Ljubljana: Entre la Revelacion y la Revolucion Cultural
Los primeros atisbos que llegaron a mi vista de la capital eslovena la noche anterior no hicieron más que entusiasmarme para llevar a cabo mi recorrido de la jornada consistente como siempre en disfrutar y “vivir” la ciudad al máximo. Además contaba con el factor positivo de no tenerme que preocupar por buscar alojamiento o pensar qué hacer al día siguiente, ya que estaba todo planificado y tenía la suerte de dormir allí también. El ya casi moribundo mes de julio, que daba sus últimos coletazos, me estaba pesando demasiado y me sentía algo cansado. Era indiscutible que mis fuerzas no eran las mismas que me acompañaban durante las primeras semanas en Oriente Medio.
Pero para los casi cuatro días que me quedaban no me podía permitir flaquear en absoluto y debía poner todo mi afán inicial que me había llevado hasta donde estaba. No es fácil viajar solo. Es muy posible y factible, pero no es nada sencillo acometer una empresa de este tipo. La gran ventaja es que puedes planificarte, visitar y hacer todo lo que desees sin rendir cuentas o pedir opinión a nadie. El poder de decisión es innegable. La gran desventaja es no poder compartir muchos de los “momentos mágicos” que se van viviendo día a día. No son pocas las ocasiones en que deseas estar con tu gente para disfrutar juntos de un lugar, una cena, un paseo o simplemente una conversación sobre lo divino y lo humano, ajenos al tiempo pero no al espacio. Y precisamente Eslovenia en general y Ljubljana en particular son en sí esa clase de “lugares mágicos” a los que a veces me refiero.
El origen histórico de la actual República de Eslovenia es algo similar a la de otros territorios de la Península Balcánica que vivieron los asentamientos celtas, las invasiones romanas y la anexión durante la Edad Moderna y principios de la Contemporánea al Imperio Austrohúngaro hasta que en 1918, con el final del mismo, se une con otras naciones en el Reino de los croatas, serbios y eslovenos. En 1929 se llamó Reino de Yugoslavia y tras la II Guerra Mundial, con el dictador Tito a la cabeza, pasó a ser la República Federal Socialista de Yugoslavia. Eslovenia, con un afán separatista bastante elevado, votó en referéndum a favor de su Independencia. El 25 de junio de 1991 se proclama lo que es la República de Eslovenia, hecho que le enfrentó al Ejército Federal Yugoslavo en la conocida “Guerra de los diez días” y que dejó algo menos de cien muertos.
Respecto a la capital con extraño nombre y de origen menos claro todavía aún perdura la Leyenda en que el griego Jasón huyendo de los Argonautas se tuvo que enfrentar en el Río Ljuljanica a un Dragón al terminó inflingiéndole una dura derrota.
El descanso de la noche me había espabilado de buena manera y tras bajar a desayunar al comedor del “cole” donde había buffet y me puse las botas, bajé a la calle para dirigirme a mi primer punto a orillas del Ljubljanica: El Puente de los Dragones (Zmajski Most), que como su propio nombre indica, está dedicado al símbolo de la ciudad. 4 dragones de color verde flanquean el puente a ambos lados del río, siendo el preludio de la belleza que preside el casco histórico de Ljubljana. Desde aquí uno puede ver las torres de la catedral, las casas de fábula de diversos colores, y en lo alto del monte, el castillo. La huella de Plecnik (el Gaudí esloveno) está presente en muchos de los bellos rincones de la ciudad, como por ejemplo en el Mercado, al que se accede cruzando el ya mencionado Puente de los Dragones.
De vez en cuando el ruido de un helicóptero, llevando material de obra al castillo, entorpecía la banda sonora de una ciudad con vida pero a la vez tranquila y silenciosa. En ciertos lugares, esa sonoridad tiene forma de música, ya que es muy cotidiano en Ljubljana escuchar todo tipo de instrumentos que amenizan los paseos y veladas de los viandantes.
