Y Dios creó Petra
Como tarde a las ocho y media queríamos empezar nuestra excursión de un día a la antigua ciudad de Petra, que queda detrás de las montañas rojizas que podíamos ver desde el balcón. Por tanto, ese día madrugamos a conciencia, desayunamos con las terribles imágenes de Líbano, y fuimos raudos al coche de Said, que nos esperaba puntual como siempre. Apenas tardó cinco minutos en cruzar el pueblo de Wadi Musa, lleno de hoteles para turistas, y en dejarnos en el parking del complejo arqueológico. Yo, que había escuchado y leído en múltiples ocasiones auténticas maravillas sobre la antigua capital nabatea, estaba a las puertas de cumplir un sueño que venía de muchos años atrás. Antes de contaros todo lo que vivimos y cómo lo vivimos, os daré algunos datos de su Historia y os mostraré cómo su descubrimiento es digno de una película de Hollywood o de una novela de aventuras.
Restos encontrados en el Paleolítico indican que la zona donde se sitúa Petra fue habitada desde hacía 10000 años antes del nacimiento de Jesucristo. Durante este tiempo vivieron allí muchos pueblos, entre los que podemos destacar a los Edomitas, mencionados en el Antiguo Testamento. Durante el Siglo VI A.C. el Reino de Edom entró en decadencia y fue dando paso a un pueblo nómada procedente de la península Arábiga que los suplantaría por completo: Los Nabateos.
Estos habitantes del desierto, dedicados al pastoreo, conseguían sobrevivir en un ambiente tan hostil gracias a que tenían la costumbre de excavar grandes cisternas en la roca, donde se almacenaba el agua de las lluvias.
Su prosperidad era debida al control de las rutas caravaneras entre Arabia y las costas mediterráneas, y entre Egipto y Mesopotamia. En sus dos primeros siglos de asentamiento, Petra estaba compuesta de un amplio y desordenado campamento de tiendas semejantes a las de los beduinos. Durante el Siglo IV antes de Cristo, los nabateos lograron un mayor nivel de riqueza gracias al comercio de especias, plata, incienso y mirra, además del control que ejercían sobre el suministro de agua y alimento a las caravanas, a las que se les imponía una especie de peaje. Gracias a su privilegiada posición estratégica consiguieron resistir a varios intentos de conquista por parte de los helenísticos, egipcios y seléucidas sirios. Posteriormente aprovecharon su fortaleza para extender el territorio desde la moderna Siria hasta el Golfo de Akaba, comprendiendo en Neguév, el Sinaí, Transjordania y parte de Arabia.Petra, a la que los nabateos llamaban Rekem, fue elegida como capital de su Reino debido a que constituía un refugio ideal en las montañas rocosas que sería fácilmente defendible y que aseguraba su inexpugnabilidad.
Los reyes nabateos hicieron excavar templos, edificios administrativos y túmulos de gran belleza en las paredes rocosas que componen la ciudad. Aretas IV fue quizá el Rey más prolífico en lo que a grandes construcciones se refiere, ya que a su época corresponde el Gran Templo, además de otras muchas más obras que hicieron de Petra una de las capitales más hermosas de la Antigüedad. La particularidad es que se había aprovechado la piedra caliza fácilmente moldeable para hacer edificios de todo tipo. La naturaleza del territorio fue la materia prima esencial en la arquitectura de Petra.
Tras la época próspera de Aretas IV, el Reino Nabateo pasó a estar asociado al Imperio Romano y décadas después, tras un dar un bajonazo drástico en su comercio, el Emperador Trajano ordenó al Gobernador de Siria, Cornelio Palma, que tomara posesión del Reino y que lo incorporase a la Provincia romana de Arabia, cuya capital era Bosra.
Por tanto no hubo lucha alguna, ya que el traspaso a Roma de los territorios nabateos era un hecho sabido desde hacía mucho tiempo e incluso había quedado perfectamente legalizado según la documentación de la época.Cornelio Palma quedó realmente fascinado cuando comprobó la magnificencia y belleza de Petra, llena de fachadas creadas en la misma roca pertenecientes a palacios, templos y tumbas de grandes dignatarios.
La ocupación romana frenó su evolución, aunque no la detuvo del todo, ya que hasta el Siglo III después de Cristo, se siguió construyendo en la ciudad.
El declive final estuvo marcado por el florecimiento de otros centros caravaneros como Gerasa y Palmira, que hizo disminuir la importancia de la ciudad rosa. A esto hay que unirle un terrible terremoto tenido lugar en el año 362 D.
