Relax en un Resort y visita a Sidón

Zeita Travel Blog

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Una de las piscinas del Pángea Resort

 


Said nos estuvo esperando un rato a que estuviésemos listos para llevarnos a alguno de los Resorts de playa privados que nos recomendó el chico americano que conocimos en Damasco. El día anterior no le llamamos para nada y tuvo “un día libre” en el que fue a visitar a los amigos que tiene en la ciudad. El plan para la jornada del 10 de julio era bastante sencillo. Iríamos hasta la tarde a relajarnos a un Club privado de esos que tiene playa y varias piscinas, y después nos acercaríamos a alguna de las ciudades que merecían rendir visita en Líbano. En esos momentos nos debatíamos entre Byblos (Al norte) y Sidón (Al Sur), pero no lo teníamos muy claro.

Yo en el Pángea Resort
Quizá ésta última era la más probable porque donde buscamos un sitio de playa fue a unos veinte o treinta kilómetros al sur de Beirut y estaríamos de Sidón mucho más cerca que de Byblos. Pero todo se vería según se desarrollara el día.
El tráfico hizo que tardáramos mucho en salir de Beirut. En Damour, a unos 25 o 30 kilómetros, teníamos entendido que había numerosos Resorts y cualquiera de ellos nos podía servir, aunque teníamos algunos nombres apuntados en un papel. Pasamos por delante de varios de ellos y no nos convencieron demasiado. Y por inercia, suerte o lo que sea, llegamos al que al parecer era el más utilizado por las clases adineradas por ser el que más lujos ofrecía. Éste se llamaba PANGEA RESORT y quedaba a escasos 15 kilómetros de Sidón.
Pángea Resort
Dejamos el coche en el aparcamiento y fuimos a echar un vistazo a ver qué tal estaba. Un par de miraditas nos bastaron para decidir que allí nos íbamos a quedar. Tenía dos piscinas, una arriba con el suelo de cristal desde donde te podían ver al entrar por la puerta, y otra abajo, bastante más grande y que contaba con chorros en forma de cascada, chiringuito con asientos en el agua, zonas poco cubiertas para tomar el sol sin salir a secarte, y unas vistas al mar bastante sugerentes. Y éste, al contrario que el de Beirut, sí que tenía playa, además de un jardín con hamacas donde poderse tumbar. El precio de la entrada para estar todo el día era de 8 euros, los cuales pagamos a una de las chicas que estaban en recepción. En ese momento había dos, una morena de ojos oscuros bastante guapa y otra rubia con ojos color miel que también lo era.
Dándonos unos aguas...
Pilar y Alicia pasaron sin pagar haciéndose las locas, y el dinero que no nos dejamos se invirtió en una crema protectora para el Sol, ya que entre unas cosas y otras no teníamos ninguna. Said,  tampoco pagó para entrar. Llevó puesta todo el día una camiseta blanca de tirantes de esos que vestía mi abuelo, y un pantalón vaquero subido hasta arriba que le hacía parecer un señor con Dodotis. El Pañales, como Kalipo le bautizó, cogió una toalla pequeñísima, de esas que son para lavarse las manos y se la puso al hombro. Le dijimos que se pusiera el bañador y se pegara un chapuzón con nosotros, pero hizo caso omiso en un primer momento y se fue a torrar al sol en una de las hamacas que había en la arena de la playa. Vaya calor le tenían que dar los pantalones.
Qué gustazo!!
Yo incluso pensé que por sus creencias musulmanas no quería quedarse de corto allí mismo.

 

Poco tardamos en dejar las cosas y en meternos en la piscina grande. Yo no me lo pensé dos veces. Fui a uno de los sitios en el que te puedes quedar sentado mientras te cae el agua encima como si de una catarata se tratara. Parecía que mil manos me estaban dando un masaje en espalda, cuello y hombros. No tardé en llamar a los demás para que probaran las virtudes del golpeo constante de agua en los agarrotados músculos, cansados de no parar durante los últimos días. Con los ojos cerrados y con cara de felicidad me vino a la mente la malévola imagen de mi trabajo, con mis compañeros cegando sus ojos en los ordenadores, y sentados en las incómodas sillas, sujetos a horarios día tras día.

