Un dia tranquilo en Aleppo

Aleppo Travel Blog

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Venga chicos, que hay que despertarse..

El Sol se colaba por las ventanas de la terraza cubierta del Spring Flower Hostel, calentando lo suficiente para activar nuestras neuronas y levantarnos de nuestros cutrecolchones. Ali apareció sonriente recién duchada y me mostró una foto del grupo durmiendo plácidamente. Pedimos que nos prepararan el desayuno sin apenas movernos del sitio, ya que las mesas de la cafetería están también en la terraza, y nos sentamos a esperar el repetitivo desayuno sirio consistente en pan de chicle como le llamo yo, mermelada, mantequilla y una crema de algo que no me entusiasma demasiado y que no adivino a saber qué es. Creo que lo llaman Hummus. Y de beber un té riquísimo. Mientras tanto, vemos las noticias de la BBC, tan poco esperanzadoras como siempre. En este caso mostraban imágenes del asedio israelí a la Franja de Gaza, además de una concentración de niños pidiendo con pancartas que les dejasen de matar.

Desayuno en el hostel. Y es que hoy el día es para tomárselo con tranquiliad.
Los misiles y los tanques arramplando con todo lo que encontraban a su paso nos hicieron bajar la cabeza un poco a todos pensando “ufff, vaya lío. ¿Y nosotros vamos para allá en un par de semanas?” Y es que la cuestión de si podríamos entrar o no a Israel (Bonamara en nuestra lengua secreta) era parte cotidiana en nuestras conversaciones. Lo que hablábamos es que tendríamos que ir con la idea de decidirlo el mismo día 16 de julio, cuando estuviéramos en Akaba, porque en este tiempo podía suceder cualquier cosa. En general teníamos la esperanza de poder entrar, a pesar de llevar un sello sirio en el Pasaporte, cosa que no les haría gracia a los guardias fronterizos. Pero la situación en Oriente Medio era tan delicada e inestable que todo podía dar una vuelta de tuerca en tan solo unos minutos. Obviamente llevábamos un Plan B por si fuera imposible entrar al país judío, y no era otro que cruzar el Golfo de Akaba en ferry hasta el puerto egipcio de Nuweiba, y en El Cairo comprar otros billetes de avión.
En uno de los caravasares del zoco de Aleppo
La jugada nos saldría bastante cara porque perderíamos bastante más dinero, y la cosa no estaba para muchas florituras. El viaje del año estaba menos cerrado que nunca y nosotros nada podíamos hacer. Sólo dejar que el tiempo pasara para poner las cosas en su sitio o complicarlas aún más. Así que debíamos seguir disfrutando de nuestro viaje y esperar a que todo se solucionara de la mejor forma posible.

 

Ya que estábamos en Siria antes de lo previsto y en el día anterior habíamos pateado bastante Aleppo nos quisimos tomar el día con mucha tranquilidad, ya que el ritmo que estábamos llevando era bastante acelerado, como suele pasar en esta clase de viajes.

Volvimos a la ciudadela, pero estaba cerrada por un concierto de jazz promocionado por la Embajada canadiense. Nos dijeron que volvíeramos a las siete y media de la tarde.
Quieres abarcar muchas cosas en muy poco tiempo, y eso requiere aprovechar el tiempo al máximo. De todas formas ya llevábamos varios viajes juntos y con este ritmo habíamos podido ver todo perfectamente (incluso más de lo previsto). Si te organizas bien, te da tiempo a visitar lo que quieras.

 

Sabiendo ya cómo es la ciudad y cómo ir a los sitios todo era más fácil. Nuestro plan del día era entrar a la Ciudadela por la mañana, visitar el zoco y algunos de sus caravasares, comer tranquilamente, ver el Barrio armenio-cristiano de Al-Jdeida, del cual se decía que era el más bonito y cuidado de la ciudad, e ir de compras. Obviamente callejeando y descubriendo nuevos rincones y lugares con encanto. La ciudad era lo suficientemente barata para permitirnos comer y cenar en buenos sitios, y no queríamos escatimar demasiado aquí.