C que provocó que gran parte de los edificios religiosos y administrativos, además de viviendas civiles, se destruyeran. Obviamente la reconstrucción requería un gasto bastante elevado y la paulatina reducción de la riqueza de Petra provocó que la ciudad quedara reducida a pequeños núcleos de población.Durante el período bizantino se estableció allí una sede episcopal y en el Siglo V pasa a ser la capital de la provincia Palestina Tertia, pero eso no debió tener mucho significado ya que apenas se realizaron construcciones de importancia. En algún caso se reutilizó algún edificio religioso (hicieron una Catedral en una vieja tumba nabatea, y algunas iglesias) y se ocuparon algunas viviendas deshabitadas.
Después de la conquista árabe de la región (año 663) Petra cayó absolutamente en el olvido.
Quinientos años después Los Cruzados cristianos visitaron la zona y establecieron una fortaleza a la que llamaron “El Valle de Moisés” (en árabe Wadi Musa) aunque no hay ninguna noticia acerca de su posible establecimiento allí. En siglos posteriores un cronista egipcio habló de Petra al narrar una de las expediciones del Sultán mameluco Baybars a la ciudad jordana de Kerak con objeto de sofocar una sublevación (año 1276). A partir de entonces Petra se vio sumida en el abandono y el silencio, quienes apoyados en el escondite natural que conformaban las montañas, hicieron que pasaran cientos de años sin que nadie se asomara por allí y supiera lo que ocultaban las rocas. Del esplendor se pasó a un completo olvido.Su descubrimiento se llevó a cabo a inicios del Siglo XIX por parte de un intrépido explorador suizo que utilizó su inteligencia, ingenio y tenacidad para llevar hasta nosotros la octava maravilla del mundo.
Johann Ludwig Burckhardt, nacido en 1784 en el seno de una familia acomodada, se había ganado los elogios como viajero y expedicionario gracias a su carácter metódico, constante y calculador, lo que le hizo formar parte de la Sociedad Africana, que promovía descubrimientos tanto en África como en Oriente Medio. Estudió en Siria la lengua árabe y llegó a dominarla a en todas sus formas a la perfección. Durante su estancia en Oriente Medio escuchó varias historias sobre una ciudad perdida en el desierto que contaban los guías de las caravanas y los camelleros, pero en principio hizo caso omiso a éstos debido a que eran propensos a inventarse historietas de tesoros ocultos y templos perdidos en el tiempo. Pero un día leyó algo de Estrabón (historiados y geógrafo griego nacido en el 63 antes de Cristo) acerca de una ciudad tallada en la misma roca en lo que es la actual Jordania. A partir de ese momento comenzó sus investigaciones y llegó a la conclusión de que había una zona que ningún europeo había visitado jamás, los montes ubicados al final de Wadi Musa donde se alzaba en lo alto la tumba de Aarón, hermano de Moisés, que según la Biblia se encontraba en la cumbre del Monte Hor.En agosto de 1812, Burckhardt marchó en busca de la tumba de Aarón y contrató un guía beduino en Ammán al que engañó haciéndose pasar por un peregrino musulmán llamado Ibrahim ibb Abdullah y diciéndole que debía ir a El Cairo, pero que antes quería ir a honrar la tumba de Aarón por un juramento que había hecho en el que debía realizar el sacrificio de una cabra. El beduino, conocedor de los peligros que podían acecharles, le rogó que cambiaran de ruta y que obviaran pasar por el pedregoso camino que llevaba al túmulo del profeta. Tan sólo aguantó seis horas de viaje hasta que se marchó, dejando solo a Burckhardt, quien tuvo que ganarse la confianza de una tribu nómada de la aldea de Eldjy, a la entrada de Wadi Musa, para que alguien le llevara ante el lugar sagrado tanto por musulmanes, cristianos o judíos. Dicen que por “dos herraduras” contrató a uno de ellos, que se comprometió a llevarle a la cumbre. Días después comenzaron su camino por las pedregosas y angostas sendas que llevaban al otro lado de Wadi Musa. El suizo, que sabía que un pequeño error podía delatarle, fue memorizando como pudo tanto el trayecto como lo que iba viendo, transcribiéndolo en su diario mientras aprovechaba el profundo sueño de su guía. Así un día entraron por la grieta de un largo desfiladero (El conocido Siq) con paredes de más de cien metros de altura que impiden prácticamente la entrada del Sol en las zonas más estrechas. Después de avanzar cerca de un kilómetro se encontró con el Khasné, más conocido como el Templo del Tesoro (el que aparece en Indiana Jones y la Última Cruzada), que le dejó realmente de piedra porque muchos siglos después de caer en el olvido… había redescubierto la Ciudad Rosa de Petra, la Octava Maravilla de la Humanidad. Un espectáculo digno de los Dioses y que nadie debería perderse.
Después de contaros la Historia y Redescubrimiento de Petra, paso a relatar nuestro recorrido por el que es uno de los Conjuntos Monumentales más impresionantes que se puedan ver hoy en día:
Desde el parking, en el que apenas había dos autobuses, pudimos ver cómo en lo alto de un montículo había un coche militar vigilando la entrada.
