Un día en Estambul, una ciudad que lo tiene todo..
La luz entró fuertemente en las ventanas de la habitación, y eso que aún eran las ocho y media de la mañana. La gente se fue despertando poco a poco. Como siempre, era Chema el último en incorporarse. Su estilo "piedra" a la hora de dormir contrastaba bastante con el mío en este tipo de viajes. Más de una vez me dirían: "Sele tío, no sabes dormir". Y es que quizá me cuesta un poco y me despierto algunas veces, y eso para gente que duerme como troncos del tirón no puede entrar en su cabeza. Así que entre risas y bostezos nos levantamos y dejamos todo recogido (mochilas incluídas) para ir a recorrer los principales puntos de la ciudad. Kalipo, Chema y yo repetíamos estancia, en cambio Ali y Pilar eran nuevas en Turquía. Sólo teníamos pensado estar un día porque queríamos centrarnos sobre todo en Siria, Líbano, Jordania e Israel.
Santa Sofía es considerada como la obra más grande y sagrada de la época bizantina. Su historia es algo compleja y pasa por haber sido primero iglesia, luego mezquita y actualmente museo destinado al turismo. Esta mezcla variopinta la hace tan singular. Recuerdo que la primera vez que la ví me quedé totalmente prendado y desde entonces ha sido uno de mis lugares favoritos. Y es que es la cuarta iglesia con área cubierta más grande del mundo, y con una de las cúpulas más hermosas, la cual ha fascinado de siempre a propios y extraños.
Si por fuera es impresionante (aunque a mis amigos les gusta más la Mezquita Azul), es por dentro donde se ve lo magnífica y grande que es.
Los mosaicos cristianos contrastan con las letras árabes que hacen mención a Alá y al Profeta Mahoma. La cúpula, en obras como hacía cinco años, es protagonista de la mayor parte de las miradas. Y las vistas desde la parte de arriba son espectaculares.. Vamos, que lo tiene todo. Quizá la pintura externa (de color rojo) la encuentro algo desgastada. En una de las fotos de mis viajes que tengo en el cuarto de estar de mi casa se ve mucho más intenso, más fuerte, y quizá ahora necesite una limpieza. Tras verla detenidamente y después de hacer muchas fotos, nos fuimos al otro gran templo, esta vez musulmán, la Mezquita Azul.La Mezquita Azul, también conocida como la del Sultán Ahmet es la más grande y fastuosamente decorada de Estambul. Los aproximadamente 21.
000 azulejos que decoran el interior hacen de esta un verdadero tesoro para la vista. Puedes quedarte sentado en la alfombra durante horas contemplando colores, formas y sensaciones. Nosotros estuvimos un rato disfrutando de ella, por supuesto sin nuestros zapatos que llevábamos en bolsas, ya que hay que entrar descalzos. Las chicas por su parte debían llevar la cabeza cubierta y no enseñar demasiada "carne". Por lo tanto, olvidarse del pantalón corto y de las camisetas de tirantes. El recato es muy importante en los lugares religiosos de los musulmanes, y aunque la Mezquita Azul es un lugar con muchos turistas, siempre hay que tener respeto a las costumbres locales.Mil fotos más y algún tentempié precedió a la visita de La Cisterna de Yerebatan, una especie de aljibe gigante con más de doscientas columnas en su interior.
Aquí sólo entramos Alicia y yo, porque los demás no querían gastarse demasiado dinero. Yo sé que es caro el turismo, pero ir a una ciudad y quedarte sin entrar a un sitio por dos euros es una pena. Y la Cisterna (la más grande del mundo), bien lo merece, aunque sólo sea para ver las dos columnas en cuya base está la cabeza de la Diosa Medusa (La que tiene serpientes en el pelo). Una vez terminada la visita nos fuimos todos al que fue el Palacio Otomano más importante durante siglos, y este no es otro que Topkapi.El Palacio de Topkapi fue la sede administrativa del Imperio Otomano, uno de los más importantes de la Historia. Albergó a más de 5.000 personas y el área total que ocupa es el doble del Vaticano o la mitad de Mónaco, para hacernos una idea.
