Mostar y el Puente de la Esperanza

Mostar Travel Blog

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El Puente sobre el Río Neretva, también conocido como Stari Most, es el símbolo de la concordia y unión de los pueblos

Las tres horas que separan por las sinuosas carreteras Sarajevo de Mostar se me hicieron muy placenteras por el privilegiado paisaje que se fue dibujando en Bosnia. Ríos, lagos y montañas frondosas con colores casi inimaginables demuestran la pureza natural de un país demasiado hermoso para sufrir. Me juré a mi mismo que algún día volvería y le dedicaría el tiempo que se merece para recorrer todos y cada uno de los rincones más bellos del lugar.
Durante el camino nos detuvimos bastantes veces en pequeñas villas con muchos restos de las batallas que duraron más de tres años. Poco en este país se salvó de los ataques de unos y otros.
Mostar, mi parada del día 22 de julio, es quizá el lugar más visitado de Bosnia. El porqué de esta localidad para ser nuevo destino turístico obedece a varias razones: Es una pequeña ciudad con un casco histórico bastante completo, cuyo Puente (Stari Most) se ha convertido en un símbolo de lo que fue el conflicto de los noventa y de la esperanza a un presente y futuro mejores.

Lado oeste del Neretva donde se ve la grandísima torre del campanario de la Catedral Católica. Una de las casas tiene tan sólo la fachada.
Si a esto le sumamos la relativa cercanía a Croacia (mucho más turistizado) y el pseudo-morbo de la gente que quiere ver con sus ojos los efectos devastadores de la guerra, es comprensible que éste sea el destino elegido por miles de visitantes cada año.
Hace menos de una década el panorama en la ciudad era desolador. Ahora, con la ayuda de todos, se está consiguiendo que los ejércitos armadas y las guerrillas dejen paso a la gente de la calle y a turistas venidos de todo el mundo.
Mostar bien merece que haga un repaso de su historia, sobre todo la reciente, para que podáis recordar lo cruel que puede llegar a ser el hombre con sus semejantes y con el legado que la historia nos dejó muchos siglos atrás.

 

Esta pequeñísima ciudad (casi pueblo) separada por el Río Neretva y rodeado de montañas, al igual que Sarajevo, fue uno de los lugares culturalmente más destacados de la Europa Otomana.

El lado este del Neretva, quizá el más pintoresco, correspondiente al barrio conocido con el nombre de Kujundziluk.
Los turcos crearon preciosas mezquitas y le dieron un toque muy especial a sus calles y edificios, principalmente a lo que se conoce como Kujundziluk, que actualmente es el corazón musulmán de la ciudad bosnia. Siempre convivió pacíficamente gente de varias confesiones religiosas (principalmente cristianos y musulmanes), aunque tradicionalmente los católicos estaban situados más allá de la parte oeste del río, donde erigieron sus viviendas e iglesias. Uno de los nexos de unión fueron siempre los puentes, aunque hubo uno que alcanzó una fama inusitada, mucho mayor que la de los demás. El Stari Most (puente antiguo en serbio) fue mandado construir por el Sultán de Estambul al arquitecto Mimar Harjrudin, discípulo de Sinán, quien erigió los principales monumentos del Imperio Otomano, tales como la Mezquita Azul o la de Suleymán el Magnífico (las cuales visitamos durante nuestro primer día de viaje).
Visión más detallada del Barrio turco que queda al este del Neretva
El puente no sorprendió en absoluto por su longitud (28 metros) o por su anchura (4 m.). Lo que más llamó la atención es el original ángulo de su arco, los métodos de construcción utilizados, así como la riqueza de los materiales que hicieron que la piedra brillara quasi-blanca a 20 metros del Río Neretva. Para muchos su estructura y su diseño lo hacían ser el puente más bello, por encima del inconmensurable Rialto de Venecia (El Rey de los puentes). Éste fue un lugar de paso entre el este y el oeste de la ciudad antigua, y estaba flanqueado por dos torres, la Halebija en la orilla derecha y la Tara en la orilla izquierda (siglo XVII). La simbología en este caso era muy clara, Oriente y Occidente unidos por una de las construcciones más adelantadas a su tiempo.