Dan ganas de bañarse, ¿verdad?
Tal y como yo llevo haciendo desde que acabé la carrera. Pero ese mes no. Julio era para mí y la antítesis del trabajo suponía estar disfrutando como un niño, que es como me siento cuando viajo. Dicen por ahí que el trabajo dignifica. Pues yo contesto a todos esos iluminados que se dignifiquen ellos. Mi vida en absoluto se centra en eso. Si fuera por mí, a mis 26 años, pedía la jubilación anticipada. Vamos, no me iban a ver el pelo…

 

Mi mente se alejó de Madrid de nuevo para volver al Paraíso donde me encontraba. Qué bien nos iba a venir a todos el pasar un día de total relax. Y tengo que reconocer que la idea en un principio no me gustaba demasiado porque quería ir a ver nuevos sitios.

Lujo libanés
Pero de vez en cuando el cuerpo y la mente se merecen un homenaje consistente en “no hacer nada”, simplemente dejarse llevar. Y que no pasase el tiempo, por supuesto. Todo era tan bonito, todo estaba saliendo tan bien… Estaba con mis amigos haciendo lo que más me gusta en la vida. ¿Qué más podía pedir? Bueno sí, pedir lo que es pedir, sí que podía hacerlo, pero me temo que Dios no me iba satisfacer trayéndome a una morenaza de escándalo a la piscina. Despierta Jose, no todo es perfecto… Dejémoslo en “casi perfecto”.

No se me va de la mente las caras de felicidad de mis colegas. Pilar no dejó de sonreír y de dejar su mente en blanco como si estuviese en el Paraíso. Chema fue de un lado para el otro como queriendo hacerlo todo a la vez, como si no quisiese que el tiempo le retirara el regalo que le estaba concediendo en ese instante.

Como unos señores!
Kalipo se dejó embargar por el momento y propuso ir todos alguna vez a un Todo incluido de esos que ofertan en el Caribe, en el que es ponerte la pulserita y vivir a tope durante una semana. Y Alicia rió, rió y rió diciendo una y otra vez Joselesquito (que así me llama a veces), ¡¡qué bien se está aquí!! ¡¡Cómo me gusta la piscina!!

Y eso que no estábamos alojados allí… porque había unos Bungalows de lujo pegados a la piscina que se convierten en Reinos particulares cuando se aloja una pareja de recién casados. Qué buen sitio para llevar una chica. De esos en los que pides matrimonio y te dicen que sí al 100%.

Estuvimos cerca de una hora seguida metidos en el agua, en todos los rincones, dejándonos llevar por las canciones que salieron ininterrumpidamente de los altavoces y que hacían la vez de Banda Sonora Original de un día realmente maravilloso.

Tostándonos al Sol
Una de las que sonó fue “No sé por qué te quiero” de Ana Belén y Antonio Banderas. Qué alegría me dio escuchar música en español. Sólo faltó que pusieran algo de Enrique Bunbury para quedarme a vivir allí para siempre.

Salimos del agua y dejamos que todo lo demás lo hiciera el Sol. Chema, Kalipo y Pilar ya estaban lo suficientemente morenos. Ahora me tocaba a mí quitarme la marca albañil de cuello y brazos, que me hacían parecer un gañanazo de los de verdad. Estuve leyendo un rato la Lonely Planet en lo referente a la ciudad de Sidón, que tan cerca estaba de allí. La verdad que la puso bastante bien, clasificándola como “una de las ciudades más atractivas e importantes en cuanto a patrimonio histórico de todo Líbano”, destacándola como uno delos “destinos imprescindibles para el viajero”.

