Kotor: La Fortaleza que vigila su Bahía

Kotor Travel Blog

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Kotor es una ciudad-fortaleza fundada por los Cátaros y cuyo mayor esplendor lo recibión cuando formó parte de la Gran República de Venecia

 

Montenegro (Crna Gora en serbio) proclamó su independencia de Serbia el 3 de junio de 2006, dos semanas después de que el 53% de los votantes dieran el sí en un plebiscito muy deseado por ellos. Casi un par de meses después me disponía a “estrenar” país del que tantas maravillas había escuchado y leído, sobre todo en lo que a su zona costera se refiere. Aunque la idea inicial era visitar Dubrovnik y tirar a ver un par de ciudades montenegrinas, me di cuenta de que no iba bien de tiempo para estar yendo y retrocediendo sin sentido. Aproveché que salía un bus temprano desde Mostar y así antes de visitar lo poco de Croacia que podía, vería mis sitios señalados en Montenegro, cuna de uno de mis ídolos futbolísticos, Pedja Mijatovic, el héroe de la Séptima.

Las sombrías y estrechas calles de Kotor son testigos de muchas guerras y catástrofes
Aunque no iba muy boyante en lo que a tiempo se refiere, deseaba visitar Kotor, fortaleza enclavada en la Bahía del mismo nombre, Budva cuya ciudad y playas han sido siempre referente tanto para serbios como montenegrinos, y la curiosa Sveti Stefan, un pueblo entero convertido en hotel y con una playa paradisíaca en la que hay que pagar por entrar. Si queréis informaros y deleitaros con la costa de Montenegro os recomiendo que os descarguéis este folleto sacado de su web de turismo. Viendo esas fotos te dan ganas de estar allí ahora mismo sin dudarlo.
La lástima, como siempre, es que no tenía los días suficientes para hacer lo que quería. El día 30 tenía que estar en Milán y yo todavía me encontraba en Mostar, a punto de salir mi autobús pasadas las siete de la mañana.
La Catedral de San Trifón se abre hacia el cielo azul de Kotor
Aún quedaban demasiados sitios por ver y tenía que sacrificar más que uno para estar dicho día en mi destino final. Por ahora la cosa estaba saliendo bien. No me puedo quejar de mi paso por Belgrado, Sarajevo y la propia Mostar, a las cuales me pateé a conciencia. Llevaba 3 días en solitario sin parar un segundo, y estaba comenzando el cuarto en mi despedida de Bosnia y posterior bienvenida a las tierras montenegrinas. 

 

A la Estación de autobuses fui andando con mi mochila a cuestas durante veinte minutos, que son los que la separan la casa de Marsala Tita. Miré hacia Stari Most por última vez y comiéndome un bollo que había comprado en un pequeño supermercado fui dejando a un lado un sinfín de viviendas destrozadas y testigos de historias estremecedoras.

La bandera de Montenegro ondea en todas partes, orgullosa de ser por fin el símbolo de un país independiente
Cuando llegué dejé en el maletero mi equipaje (pagando, claro) y me subí al autobús, que arrancó a la hora que tenía prevista. Para ir a Montenegro no utilizó un camino directo y dio un buen rodeo consistente en entrar a Croacia, dejar a la gente en Dubrovnik y seguir hasta Kotor. Quizá no eran demasiados kilómetros, pero sí demasiadas curvas sinuosas y carreteras que no se encuentran en el mejor estado posible, a lo que si sumamos los dos pasos fronterizos de salida y entrada a Croacia y de sólo entrada al nuevo país montenegrino, no es difícil comprender por qué se tarda tanto en  ir de un sitio a otro. Al menos da tiempo a hacerse uno a la idea de lo maravillosa que puede resultar la Costa Dálmata croata en la que la naturaleza, las aguas cristalinas y las muchas islas que tiene te dejan embobado en la ventanilla del autobús.
Toda la ciudad de Kotor está rodeada de una muralla
Tras tres horas y pico de viaje ya estábamos en la Estación de Dubrovnik, en la que se apeó mucha gente. Ese domingo 23 estaba haciendo una mañana espectacular, con un sol radiante, perfecto para estar tumbado en la playa y sin hacer el calor suficiente para impedirte recorrer una ciudad. Pensar que hay gente que prefiere el invierno al verano… Si por mí fuera, dejaría sólo una estación a lo largo del año y siempre haría la misma temperatura que en el periodo estival. ¡No hay color!

 

Continuando nuestro trayecto en bus tuvimos el privilegio de ver una panorámica realmente increíble de Dubrovnik. Unos segundos y ya me había calado por completo. Ahora entiendo por qué la llaman “La Perla del Adriático”.

Uno de los puentes que cruzan la muralla
Es una ciudad amurallada, cuyos tejados rojos se funden con un mar muy azul. Tanta gente que la cataloga como una de las más bellas del mundo no puede estar equivocada.

