Venecia, un escenario unico en el Mundo
En uno de los relatos de este diario, que corresponde al último día que pasé en Egipto con mis amigos, comenté que tuvimos una interesante conversación en la mesa del Pizza Hut de Tahrir Square referente a si se pierde ilusión y emoción ante grandes monumentos o preciosas ciudades cuando ya se ha viajado mucho y uno está acostumbrado a toparse con esas maravillas que te ponen la piel de gallina en condiciones normales. Recuerdo que Ali dijo que ella sigue teniendo intacta dicha ilusión, mientras que los demás apreciábamos una disminución del “factor sorpresa” que provocaba que no sintiéramos un lugar de la misma manera que lo hubiéramos hecho años antes. Puede que ambos tuviéramos razón en parte. Quizá es más difícil que aflore una emotividad especial las primeras ocasiones en que viajamos, pero hay ciertas cosas que por muchos sellos que tengas en el pasaporte o por mucho que las hayas visto en revistas, documentales e incluso películas, provocan que a uno le palpite más fuerte el corazón, se le erice el vello o que incluso le asome alguna lágrima.
Saco a colación este tema porque en Venecia me ocurrió esto mismo. No valieron opiniones, comentarios o las mil veces que en que había podido ver imágenes de la ciudad de los canales. Mi primera vez en Venecia la recordaré toda mi vida porque no sólo supuso la perfecta guinda del pastel a esas alturas del viaje, sino también porque me hizo “sentir y vivir” como hacía tiempo que no lo hacía.
Hay ciudades con estrella como París, Roma, Praga, Florencia, Brujas, Nueva York, Viena o la propia Venecia que son conocidas por todos y que copan la mayor parte de los elogios y alabanzas en todas y cada una de las categorías sociales. Afortunadamente el buen gusto por las cosas bellas no está reñido con una determinada condición económica.
Éstas que he mencionado (sé qué me faltan más) llevan siempre consigo un protagonismo que hace que reciban un gran aluvión de turistas entusiasmados que soñaron, sueñan y soñarán con pisar estos privilegiados suelos. Es normal, sobre todo cuando hemos sabido de ellas por películas, series, revistas, libros y otra serie de medios que las utilizan sabiamente como contexto. ¿Recordáis alguna película en que París sea el espacio donde se desarrolla la trama? Seguro que os salen un montón. A mí ahora me vienen a la mente “El Código Da Vinci”, “El caso Bourne”, “Moulin Rouge”o “El Jorobado de Notre Dame”. Seguro que si lo pensáis os salen muchísimas más. Mejor no hablar de Londres, Roma o Nueva York, que tendríamos para dar y tomar. ¿Y en la ciudad de los canales? “Muerte en Venecia”, “El Mercader de Venecia”, “Casanova” o “Todos dicen I love you” de Woody Allen. Lo dicho, todas ellas están iluminadas con un halo especial de glamour, refinamiento o de belleza estética difícil de superar.
Es por ello que la ciudad en que me encontraba aquel 29 de julio de 2006, a poco más de 24 horas de volver a casa después de un mes peregrinando por once países, sea receptora por mi parte de los halagos más sinceros y merecidos.
Toda esta parrafada, por la que os estaréis preguntando qué habréis hecho para merecer esto, quizá venga porque me es muy difícil expresar con palabras lo que Venecia me hizo sentir.
En el mismo momento en que salí del Hotel Guerrini para comenzar mi corta visita (para verla bien se necesitan varios días más) me di cuenta que la penúltima jornada de viaje iba a ser una de las más placenteras y aprovechadas del viaje.
Venezia, como se escribe en italiano, es la capital de la Región del Véneto y se ubica sobre un conjunto de 120 pequeñas islas que afloran en una laguna pantanosa del Mar Adriático. La mayor parte de las mismas están unidas por puentes (más de 800), aunque hay otras a las que únicamente se puede acceder en barco (vaporettos, barcotaxis, barcas privadas o góndolas). El “Puente de la Libertad” es el que comunica dichas islas que ocupan “la ciudad antigua” con tierra firme (Venecia Mestre).