Está lleno de dependencias en los que el lujo, el exotismo y la belleza está asegurado. Además contiene numerosos tesoros y piezas de incalculable valor, incluídas algunas sagradas para el mundo musulmán (numerosas reliquias de Mahoma) e incluso judío (ya que están las espadas del Rey David). A nosotros nos llamó mucho la atención la cantidad de joyas que pudimos ver. El tamaño de algunos rubíes nos hicieron plantear qué podía costar eso en el mercado. Y yo siempre contestaba lo mismo.. "Incalculable". Este Palacio, a diferencia de los que conocemos de Europa, en vez de ser prácticamente todo cerrado, posee un amplísimo espacio abierto, conteniendo pabellones, fuentes y jardines. Uno de estos pabellones era uno exclusivamente destinado a practicar la circuncisión. Qué dolor!! Y encima todos juntitos y sin rechistar.. Ah, y con público, claro. Aunque no es eso obviamente lo que más me gusta de Topkapi. El Harén donde el Sultán tenía a sus mujeres y concubinas (las de sólo sexo) es quizá el lugar más interesante. Te imaginas las intrigas entre las propias mujeres para tener descendencia del Sultán y ser Reinas, la elección de la concubinas, los escarceos amorosos con algunos soldados, y la puesta en escena de sus vigilantes, los famosos eunucos, que solían ser negros, castrados y feos, para así no aumentar la líbido de las señoritas que habitaban tan singular estancia. Desafortunadamente, en esta ocasión no logramos entrar al harén ya que estaba cerrado. Yo, al menos lo había visto cinco años atrás y todavía lo recuerdo perfectamente.Después de tanta visita nos fuimos a comer. No buscamos demasiado y la verdad que ese día no nos pudimos quejar. Hasta Alicia (que sólo come bien en su casa y que tiene una gran obsesión con la comida) pudo disfrutar del almuerzo. Lástima que esa suerte se terminaría en unos pocos días. Recuerdo que Pilar y yo pedimos una brocheta de pollo con arroz y patatas fritas que nos gustó mucho. Y es que como he dicho siempre, "en este país se come muy pero que muy bien". Y además, a buen precio. Qué más se puede pedir. Lo único que empañó mínimamente la comida fue algo a lo que nos tendríamos que acostumbrar. A la inexplicable y salvaje potencia del Aire Acondicionado, que más que refrescar, lo que hacía era resfriar.
"¿Y dónde vamos ahora", preguntó Chema, que aún seguía jactándose de la gastronomía turca.
Mientras nos tomábamos un heladito, decidimos ir al Bazar de las Especias, que quedaba en la parte de abajo (junto al Cuerno de Oro, el puerto natural que separa la Ciudad Antigua del Barrio de La Galata), descansar un poco después, y terminar subiendo a la Mezquita de Suleymán. Como teníamos pensado volver el día 20 de julio a la ciudad, dejamos para entonces la visita al Gran Bazar, el Crucero por el Bósforo, o la Torre de la Galata. Lo que no sabíamos era que el destino nos iba a negar esa segunda oportunidad..Bajamos pues al Bazar de las Especias (también conocido como Bazar Egipcio), un lugar en el que te tienes que dejar guiar por tus cinco sentidos. El oido, para escuchar a los comerciantes utilizar toda clase de idiomas con el objeto de convencerte de que harás una buena compra.
La vista, para disfrutar del color de toda clase de especias (incluída la viagra turca, que según ellos, se la levanta a un muerto..) y de carteles en español con mensaje tipo "Más barato que en el Corte Inglés" o con el ya famoso e internacional "Qué pasa nenng", que viajeros españoles les habían ido escribiendo para que lo pusieran en sus comercios. El tacto, para ir tocando el género en forma de frutos secos, dulces o esponjas artesanales por poner un ejemplo. El gusto, para ir probando las chucherías más apetitosas con las que te vas encontrando. Y sobre todo, del sentido del cual te debes dejar guiar es del olfato debido a la gran cantidad de olores que hay, en el sentido más positivo de la palabra "olor". Ahora no estamos hablando del protozoo ni de los baños tóxicos. Esa mezcla de olores, sabores y sonidos hace de este bazar un lugar mágico para visitar. Y si tienes suerte, podrás tener alguna conversación con los intrépidos comerciantes, que adivinan a la mínima tu nacionalidad y te agasajan con sus productos, enseñándote orgullosos, su espléndido conocimiento de tu país de nacimiento. "De Madrid al cielo" nos decían mucho...Una vez salimos del Bazar buscamos un jardín para descansar un rato. Fuimos a unos que estaban pegados prácticamente al Cuerno de Oro. No era el colmo de la limpieza precisamente, pero fue allí donde nos tumbamos un buen rato. Estábamos tan cansados, que caímos como rocas y nos llegamos a quedar dormidos.