Mostar, al igual que la totalidad de Los Balcanes, aguantaron a lo largo de su historia catástrofes y numerosas guerras, pero fue quizá la de los años noventa la más devastadora de todas.
Personaje local dispuesto a dar "El Gran Salto" al Neretva ante la mirada atenta de los turistas que hay en Stari Most
Al igual que Sarajevo y que toda Bosnia en el año 1992, la pequeña ciudad del Neretva sufrió los ataques del ejército serbio durante más de seis meses de constantes bombardeos. Los católicos (de etnia croata) y los musulmanes bosníacos lucharon juntos contra ellos y lograron detener muchas de las acometidas de los yugoslavos que les asediaban desde muchos flancos. Pero las diferencias entre ambas confesiones y las viejas rencillas dieron un nuevo giro a la guerra tanto en Mostar como en el resto de Bosnia con la misma situación étnica. Católicos croatas y bosnios islámicos, comenzaron una lucha fraticida y cruel que llevó a la matanza de miles de inocentes. Los croatas aniquilaron todo símbolo musulmán, por lo que Kujundziluk, la parte más antigua y bella de la ciudad fue la que se llevó la peor parte.
Un saltador cae a las verdes aguas del Río Neretva siguiendo una tradición que viene de muchos años atrás.
Las casas del centro viejo fueron destruidas, las calles se convirtieron en ruinas llenas de cadáveres, las montañas se llenaron de trincheras y bunkers, y una de las Avenidas, conocida como El Bulevar, se convirtió en ese punto intermedio entre unos y otros donde la devastación fue mayor aún. Pero el viejo puente (Stari Most) siguió resistiendo, desafiando al genocidio que allí se estaba cometiendo.  Los habitantes trataron de proteger el puente con neumáticos, creando un techo provisional con placas de metas e incluso alfombras. Todo con tal de conservar el legado de siglos, que por otra parte era el único  paso que llevaba a la única fuente de la ciudad. Los croatas trataron de no dejar piedra sobre piedra pero no lo conseguían de ninguna forma.
Aquí me tenéis subido al magistral puente reconstruído a imagen y semejanza del original.
Un día recibieron un soplo de alguien que dicen que en su día trabajó en la conservación del puente, quien confesó a los mandos militares que éste tenía su interior hueco, y que si disparaban concienciadamente contra esta cámara hueca tirarían el puente abajo. Así hicieron días después, y tras varios disparos el puente cayó sobre el verde Neretva tiñéndolo de rojo sangre, el mismo que decoraba el panorama desolador de Mostar (ver el video de su derrumbe). Más que volar un lugar estratégico, lo que habían hecho los extremistas fue derrumbar el símbolo del nexo entre las comunidades musulmana y croata. Era poner un punto y final a toda reminiscencia de la época esplendorosa que había supuesto en la ciudad el Imperio Otomano.
Una bella panorámica del Stari Most
El puente, como los más importantes monumentos de la ciudad, símbolos de una herencia musulmana, fueron las zonas más afectadas del infierno de Mostar. Por tanto, está claro que la destrucción premeditada del Stari Most no obedeció a razones militares. La barbarie se cometió para borrar de una vez por todas las raíces culturales de la población, que llevaba siglos conviviendo en paz y armonía. El lazo de unión de dos comunidades, de dos universos históricos y culturales, se vino abajo ante la mirada de Occidente, que hasta entonces había hecho la vista gorda. Hizo más ruido la voladura del Puente de Mostar que los lamentos de los ciudadanos pidiendo ayuda ante la masacre vergonzosa que se estaba cometiendo.

 

En 1995 cuando los Cascos azules (muchos de ellos españoles) arribaron a la ciudad del Neretva se encontraron con un escenario de muerte y destrucción.

