Mostar y el Puente de la Esperanza
Las tres horas que separan por las sinuosas carreteras Sarajevo de Mostar se me hicieron muy placenteras por el privilegiado paisaje que se fue dibujando en Bosnia. Ríos, lagos y montañas frondosas con colores casi inimaginables demuestran la pureza natural de un país demasiado hermoso para sufrir. Me juré a mi mismo que algún día volvería y le dedicaría el tiempo que se merece para recorrer todos y cada uno de los rincones más bellos del lugar.
Durante el camino nos detuvimos bastantes veces en pequeñas villas con muchos restos de las batallas que duraron más de tres años. Poco en este país se salvó de los ataques de unos y otros.
Mostar, mi parada del día 22 de julio, es quizá el lugar más visitado de Bosnia. El porqué de esta localidad para ser nuevo destino turístico obedece a varias razones: Es una pequeña ciudad con un casco histórico bastante completo, cuyo Puente (Stari Most) se ha convertido en un símbolo de lo que fue el conflicto de los noventa y de la esperanza a un presente y futuro mejores.
Hace menos de una década el panorama en la ciudad era desolador. Ahora, con la ayuda de todos, se está consiguiendo que los ejércitos armadas y las guerrillas dejen paso a la gente de la calle y a turistas venidos de todo el mundo.
Mostar bien merece que haga un repaso de su historia, sobre todo la reciente, para que podáis recordar lo cruel que puede llegar a ser el hombre con sus semejantes y con el legado que la historia nos dejó muchos siglos atrás.
Esta pequeñísima ciudad (casi pueblo) separada por el Río Neretva y rodeado de montañas, al igual que Sarajevo, fue uno de los lugares culturalmente más destacados de la Europa Otomana.
Mostar, al igual que la totalidad de Los Balcanes, aguantaron a lo largo de su historia catástrofes y numerosas guerras, pero fue quizá la de los años noventa la más devastadora de todas.
En 1995 cuando los Cascos azules (muchos de ellos españoles) arribaron a la ciudad del Neretva se encontraron con un escenario de muerte y destrucción.
Al menos lograron interrumpir que los habitantes se siguieran matando los unos a los otros. Imaginaos la sed de venganza de muchos que se habían quedado sin hogar, o lo que es peor, se habían quedado sin familiares o amigos.Durante todo este tiempo se ha trabajado para reanudar la paz y devolver la normalidad a la vida cotidiana de Mostar. Algo que ha hecho mejorar la economía de la ciudad no sólo ha sido la colaboración de los Gobiernos internacionales, sino también la proliferación del turismo.
Si bien la ciudad, sobre todo la parte más antigua, se ha ido restaurando y reconstruyendo poco a poco, no podía ser menos que ocurriera lo mismo con el inexistente Puente del Siglo XVI desaparecido en las verdísimas aguas del Neretva. Bajo el auspicio de la UNESCO y la colaboración desinteresada de organismos y de los propios habitantes de la ciudad, se trazó un proyecto muy ambicioso consistente en levantar un puente exactamente igual al anterior. Primero analizaron minuciosamente las características del monumento e investigaron cómo fue construido en 1566 por Mimar Hajruddin. La piedra caliza y reluciente que habían utilizado en el Siglo XVI para los arcos y las partes frontales del puente recibe el nombre de Tenelija y sólo se encuentra en la región de Mostar. Para el suelo se había utilizado otro tipo de piedra, más porosa, que se encuentra en las orillas del Neretva. Se dieron cuenta en éste momento de la razón que hizo “sangrar” el puente cuando cayó al río, y no fue otra que para sellar el suelo se empleó un mortero rosa que contenía bauxita y alumina de color marrón rojizo. Al caerse, se mezcló con el agua, lo que provocó que se coloreara el río con un tono rojo. Una vez claro el material utilizado se pasó a investigar cómo había sido diseñado y se estudió minuciosamente su estructura. Así poco a poco se fue haciendo exactamente igual que casi cinco siglos antes hasta que fue inaugurado el 23 de julio de 2004, asistiendo personalidades de medio mundo como símbolo de la reconciliación en una de las ciudades más castigadas por la guerra. Un puente hacia la esperanza de paz, no sólo en Los Balcanes, sino en este mundo tan sumamente contaminado por los señores de la guerra, que manejan pueblos según sus intereses y que no reparan en las consecuencias de sus actos.
