Sarajevo: Una postal de la guerra

Sarajevo Travel Blog

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Cartel de Sarajevo 84 (Olimpiadas de invierno). Se pueden apreciar los agujeros provocados por las balas.


 Las únicas imágenes de Sarajevo que tenía en la cabeza eran aquellas relacionadas con la masacre vivida tanto en la ciudad como en el país bosnio. Durante algo más de tres años las televisiones nos informaron de una de las mayores barbaries bélicas que se recuerdan en Europa desde la II Guerra Mundial. Si en España hablas de Bosnia, en la conversación aflorarán las palabras Cascos Azules, guerra, muertos, francotiradores, bombardeos… y un sinfín de términos relacionados con el salvajismo y la incompetencia del ser humano para convivir en Paz.

En 1992, después de votar Bosnia a favor de su independencia de Yugoslavia, las reacciones serbias ante otro caso como el de Eslovenia o Croacia (recién inaugurados sus status de naciones libres) fueron totalmente desmesuradas.

Uno de los muchos puntos blancos (cementerios) que hay en la ciudad
Mediante un estudiado plan genocida comenzaron los ataques sobre un país con una particularidad étnica especial (48,3 % de musulmanes, 34% de serbios cristianos ortodoxos y un 15% de croatas católicos). Las cinco colinas que rodean el Valle de Sarajevo se convirtieron en focos que desprendieron toda la fuerza de la artillería serbia, los edificios de la capital fueron refugio de francotiradores que no dudaban en disparar a todo el que saliera a la calle, las calles y lugares de concentración de gente pasaron a ser zona con peligro de sufrir atentados y bombardeos indiscriminados. Durante los más de tres años que duró la contienda entre serbios y bosnios, no hubo un día en el que se dejara de escuchar el estruendo seco y doloroso de los disparos que asolaron la ciudad día a día. Le gente tenía miedo de salir a la calle.
El corazón de Sarajevo está en el Barrio turco de Bascarsija. En el centro mismo, la fuente conocida como Sebilj, uno de los símbolos de la ciudad.
Sarajevo era una trampa para todo aquel ser viviente. Por ello se tuvieron que acostumbrar a vivir escondidos, sin apenas recursos para subsistir  durante el asedio que no cesaba. Afortunada podía considerarse la persona que no había visto morir a familiares y amigos, ya que se calcula que durante ese período perdieron la vida más de doce mil víctimas de una de las más cruentas guerras que se recuerdan. Desgraciadamente en otras zonas fue casi peor, ya que las diferencias entre musulmanes y católicos (de etnia croata) pasó a mayores y se declaró una contienda paralela, siendo el mejor ejemplo de ello la ciudad de Mostar, dividida en dos bandos a ambos flancos del Stari Most (Puente antiguo), que terminó siendo volado por los croatas y que simbolizó la separación entre ambas culturas que hasta entonces habían vivido mezcladas pacíficamente.
Mercado cubierto de Bascarsija
Srebenica fue otro ejemplo de limpieza étnica, ya que casi 7000 musulmanes fueron radicalmente asesinados y enterrados en fosas comunes ante la mirada de la sociedad occidental que tardó demasiado en reaccionar. Afortunadamente el 14 de diciembre de 1995 se firmó la Paz y se dejó de escuchar el sonido de las metralletas y de las bombas. Hoy en día Bosnia es un país que trata de cerrar las muchas heridas que cercenaron su moral. A pesar de que aún hay Cascos Azules (500 de ellos españoles), los visitantes de Bosnia ya no son cooperantes, sino turistas que dan una oportunidad a un país increíblemente bello, no sólo por su inagotable naturaleza, sino por ser una mezcla de culturas tal y como queda reflejado en sus centenarias construcciones y ciudades. .Millones de historias, millones de lugares, millones de palabras… No ir allí hubiera sido para mí un pecado imperdonable.
Yo en Bascarsija, con mi camiseta de la selección egipcia
Cada vez estoy más seguro de que hice bien en no abandonar el viaje. Una pasada por Bosnia lo justifica, sin duda.