Jordania ha sido diana de varios atentados terroristas contra turistas en los últimos tiempos, lo que ha hecho que aumente la seguridad en el país. Pero hay que reconocer que impone ver un furgón militar con un disparador en lo alto. El día que a algún soldado se le crucen los cables puede liarse una tremenda…En la taquilla, decorada por las gigantescas fotos del Rey Abdullah y de su padre Hussein, hicimos la trama de los carnés de estudiante (recordad, 3 buenos y 1 caducado para 5 personas), aunque nos costó más de lo normal ya que no quisieron darnos los tickets porque se habían dado cuenta de lo que estábamos haciendo. No me preguntéis cómo, pero al final sacamos 5 con precio estudiantil. Cosa de Pilar, que fue de nuevo a la taquilla sola y terminó pasando como una estudiante más.
Después de dejar a ambos lados varias tiendas en las que vendían recuerdos y souvenirs típicos, entregamos los tickets al vigilante de la puerta. Una puerta que daba acceso al extenso complejo al que muchos aficionados a la arqueología dedican cerca de una semana. Nosotros, obviamente, íbamos a hacer una excursión de un día entero, ya que no disponíamos de más tiempo. Eso sí, teníamos claro por dónde íbamos a pasar y qué es lo que íbamos a ver. Y, por supuesto, llevaría unas cuantas horas y un sinfín de corredores y escalinatas que nos acercarían los tesoros de la ciudad de piedra. La ruta elegida era la conocida como “Del Monasterio”, en la que además de pasar por lo más importante, tienes que subir a una buena altura para llegar a la Tumba de El Deir (también llamada “Monasterio”, de ahí el nombre de la ruta) y desde donde se pueden observar unas vistas envidiables.
Segundos después de abandonar la entrada principal, aparecieron por la senda un gran número de jordanos ofreciéndonos mulas o camellos para hacer la excursión.
Les dijimos que no repetidamente para zafarnos de sus insistentes rogativas. No estábamos de acuerdo con el trato que se le daba a los animales, quienes se les veía faltos de todo cuidado y que recibían punitivos golpes una y otra vez para que hicieran lo que sus dueños querían. Yo no pienso subvencionar ni un céntimo el maltrato animal.
El camino polvoriento nos fue adentrando hacia las montañas y poco a poco nos vimos rodeados de pequeños montículos de un color ocre que nos acompañarían varios cientos de metros. De repente a nuestra derecha nos encontramos con los primeros restos, algo enigmáticos y que son los Cubos Djin (Djin significa espíritu en árabe). Tres torres funerarias en forma cúbica que miden entre 6 y 9 metros de altura, aunque los arqueólogos discrepan los unos de los otros en torno a si su uso fue para enterrar gente o para otros fines.
Todos nos quedamos boquiabiertos ante semejante belleza, a la que no pudo ni resistirse Spielberg para hacerlo formar parte de “Indiana Jones y la Última Cruzada” como receptáculo del Santo Grial. Las imágenes del arqueólogo a caballo entrando al Templo del Tesoro convirtió a las ruinas de Petra en uno de los destinos más deseados por los turistas.
El único pero del momento fue que debido a la poca luz no éramos capaces de hacer las fotos de ensueño que queríamos. Después de contemplar minuciosamente el exterior del más célebre monumento nabateo fuimos Pilar y yo a ver qué se alojaba en su interior.
No hay nada – dijimos. Pero pocas veces el vacío es tan hermoso, ya que en lo que un hueco totalmente cúbico se ve que tanto las paredes como los techos tienen los dibujos “naturales” de que la piedra les ha otorgado. Es como cuando ves una mesa de mármol. La decoración natural hace innecesaria toda obra humana. Y en este Templo, como en muchos otros de Petra, que se encuentran vacíos, es un privilegio ver las manchas y ondulaciones de un tipo de piedra que permite infinidad de tonalidades de ocre, rojo y azafrán. Ese es otro de los secretos que más tarde comprobaríamos.
Estar allí, en un lugar tan mágico y soñado con mis amigos, me hizo soltar inevitablemente una lagrimilla de felicidad. Era consciente de que estábamos acudiendo al que quizá podía ser el mayor espectáculo natural y humano del Planeta Tierra.
Como aún nos quedaba mucho por ver, después de fotografiar hasta la saciedad todos los rincones del Khasné, fuimos por el camino de la derecha que nos adentró a lo que se denomina Siq Exterior, mucho más ancho que el anterior, y que deja ver numerosas tumbas a ambos lados, alguna de ellas de gran belleza, aunque algo erosionadas. Más de una vez se comentó entre el grupo que los constructores nabateos moldeaban a su antojo las montañas rocosas como si de plastilina o barro se tratase.