Si hay una zona céntrica en la ciudad, que reúna a los turistas de todo el mundo, ésta no puede ser otra que la Plaza dedicada al Poeta Preseren (Presernov trg), donde una estatua del literato en bronce y la rosada Iglesia Franciscana de la Anunciación llaman la atención de todos.
Continuando por la calle Wolfova, que va flanqueando el río con barandillas de piedra rematadas en figuras, uno se ve envuelto en una poesía llena de color, de flores por todas partes, de romanticismo visual que nace a ambas orillas del torrente que baña Ljubljana.
Las viviendas e infinitos cafés que inundan esta preciosa avenida fluvial están en un estado de conservación y cuidado asombroso, tales que parecen haberse levantado allí hace un par de días. Hasta cruzar el siguiente puente (de los Zapateros) de Plecnik uno va embriagado de arte. Pero el efecto no se va en absoluto en las estrechas Plazas Mestni, Stara y Gornji donde las terrazas de los restaurantes y las tiendas de antigüedades y artesanía son idóneos para contemplar los estrechos edificios de gran variedad de tonos pastel. Desde una de éstas fui a parar a un camino arenoso que utilicé para ir rodeando la colina en cuya cúspide reina el Castillo, que apenas conserva nada de su origen medieval. Si no fuera por las vistas de la ciudad que pude ir observando a medida que subía la decepción hubiera sido manifiesta. Es más un negocio con terraza-restaurante y capilla para bodas que un monumento digno de visitar. Quizá la torre, algo similar a la del Castillo de Montecarlo, es medianamente merecedora de tal honor. Cuando me preguntaron sobre él unos españoles nada más cruzar la puerta de salida no pude evitar decir que “En España tenemos mil castillos mejores que éste”. Es más espectacular el enclave elegido para ubicar el fuerte que el castillo en sí. Pero esa colina frondosa, con altos y verdes árboles contemplando la ciudad eslovena, supone un lugar ideal para hacerse a la idea de cómo es Ljubljana en muchos kilómetros a la redonda. En días muy soleados es posible tener la suerte de divisar la silueta de los Alpes Julianos, que forman parte de la techumbre natural de Eslovenia. Lo que si es visible a todas luces es el casco histórico en la falda de la colina y concentrado a ambos lados del río. Es sorprendente contemplar cómo la ciudad está absolutamente rodeada de zonas verdes quasi-salvajes con extensas arboledas que pintan de verde intenso los aledaños de la ciudad. También se puede observar perfectamente cómo detrás de la Estación Central se ubican los “barrios dormitorio” con una fisonomía más similar a las zonas humildes de las ciudades comunistas. Altos bloques hormigonados en calles grises e impersonales carentes de toda estética. El pasado más esplendoroso, el más reciente, el presente más revelador y un futuro prometedor son rasgos que se pueden intuir más allá de la colina del castillo, que gobierna y gobernará por siempre el estilo de una capital con estilo propio y con mucho que decir.Para descender utilicé “El camino de los enamorados” tal y como lo llaman los eslovenos.
Cierto que tienen una vegetación tan cerrada que le da un aire algo romántico, pero por su empinada cuesta (agotadora de bajada y más aún de subida) le haría mejor honor recibir el nombre de “Camino del dolor” o el más sugerente “Camino del infierno”. Yo casi me tuerzo el tobillo tres veces, y la gente con la que me iba cruzando estaba totalmente agotada. A un par de ancianos que caminaban pálidos les hubiera venido bien una bombona de oxígeno.
Busqué algo para comer en la zona que queda detrás de la Presernov trg (recordad, la plaza principal) donde sus calles son puramente comerciales. Tiendas de ropa, joyas, alternadas por algún café o por algún establecimiento de comida rápida tipo McDonalds son las protagonistas del consumo urbano en las confluencias de las calles Miklosiceva o Nazorjeva, a la sombra del Grand Hotel Union Exectutive (1905), uno de los emblemas del Art Nouveau de la ciudad.