A partir de que uno cruza el mismo para llegar a la urbe clásica puede olvidarse de los coches o las motos para dar protagonismo a los vehículos navales que van por el agua. O caminas o navegas, esa es la cuestión… Esta premisa lleva vigente desde el Siglo V cuando los habitantes de algunas poblaciones aledañas se refugiaron en dichas islas para huir de las invasiones germánicas. Terminaron estableciéndose allí de forma definitiva y formaron su propio gobierno cuyo máximo exponente era el Dux o Dogo (más usada esta última acepción), cuyo cargo era vitalicio. Los Dogos, que concentraron un gran poder, formaron la conocida “Serenissima Repubblica di Venezia” que se expandió por el Mar Adriático y por otros muchos lugares (por ejemplo Dubrovnik), lo que les permitió protagonizar el control del comercio con Oriente. Su momento más pletórico y esplendoroso (para la ciudad) tuvo lugar entre los Siglos XIV y XVI, que se vio reflejado en la construcción y mejora de preciosos edificios civiles, privados y religiosos. Esta es la época en que la música la ponía el Maestro Antonio Vivaldi, los míticos pintores Tiziano, Tintoretto y Veronés daban calor y color al arte pictórico o Palladio ejemplificaba arquitectónicamente hablando.Pero éstos no han sido los únicos ilustres venecianos a lo largo de la historia. Marco Polo, Casanova o Galileo son algunos de los hijos pródigos de esta ciudad, que incluso llegó a acoger al inmortal músico Wagner.
Es normal entonces estar rodeado de “puntos de arte” con un estilo particular. El gótico veneciano impera en arcos y ventanales a ambos lados de los numerosísimos canales.
Las iglesias son casi imposibles de contar, las pequeñas plazas denominadas “Campos” (Sólo la de San Marco tiene el apelativo de “Piazza”) abundan por doquier, los más de 800 puentes (Rialto, el más conocido) no quedan a la zaga en los que a estética se refiere, y los más bellos palacios tienen su sede en este suelo inmortal. Con razón es un lugar propicio para el turismo de masas, que es quizá uno de sus lados negativos, por no hablar de que decir caro es poco.
Para ese día madrugué bastante y creo que minutos pasadas las siete de la mañana ya había empezado a callejear. Lo primero que hice fue ir a la Estación de Santa Luzía para comprarme una guía con mapa no quería quedarme perdido en un angosto callejón sin salida.
Podría pasarme mil horas aquí contando y describiendo todo lo que vi, pero me centraré en lo que más me llamó la atención:
+ La Plaza de San Marcos (Piazza de San Marco): Siempre tendré en la memoria el momento en que crucé los arcos para acceder a ella.
La Basilica di San Marco (S.X) es un claro ejemplo de estilo bizantino, sobre todo en lo referente a su interior, ya que está plenamente decorada con mosaicos y mármoles de gran calidad. Así debió ser en su día “Santa Sofía” (Estambul), pero cuando entraron los musulmanes la cubrieron de blanco para tapar los iconos cristianos. Por ello, este templo religioso, el orgullo de los venecianos, es quizá el mejor conservado del Arte Bizantino.
Allí dentro las estatuas, los retablos (uno de ellos de oro, que hay que pagar para verlo) y las paredes cubiertas de mosaicos dorados decoran minuciosamente la estancia. Una de las cosas particulares de este lugar es que está dividida en dos partes por una amplísima terraza (2º planta) donde se apoyan cuatro caballos de cobre dorado (Quatrro Cavalli) enviados en el Siglo XIII desde Constantinopla al Duque Enrico Dandolo. Los de fuera son copias, ya que han preferido preservar los originales en el interior, donde hay un pequeño museo (Galería Marciano). Pero de esa segunda planta, lo que más vale la pena es asomarse y ver la amplísima Plaza, la Torre del Reloj o dell´Orologio donde dos figuras que representan a los “Mori” (moros) dan las horas contra una gran campana. El reloj indica las horas, las fases de la luna y el movimiento del sol, además de aparecer cada uno de los 12 signos zodiacales.