Cuando el autobús estaba a punto de dejarnos en la Terminal no pudimos evitar fijarnos desde la ventanilla en que muchas de las viviendas tenían agujeros provocados por los disparos. En ese momento recordé nuestras primeras horas en Beirut cuando asombrados veíamos los restos de su Guerra Civil finalizada más de quince años antes (aunque desgraciadamente en el momento en que yo viajaba seguían su conflicto con Israel, que ya llevaba dos semanas).
De repente, desde la colina arbolada por la que íbamos pudimos tener una visión privilegiada de la ciudad de Sarajevo, ubicada en un valle rodeada de cinco montañas (alguna de ellas supera los 2000 metros). Ya desde el primer momento en que tuve el placer de divisarla, me di cuenta de que no era una ciudad corriente, y que era una mezcla entre aldea y metrópoli.
Minarete de mezquita y campanario de iglesia. Dos culturas en una misma ciudad.
Estaba deseando estar allí paseando por sus calles, siendo testigo directo del renacer de una ciudad que vio morir a gran parte de sus vecinos. Y por qué no decirlo, estaba deseando comer algo y darme una ducha. Lo malo es que aún no sabía si me alojaría allí o haría lo propio en Mostar, mi segunda parada en la verde Bosnia.


El autobús se desvió y se alejó de la ciudad, bajo mi extrañeza, ya que según el mapa que pude leer en mi guía, la Estación principal de autobuses estaba pegada a la ciudad, y no en pleno campo donde parecía que nos iban a dejar. Finalmente el parecer se convirtió en certeza, porque nos apearon en una pequeñísima terminal de autobuses en pleno campo, con sólo algunas casas y edificios esparcidos de lo que, en absoluto, parecía una ciudad.

Bascarsija y una de las cinco montañas que rodean el Valle de Sarajevo al fondo

En tan solo dos minutos nos quedamos solos en la estación la pareja de Fuenlabrada que conocí en Belgrado, una chica de Texas que estudiaba en Barcelona y el que os habla. Preguntando, a pesar de que allí nadie sabía inglés, llegamos a la conclusión de que el bus nos había dejado bastante lejos de la Estación principal de autobuses, que además está pegada a la de trenes. Ese debía ser nuestra primera parada del día, ya que de los horarios dependería mi posible alojamiento en Sarajevo o mi marcha a Mostar al final del día. Además, Martín y Amanda querían marchar de noche directamente a la ciudad croata de Dubrovnik, así que tenían que comprar sus billetes.

Así que no hicimos otra cosa que caminar, mientras yo iba preguntando precios a los taxistas, que se subían a la parra por llevarnos a la Estación de trenes.
El destruído Hotel Europa
Encima Martín y Amanda (los fuenlabreños) no estaban dispuestos a gastar mucha pasta y prefirieron que continuáramos caminando. La tejana, muy pija ella, estaba conmigo de acuerdo con la opción del taxi. Esta chica era muy peculiar, además de guapa. Padre americano, madre iraní, y ella estudiando en España. Hablando me recordaba a Aznar cuando venía de hablar con Bush (“Estamos trabajando en ello…”). Ella, obviamente, no entendía de qué nos reíamos los 3 españoles…
Seguimos caminando hasta detenernos en una fila de edificios con marcas de artillería bastante vistosas, y que a pesar de ser un milagro que siguieran en pie, estaban totalmente habitados. También observamos con curiosidad un cartel de las Olimpiadas invernales del 84 cubierto de agujeros de bala.

 

Me costó un mundo coger un taxi a buen precio ya que no estaba dispuesto a seguir andando a lo tonto.

Otro perfil del Hotel Europa
Los otros tres se dieron cuenta de lo mismo y por 3 euros cada uno nos llevó a la Estación de Trenes. Durante el camino fuimos dejando numerosos edificios abatidos durante la guerra. En veinte minutos estábamos por fin en nuestro primer destino de la ciudad. Nos pusimos las pilas y nos enteramos de los horarios (tanto de tren como de bus). Las taquillas, por cierto, no se habían salvado tampoco en el conflicto y tenían disparos en las paredes.
Finalmente tomé la decisión de irme a Mostar al día siguiente por la mañana temprano en el autobús, ya que el tren salía a las seis y media de la tarde. Una vez comprado el billete tenía que buscar alojamiento, el cual nos ofrecía un señor desde la estación de trenes. La pena es que el centro neurálgico de Sarajevo no está pegado a ésta, por lo que había que coger otro taxi.
Catedral de Sarajevo
Lo que hice fue negociar que nos pagara un taxi a la tejana y a mí (ya que los otros dos se quedaron) si quería que durmiésemos en las instalaciones que nos estaba tratando de vender. Me costó discutir un rato pero el hombre acabó accediendo y cogió un taxi al que pagó para que nos trasladara a la Turistica Agencija Ljubicica, situado en el Barrio de Bascarsija, el punto neurálgico de la ciudad. Allí pedí una habitación para mí solo y me buscaron una casa en la que vivía una familia y que alquilaba por días uno de sus cuartos. Por 15 euros una gran habitación con cama de matrimonio en una casa de dos plantas. Si hubiera ido acompañado hubieran cobrado 10 a cada uno. Perfecto • dije. Por fin me iba a poder dar una ducha y cambiarme de ropa ya debía oler a chotuno.
El río Miljacka, que cruza Sarajevo
Seguí al propietario de la casa, quien me hizo subir unas cuantas cuestas (esa zona parecía un pueblo totalmente) hasta dejarme en la habitación que acababa de contratar.

