Siria nos dio la bienvenida
El autobús nos dejó en la Estación de Antakya pasadas las ocho de la mañana. El aire acondicionado había estado más fuerte que la noche anterior, pero al menos conseguimos dormir durante más tiempo. Bueno, en realidad hablo de mí o de Pilar, los que más nos cuesta caer rendidos, porque Chema, Carlos o Alicia cayeron como piedras del tirón y no se despertaron hasta bien llegado el momento de apearse del autobús.
Sin tiempo que perder fuimos a por un billete de bus que nos cruzara la frontera turco-siria y nos llevara a la ciudad de Aleppo, nuestro primer destino dentro del país árabe. Pagamos aproximadamente 10 euros y tuvimos que esperar en la Estación unas tres horas hasta que saliéramos en dicho medio. En ese tiempo tuvimos ocasión de probar los limpísimos baños turcos (lo de limpísimos irónicamente hablando, claro), en los que además había que pagar.
Yo esto nunca lo he entendido. Pagar por usar un servicio no me entra en la cabeza, pero pagar por usar un servicio sucio menos aún. Al menos pude peinarme un poco y lavarme la cara. Llevábamos sin ducharnos desde Madrid y los cinco ansiábamos llegar al hotel reservado en Aleppo para poder asearnos minuciosamente. Es más, mi camiseta de Italia estaba empezando a formar parte de mi cuerpo. Menuda estampa: caretos de sueño, medio despeinados y algo sucios. Eso sí, nuestra ilusión por el viaje que no había hecho más que comenzar, permanecía intacta.
Ya a partir de aquí no podíamos ni mencionar nada acerca de nuestro viaje a Israel, ya que si en Siria nos pillaban aunque fuera una mísera guía, podíamos tener problemas.
Más de uno ha sido expulsado del país por menos de esto. Cuando rellenamos la solicitud de visado una de las preguntas en las que sólo cabe el NO es: ¿Han visitado los Territorios Palestinos ocupados?. Las relaciones entre Israel y Siria nunca han sido buenas, y en los momentos en los que estábamos menos aún. Una semana antes dos aviones militares israelíes habían sobrevolado la Residencia en Latakia del Presidente Sirio Bashar-al Assaz como señal de aviso por su apoyo a los grupos terroristas Hamas y Hezbolá. Por tanto, decidimos ponerle a Israel un nombre en clave, y éste fue BONAMARA, que es el nombre de una discoteca veraniega muy de moda que está en la Ciudad de la Imagen de Pozuelo, la cual recibe las cotidianas y costosas visitas de muchos personajes del barrio. Incluso Pilar, es relaciones públicas.. Así que no se nos iba a olvidar esto en todo el viaje.
Conocimos a una pareja de neozelandeses que estaban haciendo un viaje bastante completo y que cuando les mencionamos nuestros planes de entrar al país judío dijeron que no lo dijéramos muy alto, que ellos también irían, pero que no se puede hablar de Israel allí. Nos contaron que hay muchos colaboracionistas con el régimen de al-Assaz y que podían estar en cualquier parte, en un hotel, en una estación, en un restaurante..
Estaban algo preocupados porque quienes les vendieron los tickets del bus se habían quedado con los pasaportes y era algo que no les gustaba. Al menos se quedaron tranquilos cuando les comentamos que también tenían los nuestros. Cuando les pregunté cómo habían obtenido el visado y cúanto les había costado me comentaron que alrededor de 250 euros.
Siempre había oído que la gente de Australia y Nueva Zelanda son los que más viajan del mundo, y parece que es cierto. Lo que también es cierto es que debe haber un buen nivel económico allí, porque ya sólo con el transporte se han dejado todo nuestro presupuesto para un mes. Nueva Zelanda es un lugar que me llama mucho la atención para ir algún día. Dicen que tiene los mejores paisajes del planeta y si Peter Jackson lo había elegido para recrear la Tierra Media de Tolkien en la exitosa saga de “El Señor de los Anillos” debía ser porque así es.
