Nuestro "San Fermín" particular en Siria: De Palmira a Damasco
El agua de la ducha me espabiló del sueño con el que me había levantado después de dormir en esa especie de camilla que crujía y que clavaba algún madero que otro en mi espalda. Después de dejar todo recogido y listo para bajar al coche, nos tomamos el desayuno del hotel. Era lo de siempre, para qué lo voy a explicar una vez más. Cómo echaba de menos esas tostadas de mermelada y mantequilla con un colacao fresquito que me suelo hacer antes de ir a trabajar. A éstos al menos les gustaba el huevo cocido que ponían. Yo, que soy algo rarito para las comidas lo aborrezco totalmente. Mea culpa, lo sé, pero qué le vamos a hacer.
Para la jornada del día 7 teníamos planeado ver el Valle de las Tumbas por la mañana, pero antes de que abrieran daríamos otro paseo por la Avenida de Columnas, a la cual le precede el Gran Arco Triunfal.
Por tanto primeramente fuimos a comprar las entradas que nos permitieran ver algunas de las cámaras funerarias que abundan al pie de las colinas y que tienen forma de torre. Los tickets se compran en el Museo y debes estar a la hora exacta para que el “amo de llaves” te vaya abriendo las más importantes (La Torre de Elahbel y el Hipogeo de los tres hermanos). Como llegamos pronto, nos dimos un paseo por la Gran Columnata. Chema y yo tuvimos una discusión durante dicho paseo sobre el tema del dinero de las entradas y de la comida, que no pasó a mayores y que finalizó en un abrazo como amigos que somos. Estas cosas son normales cuando convives con las mismas personas las 24 horas del día. A veces el cansancio y la privación de cotidianeidad te hacen estar más irritable y tomarte algunas cosas a mal. En estos viajes todo se magnifica.
Sé que es una topicazo sacado de Gran Hermano pero es que es tiene mucho de realidad. Ahora pienso, incluso, que nos vino bien discutir para limar algunas asperezas y decirnos todos a la cara lo que pensábamos. Fue como quedarnos “limpios de malas vibraciones” y sirvió para relajar bastante el ambiente. Además Alicia y Kalipo se habían reconciliado de su bronca del día anterior lo que facilitó más las cosas a la postre.
Yasser nos recogió para llevarnos al uno de los hipogeos del Valle de las tumbas, el de Elahbel, quizá el mejor conservado de todos. Estas cámaras funerarias que pueblan la colina pueden tener forma de torre, de casa o incluso ser totalmente subterráneas, y servían para alojar numerosos ataúdes introducidos en nichos sellados con una losa de piedra, que a veces reflejaba escultóricamente el busto del fallecido.
La Torre de Elhabel, adonde entramos, se compone de 4 pisos. Desgraciadamente apenas quedan tumbas que ver, pero sí hay alguna que otra figura de piedra en el suelo que pretendía plasmar el cuerpo de la persona allí enterrada. Según parece pudo haber enterradas allí más de trescientos cuerpos. Subimos los cuatro pisos rápido y corriendo porque el señor de las llaves no te da mucho tiempo para ir directamente al Hipogeo de los tres hermanos. Incluso nos hicimos una foto erótica en una de las figuras apoyadas en la pared, que tenía cuerpo de mujer. Teníamos que poner cara de salidillos y salidillas para hacer una fotografía que tuviera su gracia.
Aunque más gracia me dio cuando llegué al coche y vi que no tenía el móvil en la mochila ni en los bolsillos.
Registramos el coche totalmente y preocupado pedí al de las llaves que me abriera la Torre del Elhabel para pasar a buscar el teléfono, que creía que se me había caído al suelo mientras posaba para hacerme la frikifoto antes mencionada. Así que hice parar a los coches que nos seguían y subí solo a la cuarta planta. Y ahí no había móvil. Por cierto, tuve una sensación extraña al estar en la cámara funeraria sin nadie dentro. Macabrismo del bueno…Cuando llegué a la minivan todos esperaban expectantes que les dijera que había encontrado el móvil pero desgraciadamente no fue así. Fuimos al Hipogeo de los Tres Hermanos pero en mi cabeza estaba mi LG, donde llevaba la Agenda y el cual necesitaba para hablar con mi familia, que preocupada por el destino elegido, se ponía en contacto conmigo más de lo normal (Otro año más me gané el patrocinio de Movistar para años venideros…).