 

Me tomé una buena ducha, cargué con mi cámara de fotos y comencé mi travesía por uno de los muchos puntos blancos, el curioso nombre que reciben los cementerios que hay en Sarajevo. Fue tanta gente la que perdió su vida que se aprovecharon laderas y jardines por doquier para alojar cientos de hileras de tumbas que pintan de blanco a la capital bosnia.
Sarajevo es una ciudad que me robó el corazón desde el primer momento, tanto por su belleza como por los sentimientos que me transmitió al ver que sigue latente el dolor de su gente, pero que a su vez tratan de superarlo continuando con sus vidas.

Alrededor de Sarajevo hay cinco montes. Esta foto podría ser perfectamente de una aldea gallega, ¿verdad?


Mi primera ronda exhaustiva la hice en el Barrio turco de Bascarsija, en el cual se pueden ver varias Mezquitas del Siglo XVI, un mercado cubierto, cuyas tiendas son de madera, varios restaurantes, y en general un bonito paseo por el empedrado de la zona más tradicional de Sarajevo. Uno de los símbolos de Bascarsija es el Sebilj de madera, que no es otra cosa que una fuente de estilo musulmán. Ese lugar, al parecer es conocido como la Plaza de las Palomas, gracias a que dichas aves rodean la fuente y la gente les da de comer. Allí al parecer no tienen mi misma opinión en lo que a las palomas se refiere. Yo las definiría como “ratas con alas” pero más tóxicas que las propias ratas. Contagian muchísimas enfermedades y sus excrementos destrozan indiscriminadamente la piedra de los monumentos.
La silueta de las Mezquitas se repite a lo largo de la ciudad
Eso sin contar que más de uno hemos corrido la suerte alguna vez de ser alcanzadas por tan pegajosos proyectiles. Vamos, que tocaría antes al protozoo que a una paloma… No podían haber escogido a otra cosa para simbolizar la paz…

 

Me senté a comer algo en una de las muchas terrazas que hay en Bascarsija. Como la carta estaba en bosnio pues pedí un kebab, que eso sí que lo entendieron cuando se lo dije. Y allí estuve un rato, deleitándome de un lugar que lleva siendo durante siglos el alma de Sarajevo. Los minaretes apuntaban a un cielo azul y mi mirada llegaba hasta las montañas, con un gran número de casas, que me hacía recordar a mi Galicia querida. Y es que es cierto que los frondosos montes cubiertos de aldeas daban la impresión de que estaba situado en un pequeño pueblo.

Los edificios cercanos al Rio Miljacka son los más afectados por las bombas serbias
Así es Sarajevo, una mezcla de construcciones de distintas culturas rodeadas del marco incomparable que suponen las cinco montañas que enciman al valle. Aún los bosnios las miran con incertidumbre, recordando que desde allí se llevó a cabo la masacre que destrozó la ciudad.

Bascarsija ha pasado a ser demasiado turístico, tal como uno puede comprobar en cualquiera de sus muchas tiendas en las que sobre todo venden camisetas de fútbol, tanto locales como internacionales, además de las curiosas que conmemoran las Olimpiadas invernales del 84. Aún así es un lugar que parece llevarte al antiguo Imperio Otomano, ya que las barberías típicas, las escuelas coránicas y las mezquitas abundan por doquier. Aunque también puedes ver dos iglesias, y una sinagoga no muy lejos de allí. Es muy posible tomar una foto de un minarete y un campanario, ya que se da el caso de que están muy cercanos los unos de los otros.
Uno de los puentes que cruzan el Río Miljacka en Sarajevo
Barcarsija está bastante más restaurado que el resto de la ciudad, cuyos edificios muestran inamovibles la cicatrices de los noventa. Una de las fronteras del barrio fue el antiguo Palacio, convertido en biblioteca y que simboliza la cultura y las letras del país bosnio. Un domingo de agosto de 1992 los serbios lanzaron un gran número de granadas incendiarias que estallaron en su interior y que provocaron que sus libros, pergaminos y tesoros de siglos fueran pasto de las llamas. Aún se recuerda cómo a kilómetros de distancia llegó la ceniza de la combustión de tanta cantidad de papel. Hoy en día la biblioteca se está reconstruyendo con fondos procedentes de muchos países que están colaborando en salvaguardar la cultura de Bosnia.