Numerosas instituciones y fuerzas militares desplegadas en Mostar (400 españoles) aún siguen llevando a cabo labores humanitarias y de reconstrucción, además de evitar posibles enfrentamientos y vendettas entre clanes poblacionales.
Así pues me presenté en Mostar a las diez y media de la mañana, tras apearme del bus en la Estación principal.
Me quedé solo en un momento y apareció una chica de unos 18 años, esbelta y con una cara preciosa, que me ofreció alojarme en su casa. 15 euros la habitación, como en Sarajevo. Le dije que dependía de los horarios de los buses, ya que mi idea era ir a Dubrovnik por la noche, incluso si fuera posible, que no estaba seguro, a Kotor en Montenegro. Me mostró una de las agencias que venden tickets de bus y fui a preguntar horarios y precios para ambas opciones. Finalmente me decanté por ir por la mañana temprano a Kotor, dejando Dubrovnik para después. Era mejor que meterme en Croacia, ir a Montenegro y volver a Croacia de nuevo. Así que una vez cerrado el billete, acordé ir a la casa de la chica, que estaba muy bien situada, a escasos doscientos metros de Stara Most, el mítico puente. La ciudad era pequeña y de fácil recorrido a pie, pero prefirió llevarme en coche. La verdad es que era un favor, porque el peso de la mochila me estaba dejando la espalda bastante dolorida. Cuando me fui a meter en el coche apareció la madre de la chica y ella se quedó tomando algo en la Estación. Buen cebo utiliza usted, señora • le dije en español a la mujer que obviamente no comprendió nada. En menos de cinco minutos me había dejado a la puerta de su casa. Curiosamente llevaba encima una tarjeta con el nombre y teléfono de esta mujer, que me habían dado por la mañana en Sarajevo al dejar las llaves. El hogar en cuestión, que era de la abuela (aumentan las generaciones por momentos), estaba en la calle Marsala Tita, muy próximo al Pavarotti Music Center (centro de conciertos, actos culturales y exposiciones creado para el entretenimiento de los niños de la guerra).Una vez acicalado y preparado comencé mi andadura en Mostar desde la calle Marsala Tita, donde ya pude ver varios edificios con más de un siglo de antigüedad de los que tan sólo se conservaba la fachada. Los carteles de “Cuidado, ruinas peligrosas” (en su lengua, claro) eran muy comunes allí. En Mostar era aún más visible que en Sarajevo los efectos de la guerra. Excepto en la parte más antigua y céntrica, que está actualmente prácticamente restaurada, el resto de la ciudad es un conglomerado de edificios en ruina pasto de las bombas, los morteros y las llamas.
No tardé prácticamente nada en acceder a la zona antigua, divisar la torre Helebija, utilizada como mazmorra durante el Imperio Otomano y adentrarme al magnífico y reluciente Puente de Mostar. Fue muy gratificante ir al centro del símbolo de paz y unión, caminando por el resbaladizo suelo y divisar la corriente del Neretva, más verde aún de lo que se ve en las fotografías. Desde ahí se veía impoluto el Kujundziluk, con sus casas de cuento, algunas con colores amarillos o incluso rojos. Este sitio es una preciosidad, y es el punto álgido de la ciudad. La mayor parte de las turistas están allí el mayor tiempo posible. Y no simplemente viendo el magnífico trabajo que se había llevado a cabo, sino uno de los espectáculos más típicos y llamativos de Mostar. Mucho tiempo antes de que el puente fuera destruido por la guerrilla croata estaba muy de moda ver saltar a los habitantes de la ciudad los más de 20 metros que hay de caída al Neretva. Era un acto no sólo deportivo que requería aprendizaje, sino una manera de entretener al pueblo, y por qué no decirlo, de llamar la atención a las damas que acudían a no perder detalle de los apolíneos cuerpos de los saltadores. Esa tradición se aparcó durante algo más de diez años, pero ahora tras la reconstitución del Stari Most, ha vuelto por todo lo alto y reúne a numerosos turistas a ver los acrobáticos saltos de los chicos, quienes incluso tienen la sede de su club en la torre del margen oeste (Tara Tower). Pinchando aquí podéis ver un video de cómo saltan y se clavan en el río, que apenas llega a los cuatro metros de profundidad en esa parte. Pertenece a un show patrocinado por Red Bull que reunió a miles de personas. Lo normal si acudes el Puente es que veas más de un salto. El tiempo de espera corresponde a que el dinero que recauden de los visitantes alcance su tope deseado. Logré hacer un par de fotos buenas en las que se le ve a uno de los chicos cuando está a punto de llegar al agua.