No podía estar sin teléfono faltando 23 días de viaje.Mis amigos me decían que mirara bien en la mochila y en el coche, que suelo ser muy despistado y que no sería la primera vez que me pasaba algo similar. Ellos a estos ataques de “¿Dónde he dejado el…?” les llaman paradójicamente “los luquitas”. Lo del nombre es una larga historia pero para que lo entendáis es un cachondeito que tienen cuando creo que he perdido algo y finalmente no es así, y para ello utilizan el diminutivo de mi perro Lucas. Según ellos, tengo demasiados “luquitas” en los viajes, por lo que se lo tomaron más a sorna que otra cosa. Lo contrario a mí, que estaba totalmente desesperado por no tener mi móvil conmigo.
Mientras tanto, entramos al Hipogeo de los tres hermanos, que al contrario de la anterior cámara mortuoria, no tiene forma de torre y es totalmente subterránea. Es quizá el mejor hipogeo encontrado en Palmira al tener pinturas murales, frescos decorados con retratos y contar en su interior con cerca de 400 nichos (también llamados loculi). Lo de los tres hermanos hace referencia a los marcos ovalados con los retratos de quienes en su día mandaron construir la cámara funeraria.
A la salida del lugar, y viendo que tenía que llamar a mi padre para que anulara la tarjeta del teléfono, pedí que por favor volviéramos a la Gran Columnata a comprobar si se me había caído al suelo. Aunque difícilmente iba a estar allí. Lo normal es que si se lo hubieran encontrado, se lo hubieran quedado.
En mi cabeza estaba una hipotética llamada de un señor sirio a su amigo de Arabia Saudí. ¡Qué palo me iban a dar en la factura si no anulaba la tarjeta pronto!Regresamos pues a la avenida de columnas y pregunté a todo el que me encontré por si habían visto el móvil en el suelo. Obviamente todos contestaban que no…
Después de un rato volví con la cabeza gacha a la minivan y al remover de nuevo mis cosas, Alicia se dio cuenta dónde estaba el teléfono. En el bolsillo para móviles!!! Me dijo riéndose. Sele, has mirado en todas partes y lo tenías en el bolsillo del móvil de tu mochila. Ya te vale colega… Aún recuerdo el cachondeo que generó mi despiste, que reconozco fue sonado. A veces teniendo las cosas delante de tus ojos, no las ves.
Let´s go dijo Yasser, quien pasaría su último día con nosotros en cuanto nos dejara en Damasco. Pero antes, más o menos a la hora de comer, teníamos planeado parar en dos ciudades importantes como Maloula y Saydnaya, muy cercanas a la capital siria. De la primera había oído hablar bastante bien y sabía que estaba metida en una especie de acantilado. De la segunda no sabía rien de rien (o sea, nada de nada). Sólo que al estar la una cerca de la otra, Yasser dijo que nos daría tiempo a verla. Luego leyendo la Lonely Planet vi que Saydnaya era una ciudad muy importante para el mundo cristiano, ya que en una iglesia, según la tradición, se guarda un retrato de la Virgen hecho por San Lucas.
Genial • pensamos • Y es que nunca está de más ver cosas nuevas y no previstas de antemano.
Cogimos otro camino más suntuoso que el de la ida y nos metimos por carreteras estrechas y curvas que zigzagueaban por el vasto desierto rocoso. El paisaje era digno de no cerrar los ojos durante el trayecto. Llegamos a un cartel que ponía “Irak, 120 Km.” Y que al lado ponía DANGER escrito en rojo. Y más adelante Yasser nos paró en un BAGDAD CAFE que pillaba a medio camino entre Damasco y Palmira. Me pedí una cocacola y Alicia compró un colgante para añadir a su larga lista de regalos para amigas y familia. El lugar estaba algo solitario y tenía un carruaje ahí plantado que me hizo recordar las viejas películas del Oeste (aunque la verdad es que estábamos en el este).
Seguimos avanzando y antes de llegar a Maloula tuvimos una charla con Yasser, al que le preguntamos por qué no iba a seguir con nosotros e íbamos a tener otro conductor para el Líbano y Jordania. Éste, con gesto serio y en un inglés casi ininteligible, contestó que él ya no volvía más a esos países. Del Líbano criticó su acelerado ritmo de vida, más propio de la Europa Occidental que de un país árabe corriente. De Jordania dijo que eran unos vendidos de los Invasores de Palestina, o sea, Israel. No comprendía cómo podía haber israelíes visitando Petra por poner un ejemplo. En Siria, dijo, no puede entrar alguien de Israel o que haya estado en Israel. Le pregunté si veía solución al antagónico conflicto entre judíos y árabes y negó tajantemente que eso fuera posible hoy en día.