Después acabé recorriendo la amplísima Avenida Slovenska, que no sólo es la más larga de Ljubljana, sino que es posible que tenga el mayor número de metros cuadrados de oficinas. Pero aquí nada es tan grande y masificado como otras ciudades europeas. Por tanto sería incorrecto compararla con la Gran Vía o e Paseo de la Castellana de Madrid, o con los Campos Elíseos parisinos. Nada más lejos de la realidad. Finalicé mi etapa por dicha avenida en el edificio del Congreso, que se asemeja a un enorme Palacio centroeuropeo. No tiene leones a los lados pero me resultó mucho más bonito que el nuestro. Sus plantas techadas superiores con grandes y pequeñas torretas hacen de este un lugar digno para visitar si uno tiene la ocasión de viajar aquí.
Más tarde volvería a la zona, ya que me interesaba ver la Plaza de la Revolución Francesa, pero debido al calor que hacía y a lo bien que iba mi recorrido, decidí ir a pasar un rato de relax a la piscina, que como ya os comenté en el capítulo anterior, se encuentra en el inmenso y salvaje Parque Tívoli, un icono dedicado a la primavera y un ejemplo de lo que debe ser una zona verde en territorio urbano.
La temperatura era mucho más alta que en la jornada anterior, y aunque parecían asomarse algunas nubes procedentes de Los Alpes, aún quedaba rato para disfrutar del sol en esa piscina tan moderna que cuenta con terraza nudista para los más atrevidos y atrevidas. Aquí el conservadurismo no es ni la décima parte que en otros países balcánicos como Bosnia e incluso Croacia. Esa es otra de las razones por las que Eslovenia me parece la más europea de todas las Repúblicas que en su día formaron parte de la Antigua Yugoslavia.Ese día se superaron los 30 grados, cosa no muy usual en esta zona cuya media veraniega no suele sobrepasar los 25º. Por ello aproveché a estar tranquilamente en el agua mientras dejaba que el sol dorara mi piel a la que apenas le faltaba un ligero tono para llegar al moreno.
Afortunadamente las marcas albañiles en brazo y cuello habían ido desapareciendo. Lo suyo costó, no os vayáis a pensar. Pero ya creía que me volvía a Madrid con un bronceado agromán típico de la Costa Marrón (Mostotes, Fuenlabrada y Alcorcón).Pasadas las dos horas en la piscina, me cambié de ropa y me marché a continuar mi visita a Ljubljana por lugares de la ciudad que aún no había visto. En unos minutos me planté en la Presernov Trg desde el Parque Tívoli donde estaba. No hacía falta ni coger autobús ni medio de locomoción alguno, ya que allí todo está cerca. Poder ir andando a los sitios es para mí un signo inequívoco de “calidad de vida”, de la cual no disfrutamos en absoluto los habitantes de las grandes ciudades (de clase humilde o media, por supuesto).
Disfruté de una vez más del colorido y de la belleza monumental y artística que envuelve esta zona y que se extiende a ambos márgenes del Ljubljanica. En esta ocasión aproveché para ir a algunos lugares que me perdí por la mañana, como por ejemplo “La Plaza de la Revolución Francesa” (Trg francoske revolucije), donde se celebra anualmente el Festival de Ljubljana, y que cuenta con el aire estilístico que le otorgó el Maestro Plecnik.
Siguiendo hacia el sur, en busca de los restos de las murallas de la antigua Emona que han conseguido sobrevivir, terminé descendiendo por las orillas del río hasta encontrarme con el edificio rosado de la Embajada de España donde ondea orgullosa la bandera roja y gualda. ¡Qué sitio más tranquilo para trabajar y para vivir! • pensé al comprobar cómo a escasos dos kilómetros del centro típico de Ljubljana el silencio es interrumpido por el aleteo de los pájaros o el movimiento de los árboles originado por el viento, que a esas horas ya había traído hasta mí las grisáceas nubes que asomaban inocentes durante mi estancia piscinera. ¿A qué se pone a llover? • me pregunté en voz baja. No pasaron demasiados segundos hasta que la primera gota golpeó contra mi cabeza, seguida de un chaparrón de esos veraniegos que caen a conciencia. Aguanté un rato resguardado en la silenciosa calle residencial hasta que el aguacero me dio una tregua. Con el aroma tan gratificante que deja la tierra mojada llevé mis pasos hasta la Gornji Trg y subí a Stari trg donde en uno de los locales se estaba celebrando con gran solemnidad un concierto de piano que arrancó los respetuosos aplausos de sus asistentes.