Durante 200 metros fuimos caminando por lo conocido como “Vías de las Fachadas”, en lo que se considera una ancha curva en el que muchas de las tumbas se ven medio sepultadas por los desprendimientos naturales ocurridos durante siglos.
Al principio estaban unidas entre sí por escalinatas (de ahí el nombre de Vías de las fachadas o Carretera de las fachadas).Dejando a un lado la Tumba de de Uneishu (con doble cornisa) pasamos a uno de los monumentos considerados como centro neurálgico de Petra, el teatro. Éste tiene la particularidad de estar excavado por entero en la roca viva. A pesar de no estar demasiado bien conservado, hace intuir una capacidad de aproximadamente 8000 espectadores, reflejo de la importante actividad cultural del Reino. Al parecer, la razón de su deterioro radica en un terremoto que tuvo lugar en el año 363. Se pueden apreciar restos de las sucesivas ampliaciones romanas, una vez anexionaron Petra a su Imperio.
Disfrutamos totalmente del paisaje natural y humano, que nos hacía quedarnos boquiabiertos a medida que íbamos avanzando por el camino pedregoso.
El recorrido previsto se fue cumpliendo a rajatabla, y la siguiente parte de la ciudad a visitar recibe el nombre de “Zona de las Tumbas Reales” debido a las colosales dimensiones de éstas y esmero con el que fueron realizadas, lo que hace suponer que albergó los cuerpos de los más importantes soberanos nabateos. Hoy en día, como en las demás, apenas hay un apestoso olor a orina y un vacío, en ocasiones manchado de la negrura ocasionada por el humo de las hogueras. Pero lo que hay que destacar son las magníficas fachadas, que debieron erizar el vello en más de una ocasión a Johann Burckhardt, ataviado con prendas arábigas, y sin tener la posibilidad de expresar sorpresa por las maravillas que tenía delante de sus ojos. Para acceder a las Tumbas Reales tuvimos que subir incómodas escalinatas, ya que están a media altura en la montaña. Nosotros accedimos a las siguientes (información obtenida de libros de arte):
- La Tumba de la Urnaà Está precedida por un gran patio flanqueado por pórticos columnados excavados, como la propia tumba, en la pared rocosa. Su fachada, rematada por una urna, recuerda la de un templo griego y su interior, que como es característico en las tumbas nabateas carece de decoración, fue ligeramente remodelado en el año 447 d. C., momento en que este enorme enterramiento se convirtió en iglesia cristiana, tal y como atestigua una inscripción griega pintada que aún es legible.
- Tumba de la Sedaà A pocos metros de la anterior se encuentra uno de los monumentos más fotografiados de Petra. Su nombre se debe al colorido de la piedra donde fue esculpida. Vetas polícromas totalmente naturales que pasan del rosa palo al ocre y del salmón al blanco.
- Tumba Corintiaà Debe su nombre a los capiteles de tipo corintio que coronan las columnas esculpidas en la fachada, está muy erosionada y su composición recuerda la del Templo del Tesoro, sobre todo en la parte superior. Cuenta con tres entradas que conducen a salas de tamaño desigual y que no están conectadas entre sí. En la principal hay numerosos nichos, lo que ha hecho suponer que se trata de un sepulcro colectivo, en el que se enterraría el monarca junto con miembros de su familia.
- Tumba del Palacioà Es la mayor del trío que componen las Tumbas Reales y se asemeja a un palacio de tipo helenístico, aunque los capiteles de las columnas se hicieron según el modelo nabateo. Es, además, la única que no está totalmente esculpida en la pared rocosa, pues en la parte superior, para completar la fachada, se le añadieron bloques de piedra, gran parte de los cuales se ha desprendido. En el frente, muy afectado por la erosión, hay cuatro entradas que dan acceso a otras tantas salas vacías y de distinto tamaño, de las que sólo las dos centrales están comunicadas entre sí.
De éstas, la que más nos llamó la atención fue la de la Seda. Es uno de los mejores ejemplos de lo que es quizá el mejor ingrediente de la ciudad más bella de la Antigüedad, y éste no es otro que el color. Los tonos de la piedra, que además varían dependiendo de la incidencia de la luz solar, son la mejor decoración natural en las fachadas.
La de la Urna es absolutamente majestuosa y es de ineludible visita. Desde su amplísimo patio abierto hice una llamada a mi madre pidiéndole que se pusiese en contacto con Rebeca, una compañera del trabajo, para que nos anulase los vuelos Tel-Aviv—Estambul, tal y como le indiqué antes del viaje. Menos mal que fuimos previsores y dejamos todo atado y bien atado. Apenas tardé unos minutos en recibir contestación de ésta vía sms confirmando que había cancelado los billetes de avión. Adiós definitivo (definitivo en el viaje, claro) al sueño de llegar a Jerusalén. Era lo mejor que podíamos hacer porque la situación no era la idónea para presentarnos en la frontera con nuestras mochilas y con un visado de Líbano sellado en nuestros pasaportes. Además varias ciudades y pueblos israelíes estaban siendo atacados por soldados de Hizbolá, que a pesar de los bombardeos, se estaba resistiendo de manera sorprendente e inesperada.