+ Piazzetta de San Marco: Casi forma parte de la gran “Piazza” del mismo nombre, y da salida al muelle donde se encuentran dos altas columnas de granito traídas de Oriente en el Siglo XII en cuyos capiteles se apoyan el León (símbolo de S. Marcos) y San Teodoro. Si hay un edificio con historia en el que se sucedieron numerosas intrigas y ansias de poder, donde ostentó el lujo de la alta sociedad y a su vez la desgracia de los condenados hacinados y torturados en sus celdas, este es el Palacio Ducal (Palazzo Ducale).
Pero no sólo fue residencia, sino que durante un largo período de varios siglos funcionó como Palacio de Justicia y como Prisión. Aún pueden visitarse la sala de tortura, las prisiones y los pozos húmedos (pozzi) donde los infortunados cautivos pasaban sus últimas horas de vida. No es difícil imaginarse el tormento de los penados, pidiendo clemencia o simplemente que se agilizara su muerte para evitar un crudísimo sufrimiento. ¿Habéis oído hablar alguna vez del Puente de los Suspiros que les evoca un tierno romanticismo a los enamorados? Pues la gente debería saber que su nombre no viene precisamente del “suspiro” que expiran los amantes al pasar debajo suyo en góndola. Es un puente construido en el Siglo XVII con dos pasadizos interiores que comunican las Nuevas y las Viejas Prisiones en el Palacio Ducal y por donde pasaban los reos condenados a muerte, cuyo consuelo era mirar por última vez la laguna veneciana. Lo de “suspiros” viene por los impactantes quejidos de dolor que se escuchaban día y noche. Se dice que la cifra de muertos violentamente en los pozzi del Palazzo puede llegar a superar los dos mil. La primera novela de Iker Jiménez titulada con el sugerente nombre de “Camposanto”, recrea en algunos pasajes cómo eran dichas prisiones en las que cuenta que uno de sus “ilustres invitados” fue El Bosco, pintor de seres y lugares que parecen haber sido sacados del mismo infierno (“El Jardín de las Delicias”, “El Carro del Heno” o el “Juicio final” entre otras muchas obras).
Por tanto, no os perdáis, si vais, el Palazzo Ducale al que le envuelve un halo de misterio, intrigas, terror y poder, además de un buen gusto artístico digno de alabanza. Mi puntuación es diez sobre diez, sin dudarlo.
+ Puente Rialto (Ponte di Rialto): Suplió en el Siglo XVI a un puente de madera, que era el único enlace entre las dos orillas del Gran Canal. El Gobierno de la Serenissima pidió propuestas para renovar el viejo puente y no faltaron los proyectos presentados por grandes artistas de la talla de Miguel Ángel o Palladio. Éstas no fueron aceptadas y en su lugar le fue encomendado el dignísimo trabajo al arquitecto Antonio da Ponte que diseñó algo distinto a lo habitual.
Dos grandes rampas se juntan en un pórtico central del que se alinean a ambos lados hileras de comercios con arcos de medio punto. Siglos después continúa siendo uno de los iconos de la ciudad.Tuve la suerte de cruzarlo por arriba y por abajo (en vaporetto) en numerosas ocasiones y, a pesar de la mucha gente que se apelotona, si tienes paciencia puedes asomarte tranquilamente y obtener una preciosa vista del Gran Canal cuyos edificios palaciegos y ricamente decorados en estilo típicamente veneciano. Lo que me costó Dios y ayuda es que alguien me hiciera una foto “medianamente buena”. Todas las que me hacían eran borrosas, desenfocadas, con un brazo en medio…y un largo etcétera que todos los viajeros “solitarios” nos vemos avocados a sufrir. Tienes que echarle cara. El que no habla no sale en la foto.
