a los pies de las colinas. Sus edificios son una mezcla de modernidad y neoclasicismo en el que prodiga el color pastel, a excepción de los fuertes amarilleos tan presentes en la ciudad.
Desde aquí subí la empinada cuesta que lleva al corazón de Kaptol, donde se erige la “Catedral de la Asunción de la Virgen María” (antes de San Esteban) altísima y desgraciadamente llena de andamios lo que no me permitió disfrutar de su fachada neogótica.
A pocos metros del templo se encuentra el Palacio Arzobispal, ya que tal como comenté anteriormente, Kaptol fue Diócesis desde su fundación. En frente de la Catedral, una columna coronada por la figura dorada de la Virgen María, aumenta aún más si cabe el ambiente religioso que se respira en el lugar.
Pero es en el Mercado Dolac donde más dinamismo pude observar en Kaptol. Aquí todos los días, desde las siete de la mañana, los puestos al aire libre ponen a la venta flores, frutas, demás alimentos e incluso artesanía. Es el mercado tradicional de Zagreb, y me gustó de él sobre todo su colorido y no haberme encontrado con muchos turistas. Allí los habitantes que viven cerca aprovechan para hacer sus compras diarias, al contrario que otros muchos mercados y mercadillos creados y utilizados por y para el turismo de masas. La torre de bello tejado de la Iglesia de Santa Catalina, en la zona de Gradec, se ve desde Dolac, del que parece formar parte.
Caminé unos minutos desde el Mercado para continuar mi etapa diurna en Gradec, la segunda colina, por la pintoresca Ul Radiceva flanqueada por casitas de cuento de diversos colores y que finaliza en la conocida El Portal de Piedra (Stone Gate) con una capilla donde los más devotos rezan a la Virgen. Es asombrosa la religiosidad del pueblo croata, que aprovecha incluso espacios en la calle para rezar y venerar a Cristo, a los santos o a la Virgen María. Para mí fue curioso ver en el mencionado Portal (que es un pequeño pasadizo curvado que no llega a 20 metros) mesas y bancos llenos de velas y a bastante gente tanto de pie como sentada rezando sus oraciones, rodeados de placas con la palabra Hvala, que significa gracias en croata.
La Zona alta, como llaman a Gradec, es el centro político y administrativo de Zagreb, ya que las instituciones oficiales más importantes se encuentran en esta parte. Desde el Parlamento hasta la Biblioteca Nacional pasando por todas las clasificaciones estatales y municipales, como por ejemplo la residencia presidencial.
Pero Gradec no es sólo la sede de las instituciones oficiales, sino que también, al igual que la Lower Town, es receptor de algunos de los museos más importantes de la ciudad. Así por ejemplo uno puede entrar al Museo de Historia, de Ciencias Naturales (con un enfoque netamente histórico), el Museo de la Ciudad de Zagreb, que en origen fue convento de las clarisas o el Mestrovic Studio, que aloja la colección de esculturas, dibujos y litografías entre otras cosas del artista emblema del país durante el Siglo XX, Ivan Mestrovic.
Pero a mí, amante de subirme a lo más alto de las ciudades para obtener el privilegio de sus maravillosas panorámicas, no me podía ir sin ascender a la Torre Lotršcak, otro de los símbolos de Gradec. Ésta fue erigida a mediados del Siglo XIII para vigilar y sobre todo proteger la ciudad de los posibles invasores. Subí las estrechas escaleras de madera de la blanca y cuadrática torre desde donde cuenta la leyenda que se disparó un cañonazo a un pavo que estaba a punto de llevarse a la boca un dignatario turco que estaba en la orilla del Sava.
La visión 360º que obtuve desde allí fue realmente magistral, aunque la colocación del Sol me entorpeció un poco para disfrutar plenamente de la bella panorámica de la capital croata.
Lo más visible, por supuesto, los andamiajes de las torres de la Catedral y los anaranjados tejados de Zagreb que se extienden hasta los más modernos y altos edificios acristalados que dan muestra del crecimiento y modernidad de la capital croata.
Una vez terminada mi visita a la Torre, decidí buscar la Embajada de España en Zagreb, donde conocía a una Operadora de Comunicaciones con la que había realizado la página web de la misma (A eso me dedico últimamente). Pregunté las señas, y aunque no estaba demasiado cerca, se podía ir caminando desde donde estaba. Para ello comencé la marcha por uno de los muchos frondosos parques hasta llegar a algo similar (aunque más reducido) a la Moraleja de Madrid (es decir, el barrio pijo de los chalets y casas enormes).
Como iba mejor de tiempo de lo que creía tuve tiempo de ir por una zona comercial y peatonal tipo Preciados donde me metí a internet para leer la prensa digital y seguir informado de lo que sucedía en España y en el mundo. Como dice la canción, “La vida sigue igual” fue la conclusión que saqué después de salir del cibercafé.
Volví a la zona ajardinada en frente del Pabellón de Exposiciones para estar lo más cerca posible del albergue donde había dejado guardada mi mochila y de la propia Estación de Trenes. Con una temperatura perfecta y con los rayos de sol incidiendo sobre el verde césped y el precioso edificio amarillo me hice un buen bocadillo de mortadela y queso con lo comprando anteriormente en el supermercado de la Avenida Jurisiceva.