Volví mi cabeza hacia delante, donde a escasos minutos nos esperaba la engorrosa frontera de la República de Montenegro, cuya bandera con águila de dos cabezas sobre un fondo rojo preside la iconografía del nuevo país.

 

El nombre de Montenegro, más bonito a mi parecer que el de Crna Gora, se lo dieron los venecianos en la época en que formó parte de la República de Venecia debido a que ése (el negro) es el color de sus montañas cuando se ven desde el Mar Adriático. Este país, que aún sigue celebrando su más que anhelada separación de Serbia, es el octavo más pequeño de Europa, con algo menos de 700000 habitantes, pero con una riqueza histórica y cultural bastante reseñable.

La Bahía, de aguas tranquilas, recibe la sombra de las inmensas montañas que la rodean
Según leí en la Lonely Planet, su capital, Podgorica, es lo menos destacado turísticamente del país, centrándose sobre todo en su impresionante litoral, protagonizado por el Fiordo más austral (más al sur) del Continente Europeo, que no es otro que la Bahía de Kotor, a la cual fue rodeando mi autobús para llegar a la ciudad principal de ésta, Kotor. Antes pasé por lugares que seguro son dignos de visitar como por ejemplo Herceg Novi, uno de los destinos preferidos para los turistas.

La Bahía de Kotor (Boka Kotorska en serbio) es quizá el mayor tesoro natural tanto de Montenegro como de la Costa Dálmata. El agua del Adriático se interna en un fiordo rodeado de montañas durante 28 kilómetros y por un momento me recordó emotivamente a Noruega cuando hice aquel increíble crucero con el Hurtigrüten en el año 2001 que nos llevó a Chema, Kalipo, Bernon, Saúl, Mutiu y a mí hasta Cabo Norte para ver el Sol de Medianoche.

Un bañito en las costas montenegrinas nunca viene mal

Obviamente el fiordo de Kotor no está rodeado de montañas heladas y desangeladas. Aunque no mucha, tienen algo más de vegetación y en el litoral que va rodeando la Bahía hay algunas villas muy hermosas como Perast o incluso la ciudad principal, Kotor, donde el autobús llegó bien pasado el mediodía.

 

En la Estación aparecieron varias personas ofreciendo al personal sus casas como alojamiento, tal y como había comprobado y hecho en Bosnia los días anteriores. Una señora muy pesada me cogió del brazo y me habló en su idioma toda convencida de que le comprendía. Apareció entonces un señor de mediana edad que dijo en inglés que tenía una habitación disponible a escasos metros de la muralla de la ciudad.

Pequeña plaza de Kotor, solitaria y cuyas piedras parecen unirse a la alta montaña fortificada
Le comenté que antes tenía que ver horarios de salidas de buses para programar mi estancia en Montenegro y saber si tenía la posibilidad de visitar algún sitio más en el país balcánico. Desgraciadamente, al ver que la disponibilidad y las pocas salidas que hacen allí los buses me di cuenta de que era muy difícil ir a Budva o a Sveti Stefan porque salían dos días después de lo previsto. Y no tenía intención de ir a contrarreloj ni de arriesgarme a no llegar a tiempo a Milán donde me esperaba un avión directo a Madrid. Así que no pude hacer otra cosa que coger un billete hacia Dubrovnik para la mañana siguiente e irme a la casa del caballero con el que acordé un precio de diez euros que me pareció más que razonable.

Le seguí hasta una pequeña casa con jardín y tras presentarme a su mujer se marchó.

Comenzó la ascensión a los 1500 escalones que suben al punto más alto de la Fortaleza. Primera parada. Foto tomada por mi colega mexicano Gabriel
Ésta me llevó a un cuarto que más bien parecía un ataúd de lo pequeño que era. Le dije que ahí yo no dormía, que no era lo que había hablado. Dándose cuenta de que no me iba a timar bajo ningún concepto me llevó a otra habitación con mucho más espacio, aunque tampoco era la releche precisamente. No paró de hablarme en su lengua durante el tiempo que estuve allí, como sin darse cuenta de que no entendía ni papa de lo que me estaba diciendo.  Con cigarro en mano me mostró detenidamente la habitación y el baño, los cuales estaban decorados con el estilo Alcántara, es decir, años sesenta/setenta. Le pregunté si había una buena playa en Kotor y me dijo que sí. Menos mal que la palabra “Beach” y “yes” son lo suficientemente conocidas porque sino las hubiera pasado canutas para explicárselo.
Los edificios de Kotor forman parte de la Bahía que tiene su nombre
Dejé mi mochila, me di una refrescante ducha y me puse el bañador por si acaso lograba encontrar la playa. Con el calor que estaba pegando cualquiera subía a la fortaleza a esas horas. Cogí las llaves y abandoné la casa de la Familia Adams (sólo les faltaba el primo Eso y la mano que se mueve sola) para dirigirme a la  Stari Grad (ciudad antigua en serbio) de Kotor, proclamada por la UNESCO en 1979 como Patrimonio de la Humanidad. Cuatro kilómetros y medio de muralla llevan siglos preservando a la pequeña ciudad la cual conserva muchos rasgos que dejan entrever la influencia que en ella ejerció Venecia durante tres siglos (1420-1797) cuando formó parte de su Gran República. Cattaro, que así la llamaban los italianos porque sus fundadores fueron los enigmáticos cátaros, no sólo está protegida por la sus muros, sino por una fortaleza que la vigila a trescientos metros de altura, en plena montaña.
El Puerto de Kotor, una puntillada del Adriático
Según la guía que llevaba (Western Balkans), para ascender a lo más alto del fuerte medieval, hay que superar sus más de 1500 escalones que serpentean el monte dejando la ciudad justo a sus pies. A mí me encanta subirme a todas partes, por lo que a pesar de su dureza, no me quise amedrentar en absoluto y me comprometí a acometer su ascenso cuando el calor disminuyera. Antes debía comer, dar una perivuelta por la city, y si podía, pegarme un baño en las oscuras aguas de la Bahía.