Allí me encontré con un par de españolas (concretamente de Barcelona) que venían de hacer un circuito con el coche por Croacia y que finalizarían su viaje en Sarajevo. Me hablaron maravillas de Dubrovnik, una de las ciudades más bonitas del mundo. También me recomendaron ir a alguna de las islas croatas y a Plitvice, Parque Natural lleno de cataratas. Lamentablemente no contaba con demasiado tiempo pero todo se andaría. Excepto Dubrovnik, que no me lo quería perder por nada, no tenía claras aún mis paradas en Croacia.
Quizá Split, quizá Hvar, quizá la Isla de Mljet, incluso el propio Plitvice… No estaba nada seguro.
Después de estar un rato en el puente me metí en una exposición sobre cómo quedó Mostar tras la guerra, además de ver por triplicado las imágenes de la destrucción de Stari Most que me impresionaron bastante, a la vez que me dieron mucha pena.
Fue más agradable, por su puesto, estar paseando tranquilamente entre los comercios y bares de Kujundziluk, justo en la vertiente este del Neretva. En las tiendas se vende de todo, desde camisetas de fútbol a libros o DVDs dedicados a la guerra en Mostar, pasando por recuerdos de la batalla tales como balas o restos de armas. Son típicos de allí los molinillos de café, que en vez de ser como los normales que estamos acostumbrados a ver, son de latón y tienen forma alargada.
Tras cruzar esta zona bastante arreglada llegué a la que quizá es la Mezquita más visitada de Mostar: Koski Mehmed Pasha (1617), desde cuyo patio se obtiene una bella panorámica del puente y que en su interior se pueden ver pintados motivos vegetales de la época otomana, los cuales han sido también restaurados por expertos. Es una mezquita muy pequeña donde, a excepción de las pinturas, la frugalidad y la simplicidad son sus características principales. Por un euro subí al minarete desde donde mejor se puede fotografiar la zona antigua de la ciudad y el imponente Neretva. Tiene un pequeñísimo cementerio de la época, como en la mayoría de los templos religiosos de Mostar.
Mis siguientes visitas turísticas fueron al Tepa Market (un mercado típico de fruta que lleva allí desde hace siglos) y a otra de las mezquitas de la ciudad (ya fuera de la zona más antigua), donde también subí a su minarete.
Ésta tiene un nombre impronunciable, algo así como Karadjozbeg y fue una de las que más sufrieron durante la Guerra. Fue reabierta también en 2004 y es bastante parecida a la que os hablé anteriormente. Estuve un rato sentado en su alfombra viendo cómo había sido la restauración de las pinturas, también con motivos vegetales. Las vistas desde su alminar te permiten detenerte mejor aquellas zonas aún no restauradas de la ciudad y que muestran la brutal aniquilación que sufrió durante los más de tres años de guerra indiscriminada por parte de serbios y croatas.No entré a visitar, por ejemplo, la casa turca que tiene más de 350 años y que se ha convertido en un museo de cera con la decoración típica de un hogar habitado por alguien de dinero (de esos que tenían varias mujeres).