Si todos los bares fueran así...
Al parecer fue una ciudad fenicia y actualmente conserva un Castillo cruzado, numerosas mezquitas y un zoco abovedado digno de ver. No hubo dudas, Sidón (Saida en árabe), sería la elegida.

Fui con Alicia a Recepción a por una llave de la taquilla donde dejamos las cosas y acabamos teniendo una conversación con las dos chicas (la morena y la rubia) que atendían y que llevaban un polo naranja. Nos preguntaron en español que de qué ciudad española éramos y nos quedamos bastante sorprendidos de que unas libanesas se dirigiesen a nosotros en nuestra lengua materna. Al parecer llevaban uno o dos años dando español en la Universidad, en la que estudiaban Turismo. Su trabajo en el Pángea Resort era para ellas una buena oportunidad para ganar dinero y para que dicho periodo fuera convalidado como Prácticas.

Chema con sus dos novias: Pilar y la Heineken
Conocían muchas cosas sobre España y concretamente sobre Madrid, cosa que me hizo mucha ilusión. La verdad es que tenemos fama, y no sólo se nos asocia a Toros, Flamenco, Paella y Olé! Yo creo que somos algo más que la España de folclore y pandereta de la que se habla en el mundo. Aunque tengo que reconocer que a veces lo parece…
Yo me fijé bastante en la morena, que era guapísima, con la tez muy blanca y los ojos muy muy oscuros. Perfecto, como a mí me gustan, pensé. Comenté que me gustaría ver Sidón a la tarde y pregunté qué si era bonita la ciudad. Ambas nos hablaron a Alicia y a mí maravillas de Saida, como así la llaman. Estuvieron buscándonos revistas de los principales destinos turísticos de Líbano y nos recomendaron multitud de sitios a los que desgraciadamente no teníamos tiempo de ir.
Said, "Dodotis Man" con Kalipo en la piscina
Ocurrió después algo insólito y que no me pude creer. Se ofrecieron a enseñarme la ciudad y llevarme a sus sitios preferidos, incluido el pueblo en que vivían en la montaña. Dos chicas de bastante buen ver querían ser “mis guías particulares”. Pero por temas del horario de trabajo era la morena quien vendría conmigo. Quedé con ella a las cuatro, hora en la que Said nos iba a llevar a ambos a la ciudad fenicia. Se despidió de mí con una sonrisa que me conquistó de tal forma que sólo deseaba que el reloj se adelantara hasta la hora señalada. Aunque no sé por qué, pero me dio la impresión de que la chica no iba a aparecer. La verdad es que siempre pensé que se imaginaron que éramos unos yuppies ricachones que pasaban sus vacaciones en el Líbano. Y es que allí no iba precisamente gente sin dinero.
Sensación de vivir
Los fajos corrían que daba gusto… Entonces, ¿para qué decepcionarlas?

 

Durante un rato estuve con mis amigos charlando, bañándonos y tomando el sol tranquilamente. De repente bajó la chica rubia de recepción con un chico algo mayor que ella que tenía pinta de jefazo. Me temí lo peor, que se hubiesen dado cuenta de que tanto las chicas como nuestro conductor se habían colado por la geta. Pero no fue así afortunadamente. Simplemente bajó a presentarme al Dueño del Complejo porque yo le había dicho que trabajaba en el Ministerio de Asuntos Exteriores y él vivía cerca de la Embajada española en Beirut. Quizá se pensó que era un diplomático o algo similar. Así que estuve departiendo con él bastantes minutos en los que me contó las maravillas del Líbano, además de aprovechar para meter caña a la parte musulmana, a la que ve retrógrada y alejada de los tiempos modernos.