Sentado en el patio de la Mezquita Koski Mehmed Pasha desde donde se ve el Puente
Al menos lograron interrumpir que los habitantes se siguieran matando los unos a los otros. Imaginaos la sed de venganza de muchos que se habían quedado sin hogar, o lo que es peor, se habían quedado sin familiares o amigos.
Durante todo este tiempo se ha trabajado para reanudar la paz y devolver la normalidad a la vida cotidiana de Mostar. Algo que ha hecho mejorar la economía de la ciudad no sólo ha sido la colaboración de los Gobiernos internacionales, sino también la proliferación del turismo.
Si bien la ciudad, sobre todo la parte más antigua, se ha ido restaurando y reconstruyendo poco a poco, no podía ser menos que ocurriera lo mismo con el inexistente Puente del Siglo XVI desaparecido en las verdísimas aguas del Neretva. Bajo el auspicio de la UNESCO y la colaboración desinteresada de organismos y de los propios habitantes de la ciudad, se trazó un proyecto muy ambicioso consistente en levantar un puente exactamente igual al anterior.
Son muchas las viviendas y los edificios afectados por la contienda bélica
Primero analizaron minuciosamente las características del monumento e investigaron cómo fue construido en 1566 por Mimar Hajruddin. La piedra caliza y reluciente que habían utilizado en el Siglo XVI para los arcos y las partes frontales del puente recibe el nombre de Tenelija y sólo se encuentra en la región de Mostar. Para el suelo se había utilizado otro tipo de piedra, más porosa, que se encuentra en las orillas del Neretva. Se dieron cuenta en éste momento de la razón que hizo “sangrar” el puente cuando cayó al río, y no fue otra que para sellar el suelo se empleó un mortero rosa que contenía bauxita y alumina de color marrón rojizo. Al caerse, se mezcló con el agua, lo que provocó que se coloreara el río con un tono rojo. Una vez claro el material utilizado se pasó a investigar cómo había sido diseñado y se estudió minuciosamente su estructura.
Las terrazas y los locales tratan de camuflar lo imposible...
Así poco a poco se fue haciendo exactamente igual que casi cinco siglos antes hasta que fue inaugurado el 23 de julio de 2004, asistiendo personalidades de medio mundo como símbolo de la reconciliación en una de las ciudades más castigadas por la guerra. Un puente hacia la esperanza de paz, no sólo en Los Balcanes, sino en este mundo tan sumamente contaminado por los señores de la guerra, que manejan pueblos según sus intereses y que no reparan en las consecuencias de sus actos.

Numerosas instituciones y fuerzas militares desplegadas en Mostar (400 españoles) aún siguen llevando a cabo labores humanitarias y de reconstrucción, además de evitar posibles enfrentamientos y vendettas entre clanes poblacionales.

 

Así pues me presenté en Mostar a las diez y media de la mañana, tras apearme del bus en la Estación principal.