Por tanto me apunto Nueva Zelanda como otro destino soñado. Y ya son muchos: Malí, Tibet, Vietnam, Tailandia, Tanzania, Perú, Japón, Islandia.. Creo que me tengo que reencarnar en varias vidas para poder ver todo lo que quiero. Próximamente tendré una reunión con Dios para pedirle que me alargue la vida un par de siglos más y sobre todo, que no acorte la del Planeta, que con todo lo que está pasando y la velocidad con que nos lo estamos cargando, ni mis hijos podrán disfrutarlo ni la mitad que yo o la cuarta parte que mis padres. En el momento de escribir este diario de viaje media Galicia está ardiendo en malintencionados incendios fruto de pirómanos y especuladores sin conciencia ni corazón.Bueno, que me estoy enrollando demasiado, vamos por fin al autobús que nos cruce por una de las fronteras más surrealistas y tercermundistas que he visto en mi vida.
El bus arrancó llevando, aparte de nosotros y los neozelandeses, a una familia siria bastante simpática, que nos hacía prever el carácter afable y hospitalario del país al que estábamos a punto de entrar. Recuerdo que justo antes de vislumbrar las alambradas y las kilométricas filas de camiones parados en varios carriles, nos pusimos a pensar en todos los países en los que habíamos estado. Obviamente vencían Kalipo y Chema, que llevaban a sus espaldas un par de interrailes más que nosotros y nos dejaban en fuera de juego a los otros tres. Así que salió a la luz una vez más el conocido por nosotros como “ansia de currículum”. Ya en la frontera, nos tocó bajarnos a sellar nuestra salida de Turquía, colocándonos en una fila que nadie respeta.
Para que os hagáis una idea, tú te pones en la ventanilla para darle tu pasaporte al militar de turno, y en cuanto menos te los esperas dos manos introducen un taco de pasaportes considerable. Descontrol y burocracia, todo en uno. Además tuvimos que estar muy atentos, ya que por ejemplo a Chema ni se lo había sellado, e imagínate el lío que hubiera supuesto ese detalle en la frontera Siria.Abandonamos la parte turca y comenzamos a recorrer el par de kilómetros que la separan de la parte siria. El conductor del bus utilizó toda su maña para sortear las eternas filas de automóviles y camiones que no nos dejaban pasar. Y sin un rasguño, oye. Chema espetó un “Están a cuarenta años o más de Occidente”.. y razón no le faltaba. La verdad es que en las fronteras te das cuenta de cómo estamos unos y cómo están otros.
Ahora me llega a mi memoria el cruce de frontera entre Mongolia y China que hicimos en año anterior. Los coches llegaban a golpearse para poder entrar al carril que daba acceso directo a la Aduana. Eso sí que es caos.. Aunque a nosotros nos pareció bastante divertido, la verdad.Una vez nos sellaron la entrada a Siria tuvimos que esperar a que nos hicieran la revisión del equipaje por parte de las autoridades militares. Mientras esperábamos que terminaran con un autobús que iba delante, me fijé que la cara del presidente actual de Siria (Basher al-Assad), y de su padre (Hafez al-Assad) fallecido en 2000, estaba presente en todas partes. Muy típico de las dictaduras es plantar imágenes de sus líderes en lugares estratégicos para que el pueblo no olvide quién manda aquí.
Pensé que si a los sirios de delante les revisaban minuciosamente el equipaje, nosotros nos podíamos ir despidiendo de tener la ropa colocada en las mochilas y maletas.
Chema comentó que posiblemente fuera lo contrario, ya que se fían más de los guiris que de su propia gente. Y así fue, apenas echaron una mirada por encima y pudimos volver al autobús de nuevo para proseguir nuestro trayecto hasta Aleppo. No sin antes parar un par de veces para hacer los rutinarios y no por ello menos cansinos “Passport Control”. Bienvenidos a Siria pues..
Apenas a tres cuartos de hora estaba Aleppo, la segunda ciudad más importante y poblada de Siria detrás de Damasco, con la que disputa además el privilegio de ser la ciudad habitada de forma continuada más antigua del mundo. Así que este tiempo sirvió para que mis amigos se crionizaran un rato y a mí para mirar por la ventana para no perder detalle alguno de este país que tanto nos iba a enseñar.
Y por fín llegamos a Aleppo y lo que se pudo ver en un primer momento fue lo que me esperaba y lo que tenía ganas de ver.. Caos, más caos y más caos. Muchos coches conduciendo a lo loco y la gente cruzando por donde puede sin mirar y jugándose la vida cientos de veces al día. Un gran número de mezquitas a cada paso y sobre todo, un sol de justicia, que se hizo notar cuando el bus nos dejó en la acera y nos apretó lo bastante como para no tardar mucho en regatear al taxista que nos iba a llegar al hotel “Spring Flower Hostel”, también conocido como Zahrat-ar-Rabie, situado a escasos cincuenta metros de la Torre del Reloj, uno de los emblemas de la ciudad. Lo había reservado por internet enviando un correo electrónico.