Kalipo, cómo vives!
En serio daba la impresión de que nos veía como jóvenes con abundante capital. Menos mal que no sabía que se habían colado 3 personas y que teníamos menos dinero que ningún turista allí presente. Pero bueno, como dije antes, para qué negar nada, ¿no? Así que el director de Pángea, tal y como vino, se marchó deseándonos una feliz estancia en Líbano.  
Como los restaurantes que había en el Resort eran bastante caros, acordamos que Said (al que no habíamos visto en toda la mañana) nos llevara a un Supermercado para comprar embutido y hacernos unos bocadillos tan buenos como los del día anterior. Fuimos a buscar al peculiar conductor, que según algunos turistas le habían visto durmiendo con sus vaqueros en una tumbona de la playa pero allí no estaba él.
Ali acuática
¿Dónde demonios se había metido el Hombre a un pañal pegado? Recorrimos todo el complejo y no apareció por ningún lado. De repente Chema, señalando a una hamaca nos dijo riéndose: Venid, chicos, que tenemos una pista. Carlos y yo fuimos y encontramos un pañal de bebé (verídico). Ha tenido que estar aquí. No puede estar muy lejos • dijimos. Aún resuenan nuestras carcajadas en el lugar. La verdad es que encontrar unos Dodotis en la hamaca en el que estaba el hombre, cuando llevábamos dos días descojonándonos del tema, fue un golpe de gracia bastante bueno.

Poco después de eso, aún con alguna lagrimilla de la risa, le vimos bajar las escaleras y sin tiempo para nada, le pillamos por banda y le pedimos que nos llevara a un Súper.

Castillo del Mar (Sidón)
Fuimos con él Carlos, Alicia y yo pero el sitio al que nos llevó no fue ni mucho menos parecido al del día anterior en Beirut. Y es que estábamos en una zona más musulmana que cristiana y faltaban muchos productos. De embutido no había nada de nada. Él nos dijo que había un sitio más adelante en el que podían hacernos algo de comida para llevar. Y ahí nos paró. Parecía un lugar algo ponzoñoso pero nos aseguraron que iban a hacernos unas pizzas riquísimas. Y doy fe de que así fue. Mientras esperamos estuvimos viendo en la tele imágenes del asedio israelí a la Franja de Gaza. El tiempo iba pasando y todo seguía complicándose más en esa zona. Deseamos con todas nuestras fuerzas que esa locura terminara, no sólo porque en apenas una semana teníamos pensado entrar a Israel, sino porque tanta violencia, tanto odio y tanta muerte ni tiene sentido ni puede dejar a nadie indiferente.
Yo con el Castillo del Mar de fondo (Sidón)

 

Volvimos con las pizzas y nos las tomamos en el parking del Pángea, ya que podía ser un canteo meterlas dentro. Había que guardar las apariencias y seguir demostrando nuestro ficticio poder adquisitivo. La comida nos supo a gloria, y más cuando Said sacó unos albaricoques deliciosos del maletero. Tuvo un buen detalle, la verdad. “El hombre dodot” se estaba portando muy bien con nosotros. Y por ello, le animamos insistentemente a que se bañara con nosotros. Aceptó y se fue a los vestuarios a ponerse algo más normal que esos pantalones que parecían pesar veinte kilos. A los cinco minutos, se presentó con “su bañador”, que no era otra cosa que el pantalón de la Selección de Fútbol de Siria.