Placa conmemorativa de uno de los caídos españoles
Me quedé solo en un momento y apareció una chica de unos 18 años, esbelta y con una cara preciosa, que me ofreció alojarme en su casa. 15 euros la habitación, como en Sarajevo. Le dije que dependía de los horarios de los buses, ya que mi idea era ir a Dubrovnik por la noche, incluso si fuera posible, que no estaba seguro, a Kotor en Montenegro. Me mostró una de las agencias que venden tickets de bus y fui a preguntar horarios y precios para ambas opciones. Finalmente me decanté por ir por la mañana temprano a Kotor, dejando Dubrovnik para después. Era mejor que meterme en Croacia, ir a Montenegro y volver a Croacia de nuevo. Así que una vez cerrado el billete, acordé ir a la casa de la chica, que estaba muy bien situada, a escasos doscientos metros de Stara Most, el mítico puente. La ciudad era pequeña y de fácil recorrido a pie, pero prefirió llevarme en coche.
Cruzando el Puente Musala hacia El Bulevar
La verdad es que era un favor, porque el peso de la mochila me estaba dejando la espalda bastante dolorida. Cuando me fui a meter en el coche apareció la madre de la chica y ella se quedó tomando algo en la Estación. Buen cebo utiliza usted, señora • le dije en español a la mujer que obviamente no comprendió nada. En menos de cinco minutos me había dejado a la puerta de su casa. Curiosamente llevaba encima una tarjeta con el nombre y teléfono de esta mujer, que me habían dado por la mañana en Sarajevo al dejar las llaves. El hogar en cuestión, que era de la abuela (aumentan las generaciones por momentos), estaba en la calle Marsala Tita, muy próximo al Pavarotti Music Center (centro de conciertos, actos culturales y exposiciones creado para el entretenimiento de los niños de la guerra).
La gente no puede evitar impresionarse por los restos de una de las guerras más sangrientas del último tercio del Siglo XX
Mi habitación tenía dos camas, perdón, dos colchones en el suelo y una decoración algo retro. Pero como sólo la iba a utilizar para dormir tampoco me importaba demasiado ese detalle. Tuve que esperar unos minutos a que la abuela terminara de lavar la ropa para poder entrar al baño y ducharme. Habíamos pasado de la joven y guapa chica de la estación a la madre de Norman Bates en Psicosis…

Una vez acicalado y preparado comencé mi andadura en Mostar desde la calle Marsala Tita, donde ya pude ver varios edificios con más de un siglo de antigüedad de los que tan sólo se conservaba la fachada. Los carteles de “Cuidado, ruinas peligrosas” (en su lengua, claro) eran muy comunes allí. En Mostar era aún más visible que en Sarajevo los efectos de la guerra. Excepto en la parte más antigua y céntrica, que está actualmente prácticamente restaurada, el resto de la ciudad es un conglomerado de edificios en ruina pasto de las bombas, los morteros y las llamas.
La Plaza de España de Mostar. Lo que fue la Escuela de Gramática me recuerda bastante a Las Ventas


No tardé prácticamente nada en acceder a la zona antigua, divisar la torre Helebija, utilizada como mazmorra durante el Imperio Otomano y adentrarme al magnífico y reluciente Puente de Mostar. Fue muy gratificante ir al centro del símbolo de paz y unión, caminando por el resbaladizo suelo y divisar la corriente del Neretva, más verde aún de lo que se ve en las fotografías. Desde ahí se veía impoluto el Kujundziluk, con sus casas de cuento, algunas con colores amarillos o incluso rojos. Este sitio es una preciosidad, y es el punto álgido de la ciudad. La mayor parte de las turistas están allí el mayor tiempo posible. Y no simplemente viendo el magnífico trabajo que se había llevado a cabo, sino uno de los espectáculos más típicos y llamativos de Mostar. Mucho tiempo antes de que el puente fuera destruido por la guerrilla croata estaba muy de moda ver saltar a los habitantes de la ciudad los más de 20 metros que hay de caída al Neretva.
Edificio de corte moderno en pleno Bulevar que no se salvó de los disparos y bombazos
Era un acto no sólo deportivo que requería aprendizaje, sino una manera de entretener al pueblo, y por qué no decirlo, de llamar la atención a las damas que acudían a no perder detalle de los apolíneos cuerpos de los saltadores. Esa tradición se aparcó durante algo más de diez años, pero ahora tras la reconstitución del Stari Most, ha vuelto por todo lo alto y reúne a numerosos turistas a ver los acrobáticos saltos de los chicos, quienes incluso tienen la sede de su club en la torre del margen oeste (Tara Tower). Pinchando aquí podéis ver un video de cómo saltan y se clavan en el río, que apenas llega a los cuatro metros de profundidad en esa parte. Pertenece a un show patrocinado por Red Bull que reunió a miles de personas.
En la zona croata la devastación también fue bestial
Lo normal si acudes el Puente es que veas más de un salto. El tiempo de espera corresponde a que el dinero que recauden de los visitantes alcance su tope deseado. Logré hacer un par de fotos buenas en las que se le ve a uno de los chicos cuando está a punto de llegar al agua.