Afortunadamente no hizo falta hacer ningún pago previo.
El taxista, cuyo coche estaba decorado como el taxi de “Mujeres al borde de un ataque de nervios” en versión cutre, nos llevó rápidamente a nuestro destino. El hotel esta en una calle llena de talleres de neumáticos y la apariencia externa del lugar les hizo decir a mis amigos “Sele tío, has escatimado demasiado..”. Afortunadamente, al entrar se dieron cuenta de que no era un mal sitio, que estaba limpio, y sobre todo, era bastante económico. En la Lonely Planet de “Siria y Líbano”, nuestra Biblia particular, se dice de este sitio que es “el hostal de mochileros más popular de Aleppo”.
Tiene internet, lavandería, unas habitaciones bastante limpias, y sobre todo, para los amantes del ahorro, la posibilidad de dormir fresquito en una terraza cubierto por un par de euros. Obviamente eso de “Sleeping in the roof” por apenas 150 libras sirias acabó convenciéndonos de que habíamos elegido bien. Y por fin llegó el momento deseado, la ducha. Uno por uno fuimos pasando por el cuarto de la ducha, que también hace las veces de servicio, ya que compartes váter con ducha. En estos casos recomiendo llevar unas chanclas puestas porque en sitios como estos las bacterias y los hongos campan a sus anchas y no tienen piedad de nadie.
Una vez nos quitamos las diversas capas de suciedad y nos cambiamos de ropa, bajamos a disfrutar de una gran tarde por la ciudad.
Tardamos tiempo en acostumbrarnos al caos circulatorio y en asumir que aquí apenas había turismo (otro punto a favor para Aleppo). Preguntamos a un señor que hablaba francés cuál por donde debíamos entrar a la Ciudad antigua (ya que estábamos en la parte “nueva”, supuestamente) y muy amablemente nos acercó a la puerta principal que da al Zoco, por el cual si se seguía durante kilómetro y medio se llegaba a la zona de la Ciudadela medieval.
La ciudad antigua de Aleppo está dividida en el Zoco Bab Antakya (que significa “Puerta de Antioquia” y que hace referencia a uno de los accesos que quedan de la antigua muralla), compuesto por kilómetros de galerías abovedadas con comercios a laos lados, la Ciudadela medieval y la antigua Mezquita Omeya (construída diez años antes que la de Damasco, pero más restaurada y menos vistosa que ésta).
Nuestro recorrido nos llevaría a pasear por el Zoco, no tan grande o conocido como los de Estambul (Gran Bazar), Egipto (Jan el Jalili) o Damasco (al-Hamidiyya) pero más auténtico por ser el que los habitantes de la ciudad usan para hacer sus compras más cotidianas. Poco ha cambiado este lugar en siglos y posiblemente es de los mejores Bazares de todo Oriente Medio. Nos metimos por la calle principal, abovedada toda ella, y caminamos muy juntitos todos viendo cómo se desarrolla la vida allí. Los comerciantes no son tan “cansinos” como los de otros sitios y te respetan bastante. Al igual que en el Bazar de las especias (ver capítulo de Estambul) podíamos ir probando chucherías de aquí y de allá. Como no habíamos comido decidimos entrar al primer sitio que fuera o pareciera un bar/restaurante.
Y fue allí mismo, en el zoco, donde entramos a un sitio carente de toda higiene. A las chicas no les hizo ninguna gracia, pero si uno quiere mezclarse con el pueblo, lo tiene que hacer en todo.. La verdad es que el kebab me supo asqueroso porque tenía una salsa blanca dentro que parecía obtenida del apareamiento de un camello. Era gracioso ver los caretos de circunstancia que poníamos. Incluso se llegó a decir un “mmm, si no está tan mal” que no se creyó nadie. Posteriormente nos entró un repentino dolor de tripa, más psicológico que otra cosa (al menos eso espero) por lo que acabábamos de ingerir.
Proseguimos con nuestro paseo por el Zoco y nos asomamos a alguna que otra mezquita por la que se llegaba a través de estrechas callejuelas llenas de gente.