En la misma calle de la Mezquita Karadjozbeg (Brae Fejica) me senté a comer a una de las mejores pizzerías de la ciudad. Su nombre lo dice todo “Pizzería ABC” y me metí para el cuerpo una pizza mexicana que picaba lo suyo. Pensándolo, son curiosas estas cosas que nos trae la globalización…
Decidí tras el descanso que tocaba ir a la “parte chunga” de la ciudad, es decir, la más afectada durante la batalla entre católicos y musulmanes. Recibe el nombre de Bulevar, pero vamos, para que os hagáis una idea es algo parecido a la Línea verde de Beirut o de Chipre, la antigua frontera imaginaria entre ambos bandos y donde la batalla fue más pronunciada. Para llegar allí hay que cruzar el Puente Musala (o Puente de Tito) y dejar atrás la Escuela de Música, el Club Café Banja y el Hotel Neretva, totalmente destruido y que tiene planes de ser restaurado próximamente.
El Bulevar es la calle más larga y que más historia de caos y muerte tiene la ciudad de Mostar. Al este los musulmanes, al oeste los habitantes de origen croata y de confesión católica. Allí los edificios no es que estén tiroteados, directamente forman un esqueleto de fachadas. El espectáculo es fantasmagórico, aunque más lo debía ser hace años. En el mismo centro del bulevar, nada más haber cruzado el Puente Musala hay un edificio situado en una pequeña plaza que cuando lo vi me recordó a la Plaza de Toros de Las Ventas. Me dirigí al centro de la dicha placita y leí en una placa rodeada de flores TRG ESPAæ#39;A.
Antes de proseguir el paseo por el Bulevar decidí adentrarme en la parte croata y meterme en uno de sus edificios, donde uno puede comprobar que hay el mismo índice de devastación que al otro lado. Ellos también tuvieron muchas bajas en sus habitantes y sufrieron la crueldad del lado musulmán.
Está claro que en una guerra no hay vencedores ni vencidos y que no lleva a nada limar asperezas con el fusil o con el mortero. El lado croata es menos vistoso que el islámico (un día no muy lejano estuvieron mezclados), donde se encuentran la mayor parte de los monumentos. Donde ahora viven los católicos, es más parecido a una ciudad dormitorio de esas que abundan en las grandes capitales. Su único monumento, y no precisamente bonito, es la Catedral, que cuenta con un campanario altísimo que se ve desde cualquier parte. Obviamente esa era la intención cuando se erigió, ser el “más alto”, el “más grande”. Es decir, otro ejemplo más de rivalidad entre ambos bandos. La montaña desde donde atacaron y se defendieron las tropas croatas está coronada en lo alto por una enorme cruz, que está dedicada a los caídos cristianos. Otro símbolo más para hacer rabiar al vecino.Volví al Bulevar y lo recorrí despacio observando el esqueleto de lo que un día fueron casas habitadas por familias normales y corrientes, esas mismas que se marcharon o perecieron en el intento. Es difícil explicar con palabras, por ello os recomiendo que veáis un video que he encontrado en Youtube que consiste en una grabación hecha desde un coche que recorre en principio la parte musulmana y que pronto cruza al Bulevar mostrando su infierno. Está hecho en el año 2000, cuando estaba la cosa mejor que en el 95 y peor de lo que pude ver yo, aunque muy aproximado, ya que la mayor parte de lo que muestra sigue lamentablemente en pie.
Entré a la Catedral de la enorme torre, donde estaban celebrando una boda. Es totalmente nueva, ya que se restituyó por completo recién finalizada la guerra. No me gustó mucho, ya sabéis que no me van demasiado las construcciones modernas. En este barrio católico se respira bastante ambiente religioso, como pude ver en uno de los bares en los que me tomé una coca cola. En el centro mismo de su jardín, una cruz de madera. Los croatas también se quejan del poco respeto que tuvieron los guerrilleros islámicos con sus símbolos religiosos. Otro ejemplo contundente en forma de video lo forman estas imágenes de combatientes musulmanes poniendo patas abajo una iglesia.