Allí me encontré con un par de españolas (concretamente de Barcelona) que venían de hacer un circuito con el coche por Croacia y que finalizarían su viaje en Sarajevo. Me hablaron maravillas de Dubrovnik, una de las ciudades más bonitas del mundo. También me recomendaron ir a alguna de las islas croatas y a Plitvice, Parque Natural lleno de cataratas. Lamentablemente no contaba con demasiado tiempo pero todo se andaría. Excepto Dubrovnik, que no me lo quería perder por nada, no tenía claras aún mis paradas en Croacia.

Las aulas de los colegios llevan vacías más de una década
Quizá Split, quizá Hvar, quizá la Isla de Mljet, incluso el propio Plitvice… No estaba nada seguro.

 

Después de estar un rato en el puente me metí en una exposición sobre cómo quedó Mostar tras la guerra, además de ver por triplicado las imágenes de la destrucción de Stari Most que me impresionaron bastante, a la vez que me dieron mucha pena.
Fue más agradable, por su puesto, estar paseando tranquilamente entre los comercios y bares de Kujundziluk, justo en la vertiente este del Neretva. En las tiendas se vende de todo, desde camisetas de fútbol a libros o DVDs dedicados a la guerra en Mostar, pasando por recuerdos de la batalla tales como balas o restos de armas. Son típicos de allí los molinillos de café, que en vez de ser como los normales que estamos acostumbrados a ver, son de latón y tienen forma alargada.

El Bulevar fue el frente de batalla entre ambos bandos

Tras cruzar esta zona bastante arreglada llegué a la que quizá es la Mezquita más visitada de Mostar: Koski Mehmed Pasha (1617), desde cuyo patio se obtiene una bella panorámica del puente y que en su interior se pueden ver pintados motivos vegetales de la época otomana, los cuales han sido también restaurados por expertos. Es una mezquita muy pequeña donde, a excepción de las pinturas, la frugalidad y la simplicidad son sus características principales. Por un euro subí al minarete desde donde mejor se puede fotografiar la zona antigua de la ciudad y el imponente Neretva. Tiene un pequeñísimo cementerio de la época, como en la mayoría de los templos religiosos de Mostar.

 

Mis siguientes visitas turísticas fueron al Tepa Market (un mercado típico de fruta que lleva allí desde hace siglos) y a otra de las mezquitas de la ciudad (ya fuera de la zona más antigua), donde también subí a su minarete.

El Bulevar se ha convertido en un lugar fantasmagórico
Ésta tiene un nombre impronunciable, algo así como Karadjozbeg y fue una de las que más sufrieron durante la Guerra. Fue reabierta también en 2004 y es bastante parecida a la que os hablé anteriormente. Estuve un rato sentado en su alfombra viendo cómo había sido la restauración de las pinturas, también con motivos vegetales. Las vistas desde su alminar te permiten detenerte mejor aquellas zonas aún no restauradas de la ciudad  y que muestran la brutal aniquilación que sufrió durante los más de tres años de guerra indiscriminada por parte de serbios y croatas.
No entré a visitar, por ejemplo, la casa turca que tiene más de 350 años y que se ha convertido en un museo de cera con la decoración típica de un hogar habitado por alguien de dinero (de esos que tenían varias mujeres).
A esta casa le llovieron los disparos. ¿Cuántos puede haber?

En la misma calle de la Mezquita Karadjozbeg (Brae Fejica) me senté a comer a una de las mejores pizzerías de la ciudad. Su nombre lo dice todo “Pizzería ABC” y me metí para el cuerpo una pizza mexicana que picaba lo suyo. Pensándolo, son curiosas estas cosas que nos trae la globalización…


Decidí tras el descanso que tocaba ir a la “parte chunga” de la ciudad, es decir, la más afectada durante la batalla entre católicos y musulmanes. Recibe el nombre de Bulevar, pero vamos, para que os hagáis una idea es algo parecido a la Línea verde de Beirut o de Chipre, la antigua frontera imaginaria entre ambos bandos y donde la batalla fue más pronunciada. Para llegar allí hay que cruzar el Puente Musala (o Puente de Tito) y dejar atrás la Escuela de Música, el Club Café Banja y el Hotel Neretva, totalmente destruido y que tiene planes de ser restaurado próximamente.