También nos dio tiempo a “ser cazados” por un ávido comerciante propietario de una tienda de objetos de plata, que aprovechó con nosotros su conocimiento del español, para llevarnos a su morada y enseñarnos todo su material. Yo pasaba de comprar nada y los otros 4 acordaron ir a la tienda al día siguiente para comprarle algo. Y no iban de farol, la verdad.
Lo siguiente que vimos fue la Gran Mezquita Omeya, de la cual sólo pervive original la planta, ya que fue derruida y construida en varias ocasiones. Por lo menos el alminar conservaba intacta la forma dada en el siglo XII. Entramos pues al templo musulmán, previo pago de 25 libras sirias (30 céntimos de euro aproximadamente) para que nos guardaran los zapatos y nos surtieran de unas capas que nos taparan hombros, brazos y piernas tanto a chicos como a chicas.
Parecíamos monjes medievales. La gente nos miraba atentamente, sobre todo los niños, quienes querían salir en todas nuestras fotos. Más de una vez salió la frase de Jesús que decía “Dejad que los niños se acerquen a mí..”. Era exagerado, se morían de risa por verse reflejados en la pantalla de la cámara digital. En el patio había bastante vida y había mucha gente que iba allí a pasar el rato y a llevar a sus hijos. En la parte de dentro había un sinfín de mujeres ataviadas de negro hasta los ojos que rezaban a una reliquia que según ellos es la cabeza de San Zacarías, padre de San Juan Bautista.
Después de juguetear un rato con los críos y de hacernos mil fotos, rodeamos la ciudadela amurallada, levantada en lo más alto de un montículo y que es dominadora imperturbable de la ciudad desde hace muchos siglos.
Muros altos y un foso de 20 metros de profundidad la hacían prácticamente inexpugnable como así fue durante el tiempo de Las Cruzadas, cuando fue utilizada como una importante base musulmana. El atardecer se colaba por la Gran Puerta principal, indicando que el día se apagaba minuto a minuto. Dejamos la visita para la mañana siguiente, porque estaríamos durante todo el día 4 en la ciudad. Nuestra cita con el conductor estaba puesta para el 5 de julio a las ocho de la mañana.
Ya tan sólo quedaba cenar algo en una terraza muy elegante situada justo en frente de la puerta principal de la Ciudadela. Cinco zumos de naranja frescos y cubiertos para que no se escaparan las vitaminas, y algo de comida siria compuesta por el pan elástico típico de los kebab y carne de cordero.
No pagaríamos ni dos euros cada uno.Había alguna que otra pareja sentada en las mesas aledañas. En la mayor parte de los casos ella escuchaba y miraba mientras él fumaba pausadamente el aromático narguile (o cachimba). Y paseándose por las mesas había un personaje soplando un pito de esos que te dan en el cotillón de nochevieja con la cara de Papá Noel y que daba más miedo que otra cosa. Curioso esto de la globalización..
A nosotros nos encantaba estar en una ciudad tan poco conocida para el público en general y que tanto dejaba entrever cómo era la vida cotidiana en un país árabe. Quizá no la monumentalidad no sea la protagonista en Aleppo, pero sí lo era la autenticidad. Autenticidad en sus barrios, en sus barees, en sus zocos, y sobre todo en sus gentes.
Habíamos acertado de pleno eligiendo Aleppo como nuestra primera toma de contacto en Siria.
Antes de volver al hotel nos dimos un buen paseo nocturno por las callejuelas. Nos sentíamos totalmente seguros. Muchas veces me he sentido más inseguro en Madrid que callejeando por las oscuras esquinas sirias. Terminamos el paseo en un parque cuya estatua del dictador fallecido al-Assad padre gobierna con pose amable el lugar. Cerca de éste, un edificio acristalado que me recordaba al Windsor antes de ser incendiado, proyectaba focos al cielo, como haciendo un guiño a la modernidad que aún estaba por llegar.
Una vez en el hotel, poco tardamos en acostarnos en los colchones apostados en el tejadillo cubierto, pero fresco del Spring Flower Hostel.
Antes, dejamos cargando cámaras móviles y demás artilugios a la espera de otro ajetreado día por las callejuelas de un Aleppo que nos había conquistado.
José Miguel Redondo (Sele)
El Rincón de Sele
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