Que mientras los israelíes se siguieran metiendo en la política de los países de Oriente Próximo y continuaran con su política represiva hacia el pueblo palestino, toda paz era inviable. Y no se habló más del tema. Eso fue lo único que hablamos de política con el bigotudo conductor.
Llegamos a Maloula a las dos de la tarde aproximadamente. En este pueblo, en el cual se habla todavía en arameo (la lengua de Jesús), las casas cuelgan de la escarpada pared del un acantilado. La verdad es que no tenía mucho que visitar aparte de ver la grandiosa panorámica de un pueblo envuelto en la vertical montaña cuyas viviendas son de color arena y azules. Los dos únicos monumentos que tiene y a los que entramos fueron el Monasterio de San Sergio (bastante prescindible) en cuyo interior se conserva una iglesia bizantina, y el convento de Santa Tecla, con su cúpula azul y dominante en lo alto del acantilado.
El templo está construido en torno al milagro de la Santa que le pone el nombre (Santa Tecla). Según la leyenda, ésta discípula de San Pablo fue perseguida y condenada por sus creencias religiosas. Cuando estaba acorralada contra la pared del acantilado, rezó para que Dios le ayudase, y dicha pared se abrió milagrosamente para que ella escapara. Hoy en día es posible ver la hendidura de la pared que dio origen al suceso y donde se han abierto un par de capillas para rezar a la Santa. Quizá es uno de los lugares más idóneos para obtener una buena vista del pueblo y del valle.
Yasser nos llevó a un sitio desde donde se obtenía otra bella panorámica de Maloula, pero no la mejor (que se ve desde arriba). Nos sacó una foto algo temblorosa y nos emplazó a comer en el Restaurante de al lado.
Nos miramos todos y pensamos a la vez Ya nos quiere hacer el lío. Le dijimos amablemente que no se preocupara por la comida, que nos dejara vagabundear un rato por el pueblo, donde seguro encontraríamos un sitio mejor (por no decirle, un sitio sin comisión for you). Él nos explicó que no había mucho tiempo para ir a Saydnaya porque no a mucho tardar cerrarían el famoso Convento de Nuestra Señora donde os comenté antes que supuestamente se encuentra un icono de la Virgen hecho por San Lucas. Pero al final el conductor tuvo que aceptar nuestra condición, que no le hizo gracia alguna porque perdería su “little comission”. Nos fuimos a una pizzería/hamburguesería donde comimos unas pizzas bastante buenas y donde estuvimos charlando sobre nuestros actores, actrices y cantantes preferidos. Y también sobre nuestro ideal de belleza. Chema y yo coincidimos más de lo que pensaba en nuestras preferencias sobre mujeres. Poco tiempo nos dio a pasear por el pueblo porque la minivan de Yasser nos esperaba para trasladarnos a Saydnaya (Seidnayya según la Lonely Planet y algunos mapas), la cual estaba a menos de media hora de Maloula.
Yasser no abrió la boca en todo el camino del mosqueo que llevaba. Obviamente nosotros permanecimos tranquilos porque habíamos hecho lo correcto, y no era otra cosa que no dejarnos enredar con los precios. Era algo que habíamos dejado muy claro a la agencia: “Nosotros elegimos los restaurantes y los hoteles. Una cosa es que tengamos en cuenta vuestras sugerencias, pero otra es que decidáis por nosotros dónde dormir y comer”.
Saydnaya era una pequeña ciudad bastante moderna y hormigonada que nos decepcionó bastante. Lo único que tenía es que durante siglos, y gracias al supuesto retrato de la Virgen María pintado por San Lucas, fue la segunda ciudad cristiana más importante de Oriente Medio, después de Jerusalén. Entramos al moderno convento, lleno de fieles que adoraban cantidad de iconos marianos. Incluso pensábamos que se podría contemplar el famoso retrato por lo que la ciudad es visitada por un buen número de peregrinos. Pero nada de nada. Le dedicamos un rato y tiramos rápido hacia la capital siria que quedaba a escasos tres cuartos de hora de Saydnaya.
Cuando estábamos adentrándonos en la periferia de Damasco debimos pisar una bolsa con el coche, y ésta explotó al llenarse de aire.
El sonido pareció al de una pequeña bomba y Yasser dijo con una carcajada bastante intrigante: “Welcome to Damascus”. Kalipo se rió diciendo: “Si es que ya lo de las explosiones se lo toman a coña”. Al menos sirvió para que nuestro conductor cambiara el gesto y se relajara bastante el ambiente. No hubiera sido muy adecuado despedirnos con esa pizca de resentimiento tras habérnoslo pasado tan bien juntos en nuestro recorrido sirio. Obviamente no todo es color de rosa y lo mejor que se puede hacer es olvidarse de las diferencias que crean mal rollo.