La Catedral Católica situada en la zona croata
En uno de estos edificios, no recuerdo cual exactamente, hay una placa dedicado a un soldado español muerto “en acto de servicio”.


El Bulevar es la calle más larga y que más historia de caos y muerte tiene la ciudad de Mostar. Al este los musulmanes, al oeste los habitantes de origen croata y de confesión católica. Allí los edificios no es que estén tiroteados, directamente forman un esqueleto de fachadas. El espectáculo es fantasmagórico, aunque más lo debía ser hace años. En el mismo centro del bulevar, nada más haber cruzado el Puente Musala hay un edificio situado en una pequeña plaza que cuando lo vi me recordó a la Plaza de Toros de Las Ventas. Me dirigí al centro de la dicha placita y leí en una placa rodeada de flores TRG ESPAæ#39;A.

Otra foto en el Puente
¿Hay una Plaza de España en Mostar? Qué bueno…me dije sonriente. No es de extrañar, ya que los soldados españoles en Bosnia son quizás los más numerosos y activos. Desde que el ejército español aportó sus hombres en pos de ayudar en el país balcánico han muerto 21. El Ayuntamiento de Mostar quiso agradecer la colaboración española dedicando esta Plaza a un país al que consideran amigo. Es más, el edificio que me recuerda a Las Ventas es una Escuela de Gramática erigida en la época del Imperio Austrohúngaro (1896). La Agencia de Cooperación Internacional al igual que otros organismos españoles ayudará a su acondicionamiento y restauración. La misión de las Fuerzas Internacionales es devolver la normalidad a la ciudad, y para ello quieren que todo vuelva a estar como antes en la medida de lo posible.
Qué bien ha quedado ésta!
Casualmente allí me encontré con un periodista español que quería escribir sobre las secuelas de la guerra y que había estado el día antes en túneles, refugios y búnkers que le había enseñado un ciudadano musulmán que luchó durante la contienda.  Es curioso pero no me hizo falta ni oírle hablar para saber que compartíamos Patria. Al parecer él tampoco lo necesitó.

Antes de proseguir el paseo por el Bulevar decidí adentrarme en la parte croata y meterme en uno de sus edificios, donde uno puede comprobar que hay el mismo índice de devastación que al otro lado. Ellos también tuvieron muchas bajas en sus habitantes y sufrieron la crueldad del lado musulmán.

Quise subir a una de las zonas más altas de la ciudad, el cementerio.
Está claro que en una guerra no hay vencedores ni vencidos y que no lleva a nada limar asperezas con el fusil o con el mortero. El lado croata es menos vistoso que el islámico (un día no muy lejano estuvieron mezclados), donde se encuentran la mayor parte de los monumentos. Donde ahora viven los católicos, es más parecido a una ciudad dormitorio de esas que abundan en las grandes capitales. Su único monumento, y no precisamente bonito, es la Catedral, que cuenta con un campanario altísimo que se ve desde cualquier parte. Obviamente esa era la intención cuando se erigió, ser el “más alto”, el “más grande”. Es decir, otro ejemplo más de rivalidad entre ambos bandos. La montaña desde donde atacaron y se defendieron las tropas croatas está coronada en lo alto por una enorme cruz, que está dedicada a los caídos cristianos.
Caserón habitado en el que tras diez años de paz no han tocado en absoluto "sus marcas"
Otro símbolo más para hacer rabiar al vecino.