En el zoco se pueden comprar cosas tan absurdas y tan frikis como el casco que llevo en la cabeza.
Aleppo nos había encandilado el día anterior, sobre todo a aquellos amantes de las ciudades raras y poco típicas como Carlos o Chema, que suelen dar su puntuación más alta a este detalle. Y razón no les falta. Una ciudad con poco turismo equivale a una ciudad auténtica en la que, para bien o para mal, estás viendo lo que hay de verdad.

 

Y en Aleppo eso podía ser posible. El caos cotidiano en los mercados, en el tráfico, en la calle, y la amabilidad sincera de sus gentes te harán ver cómo es la vida diaria de un país de Oriente Medio. Y si además tienes zonas con encanto como la ciudadela, el zoco, la Mezquita o las arqueadas callejuelas de sus barrios, mejor aún. Ésta es una ciudad que bien merece una visita. Con razón la UNESCO declaró su centro histórico como Patrimonio de la Humanidad (1986).

¿Y dónde vamos? Después de dar mil vueltas buscamos el barrio cristiano de al-Jeida, y para ello había que dar otra vuelta a la ciudadela. Y hacía un calor..

 

Por tanto otra vez nos tocó hacer el ritual kamikaze consistente en cruzar la calle sin semáforos ni pasos de cebra, tan solo con el valor y el brazo estirado implorando a Dios y a los conductores aficionados al jaleo y al claxon que por favor, no nos atropeyaran. Así llegamos al zoco y pasamos al Caravasar de al-Jumruk, especializado en tejidos, y que tiene un patio muy vistoso, aunque no tanto como el del Jabón (caravasar as-Sabun).
Una vez más rodeamos la ciudadela para llegar a la Gran Puerta, y cuando íbamos a subir las escaleras una de las personas apostadas en la entrada nos dijo que era imposible pasar dentro. Al parecer la Embajada de Canadá había organizado un evento consistente en múltiples conciertos de Jazz, y al que sólo podían asistir personas con invitación.

Detalle del Barrio de al-Jdeida
No desistimos de nuestro intento por convencerles para que nos dejaran pasar pero no hubo forma. Al final nos salvó un “puede que a las ocho de la tarde abramos”, porque según ellos ya se habría ido todo el mundo. Así que sonreímos y emplazamos nuestra ansiada visita a dicha hora.

 

Nos fuimos a ver algún sitio más del zoco, y esta vez escogimos la galería donde había objetos de cobre y otros souvenirs como espadas, platos o jarrones. Yo me probé un yelmo que era como los que usaban los guerreros árabes en las Cruzadas y me hice la frikifoto de rigor. Esa parte del zoco es bastante llamativa, sobre todo por ser una galería totalmente abovedada en la que abundan los arcos.

Después del zoco, tocó algo más de callejeo, esta vez sin nuestra Lonely Planet, y dejándonos guiar por la belleza de algunas calles o por el azar de coger la derecha en vez de la izquierda.

En el barrio de al-Jdeida, quizá el más cuidado y bonito de la ciudad.
Algunos críos y otros no tan críos nos seguían y se reían al vernos por allí. Al menos nos informaban de si una calle estaba cortada o no para ahorrarnos paseos absurdos. 

 

El calor era bastante sofocante y nos chamuscó las ideas. No sabíamos qué hacer en ese momento, y al final decidimos ir con toda la solanera al Barrio de A-Jdeida, a ver que se cocía por allí. Y nunca mejor dicho lo de “cocía”. Desde donde estábamos no sabíamos exactamente por donde ir, por lo que entonces se inició un interesantísimo debate sobre la orientación entre Chema y Carlos, quienes tenían opiniones dispares acerca de cómo llegar al barrio cristiano. Una vez lo tuvimos claro nos vimos obligados a dar una vuelta a la Ciudadela OTRA VEZ para ir a la calle principal que comunica con dicho barrio.