Sara en el Castillo del Mar
Ole sus huevos solté entre risas cuando le vimos con semejante guisa. Estaba para foto. Y para enviarla a Crónicas Marcianas. Ya sé que no se emite desde hace años, pero viendo las pintas de friki que nos llevaba Said, Sardá volvería a recuperar audiencia en un solo día de programa.
El tío se metió en el agua y no quiso salir por nada del mundo, pero las cuatro llegaron, y que ambos teníamos que ir a buscar a la chica con la que había quedado en recepción. Mal presentimiento tenía. Y con razón, porque ella no estaba allí. La chica rubia, que por la mañana había insistido en venir conmigo pero que al final no pudo porque su horario terminaba a las ocho, me dijo que su compañera se había tenido que marchar antes porque se había puesto mala. Obviamente no le creí, pero me fastidió que si no le apetecía venirse, me hubiera hecho quedar a las cuatro para luego no aparecer sin más y dando una explicación ridícula.
Estrecha callejuela del zoco de Sidón
Pero no duró demasiado la desilusión, porque la rubia, de nombre Sara, me dijo que le dejaban salir antes de lo previsto, y que si no tenía inconveniente, sería ella quien me enseñara los mejores sitios de Sidón. Perfecto, no hay problema, le contesté. ¿A las cinco te parece bien? • le pregunté para concretar hora. Ok, it´s good. Y así nos despedimos hasta las cinco de la tarde.
Said me miró con cara de extrañeza, no sé si porque pensó que tampoco se iba a presentar o porque le sorprendió el repentino ofrecimiento de Sara.

Como tenía una hora de por medio, me fui a probar la piscina de arriba que tenía el suelo de cristal transparente y allí me tiré hablando durante un buen rato con una morena de ojos claros que trabajaba también allí.

Calle del casco antiguo de Sidón
Para ella, la calificación de guapa se queda corta. Poco me faltó decirle también que se viniera a ver Sidón, pero preferí reservar la opción por si me fallaba Sara. Me estuvo contando que era cristiana y que, aunque tenía amigos musulmanes, el secreto del éxito de Líbano pasaba por ser más abiertos que Siria o Arabia Saudita, por poner un ejemplo. No recordaba nada de la guerra civil porque era muy pequeña cuando todo ocurrió. Lo que sabía, se lo habían contado sus padres o lo había leído en los libros. Menos mal, porque debe ser durísimo vivir una guerra en tu país • le dije. Ella asintió y comentó que las cosas estaban bastante mejor por allí y que la gente había mirado hacia delante para poder despegra del lamentable estado en que se quedaron después de la guerra civil.
En una calle de Sidón
Luego me presentó a un compañero suyo que tenía pinta de europeo. Y es que hay muchos libaneses que no tienen rasgos árabes pareciendo un occidental más. Tuvimos una charla bastante interesante sobre lo peculiar y sorprendente que nos estaba pareciendo su país el cual nos estaba dando una buenísima impresión. Ambos coincidieron en que todo estaba bien allí y que Líbano era un lugar tranquilo y próspero, donde cada vez iban más turistas y más inversores. Y por supuesto me hablaron de la marcha tremenda que había en Beirut, donde las discotecas no cesaban su actividad en toda la noche. Les conté lo que nos había pasado a nosotros y eran de la opinión de que la gente no estaba en los locales de moda porque estaban celebrando el Mundial recién ganado por la Selección italiana. ¿Y por qué había tantos libaneses  festejando la victoria de Italia?-les pregunté.
Edificio tiroteado de la parte moderna de Sidón
 Me contaron que allí la gente es una amante del fútbol, y que escogen equipos a medida que van llegando a lo más alto. Parece ser que si Francia hubiera ganado, también se hubiera montado una buena. Al principio del Mundial, en cambio, estaban divididos entre Brasil y Alemania, quienes eran los favoritos para alzarse con la Copa del Mundo del 2006, pero como cayeron eliminados por Francia e Italia respectivamente, la gente cambió de equipo. De todas maneras hay mucha gente adinerada de Italia y Francia pasando sus vacaciones allí, por lo que también influiría en parte.

 

Como faltaban escasos minutos para las cinco de la tarde, me despedí de ellos para ir a buscar a Said, que seguía dándose un chapuzón en la piscina como si jamás lo hubiese hecho.