No pude evitar entrar en varios edificios ruinosos y en comprobar como hasta las cocinas y cuartos de baño están acribilladas a tiros. No quedó nada sin que recibiera el impacto de los proyectiles. Es tremendo, las fotos que hice deberían ir firmadas con las siguientes palabras: “José Miguel Redondo. Corresponsal de guerra”. Es así como te sientes durante unos instantes. Afortunadamente no tuve que sortear fuego cruzado como hacen a veces estos increíbles profesionales que están hechos de otra pasta y que admiro profundamente.
Salí del Bulevar y me adentré de nuevo “al otro lado” para pasear de nuevo por las calles aledañas a Stari Most, donde seguían los saltadores haciendo de las suyas.
Estaba bastante cansado, la verdad, y terminé marchándome a descansar un rato y a pegarme una buena ducha a mi habitación. Ahí estaba la abuela, sentada afuera con unas señoras de su edad, las cuales no me quitaron el ojo de encima como si fuera un intruso.
Una vez acondicionado y refrescado salí a dar una vuelta coincidiendo con la despedida del sol que poco a poco se internó por las sabias montañas. Cuando pasé por el Pavarotti Music Center vi aparcado un coche militar con la bandera de España. Miré por la puerta acristalada del Centro cultural y allí dentro estaba un militar español que forma parte de los muchos Cascos azules que nuestro país tiene allí destinados. Le saludé y charlé con él sobre lo que hacían y sobre cómo está la situación real en Bosnia. Me dejó algo intranquilo porque comentó que, aunque mejor que hace unos años, se vive una “calma tensa” en el país. Según él, cuando se retiren las Fuerzas Internacionales hay posibilidades de que vuelvan a tirarse de los pelos entre católicos y musulmanes. En Mostar, como en otras ciudades de Bosnia menos grandes, convive gente que conoce quién ha matado a su hijo, o ha quemado su casa por poner un ejemplo. “Eso algún día puede estallar” me dijo el soldado. Son más de cuatrocientos los militares españoles destinados en Bosnia, haciendo tareas humanitarias, colaborando en proyectos de restauración, y evitando el contrabando, una de las lacras más abundantes, según me dijo el hombre. Es ese momento estaba llevando al centro cultural una gran cantidad de trajes de flamenca porque hay una chica española enseñando a bailar a los que se apuntan a este noble arte patrio. Me despedí de él deseando lo mejor y mostrándole mi agradecimiento por la labor que allí están haciendo nuestras tropas. Uno se siente orgulloso de ver que hay españoles por el mundo ayudando a los demás.
Me bajé al río a ver si le echaba narices para bañarme en sus verdes aguas, pero al final me conformé con meter los pies porque el agua estaba bien fría y no podía arriesgarme a coger un catarrazo. Volví a callejear por el barrio antiguo con las llamadas a la oración de las Mezquitas, que por mucho que las escuche, siguen entusiasmándome como el primer día.
Tras unos minutos de ver cómo mis pies estaban hinchados de tanta caminata me senté en una terraza a cenar.
Allí la gastronomía no es precisamente su fuerte. Comí la masa con salchichas dentro que probé en Sarajevo, que empalaga más que alimenta. He recordado su extraño nombre, Çevapi, y supone una bomba de relojería para el colesterol. Yo estaba ya hartísimo de tanta comida fuerte. Por una vez en mi vida rogué alimentarme de algo sano hecho en mi casa. Y es que, ¿acaso se come en otro sitio mejor que en el nido? Todos decimos siempre la típica frase de “Es que mi madre cocina muy bien”… y qué razón tenemos!Al día siguiente me tenía que levantar muy pronto para ir a Kotor por lo que decidí recogerme y volver por donde había venido, que ese día entre unas cosas y otras había hecho unos cuantos kilómetros. Se me caían los párpados y los bostezos comenzaron a ser casi ininterrumpidos. Era el momento justo para volver a casa de la abuela y destrozar el colchón. Me están entrando ganas de bostezar con sólo pensarlo…mmm. ¡Hasta mañana!