Callejón del Barrio de al-Jdeida
Estaba claro, buscábamos la insolación. Mi cabeza estaba en el punto justo de ebullición e iba pidiendo parar en cada sombra por la que pasábamos. Y más callejeo...hasta que nos encontramos de nuevo al hombre de la tienda de objetos de plata del zoco, que nos recordó nuestra “promesa” de pasarnos por su negocio a adquirir alguna cosa a “buen precio”. Nos dijo que ya estábamos cerca de Al-Jdeida y nos emplazó nuevamente a la tarde. Tiene narices encontrarse al mismo personaje dos días en dos sitios distintos. Con la de gente que va de acá para allá.

 

El barrio de Al-Jdeida no decepcionó en absoluto. Se veía mejor conservado y más limpio que otros lugares aledaños de la ciudad. Parece ser que era objeto de la mayor parte de las inversiones municipales, y por ello está revitalizándose cada vez más con vistas al comercio y al turismo.

Comiendo en el Restaurante Al-Jasmina del Barrio de al-Jdeida
Lo más llamativo de este barrio son sus casas, construidas en torno a un patio central que protagoniza la magnificencia de dichas viviendas. Aunque no era aún la hora de comer, decidimos entrar a un Restaurante a tomar algo, y nada más pasar parecía que habíamos escogido el más lujoso de la ciudad. Pudimos verificar la grandiosidad y preciosidad de sus patios interiores, y lo que es mejor, la atención y educación de los hosteleros sirios que te tratan con todos los honores. El sitio se llamaba Al-Jasmina  o Yasmeen House como viene en las guías, y gracias a su ambiente acogedor, y porque no decirlo, a sus buenos precios, decidimos adelantar la hora de la comida y pasar allí el rato relajados en la mesa.

Corrieron los mezzes (entrantes que preceden al plato principal) y sobre todo los falafel (picadillo de garbanzos que se fríe como una croqueta), que estaban exquisitos.

Jefe! unos whiskazos..
También recuerdo que pedimos alitas de pollo y un par de fuentes de patatas fritas para no olvidar la comida occidental. Comimos bastante bien y charlamos sobre lo propio y lo ajeno durante bastante rato. De repente unos ojos ávidos de alcohol, y no los míos precisamente, vieron whisky en la carta de bebidas. Y con lo difícil que es adquirir alcohol en un país árabe, no se podía desaprovechar la oportunidad de enchuzarse fuera como fuera. “Venga, si es sólo uno”, “¿No queréis un poco”, “¿Por qué no pedís Arak y lo probáis?” Sólo a la última cuestión le presté algo de atención y pedí algo de arak al camarero.

 

El arak es un aguardiente anisado, al que se le echa agua y hielo, que forma parte de las sobremesas (y lo que no son las sobremesas) de la mayor parte de las ciudades árabes.

Ya solo queda un culito de Arak
Para muchos es un ritual, y por ello es la bebida nacional siria o libanesa por poner un ejemplo. Cuando lo tomas no parece demasiado fuerte, pero te sube a la cabeza en el segundo vaso (las cosas hay que probarlas bien, claro), como así pasó. En el otro frente, Kalipo y Chema ya habían consumido el segundo whiskito y ante la más que próxima cogorza, les pedimos que se dejaran de rollos, que a ver quien les iba a levantar después para seguir dándolo todo en Aleppo. Y tras hacer el juramento de “el último y nos vamos” cayó un tercero, un cuarto… y gracias a que el precio de la botella era bastante caro, que si no nos hubiera tocado arrastrar con dos chuzos bastante graciosos pero no menos cansinos.

El dueño del Restaurante nos enseñó la parte baja del lugar y nos señaló un pasadizo desde el cual, según él, se llega a la ciudadela.

Sele en Aleppo
Además tenía otro edificio aledaño donde estaba haciendo obra para poner otro restaurante. Dinero lo que es dinero no parecía faltarle.