Yo en el Museo del Jabón de Sidón
El dodot de Siria, perdón, el pantalón de Siria lo llevó totalmente empapado al coche. Y esta vez no hubo plantón femenino. Sara apareció sin su uniforme naranja y me dijo “Vamos a Saida. Te va a gustar”. Estaba seguro de ello…
Durante el trayecto le contó a Said por dónde me iba a llevar. Hablaron en árabe por lo que podían estar diciendo lo que les diera la gana que no me enteré de nada en absoluto. La chica parecía maja, pero tampoco, para que lo vamos a negar, era mi tipo. Eso sí, tenía unos ojazos mezcla de verde con miel que quitaba el sentido a cualquiera. Y era bastante guapa, sin duda. Una chica así, estudiando turismo y conociendo la ciudad al dedillo, era idónea para compartir una tarde muy agradable en Sidón.
Apenas tardamos un cuarto de hora en llegar.
Retratos en una Mezquita de Sidón. El de la derecha es Rafic Hariri, nacido allí.
Said se paró en el Castillo del Mar, de la época cruzada, y se volvió al Resort con mis amigos. Le dije que se viniera a la ciudad con ellos aproximadamente a las siete de la tarde. Y así fue lo que pasó.

 

Sidón fue una de las ciudades-estado fenicias más importantes, construida en un promontorio con una isla en frente para protegerse de los ataques de otros pueblos. Primero conquistada por los persas, y después por el Imperio de Alejandro Magno. Posteriormente pasó a formar parte de Roma hasta su caída. Los árabes, a su vez, se la arrebataron a los bizantinos y formó parte de la Administración de Damasco. Los Cruzados la asediaron y la tuvieron en su poder durante casi doscientos años, impidiendo la reconquista por parte de su enemigo Saladino.

Sidón
Finalmente, los mamelucos se hicieron con  la ciudad, la cual se convirtió en puerto comercial de Damasco, lo que provocó que aumentara en riqueza y prosperidad. Durante los siglos siguientes fue pasto de invasiones y terremotos, siendo notable su reciente historia en la que fue el escenario de muchas batallas entre palestinos, sirios, israelíes y Hizbolá, lo que le provocó daños irreparables. Durante la posguerra, Rafic Hariri (el presidente asesinado en 2005) la dotó de una gran inversión económica para las reconstrucción de lo que fue su ciudad natal. Quizá había sido uno de los lugares más castigados de Líbano, por su situación estratégica y por tener una mayoría musulmana que apoya a Hizbolá.

Uno de sus principales puntos de interés es el Castillo del Mar, situado en un pequeñísimo islote conectado a tierra firme mediante un puente de piedra.