Qué mejor sitio que ese para almorzar un bocata que saboreé como si de un manjar se tratara.Minutos después recogí mi mochilón rojo Altus y tiré hacia la Estación, donde puntual apareció mi tren con destino Ljubljana. Aproximadamente tres son las horas que separan ambas capitales. Durante el camino coloqué los asientos de mi camarote para poderme estirar lo máximo posible. Tan sólo había una señora por lo que me tumbé dejando a la vista un paisaje típico esloveno realmente precioso. El verde de las montañas salpicadas con algún que otro caserío y dejando siempre a un lado un transparente río era alguna vez interrumpido por las pequeñas estaciones de también pequeñas poblaciones que hay dispersas en la montañosa y boscosa Eslovenia. Poco después de las cuatro de la tarde el tren nos dejó en la Estación Central de Ljubljana, que como ya os contaré en el próximo relato, me pareció una de las ciudades más bonitas que he visto en mi vida.
“La pequeña Praga” o “La ciudad de los puentes”, son dos de los muchos apelativos que recibe este lugar de extraño nombre que cuenta con un excelente y hermoso casco antiguo a las orillas del Río Ljubljanica.
Lo primero que hice al llegar fue ir a buscar un Hostel bastante famoso en la ciudad, que en su día fue cárcel militar: Celica Hostel. Se ubica en el original Barrio de Metelkova, parecido a lo que es Cristiania en Copenhague. Aquí hasta hace poco más de una década se ubicaban los cuarteles militares y prisiones que el Ejército Federal Yugoslavo tenía en Ljubljana. Dos o tres años después de la ser independiente la República de Eslovenia esos terrenos con los muchos edificios castrenses con los que contaba fueron utilizados por hippies, músicos, artistas y gente bohemia en general que han hecho de éste un lugar para el esparcimiento y diversión de la gente joven, y sobre todo, un lugar destinado al arte callejero.
Por tanto fui hacia allí, y no fue muy difícil encontrarlo, ya que se encuentra a escasos 300 metros de la Estación de Trenes, tirando por la calle Masarykova hasta verte dentro de la propia calle Metelkova, desde donde uno reconoce muy fácilmente el ya mencionado Celica Hostel. Es un albergue con mucho colorido y cuya curiosidad no sólo estriba en haber sido prisión, sino en que cada celda convertida en habitación ha sido diseñada y decorada cada una por un artista diferente con tendencias y gustos más diferentes aún. A su alrededor, los edificios militares donde sus cuadros particulares son graffitis de muy bella factura que se muestran en las paredes. Pero en Metelkova no se ha limitado el arte a la pintura graffitera sino que se han erigido figuras o fuentes con meros trastos viejos o cotidianos en nuestras casas o barrios.
Así una de las entradas al barrio está engalanada con dos váteres pintados que parecen dar la bienvenida al visitante del “Centro de Ocio de bohemios, artistas y okupas” donde el límite lo pones tú. Incluso la zona de marcha de la ciudad, donde hay pubs y discotecas (de estilo más bien heavyrock) está aquí en Metelkova.Lamentablemente no había plazas disponibles en el alojamiento que yo quería y me recomendaron que fuera al Youth Hostel de la Calle Tabor (unos metros más al sur) que de septiembre a julio hace la función de colegio. Allí si que había cuartos disponibles, y no por poco dinero (25€) me quedé con una habitación para dos noches. Ésta era algo similar a la de Zagreb, y estaba en un edificio que ciertamente parecía un colegio o instituto cualquiera.
Hay que ver qué cosas más ingeniosas se les ocurre a los peces gordos del turismo de juventud que hacen albergues en cualquier sitio. Al menos aquí iba a estar tranquilo, y no sólo estaba cerca de la Estación de trenes o buses (que estaban juntas) sino que quedaba a un par de minutos de todo el meollo céntrico de Ljubljana.
Como estaba algo cansado del tute de los días en que estuve solo me busqué una piscina municipal para relajarme unas horitas. En la Lonely Planet leí que en Parque Tívoli (algo como El Retiro de Madrid, pero más tranquilo) había unas buenas instalaciones con piscinita, así que no dudé en marchar andando hasta allí. En esta ciudad (de poco más de 200000 habitantes) todo esta cerca y se puede llegar a todo caminando tranquilamente.
En el polideportivo me di unos bañitos que me sentaron de miedo. Curiosamente en esta piscina hay una terraza dedicada a los nudistas. Me imagino lo caótico que sería hacer algo de esto en Madrid. Con lo pudorosos que son algunos, la gente se podría llevar el grito en el cielo. Yo creo que aún en España se peca de ser muy modernos para unas cosas y muy cerrados para otras. Pero bueno, tiempo al tiempo. Se va avanzando a buen ritmo...
No vale la pena contar todo lo que hice por la tarde, que se resume en la compra del billete de autobús que me llevaría al Lago Bled el 28 de julio por la mañana, y el ticket de tren desde el propio Bled hasta la inconmensurable y bellísima ciudad de Venecia para esa misma tarde. Poco a poco todo iba desarrollándose para finalizar el viaje de la mejor forma posible.
Cené algo y de noche paseé no sólo por la zona del hotel, sino también por el centro de la ciudad, que me dio una primera impresión tremendamente buena. No voy a entrar en ahora en descripciones, pero sí que es innegable reconocer el buen ambiente y el dinamismo que hay en Ljubljana, con las terrazas hasta los topes, los músicos callejeros y el arte por los cuatro costados. “La pequeña Praga”, como la llaman a la capital eslovena, merece un capítulo aparte, y éste lo tendréis en el correspondiente al día 27. Dragones, art nouveau, palacetes, un castillo, casas de cuento, puentes de gran belleza, jardines, vegetación por todas partes, un bosque alrededor son algunos de los rasgos que no pueden faltar en cualquier definición de la fantástica ciudad de Ljubljana. Finalizo el relato de este día durmiendo en el colegio/hostal que supondría mi acomodo esloveno. Ya va quedando menos...pero en fin, nada es eterno. ¿O sí?