 

Más allá del parque con la estatua de Hafez-al-Assad (el padre dictador fallecido en el año 2000) queríamos ver una mezquita de gran tamaño en la cual nos fijamos el día anterior cuando nos dejó el autobús procedente de Turquía.. Cuando estábamos cerca vimos que estaba en plena construcción y decidimos no ir. Tratamos de hacernos una foto con el “amable Hafez” en el parque y rápido se levantó alguien de un banco cercano y nos dijo que no podíamos hacernos una foto con la estatua de al-Assad padre. Cómo no, siempre jugándosela, Chema aprovechó un momento de distracción para hacer la foto de rigor.

Estatua del Hafez al-Assad
Y es que éste sería capaz de intentar entrar al Refugio de Bin Laden para fotografiarle y venderle las copias a Bush.

 

Mis amigos querían comprar algo de plata al chico de la tienda que habíamos visto y por tanto tiramos otra vez hacia el zoco. Todos compraron algo, excepto yo, que aún no veía el momento de hacer demasiados desembolsos por lo que podría suceder. Y la verdad es que tampoco vi nada que me gustara especialmente. De todas formas, al final el dueño de la tienda vio recompensada su insistencia con nosotros porque no vendió poco precisamente.

 

Cuando terminamos, volvimos al lugar donde cenamos el día anterior, para así esperar tranquilamente a que llegara la hora en que nos abrieran la Ciudadela.

Moritos de adopción
Antes, Chema y Kalipo se habían comprado unos pañuelos de tipo palestino con los que, al ponérselos, parecían emular al mismísimo Lawrence de Arabia.

Otra carga de zumos de naranja y algo para picar y cuando el Sol se decidió a bajar el telón, logramos entrar por fin a la antigua Ciudadela. Y la espera valió la pena...

 

Para acceder a lo que en su día fue un núcleo defensivo, tuvimos que cruzar el puente de ocho arcos dejando abajo el foso, y comprobando lo difícil que hubiera sido atacar esta Plaza fuerte sin que te cayeran flechas por todos los lados o sin que te rociaran aceite hervido que utilizaban para expulsar a los atrevidos escaladores. Reconozco que a veces me encanta ponerme en la piel de los guerreros apostados al frente de batalla e imaginar hechos históricos.

Las ruinas de la Ciudadela de Aleppo.
Nunca dejo en casa mi lado más historiador y porque no decirlo, fantasioso.

 

Después de subir las rampas de lo que parece un torreón llegas a lo que es la cumbre de la Ciudadela y donde se intuye la cantidad de edificios y galerías que había, pero que, fruto de los terremotos y del descuido, han quedado en ruinas. Hay numerosas escaleras que bajan a lugares oscuros que en su día pudieron haber sido almacenes o incluso mazmorras. Es enorme el espacio que hay allí arriba. Aún se pueden visitar los restos de un palacio ayubí del siglo XIII, dos mezquitas, y la réplica de un anfiteatro que es donde suelen realizar algunos espectáculos.  Puedes estar mucho rato recorriendo las columnatas o los espacios abovedados que quedan en pie.

El grupo desde lo alto de la ciudadela de Aleppo
Pero quizá lo más interesante es subir lo más alto posible y divisar la ciudad de Aleppo en toda su vorágine. Cuando estábamos en ese punto, la noche se cerró sobre nosotros para dejarnos contemplar una gran extensión de edificios y de luces verdes que iluminan todas y cada una de las Mezquitas de Aleppo. La verdad es que es un panorama único y razón por la cual recomiendo a todo el que vaya que suba para verlo.

Tratamos de sacar fotos pero al estar tan oscuro es difícil. Si llevas una cámara digital, lo mejor es dejarla quieta en el muro y programarla para que haga la fotografía pasados unos segundos. Si la tienes en la mano, con el mínimo pulso, conseguirás fotos borrosas.
Estábamos tan a gusto, tan bien, que las parejitas con las que iba se pusieron algo sentimentales y cariñosas por lo que decidí salirme un poco de ahí para que estuvieran tranquilos.
La ciudadela de Aleppo por la noche
Después se dieron cuenta de que el lobo solitario podía tener algo de morriña y me dieron un gran abrazo entre todos. Buen detalle, sin duda.