 

Salí de Bascarsija y me dirigí a la Catedral Católica, enorme, imponente y moderna, cuyas esquinas parecen estar mordisqueadas.

Marsala Tita, la avenida principal de Sarajevo
Cosas que la restauración de la posguerra se olvidó de maquillar. Las calles a este lado de Sarajevo son muy parecidas a las que uno puede ver en Centroeuropa, algo normal tratándose de un antiguo bastión del Imperio Austrohúngaro. La avenida principal que reúne todos estos ingredientes recibe el nombre de Marsala Tita, la cual cruza casi por entero la ciudad. Allí uno puede ver numerosas tiendas y boutiques, terrazas de moda y cafés típicos, en medio de edificios clásicos en los que la metralla ha dejado una huella imborrable. No hay lugar que no tuviese a la vista los agujeros de bala. Los 1395 días que duró la guerra debieron ser muy largos aquí • pensé.
Sentados en frente del antiguo Hotel Europa, totalmente bombardeado y vacío, me encontré a Martín y Amanda, la pareja fuenlabreña, quienes me comentaron que por la noche iban a coger un autobús dirección Dubrovnik.
Un servidor ante uno de los edificios tiroteados.
Les dije que yo en tres días más o menos estaría allí, por lo que posiblemente no nos veríamos más. Nos despedimos y deseamos suerte y proseguí mi camino por la ciudad.

Después de un rato fui siguiendo el caude del río Miljacka, que atraviesa Sarajevo y que es atravesado por varios puentes recientemente reconstruidos. El más famoso de ellos recibe el nombre de Latin Bridge y es conocido por ser el lugar exacto donde sufrieron un atentado el Archiduque Francisco Fernando y su mujer, que fue el desencadenante de la I Guerra Mundial (Eso siempre se estudia en Historia, lo teníais que saber…). En este lado del río los daños ocasionados por la guerra se vislumbran más claramente que en otros, ya que las construcciones que le flanquean fueron los primeros francos que se cobró la guerrilla serbia.
La zona moderna de Sarajevo. Al fondo, el edificio amarillo es el Holiday Inn, que alojó a la prensa durante la guerra
Aún así muchos edificios conservan el carácter neoclásico propio de ciudades como Viena o Budapest. Si Sarajevo me estaba resultando preciosa, cómo debía serlo antes de 1992…

Me metí a una zona más bulliciosa y con edificios más modernos y de más altura, entre ellos el amarillento Hotel Holiday Inn, totalmente restaurado y que en su día fue el alojamiento de las corresponsalías que narraban al mundo los horrores que allí se estaban cometiendo (Algo parecido al que vimos en Beirut). No han corrido aún la misma suerte muchas otras construcciones de altura, de las que hoy queda poco más que hormigón y que parecen un queso Gruyère.

 

Más o menos a la hora de comer terminé descansando unos minutos en un parque que reflejaba unos contrastes bastante feroces.

Tumbas incluso en el parque. Fijaros un chico sacando al perro allí mismo. Se podían ver a los críos jugando entre lápidas...
Niños jugando al escondite y gente paseando a sus perros entre las numerosas lápidas musulmanas cuyas fechas no engañan (1992, 1993, 1994 y 1995). Tal como comenté antes, en la contienda hubo tal cantidad de víctimas que la ciudad se quedó pequeña para sepultar a sus muertos. E incluso los parques y otros lugares verdes sin viviendas fueron los lugares elegidos para que reposaran los restos de los más de diez mil fallecidos por los ataques de mortero, las bombas o los disparos de los francotiradores.

 

Me pasé bastante tiempo callejeando por Sarajevo y me subí un rato a mi habitación a echar una cabezada. Necesitaba tener un rato mi cuerpo tumbado en un colchón y olvidarme de todo.

Tranvía en Sarajevo
Caí rendido, y sin haber comido me dejé llevar por el sueño, que me despertó justo minutos antes de que comenzara uno de mis espectáculos favoritos: La Puesta de Sol.


Como la ocasión lo requería, me subí a una de las colinas que me pillaba cerca de la casa. Para acceder al lugar al que quería llegar, tuve que atravesar el empinado cementerio musulmán con miles de lápidas, que pintan de blanco el numeroso espacio que en su día fue sólo jardín y vegetación, y que ahora se mezclan irremediablemente. Desde allí arriba observé una panorámica casi perfecta de la ciudad, en la que silueteaban los alminares y los múltiples edificios con las montañas de alrededor y con un sol más sombrío de lo normal incapaz de dar luz suficiente a lúgubre terreno que ocupaba el cementerio.