Ni el ajetreo de la gente que paseaba cerca nuestro, o los temidos "lobos" (dícese de aquella persona amiga de lo ajeno que en cuanto te descuidas te ha quitado la mochila) nos hizo preocuparnos.Tras la siestecilla a la sombra, fuimos andando hacia la Mezquita de Suleymán, y para ello tuvimos que pasar por una zona algo chunga y pobre, llena de niños jugando en la calle que se te quedaban mirando como si nunca hubieran visto turista alguno. Una vez llegamos a Suleymán, nos sentamos en una terraza a tomar algo. Kalipo y Chema unas cervezas. Yo me pedí un zumo de naranja natural. Alicia hizo lo mismo. Y finalmente tanto Pilar como Chema y Carlos acabaron sucumbiendo al sabor y frescura del zumo. Se abría la temporada, larga e intensa, de pedir zumos de naranja para saciar nuestra falta de fruta y de comida sana en general.
Y después a ver el Cementerio, el Mausoleo de Suleymán y la Mezquita, obra del gran arquitecto Sinán, que construyó alrededor de 400 obras a lo largo de sus casi cien años de vida. Es Sinán para los turcos lo que para nosotros pueden ser personajes como Miguel Ángel o Bernini.Una vez disfrutamos del lugar y de las vistas al Cuerno de Oro, decidimos volver al área del hotel, ya que no podíamos llegar muy tarde a la Estación de Autobuses (Buyuk Otogar). Un bus dirección Capadocia salía a las nueve y media de la noche, y duraría aproximadamente 11 horas. Así que no podíamos jugárnosla y volvimos a Sultanahmet. Antes de ir al hotel y coger un taxi fuimos a comer a un sitio cercano al que yo había ido en mi anterior estancia.
Las chicas pidieron unas patatas rellenas de queso que quitaban el sentido. Los demás pedimos unas pizzas turcas que nos saciarían lo suficiente para aguantar hasta la mañana siguiente.El taxi que nos llevó a la Estación de Autobuses aceptó llevarnos a los cinco con todo nuestro equipaje. Por tanto Ali y yo, que llevábamos mochilas, como Chema, Pilar y Kalipo, que llevaban maletas, pudimos ponerlas en el coche, incluída la del propio Kalipo, que era conocida como "El Baúl de la Piquer" por sus exageradas dimensiones y capaz de portar el vestidor de la Preysler. Los turcos te llevan, aunque sea a hombros, pero te llevan. Y no van a perder clientes por ir 6 en un mismo coche o por dejar el maletero abierto con las mochilas a la vista.. "La pela es la pela".
Llegamos a la Estación, que es una especie de "Ciudad del autobús", llena de agencias que llegan a los destinos más insospechados, incluído Kosovo. Antes de entrar a nuestro bus nocturno, Chema y yo tuvimos que ir al baño y echarnos crema, ya que de tanto andar estábamos algo escocidillos. Y eso no es muy cómodo que digamos.
El trayecto en bus fue de lo más movidito. En primer lugar había un chico con cara de loco a nuestro lado, que no dejaba de mirarnos y de hablar para sí mismo como cabreado por algo. Yo no sé si fue porque nos quitamos las zapatillas y los calcetines o simplemente porque no le gustábamos, pero estuvo toda la noche quejándose al asistente del conductor diciendo que hablábamos muy alto. Incluso nos hizo apagar el móvil porque decían que no se podía tener encendido.
Lo mejor es que él se pasó haciendo llamadas perdidas y escribiendo mensajes durante toda la noche. Hizo muchas miradas asesinas, pero llegué a contabilizarle unas cuantas que superaban los cinco minutos seguidos. Vamos, un lobo que no nos iba a dejar dormir a gusto en el autobús. Para colmo pillamos atascazo para cruzar la parte asiática de Estambul y, por tanto, salir de la ciudad. Y no sólo eso, cuando me levanté para ir al baño y volví, me encontré a una señora con una niña en mi asiento. Me quedé de pie diciendo que por favor, que ese era mi asiento, y el "lobo loco" no hizo otra cosa que echarse a reir. Yo, como me suele pasar, me puse algo nervioso porque me veía sin sitio en el bus, y como tengo unos amigos que "pasan de todo" cuando a ellos no les afecta algo, pues tuve que ubicarme en otro sitio. Después de un rato me explicaron que no podía ir sentado un chico con una mujer que no fuera su esposa o novia. Finalmente lo arreglaron poniéndome detrás con mis amigos y sentando a la pobre Ali con la señora y la niña. Y digo pobre porque la niña se pasó vomitando todo el viaje y la señora no hacía otra cosa que ponérsela encima a Alicia para que pudiera extirarse. Y cualquiera decía algo. Éramos los únicos extranjeros, y por ello, el centro de todas las miradas.. Después de horas y horas en vela, conseguí dormirme. Por la mañana nos despertaríamos en una de las Regiones más extrañas del Planeta, La Capadocia.José Miguel Redondo (Sele)
El Rincón de Sele
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