Ese día, en el anfiteatro reconstruido del que hablaba, había un grupo tocando jazz. Se veía algún que otro cartel con el patrocinio de la Embajada de Canadá en Siria, por lo que eran ya las reminiscencias de un espectáculo que estaba a punto de llegar a su fin. Escuchamos un ratito la música y disfrutamos de su relajante sonoridad hasta que decidimos volvernos al hotel. Para no llamar mucho la atención, en vez de levantarnos los cinco a la vez del sitio, fuimos haciéndolo poco a poco. Y después nos entró a todos ese espíritu infantil que llevamos dentro y nos escondimos detrás de las columnas. Primero fui yo quien se separó para que le buscaran.

Aleppo by night
Y después me di cuenta de que ellos también se habían escondido para ser buscados. Una vez encontrados todos nos pusimos a recordar lo bien que nos lo pasábamos de pequeños jugando a liebre, al rescate y a todos esos juegos en los que tantas horas dedicábamos. Incluso propusimos jugar allí mismo en ese momento, pero el sitio era tan sumamente grande que desistimos rápidamente de nuestra vuelta a los diez años. No estaría mal hacerlo de vez en cuando y olvidarnos, aunque sea un momento, de los problemas y de las obligaciones que se nos acumulan cada vez que somos más mayores.

 

Cuando estábamos a punto de salir vimos a una siria joven llorando con todos los guardias junto a ella. Recordamos que le habíamos visto con su novio en uno de los torreones en plan acaramelados, y supusimos que les habían llamado la atención.

Torreón de Aleppo y la ciudad nueva al fondo
Normal que llorara. Estaría pensando en lo que dirían sus padres al enterarse de la “afrenta” que había cometido. Qué pena, pobre chica. Espero que estuviéramos equivocados en nuestras hipótesis, pero me temo que no era así.

 

El taxi que nos llevó a casa fue un show. También estaba decorado por dentro en plan película de Almodóvar y nos metió por todo el ajetreo nocturno. Fue muy divertido ver cómo nos saludaba la gente de los otros coches. Incluso uno sacó una foto que tenía en la guantera en la que se le veía a boxeando.

 

Volvimos al Spring Flower Hostel (la verdad es que tiene nombre de burdel de carretera) no muy tarde para dejar todo el equipaje recogido para el día siguiente en que nos vendría a buscar el conductor de Mosaic Travel y nos haría un recorrido de 12 días por Siria, Líbano y Jordania.

Kalipo y yo
Aproveché para conectarme a internet en uno de los dos ordenadores que había en el hostel para ver las noticias y el correo, pero no tardé en irme a la terraza al ver que la conexión a pedales que tenían podía hacerme desesperar. Dejamos los móviles y baterías de las cámaras cargando y nos fuimos a la cama, ya que por la mañana temprano deberíamos estar listos para hacer un intenso recorrido.

 

Por cierto, se me olvidó comentar en este diario tardío que mi padre estaba haciendo un viaje organizado por estas tierras. Eso sí, con guía y con hoteles de calidad, pero con menos libertad para hacer lo que le venga en gana. A mí esa clase de viajes de agencia me dejaron de gustar hace mucho. Con lo bonito que es organizarlos tú mismo y mezclarte con la gente sin tener que estar detrás de un guía sabelotodo e ir como borregos todos al mismo sitio durante el mismo tiempo… Vaya, acabo de cargarme a las Agencias de Viaje.

Crazy Taxi tour in Aleppo
Lo siento, pero eso de coger un taxi donde quieras y comer donde quieras, y descansar cuando quieras,  sin estar a expensas del pesado de turno que se queja de todo y que no le gusta ver cosas, no tiene color.

 

Ser viajero independiente es lo que le da ese toque exótico y de aventura a un recorrido. Quizá no se esté rodeado de lujo, pero compensa más. Es, cómo decirlo, más auténtico. Y ya me vais conociendo como un defensor a ultranza de la autenticidad de las cosas.


José Miguel Redondo (Sele)
El Rincón de Sele

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Aleppo
photo by: Stigen