Yo con la parte moderna de Sidón al fondo.
Sara me explicó algo de sus historia, como siempre rodeada por innumerables batallas desde su existencia. El castillo es bastante pequeño y apenas tiene dos torres unidas por un muro, una sala abovedada y una mezquita otomana. Después de un rato me llevó a la parte vieja de la ciudad, que me impresionó bastante. Entramos por un zoco abovedado y bastante oscuro en el que no vi extranjero alguno. Tan sólo yo era el único foráneo visitando ese mercado puramente tradicional, que olía a pescado una barbaridad y en el que la gente se nos quedaba mirando como si no hubiese visto a nadie quebrantar sus lugares cotidianos. Lo normal es que si va uno solo por allí se pierda irremediablemente porque las callejas llenas de comercios se entrelazaban o bifurcaban cada pocos metros. Sara me metió por algunos patios de casas y por sitios muy interesantes, tanto por su arquitectura como por su apariencia de no haber sido visitados por turistas.
Detalle de Sidón
Después de cruzar decenas de arcos que sujetan toda la estructura del zoco y que le confieren una gran belleza, pasamos a una pequeña plaza que tenía carteles de Rafic Hariri y de otras víctimas de lo que los libaneses consideran un complot sirio. Las paredes de la ciudad estaban llenas de fotos de presos palestinos en cárceles de Israel, además del repetido retrato de Ahmed Yasín, fundador de Hamás.
Como tenía sed, fui a comprar una cocacola y Sara se anticipó y me la pagó. Me dijo que corría de su cuenta. Yo me sentí algo mal, porque además de enseñarme y explicarme bien lo que conocía de la ciudad, me invitó.
Durante nuestro largo paseo por las laberínticas callejuelas llenas de rincones históricos escondidos, Sara me contó que era hija de madre cristiana y padre musulmán. Al parecer se conocieron en la guerra, cuando ambas confesiones estaban enfrentadas entre sí.
Sara y yo
Pero una vez más triunfó el amor, que cuando quiere, supera todas las barreras posibles. Me dijo no recordar nada de la contienda civil vivida en su país y que sus padres vivieron en muchos sitios huyendo de la destrucción que asoló Líbano durante tantos años. Hablamos del conflicto entre Israel y Palestina, y ella, por supuesto, puso a parir al país judío, diciendo que estaban exterminando al pueblo palestino. Según ella, la Televisión de Líbano dice que están matando más gente a escondidas de lo que nadie se imagina. En una mezcla de español e inglés le recomendé no hacer demasiado caso de lo que contaran los medios, que siempre, y según sus intereses arriman el ascua a su sardina. Hoy en día la objetividad se ha perdido y los Medios de Comunicación son partidistas y parciales, sin contar que su poder ha ido aumentando cada vez más.
Pili, Chema, Ali y yo en la oscura Sidón
Aún así, muy amiga de Israel no era precisamente. Eso sí, soñaba con ir algún día a Jerusalén, aunque a sabiendas de que era algo muy improbable en su caso. Y así durante mucho rato estuvimos conversando, mientras cruzábamos arcos, túneles, callejones y restos de ruinas centenarias (algunas milenarias). Fuimos dando la vuelta por una de las vías principales de la ciudad (en la parte más moderna) donde sus edificios, al igual que Beirut, tenían las paredes que parecían un colador. A pesar de las inversiones gubernamentales, aún quedaba mucho por hacer para devolver a Sidón el esplendor que tuvo durante siglos. Como estábamos algo cansados, después de bajar una calle con olor a pescado podrido que echaba para atrás a cualquiera, decidimos ir a un buen sitio a tomar un helado. Esta vez corre de mi cuenta • dije.
Periódicos libaneses destacando el Mundial ganado por Italia
Me llevó a un sitio en el que, según ella, hacían los mejores helados libaneses. Y doy fe de que me supo muy bien el mío. Son algo más elásticos y pastosos de lo que estamos acostumbrados, pero están riquísimos. Cuando me dispuse a dar el dinero al camarero (que era palestino), Sara me sujetó la mano y pagó lo que habíamos tomado. Mi cara se me puso roja como un tomate. La verdad es que me sentí avergonzado de que no quisiera que me gastara un duro. Me dijo una y otra vez que no pagara nada porque me consideraba su amigo y su huésped. Tú disfruta de mi país. Quiero que estés contento en Líbano y que lo sientas como tu casa • me soltó con una sonrisa en los labios. Y bien sabe Dios que estaba disfrutando de lo lindo. Estaba en un país maravilloso, en una ciudad enigmática y original, con una chica guapa, inteligente y simpática haciendo de perfecta anfitriona.
Oscuro callejón de Sidón
¿Qué más podía pedir? Sí, lo sé, pedir podía pedir más. Pero no vi el momento ni la ocasión de hacerlo. Y apenas en minutos llegarían mis amigos porque ya eran las siete de la tarde. Antes de ir al punto de encuentro vimos varios sitios más, entre ellos el conocido “Museo del Jabón” (Musée du Savon), que es un edificio de piedra del siglo XIII, que a partir del XIX funcionó como fábrica de jabones que se surtían a los distintos Hammam (baños turcos). Me recordó a los típicos caravasares o patios rodeados de arcos. Hoy en día está siendo restaurado por la Fundación Audi. Por cierto, aquí, como a otros sitios entramos gratis porque Sara tenía el carné de guía turístico que le exime de pagar para acceder a cualquier monumento.
Finalmente me enseñó unas geniales vistas de la costa, y fue allí donde apareció la minivan con el grupo.
Atardecer en el Puerto de Sidón
Sara dijo que se tenía que ir, y después de despedirse de todos me sacó un taco de fotos tipo book de esos que se hacen las modelos y me dijo que eligiera una. Salía guapísima y todos los que las vimos nos quedamos alucinados. El fotógrafo había querido resaltar los ojos de tal manera que hipnotizara al que los viera. Y es que como os comenté anteriormente, son de los más bonitos que he visto en mi vida. Elegí foto, me dio dos besos y se marchó deseándome mucha suerte en lo que me quedaba de viaje. La verdad es que pasé una tarde fantástica con ella.