Volví al Bulevar y lo recorrí despacio observando el esqueleto de lo que un día fueron casas habitadas por familias normales y corrientes, esas mismas que se marcharon o perecieron en el intento. Es difícil explicar con palabras, por ello os recomiendo que veáis un video que he encontrado en Youtube que consiste en una grabación hecha desde un coche que recorre en principio la parte musulmana y que pronto cruza al Bulevar mostrando su infierno. Está hecho en el año 2000, cuando estaba la cosa mejor que en el 95 y peor de lo que pude ver yo, aunque muy aproximado, ya que la mayor parte de lo que muestra sigue lamentablemente en pie.

Me subí al cementerio musulmán desde donde pude obtener una buena panorámica de la ciudad. Al fondo, el lado croata
Más vale una imagen que mil palabras… fue lo que le dije a mi hermana Susana, a la que llamé para tratar de explicar lo que os estoy contando mientras veía vacías y llenas de hoyos unas cuantas canchas de baloncesto de lo que debió ser un colegio.

Entré a la Catedral de la enorme torre, donde estaban celebrando una boda. Es totalmente nueva, ya que se restituyó por completo recién finalizada la guerra. No me gustó mucho, ya sabéis que no me van demasiado las construcciones modernas. En este barrio católico se respira bastante ambiente religioso, como pude ver en uno de los bares en los que me tomé una coca cola. En el centro mismo de su jardín, una cruz de madera. Los croatas también se quejan del poco respeto que tuvieron los guerrilleros islámicos con sus símbolos religiosos. Otro ejemplo contundente en forma de video lo forman estas imágenes de combatientes musulmanes poniendo patas abajo una iglesia.
José Miguel Redondo, Corresponsal de Guerra en Mostar (Bosnia). Los agujeros de los disparos reinan en casi todas las paredes de la ciudad.
Pinchad aquí para ver esta grabación obtenida también en la Web Youtube. Como comprobaréis, es absolutamente reprobable y repugnante. Así es la Guerra, que acaba con todo.
No pude evitar entrar en varios edificios ruinosos y en comprobar como hasta las cocinas y cuartos de baño están acribilladas a tiros. No quedó nada sin que recibiera el impacto de los proyectiles. Es tremendo, las fotos que hice deberían ir firmadas con las siguientes palabras: “José Miguel Redondo. Corresponsal de guerra”. Es así como te sientes durante unos instantes. Afortunadamente no tuve que sortear fuego cruzado como hacen a veces estos increíbles profesionales que están hechos de otra pasta y que admiro profundamente.

Salí del Bulevar y me adentré de nuevo “al otro lado” para pasear de nuevo por las calles aledañas a Stari Most, donde seguían los saltadores haciendo de las suyas.
No pude evitar meterme a uno de sus edificios derruidos y comprobar cómo hay agujeros de bala en todas partes
Como aún era pronto me subí hasta una de las partes más altas de la montaña donde hay un enorme cementerio, además de otras muchas viviendas afectadas. Durante una hora estuve totalmente solo sin escuchar un mísero ruido. Desde allí se veía perfectamente la ciudad que fue víctima de la barbarie humana. Mostar estaba siendo sin darme cuenta otro viaje hacia mi interior. Cuántas veces decimos al viento eso de “qué afortunados somos” sin ser conscientes realmente de ello. Claro que somos afortunados. Más de lo que nos podemos imaginar. A veces nos quejamos de tantas minucias, de tantas estupideces… Sé que suena a demagogia barata pero es cierto que muchos vivimos muy bien, demasiado bien. Muchos otros no han corrido la misma suerte y han tenido que abandonar sus casas, además de ver morir a los suyos.
Sele in the war
Poneros en la piel de esta gente por un segundo e imaginad que debéis dejar todo: vuestro hogar, vuestra familia, y a todos vuestros amigos por culpa de la brutalidad de la guerra. Y sin contar, por supuesto, que hayáis perdido a todos vuestros seres queridos y os hayáis quedado solos en la vida. Yo doy gracias a Dios por tener mi familia y por vivir como un privilegiado. Cuántas veces me comporto como un puñetero egoísta…

 

Estaba bastante cansado, la verdad, y terminé marchándome a descansar un rato y a pegarme una buena ducha a mi habitación. Ahí estaba la abuela, sentada afuera con unas señoras de su edad, las cuales no me quitaron el ojo de encima como si fuera un intruso.