Damasco parecía una ciudad más moderna y menos diferente de lo que estábamos acostumbrados. Edificios altos y modernos, con más luces de neón que en ninguna otra ciudad siria.
Muy diferente a Aleppo, más costumbrista y como dije en anteriores relatos, más auténtica. El toque distintivo lo da la cantidad de viviendas en las colinas (jebels) que rodean la urbe. Lo que más valía la pena, según había leído en las guías de viaje, era el casco histórico, sobre todo la Gran Mezquita Omeya del Siglo VII, uno de los lugares religiosos más importantes del mundo islámico.No muy lejos del centro pedimos a Yasser que nos llevara a uno de los dos hoteles colindantes, Al-Haramein o Ar-Rabie, donde preguntamos precios. Finalmente nos decidimos por Ar-Rabie, que aparte de darnos la posibilidad de dormir en la azotea, tenía un patio interior con fuente con muy buena pinta para estar relajado tomándose algo. Antes de dejar las cosas, el conductor llamó al dueño de la agencia, que nos cobraría los 212 euros/persona allí mismo.
Hablé con éste, en inglés por supuesto, y lo que pude entender (porque el tío hablaba fatal el inglés y no es que yo sea Shakespeare precisamente) es que por favor, se lo diéramos a Yasser en euros, porque si se lo pagábamos en moneda siria nos cobraría un “pequeño suplemento”. Sí, otro lío más. Al final le pagamos parte en euros y parte en libras sirias, habiendo tenido que ir a un cajero que según él no funcionaban por la tarde. Vaya tramas que te montan en un momento, porque por supuesto que funcionaron. Nos despedimos de Yasser con un abrazo y 3 besos en la mejilla, como suelen hacer ellos (a veces dan 4) y quedamos que en dos días llegaría el otro conductor por la mañana para llevarnos a la capital del Líbano, Beirut.
La azotea era exterior, a diferencia de la del hotel de Aleppo, y estaba lleno de gatos que pululaban por allí, cosa que no agradó demasiado a la pareja Kalipo-Alicia, a quienes los astutos felinos les dan bastante grima.
La verdad es que lo que se salvaba del hotel era el patio interior con mesas de piedra. Y el toque friki lo ponía el dueño, que con más de noventa años a sus espaldas, te retaba a un pulso en cuanto te veía. Y tenía fuerza el tío… aunque parecía que se iba a quedar en el sitio en cualquier momento. Es decir, que olía un poco a pino, para qué vamos a ser finos…
Después de esperar a Chema y Carlos, que fueron a consultar sus saldos bancarios por internet, nos fuimos a cenar no muy lejos de allí. Sentados en la mesa estuvimos hablando con un joven norteamericano que solía pasar temporadas en Siria y Líbano y que se consideraba un enamorado de Oriente Próximo. Decía que a Bush sólo le votaban “los paletos y la gente que no ha salido nunca de Estados Unidos” y que en los países árabes nunca se había sentido inseguro o despreciado en absoluto.
Volvimos al hotel y nos sentamos un rato en el patio donde se estaba bastante fresco y a gusto. Pedí una cocacola y que nos sacaran el narguile para poder fumar un rato. El narguile (o shisha) no es otra cosa que la famosa pipa de agua a la que llamamos cachimba y de la que se aspiran los exóticos tabacos aromáticos (de sabores). Yo, que no soy fumador de cigarros ni de nada parecido, me resulta bastante relajante la sensación que te da fumar de shisha. Éstos, que también fumaron, se rieron mucho de que me gustara tanto y de que las prolongadas caladas me sintieran tan bien.
Mientras le dábamos a la pipa de agua apareció un señor iraní que venía a mejorar sus escasos conocimientos del inglés, francés y español y nos hizo leer textos en dichos idiomas para ver cómo se pronunciaba.
Nos fuimos a la cama, bueno, mejor dicho, al ligero colchón de la azotea de los gatos. Alicia se tapó con el saco hasta la cabeza vaticinó su imposibilidad a dormir como estaba acostumbrada por su temor a que un gato se le subiera encima en plena noche. Chema, Kalipo y yo estábamos demasiado espabilados para acostarnos y estuvimos de coña durante un buen rato.
El 7 de Julio, San Fermín, se nos fue apagando entre risas en aquella terraza exterior del hotel de Damasco...
José Miguel Redondo (Sele)
El Rincón de Sele
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