Descendiendo por la escalinata de la Tumba de la Urna, Alicia y yo nos tomamos un té delicioso con una beduina. Obviamente querría vendernos algo, pero yo no me hice con nada de su género. Hablando de vendedores, me llega a la memoria una anécdota que tuvimos Kalipo, Ali y yo con un simpático comerciante lugareño el cual nos estuvo enseñando lo que según él eran restos romanos y nabateos como monedas, vasijas u otros utensilios. Cada vez que Alicia apartaba la vista, el hombre sacaba una luciérnaga (vasijas que desprendían luz gracias encender una llama en el aceite que contenían) en la que salían dos figuras fornicando. Si vierais la cara de pillo que nos ponía y cómo la retiraba en cuanto Ali volvía a mirar hacia él, os moriríais de la risa.
La verdad es que en estos viajes se conoce a una gente de lo más peculiar, a la vez que graciosa.
Una vez visitadas las Tumbas reales, avanzamos por el camino paralelo al cauce del Wadi Musa y llegamos a la Zona urbana en la que se conserva en su mayor parte, restos romanos, y casi no hay nada nabateo excavado en la roca. A 400 metros del Teatro del que ya os he hablado comienza el tejido urbano propiamente dicho, es decir, donde la gente vivía, paseaba, hacía sus compras o simplemente disfrutaba de su ocio. Lo primero que llama la atención es la conocida como “Vía Colonnata”, que no es otra cosa que una típica Avenida de Columnas o “Cardo Máximo”, propios de las ciudades romanas. No es ni mucho menos como la de Apamea o Palmira, ya que apenas mide 300 metros y no muchas columnas quedan en pie.
En su momento, incluso antes de la conquista de Petra por parte del Imperio Romano, fue la principal arteria de la ciudad. Esta parte considerada como el corazón de la antigua metrópoli estaba rodeada de grandes edificios públicos o administrativos. Hoy en día apenas quedan escasas siluetas en piedra de lo que debieron ser sus cimientos. No mucho más. Incluso debió a haber tres grandes mercados, hoy reducidos a escombros, por lo que tan sólo supimos que había allí gracias a los carteles explicativos y a las guías que portábamos con nosotros. Al fondo de la vía de columnas, en el lado izquierdo (es sentido ida del trayecto que comenzó en el Siq y que finalizó en el Monasterio) quedan las ruinas de lo que un día fue “El Gran Templo”, las cuales se encuentran en fase de excavación, y donde destaca sobre todo el patio porticado, del cual se intuye su grandeza gracias a los restos de las anchas columnas que lo soportaban. En esta zona también se encontraban las antiguas termas, de la que descienden los famosos Hammam árabes que se dispersan por todo el territorio de Oriente Medio o incluso nuestros balnearios. Finaliza el recorrido en esta parte más urbana con la Puerta del Temenos, que no es otra cosa que los restos de tres arcos de lo que era la entrada a un templo sagrado del que se conserva una parte de sus muros.
Justo después de lo considerado como zona urbana hay una un par de restaurantes, y es donde gran parte de los turistas, finalizan su excursión por Petra comiendo de buffet libre. Pero obviamente no fue nuestro final del recorrido, ya que es desde allí donde se accede a la senda que asciende hasta el Monasterio. Antes de tomarla, nos quedamos mirando un bloque con carne de pollo dando vueltas en la máquina rodante típica de los kebab.
Aún era pronto para almorzar, además llevaba más de un kilo de fruta en mi mochila que comeríamos a nuestra llegada al Monasterio. Y para llegar allí, debíamos hacer senderismo y subir los más de ochocientos escalones de un camino sinuoso y escarpado. La gente más mayor, o más perezosa y comodona, pagan a alguien que les suba en burro, y así evitar la fatiga que ocasiona la subida. Pero, si uno quiere “sentir y sufrir” Petra en todos sus sentidos, recomiendo ir a pie, no sólo por el bien de los maltrechos burros, sino por ver una parte más salvaje y natural del rocoso paraje.Esta excursión es fundamental, no sólo porque su meta supone ver uno de los monumentos más espectaculares del Mundo Antiguo, sino que el paisaje por el que se va transitando es digno de cualquier sacrificio.
Así que comenzamos a subir superando poco a poco el desnivel que van dibujando las rampas a veces rectilíneas, a veces zigzagueantes, en las que algunos peldaños que se conservan desde tiempos pasados, parecen estar mezclados con el suelo original como si formara parte de la naturaleza del terreno.