Precioso atardecer en Mostar. Silueta de la zona croata, donde destaca su larga torre de la Catedral
Me tumbé en la cama poco más de un cuarto de hora y me quedé largo rato mirando al techo. Pensé en lo mucho que les gustaría Mostar en particular y Bosnia en general a mis colegas, sobre todo a Kalipo. Es esa clase de países que entre unas cosas y otras acabas cogiendo cariño y sé que todos mis amigos hubieran disfrutado tanto como yo.
Una vez acondicionado y refrescado salí a dar una vuelta coincidiendo con la despedida del sol que poco a poco se internó por las sabias montañas. Cuando pasé por el Pavarotti Music Center vi aparcado un coche militar con la bandera de España. Miré por la puerta acristalada del Centro cultural y allí dentro estaba un militar español que forma parte de los muchos Cascos azules que nuestro país tiene allí destinados. Le saludé y charlé con él sobre lo que hacían y sobre cómo está la situación real en Bosnia.
Preciosa panorámica del Stari Most y del Barrio otomano de Mostar
Me dejó algo intranquilo porque comentó que, aunque mejor que hace unos años, se vive una “calma tensa” en el país. Según él, cuando se retiren las Fuerzas Internacionales hay posibilidades de que vuelvan a tirarse de los pelos entre católicos y musulmanes. En Mostar, como en otras ciudades de Bosnia menos grandes, convive gente que conoce quién ha matado a su hijo, o ha quemado su casa por poner un ejemplo. “Eso algún día puede estallar” me dijo el soldado. Son más de cuatrocientos los militares españoles destinados en Bosnia, haciendo tareas humanitarias, colaborando en proyectos de restauración, y evitando el contrabando, una de las lacras más abundantes, según me dijo el hombre. Es ese momento estaba llevando al centro cultural una gran cantidad de trajes de flamenca porque hay una chica española enseñando a bailar a los que se apuntan a este noble arte patrio.
Un minarete apunta hacia el cielo
Me despedí de él deseando lo mejor y mostrándole mi agradecimiento por la labor que allí están haciendo nuestras tropas. Uno se siente orgulloso de ver que hay españoles por el mundo ayudando a los demás.

 

Me bajé al río a ver si le echaba narices para bañarme en sus verdes aguas, pero al final me conformé con meter los pies porque el agua estaba bien fría y no podía arriesgarme a coger un catarrazo. Volví a callejear por el barrio antiguo con las llamadas a la oración de las Mezquitas, que por mucho que las escuche, siguen entusiasmándome como el primer día.

Tras unos minutos de ver cómo mis pies estaban hinchados de tanta caminata me senté en una terraza a cenar.

El puente se ilumina por la noche
Allí la gastronomía no es precisamente su fuerte. Comí la masa con salchichas dentro que probé en Sarajevo, que empalaga más que alimenta. He recordado su extraño nombre, Çevapi, y supone una bomba de relojería para el colesterol. Yo estaba ya hartísimo de tanta comida fuerte. Por una vez en mi vida rogué alimentarme de algo sano hecho en mi casa. Y es que, ¿acaso se come en otro sitio mejor que en el nido? Todos decimos siempre la típica frase de “Es que mi madre cocina muy bien”…  y qué razón tenemos! 

Al día siguiente me tenía que levantar muy pronto para ir a Kotor por lo que decidí recogerme y volver por donde había venido, que ese día entre unas cosas y otras había hecho unos cuantos kilómetros. Se me caían los párpados y los bostezos comenzaron a ser casi ininterrumpidos. Era el momento justo para volver a casa de la abuela y destrozar el colchón. Me están entrando ganas de bostezar con sólo pensarlo…mmm. ¡Hasta mañana!

 

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Mostar
photo by: brcko