+ El Gran Canal (Canal Grande): Son muchísimos los canales existentes en Venecia, pero el más renombrado y conocido por antonomasia es Il Canal Grande, que hace honor a su nombre por ser el de más longitud.
El Gran Canal, a escasos metros de mi hotel, tuve la fortuna de cruzarlo en un par de ocasiones en uno de los vaporettos.
+ Isola di San Giorgio il maiore: Una pequeñísima isla al otro lado del Canal de San Marcos a la que llegué después de coger un vaporetto desde la Riva degli Schiavoni, que nace del Palacio Ducal, y que destaca ante todo por la blanca iglesia de San Giorgio realizada por el prolífico arquitecto renacentista veneciano, Antonio Palladio, que murió sin ver terminada su bella obra.
+ Iglesia de Santa María de Nazaret: Fue la primera de las muchísimas iglesias en las tuve la ocasión de entrar durante mi estancia veneciana y tanto por fuera como por dentro (barroco puro y duro) es realmente increíble (empiezo a hablar como Bisbal).
Construida en el S.XVII por los Carmelitas Descalzos bajo el proyecto de Baldassare Longhena tiene una fachada hecha en mármol de Carrara (la única de la ciudad), que quien no lo sepa es uno de los más valiosos y de más calidad. Dentro, su magnífica bóveda y los preciosos frescos son de una belleza excepcional. A mí me dejó con la boca abierta y, afortunadamente, no fue la única.
+ Iglesia de San Geremia: Me llamó poderosamente la atención el que allí se contuvieran los restos de Santa Lucía. Bueno, miento, lo que me extrañó fue ver cómo estaba expuesta la reliquia de la santa. En una vitrina de cristal, tamaño tumba para situarnos, se puede ver un cuerpo con su traje que parece una escultura. Si miráis la cara veréis un rostro esculpido.
Pero mirad las manos y los pies. ¡Son huesos! Un esqueleto al que le han puesto ropa y le han cubierto el rostro. Algo macabro, ¿no? Me lo apunto a mi lista de macabrismos de colección.
+ Palacio Cà d´oro: En Venecia hay decenas de hermosos palacios y palacetes que asoman, sobre todo, a los canales. En este caso el Cà d´oro (en la calle del mismo nombre) asoma al Gran Canal. Hoy en día es una galería de obras de arte (Galleria Franchetti) donde se pueden visitar fastuosas y recargadas salas con pinturas de los mejores artistas italianos (ej: Tiziano, Mantegna), además de muebles, tapices y objetos muy valiosos. Aunque quizá lo mejor es disfrutar de cómo es un Palacio por dentro, donde el lujo y la belleza envuelven cada centímetro de su extensión.
La fachada que da hacia el canal cumple los requisitos del gótico veneciano, como otros muchos palazzos existentes en la ciudad. Quizá nombro éste porque es el primero que visité, pero hay muchísimos más que son dignos de ver como Ca´Pesaro, que contiene la Galería Nacional de Arte Moderno además de un Museo de Arte Oriental, el Palazzo Loredan-Vendramin, sede del Casino Municipal y donde el glamour penetra al mismo en barca o góndola (Aquí vivió y murió el músico Richard Wagner (“El anillo de los Nibelungos”), el Contarini dal Bovolo, con su escalera de caracol en el interior de su patio en una torre de estilo lombardo, y así uno tras otro. Será por Palacios...
Sé que me he dejado muchísimos monumentos o lugares indispensables de Venecia, pero he preferido resumir los que tuve la ocasión de ver y más me gustaron en mi día en la ciudad.