Más arriba, en la parte final de Mestni trg, a menos de cien metros de la Catedral de San Nicolás o del Puente Triple de Plecnik me encontré con otra de las maravillas de la Arquitectura Civil de Ljubljana: El Ayuntamiento (Tower Hall) y la Fuente Robba de estilo barroco que realza aún más si cabe el edificio. Entré a éste y quedé fascinado con su patio arqueado (el atrio) donde las aguas resuenan en una preciosa fuente dedicada a Narciso. Esta pequeña plaza que alberga la Cámara municipal es otro de los rincones con más encanto de la ciudad. Recomiendo no perdérselo. La Fuente Robba es un ejemplo escultórico barroco de primer orden, que no tiene nada que envidiar a las que decoran Roma, París o cualquiera de las ciudades Imperiales.Lo estoy diciendo aquí una y otra vez, pero es la verdad. Ljubljana es una de las capitales más bellas del mundo, y mezcla varios sabores propios de una ciudad palaciega, de una villa tranquila y de un recóndito bosque. La oferta visual y cultural de Ljubljana, y la buena comunicación de ésta con lugares indispensables en Esolvenia como Bled, Bohinj, Piran, Koper o las propias Cuevas de Postojna son valores a tener muy en cuenta a la hora de elegir destino.
Cené comida rápida, por no llamarla comida basura. En esta ocasión pollo frito imitación Kentucky. Tal como iba mi economía en ese momento no podría permitirme otra cosa. La cena no me sentó demasiado bien y no es de extrañar pensando en los “Bombazos calóricos” que me estaba metiendo para el cuerpo día sí día también.
Justo antes de que anocheciera me subí un rato a la habitación a ducharme y a preparar la mochila para el día siguiente, que se presentaba intenso a la vez que emocionante y enriquecedor. Cuando la noche se terminó de cerrar volví a los puntos neurálgicos en Ljubljana, tanto para los jóvenes como para los menos jóvenes. El ambiente nocturno en la ciudad no es el mismo en Presernov Trg que en el Barrio de Metelkova. En el centro histórico de la capital se junta gente con “posibles” económicos que se permiten tomar copas en terrazas tranquilamente al son de una música tranquila, propiciada por las muchas bandas y orquestas que pasean sus voces e instrumentos de forma refinada. La gente disfruta de una velada agradable a la orilla del río donde la acertadísima iluminación colorea los puentes y fachadas.
Por otro lado está Metelkova, donde la gente hace botellón y fuma cannabis o marihuana en la calle a las puertas de los muchos pubs donde el rock duro y el heavy hacen escuela. La gente, mucho más joven, viste de forma más desenfadada en un ambiente en que la tosquedad reina en forma de timbales y graffitis callejeros que decoran las paredes y la sonoridad de los antiguos cuarteles militares. Ya no se oyen trompetas militares ni impera la disciplina castrense. Ahora de los altavoces salen guitarras eléctricas y voces chillonas que parecen quedarse cortas incluso para los ACDC. También tengo que decir que no es el único tipo de música que se reina allí. No es raro escuchar canciones de Reggae, rock independiente o incluso clásicos del pop/rock ochentero.
A las siete de la mañana tenía que estar despierto para coger el autobús que me llevara a Bled, un lugar al que decidí ir gracias a la recomendación que me hicieron mis amigos. Después, leyendo el texto de la Western Balkans de Lonely Planet donde lo cataloga de “idílico”, reconfirmé mi idea clara de no perderme el increíble lago por nada del mundo.
Sólo esperaba que hiciera un buen día y que se me pasara el revoltijo en la tripa que me había provocado la “comida basura”. Me dormí raudo y veloz en la estrecha cama de mi habitación colegial.
Apunto a Ljubljana en mi lista de ciudades revelación. “La sorpresa europea” tiene nombre propio y se encuentra en Eslovenia…