Las paredes están llenas de agujeros de bala
Mi único compañero durante muchos minutos fue el silencio, cosa que nunca agradecí lo suficiente. Me sentí totalmente identificado con esta ciudad, con los que en su día sufrieron y con los que aún siguen sufriendo. En Sarajevo no sólo se respiran las cenizas de lo que en su día fue una ciudad bellísima y que hoy trata de recuperar su esplendor sin prisa pero sin pausa. En Sarajevo uno puede oler el fuerte sentimiento, las lágrimas amargas que discurren por el Miljacka, la resistencia de un pueblo vencedor y vencido.  

Finalizada la preciosa puesta me dispuse a desdender la colina entre las tumbas, ya con la oscuridad de la inminente noche que se avecinaba, y hablé por teléfono con mis padres para contarles lo que estaba viviendo allí.

El atardecer lo vi desde un cementerio situado en una colina
Mi madre, sobre todo, estaba muy preocupada y quise transmitirle que me encontraba bien, que estaba contento y feliz de proseguir mi viaje en los Balcanes. ¡Cómo la eché de menos todo ese tiempo!, ¡cómo sabía lo que estaba sufriendo por mi culpa!. Aún así sabía que en el fondo me entendía y que se alegraba por mí por estar haciendo lo que más me gusta.

Me fui a dar otro paseo por Barcarsija, donde había más gente que por la mañana y cuyas mezquitas estaban a rebosar. El sentimiento religioso aquí está muy acentuado, y los practicantes procuran no faltar a ninguna de las oraciones en dirección a La Meca, que está muy lejos de Bosnia. Este país es reserva espiritual en Europa del mundo musulmán y eso se hace notar en la frenética actividad de Mezquitas y Madrasas.
Por la noche la gente joven sale de fiesta y llena las muchas terrazas con música y pubes de moda que en la ciudad hay.
Atardece en Sarajevo
Me resultó admirable ver a tantas personas pasándoselo bien. Serán ellos, los jóvenes, quienes terminen de curar las heridas de Bosnia. Aunque es pronto y queda mucho por superar, estoy seguro de que van por muy buen camino. Algún día los agujeros de bala desaparecerán de todos los edificios de Sarajevo, y tan sólo los cementerios serán testigos de lo que sucedió. Trabajando entre todos y continuando su vida, lo conseguirán…

Antes de cenar me pasé por un cibercafé y escribí un e-mail largo de los míos en el que quedó latente mi felicidad. Seguí leyendo la prensa nacional (Lo del Líbano iba de mal en peor) y deportiva (Emerson y Cannavaro fichan por el Real Madrid, Van Nistelrooy está a punto de cerrarse), y me conecté al Messenger donde hablé con mi amigo Fer de Salamanca, quien es fiel seguidor de mis andanzas.

El cementerio se asemeja a un río que desemboca en la ciudad
 

Cené una especie de masa con carne muy típica de Bosnia y que empalaga más que la Pantoja en una Gala de Televisión Española. Después me levanté y fui caminando al otro lado del Miljacka y me detuve un rato en el Latin Bridge. Me imaginé cómo debió ser aquel día de 1914 cuando el Archiduque Francisco Fernando y su mujer fueron asesinados en el puente, causa última para el comienzo de la I Guerra Mundial, que posteriormente trajo la segunda, que fue aún peor. Me le imagino en su coche tranquilamente con su mujer cuando inesperadamente surgió la figura de Gavrilo Princip, nacionalista de 20 años que no dudó en disparar y en acabar con la vida del matrimonio. Ésta es una más de las muchas historias que han marcado a esta ciudad para siempre.

Una de las colinas atestadas de viviendas de la capital bosnia

 

Marché definitivamente a mi habitación donde dejé todo recogido para el día siguiente, me duché y me acosté irremediablemente hasta que sonó el despertador del móvil que me recordaba que eran las siete y que había que levantarse. Mostar y su puente me esperaban. Allí también la tragedia protagonizó las vidas de todos sus habitantes, que no sólo se ocuparon de defenderse de los serbios, sino que terminaron matándose entre ellos. Pero como Sarajevo, Mostar es una historia de muerte y resurrección…

Perdonad por haberme alargado tanto en este relato, no respetando lo que prometí en la introducción a Los Balcanes, pero es que esta zona me marcó tanto que tenía que contaros todo lo que vi y cómo lo viví.

Sarajevo by night (La calle de la Catedral)
Aún así es más reducido que muchas de las narraciones de Oriente Medio. Piano piano, ¿vale?

 

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