Pero Venecia no sólo es una de urbes las más llamativas del mundo por sus monumentos o canales. Quien tiene la oportunidad de salirse de los “puntos principales” y caminar por sus estrechas callejuelas libres del ajetreo turístico se dará cuenta de que esta ciudad esconde algo más. Yo fui caminando desde Rialto y di una tremenda vuelta hasta llegar a mi hotel, trayecto que aproveché para disfrutar del silencio de la “Venezia” más auténtica, más solitaria, más costumbrista, más misteriosa. Alguna de las calles por las que pasé (mientras me guiaba por los cartelones que dirigían a la Stazione) se tendría la seria dificultad de cruzarla dos personas a la vez. Primero que pase uno, y luego el otro…Venecia es una ciudad de contrastes, siempre entre deslumbrante y decadente, entre multitudinaria y misteriosa. Puedes encontrártela y sentirla como yo lo hice, y como imagino que hará mucha gente, que quizá haya tenido la fortuna de disponer más tiempo para patearla por completo.
Lo que sí me quedé con ganas de ver (porque pienso volver a Venecia, que tiene para muchos días) son muchas de las islas: LIDO (Centro de turismo balneario y de Playas), MURANO (Famosa por la producción de cristal que resulta carísimo para los compradores), TORCELLO (Con la preciosa Catedral de Santa María y el Baptisterio del Siglo VII), por poner varios ejemplos, ya que no menciono otras como Sant´Erasmo, Burano, Mazzorbo, San Servolo…
Y lo mismo puedo decir de la gran cantidad de iglesias o palacios. Puedes estar una semana en Venecia y no haberlo visto todo. Por eso, si tienes poco tiempo, céntrate en ver los puntos vitales, coge los vaporettos, y piérdete por las silenciosas callejuelas ajenas al traqueteo humano. Y si tu bolsillo tiene demasiados agujeros, permítete comer y cenar tranquilamente en uno de sus miles de Restaurantes, Trattorias o Pizzerías, que harán las delicias de los amantes de la Pasta.
Yo no me quise ir de Italia sin probar una buena pizza o unos spaghetti, así que lo que hice fue tomar la primera para comer y lo segundo para cenar. Y cierto es que tienen un gusto y un sabor especial, algo así como muy suave, muy fresco. Quizá uno se deje llevar por el ambiente que le rodea, o se deje engatusar por el buen aspecto de los restaurantes, pero te sabe distinto. Sin menosprecio alguno a alguno de los buenísimos restaurantes italianos que disponemos en Madrid en particular y España en general.Ojo a los futuros viajeros que se dirijan a Venecia: No os limitéis a mirar el precio que aparece en “La Carta” o “El menú” de los distintos restaurantes. Enteraros de todo lo que incluye dicho importe porque puede pareceros que no es demasiado caro. Pero a lo que venga, sumadles lo que ellos llaman “Coperto” (que es el cubierto y que suponen unos eurillos de más) y el sablazo que os dan con la bebida.
Sabed que una triste coca cola de lata puede llegar a costaros 4€. Si se os ocurre pedir vino es como solicitar vuestra decapitación en la guillotina.
Porque Venecia no es que sea cara. Simplemente es “un atraco a mano armada” a los miles de turistas que visitan la ciudad diariamente. No sólo es la comida o la bebida, también es excesivo el precio de las entradas a los sitios, la conexión a internet (puede llegar a 6€ media hora), las habitaciones (aunque yo tuve relativa suerte al respecto). No llega a París, Noruega o Islandia, pero ahí anda. Es demasiado… Aún así es difícil no dejarse llevar y escatimar en esta ciudad. Yo, que había empezado a tirar de tarjeta, entré a todas partes cuanto quise, monté en vaporetto, comí y cené en restaurantes, estuve en un hotel medianamente elegante, e hice algunas compras y regalitos.
No sé qué más decir.
Yo disfruté, sentí y viví Venecia como nunca me había imaginado. Necesito volver y no perderme las mil cosas que estoy deseando ver. Me gustaría regresar con mi madre, que estoy seguro que acabaría convirtiéndola en su ciudad favorita. Le debo un viaje a Italia…
Y vosotros, ¿a qué esperáis para ir a Venecia de una vez?