Aunque no era un día especialmente caluroso, el sudor, el sofocamiento y la sed se adueñaron de nuestros cansados cuerpos, por lo que fuimos haciendo paradas a medida que superábamos las etapas que nos íbamos proponiendo. En algunas partes más extensas aparecieron niños vendiendo postales, pulseras o collares, que nos preguntaron cómo nos llamábamos y de dónde éramos. Cuando les dijimos que éramos españoles, algunos se atrevieron a hablar en un castellano titubeante pero comprensible para nosotros, y que había arrancado palabra a palabra, frase a frase, a los turistas de habla hispana siempre charlatanes. Apenas pasamos el mediodía y ya veíamos las rocas de color desigual, distinguiéndose con mayor precisión las vetas coloreadas con infinidad de tonalidades ocres, rojizas, blancas o amarillas. A medida que se va subiendo, las vistas son más espectaculares, por lo fue inevitable ir deteniéndose en algunos miradores, justificando así el esfuerzo del ascenso por la senda del monasterio. Petra es tan llamativa no sólo por sus templos esculpidos de manera casi sobrenatural, sino también por la naturaleza que la rodea, jugando un papel esencial en la magia de la ciudad perdida y olvidada durante cientos de años.Siguieron pasando los minutos hasta que nos vimos relativamente cerca del “fin de trayecto” tal y como nos fueron comentando los turistas que hacían la bajada. Pilar y yo nos fijamos en uno de los burros que permanecía de pie a dos metros a nuestra derecha y al que le salía del cuerpo una prominencia fuera de lo normal. Claro, el pobre borrico estaba más contento de lo normal y lo demostró soltando sin compasión su sexo como si de una trompa de elefante se tratase. Había pasado a tener cinco patas. Obviamente le hicimos una foto que haría las delicias de las mulas más exigentes.
Pasamos una última rampa de escaleras y vimos que se terminaba el ascenso porque al fondo se observaba una explanada. Intuimos que en medio de la ladera rocosa se encontraba el famoso monasterio, por lo que nos adentramos en la planicie hasta tener delante de nosotros el que para mí es el más soberbio, impactante, imponente, e inconmensurable templo de Petra. Incluso me gustó y sorprendió más que el mil veces mencionado Templo del Tesoro.
El Deir, que así se llama el monumento que nos quedamos presenciando boquiabiertos y casi paralizados, tiene una fachada que parece surgir de forma natural de la roca viva de la cual parece querer liberarse a toda costa proclamando el triunfo de lo humano sobre lo natural.
Dicha fachada mide 49 metros de largo y 39 de ancho. De decoración más sobria que la del Khasné o Templo del Tesoro, está dividido en dos pisos y coronado en la cúspide por una urna. El interior es una sala cúbica sin ningún adorno, excepto un nicho al fondo y alguna pintura cristiana, ya que al parecer pudo ser utilizado en la época bizantina como iglesia u hospital de frailes (de ahí su nombre).
El Deir fue el monumento que más me fascinó de Petra. y me impresionó mucho más que el Khasné, no sólo porque lo había visto muchas veces en fotografías y catálogos sino porque El Monasterio me parece “más salvaje” al estar totalmente unido a la roca. Es como un diamante en bruto, como un tesoro asomándose medio enterrado en el fondo del mar.
El Deir es el mejor ejemplo para definir lo que es Petra: Naturaleza y Arte en perfecta armonía. Un lugar en que la belleza del entorno paisajístico se une con la obra magnífica del hombre. Una irremediable y afortunada pugna cuyo resultado ha sido uno de los mejores regalos que podíamos recibir.
Nos hicimos muchísimas fotos allí, solos, acompañados, desde un sitio, desde el otro, y después nos sentamos en unos bancos almohadillados que quedan en frente del edificio nabateo. Allí estuvimos departiendo largo rato con una catalana, mientras degustamos la fruta fresca que llevaba en mi mochila. Era una mujer muy habladora que volvía a Petra años después con su hija.
Mantuvimos una interesante conversación sobre la situación de Oriente Medio, inevitable cuando les contamos dónde habíamos estado. Su opinión fue tajante con Israel, al que consideraba un siervo obediente de Estados Unidos, con el que siente totalmente protegido, para cometer tropelías en territorio ajeno, sin hacer caso de las recomendaciones internacionales.
Después de reponer fuerzas Chema y yo subimos por otro camino durante unos minutos hasta llegar a un mirador en el que se observamos una panorámica de las altas y abruptas montañas que se extienden durante muchos kilómetros. Parecían ser de origen volcánico, como indicaba su color negruzco, más propio del carbón. En una de las montañas con mayor altura pudimos ver un punto blanco, correspondiente a la pequeña estructura que recuerda que allí está enterrado Aarón, hermano de Moisés.