 

Y tal como hizo Sara conmigo, llevé a mis amigos a recorrer las angostas callejuelas de la parte antigua de Sidón. A ellos también les gustó mucho porque no era un lugar puramente turístico y se seguía viviendo igual que décadas atrás.

Atardece en Sidón
Una vez oculto el sol, la oscuridad reinó en el laberinto que componían la gran cantidad de calles que cruzaban el zoco. Y nos dimos cuenta de que allí la luz eléctrica no se estilaba para alumbrar la vía pública por lo que durante bastante tiempo transitamos casi a tientas por allí, siendo observados por los lugareños, quienes nos iban señalando extrañados por vernos en su barrio a esas horas. El cantar de las mezquitas fue nuestra Banda Sonora en esos extraños minutos que tardamos en salir de allí para dirigirnos al coche donde estaba Said tumbado. Let´s go to the hotel, le dijimos. Y allí llegamos a los tres cuartos de hora aproximadamente. La ropa que había dejado en la lavandería estaba tendida en la terraza, por lo que la fuimos recogiendo y doblando para meter en las mochilas, ya que esa era nuestra última noche en la pensión.
Corniche de Beirut
Nos metimos a la ducha uno por uno y nos fuimos dando cuenta de que el sol nos había abrasado tanto, que cualquier camiseta que nos pusiéramos nos rozaba de manera infernal. Ni crema ni nada. Estuvimos demasiado al sol y nos había pasado factura. Incluso estábamos más agotados de lo normal. Pero con todo y con eso nos fuimos a pasar nuestras últimas horas en Beirut a la Corniche, donde estuvimos charlando un buen rato rodeados de mujeres de negro que parecían fantasmas. A estas tampoco se le veían los ojos. Sinceramente me parece una aberración el tener que estar tapada por entero durante todo el día, haga frío o haga calor. Sé que es parte de una tradición de siglos, pero yo pienso que renunciar totalmente a mostrar cualquier rasgo físico es un acto machista y aberrante que anula totalmente a la mujer. Es como si quisieran evitar que se fijen en ellas para que no tengan tentaciones con otros hombres. Qué injusto me parece…

 

Estábamos totalmente destrozados y doloridos por las quemaduras del sol. Nos tocábamos la cabeza y la teníamos caliente. Incluso apenas había hambre. Así que decidimos irnos a dormir pronto para recuperarnos lo mejor posible para el día siguiente en que veríamos Baalbek, en el Valle de la Bekaa, volveríamos a Siria para ir a ver el Teatro romano de Bosra, y llegaríamos a Ammán en Jordania justo a la hora de dormir. Justo antes de coger el taxi que nos dejara en el hotel, entré al Hard Rock, donde tenía una cuenta pendiente con mi camiseta. Al final me dejé de ahorros y escatimes bobos, y me compré la camiseta que había visto el día anterior. La chica se acordó de mí y no tuvo ni que preguntarme cuál quería. La sacó directamente, le di los euros, y de vuelta al hotel.

 

No tardé ni dos segundos en entrar en estado cataléptico en cuanto me metí en la cama. Acababa de cumplirse el primer tercio del Gran Viaje y quedaban tantas cosas por vivir…
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Zeita
photo by: Sele