Aquél fue el lugar al que Burckhardt quiso ir, fingiendo ser un peregrino musulmán, porque intuyó que la antigua ciudad perdida de que le hablaron estaba por allí. Al parecer se hacen excursiones hasta allí, pero requiere muchísimas horas y un gran esfuerzo, más propio de escaladores que de normales turistas.
Cuando volvíamos al lugar en que habíamos dejando descansando a nuestros amigos, pudimos ver el perfil de El Deir, que aislado y solitario, preside majestuosamente el complejo arqueológico, en competencia con El Tesoro rescatado por Indiana Jones en la última cruzada. Les recomendamos a los 3 que se habían quedado descansando que fueran al mirador en que habíamos estado, por lo que marcharon allí, regresando al cuarto de hora con otro taco de fotos en su cámara.
Estuvimos unos minutos más sentados a la sombrita, en lo que subió un grupo de madrileños que nos pidieron sacarles alguna que otra fotografía. Después de eso, decidimos bajar toda la vía procesional (nombre que recibe la senda que lleva al Monasterio) y volver a la zona de Restaurantes para darnos una buena comilona de buffet. Ya había hambre, porque entre unas cosas y otras se nos hizo más tarde de las tres, y teníamos casi una hora por delante. Quizá algo menos porque el ritmo del descenso es siempre más rápido y se hacen menos paradas. Posiblemente hicimos sólo una, en la que aproveché para comprar a una beduina un colgante hecho en hueso de camello que aún llevo en mi cuello. Tengo por costumbre llevar uno cada año, que me recuerde el superviaje que haya hecho en dicho período. El año anterior, durante el Transiberiano, me compré una moneda antigua china, con un agujero en el centro, al que le puse una cadenita que tenía guardada. Y cuando fui a Egipto con mi madre, por poner otro ejemplo, me hice con un escarabajo de plata y lapislázuli. Cuando toco el colgante que lleve en el momento, me trae fenomenales recuerdos del que para mí es el mejor mes del año.
Una vez estuvimos abajo, nos sentamos en una de las mesas del Restaurante y nos servimos varios platos del buffet. Comimos casi hasta reventar… Y es que habíamos perdido mucha energía en la larga caminata. Además, llevábamos levantados desde las siete de la mañana y habíamos desayunado muy pronto. Sé que la mayoría de los mortales se levantan a las siete (incluso antes) para ir a trabajar. Yo también lo hago, claro. Pero en vacaciones, cuando llevas días y días sin parar, hay que reconocer que cuesta.
Eso sí, no es lo mismo despertarse sabiendo que vas a pasar un día genial disfrutando de lugares nuevos, a despertarte pensando que vas a estar hacinado en la oficina durante más de ocho horas como un pasmarote. La diferencia es notable, ¿verdad?
Después de la comida, tratamos de disfrutar de un breve sobremesa sentados, incluso tumbados, en los escalones del Gran Templo, situado a un lado de la Vía de Columnas romana por la que pasamos a la ida. No descansamos allí demasiado, porque entre una avispa que no nos dejó tranquilos, y el calor sofocante en su hora punta, no hubo forma alguna de descansar como Dios manda. Recuerdo que en ese momento pasó una fila de todoterrenos por uno de los caminos acondicionados para los coches de los vigilantes del recinto o de los arqueólogos. Cuando pasé los quince coches paré de contar… Pensamos que podía ser una personalidad importante que venía de visita a la ciudad nabatea.
Siguiendo el mismo camino por el que habíamos venido fuimos paseando tranquilamente, disfrutando de una perspectiva distinta de Petra, donde ya no golpeaba de igual forma el Sol. Así que fuimos unos minutos teniendo delante la enorme ladera donde se ubican desde hace más de dos mil años las Tumbas Reales, que ya habíamos visitado anteriormente (Tumba de la Urna, de la Seda, Corintia, etc...). Y cuando llegamos al teatro (no eran aún las seis de la tarde) comprendimos perfectamente por qué llaman a Petra la Ciudad Rosa. La incidencia del Sol con las montañas aledañas, y la sombra en algunas zonas, acompañadas de la variedad cromática oriunda del lugar, provoca que a la tarde las rocas se vean de un tono puramente rosado.
..Nos encantó ver cómo la elegancia del rosa se mezclaba con la soberbia y magnificencia de los edificios y montañas donde se proyectaba. Las gradas del teatro parecían haber sido pintadas sorprendentemente durante nuestra ascensión y visita al imperturbable Monasterio. Allí permanecimos unos minutos sentados, contemplando las innumerables maravillas que teníamos a nuestro alcance, además de ver cómo jugaba una panda de chavales extranjeros que se divertían haciendo el mongolo y dando pena. Nos reímos bastante, no con ellos, sino de ellos.
Fuimos hacia la Tumba del Tesoro, que debía tener un aspecto fabuloso, si es que le había afectado la luz tanto como al Teatro. Antes paramos a comprar unas botellas con dibujos hechos en arena.
Yo le cogí uno a mi amiga Laura, a la que siempre le traigo un detallito de cada viaje. Siempre le gustó la arena de distintos sitios y por eso le he llevado en estos años Arena de Egipto o de Túnez por poner un ejemplo. Es una buena amiga a la que tengo mucho cariño y cuando estoy pasándomelo tan bien, no me olvido en absoluto de ella.
Pasadas las seis y cuarto rodeamos el Siq exterior y volvimos a ver, una vez más, el enigmático Khasné o Tumba del Tesoro. Y no nos equivocamos en nuestras previsiones; el colorido rosa se había apropiado tanto de la fachada que envolvió el lugar con una magia especial, que me puso nuevamente los pelos de punta y aguó mis ojos con lágrimas que sólo aparecen cuando se está divisando algo infinitamente bello o cuando uno se siente feliz, aunque sea por unos segundos.
Chema volvió a hacer otro book del lugar, al que había atiborrado de fotos durante la mañana, aunque también cabe decir que era el momento idóneo para hacerlas. Estuvimos allí contemplando el edificio e interrogando sus detalles con la mirada durante una hora aproximadamente en la que nos dio tiempo a charlar con un grupo de chavales libaneses que les pilló la guerra de viaje y que no sabían que hacer para volver a su casa. Lo raro es que iban contentos y no se les veía nada preocupados. Yo sólo imaginar que me voy de viaje y que mi país está siendo atacado de forma indiscriminada, me entran los sudores. Como dice la canción de Ana Belén, la guerra “es un monstruo grande y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente…”
También nos encontramos a una chica que estaba sola y que nos preguntó: “¿Sois españoles?” Le contestamos: “Sí, ¿y tú también?”.
Finalizamos nuestra larga contemplación del Tesoro y retomamos de nuevo el serpenteante Siq, en el que nos juntamos con un japonés con el que habíamos coincidido en Aleppo, en Damasco, en Beirut y por último en Petra. El chico se había ido a la aventura en solitario (como hace mucho la juventud de Japón) y había hecho un recorrido más o menos similar al nuestro.
Estaba especialmente contento porque se había hecho una foto con el Presidente de su país, que al parecer, era el que iba en la comitiva de todoterrenos que habíamos visto desde el Gran Templo. Le preguntamos cuál era su siguiente objetivo después de Jordania, y nos dijo que debía ir a Israel a pasar unos días y a coger un vuelo Tel-Aviv – Tokyo, haciendo escala en Uzbekistán. Obviamente nos quedamos helados con su respuesta. Y es que el chico no estaba enterado de la Guerra entre Líbano e Israel y de que era complicadísimo entrar al país judío por frontera terrestre. En ese momento había riesgo incluso de que Tel-Aviv fuera atacada y la cosa estaba muy complicada. Si veis la cara con la que se quedó el japo durante unos minutos, os daría tanta lástima o más que a nosotros. Decía que tenía que intentar entrar como sea. Me imaginé al chico solo en la frontera, soportando interrogatorios de los guardias fronterizos israelíes, si es que mantenían el paso abierto, claro. ¡Vaya panorama!Alicia y él hicieron muy buenas migas, aunque no se entendiesen absolutamente nada. Entre que el chaval sabía poco inglés, y Alicia, que le habla en español más alto y más despacio como si le comprendiese, hacían una pareja de lo más cómica. Y así fuimos abandonando el Siq, subiendo después la cuesta y dejando a un lado la Tumba de los Obeliscos y los Bloques Djin con los que inauguramos nuestra visita durante la mañana. El Sol ya estaba casi escondido bajo las montañas junto a los templos mágicos de los nabateos. Quizá sea el único en saber el secreto de la enigmática ciudad rosa.
A la salida hicimos unas compras en las tiendas de souvenirs. Yo me hice con una camiseta de Jordania y con algún que otro billete de Irak con la efigie de Sadam Hussein, tal y como había hecho en Palmira días antes.
Nos despedimos del japonés, dándole un abrazo y deseándole suerte. Como las chicas le dieron dos besos, nos obsequió con otros tantos a los chicos, lo que provocó unas risas. Qué majo era. Espero que todo le fuera bien.Said, al que había dado un toque con el móvil minutos antes de salir, estaba esperándonos con el coche para llevarnos al hotel. Durante el trayecto empezó mi sesión de estornudos constantes que parecían presagiar un buen constipado. En el Hotel, les pedí que me prepararan una cena calentita. Tomé sopa y carne con arroz, que les pagué al momento (5 euros). Después, un medicamento, y a la cama temprano para descansar para encontrarme mejor a la mañana siguiente. La congestión era de aúpa y podía ser una guarrada el ir enfermo a nuestra superexcursión del día siguiente al Desierto de Wadi Rum.
Sería nuestro último día en Jordania, aunque nosotros no lo supiéramos todavía.
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