 

Así que penetré a la ciudad amurallada por su puerta sur, de estilo medieval, y me adentré por sus maravillosas calles estrechas cuyos edificios tienen particularidades arquitectónicas que le confieren una gran belleza. Kotor, entre la montaña y el agua del fiordo más septentrional de Europa, está formado por un conglomerado de callejuelas, de escalinatas, de iglesias y de pequeñísimas plazas acondicionadas con terrazas para que los turistas se alimentaran con comida típica italiana (pasta, claro).

Seguimos subiendo, cansados, eso sí..
Y es que todo en Kotor es muy italiano, tanto cultural como arquitectónicamente hablando.
La extensión de la Stari Grad no es muy grande, pero sí acumula grandes riquezas regadas por su pedregoso pavimento, tales como la Catedral de San Trifón, que fue la primera en construirse en Dalmacia, o las Iglesias de San Lucas y San Nicolás, las cuales son sostienen la reserva espiritual de la ciudad montenegrina.
Kotor exhibe con orgullo en balcones y muros su precioso estandarte, recordando al personal que por fin son una República Independiente.


Ese día me alimenté básicamente de pizza sentado en la bellísima Plaza de la Catedral (Trg Ustanka mornara), ensombrecida por la imponente montaña fortificada a la que está prácticamente unida.

La ciudad de Kotor es una de las más bellas de Dalmacia junto a Dubrovnik y Split
Para bajar la comida nada mejor que un paseo por las angostas calles de la ciudad amurallada, que resultan algo decadentes y sombrías, propias de una época oscura. Las baldosas medievales son la alfombra de bastantes casas blasonadas y que ocultan historias llenas de lágrimas, al ser testigos de guerras y otras catástrofes desde su nacimiento. A esas horas posteriores a la comida no había prácticamente nadie en la calle debido al calor. Pensé en subir al momento a la altísima fortaleza, desde donde las vistas de la Bahía son quizás las mejores posibles, pero al ver a un par de chiquillos con la toalla al hombro me sedujo bastante la idea de buscar un buen lugar para bañarme en esa calurosa tarde. Por tanto salí de las murallas y me dirigí hacia lo que parecía un polideportivo al descubierto el cual tenía una pequeña piscina con agua de mar que estaba bastante sucia.
La ciudad antigua de Kotor, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO
Afortunadamente, al alejarme más encontré “más o menos” lo que estaba buscando. No era una playa normal y corriente, porque al estar en un fiordo cerrado no había ola alguna. Además, en vez de arena, había piedras como las que se ven en los ríos, en las cuales la gente se tumbaba a tomar el sol, el cual comenzó a recibir la compañía de unas nubes grises con no muy buena pinta. No llevaba ni toalla ni chanclas, e iba cargado con móvil, cartera y cámara de fotos. Dejé todo eso oculto en las zapatillas y me di un baño en las tibias y tranquilas aguas de la Bahía de Kotor, rodeada de las oscuras montañas. No quité el ojo a mis escasas pero importantes pertenencias. El contenido en imágenes de mi cámara Olympus era insustituible tanto moral como económicamente. En la tarjeta que había dentro estaban las instantáneas realizadas desde el día 15 en el Desierto de Wadi Rum, y ahí había mucha tela que cortar.
I was here!

 

Definitivamente las nubes cubrieron en un momento todo el cielo y se chafó la tarde de “playa” para muchos que ansiaban dorar sus blanquecinas pieles. A mí aún me quedaba algo para finiquitar el moreno obrero que me perseguía desde Estambul. Ya no tenía color en el pico del cuello, pero las marcas agromán en los brazos no se habían retirado del todo. Me tumbé un rato en las rocas “a pelo”, ya que no tenía toalla donde apoyarme y llegué a quedarme unos minutos dormido bajo el suave siseo de la brisa que se colaba por la Bahía. Me desperté totalmente seco y con ganas de subir a lo más alto de la montaña para ver por entero la magistral Boka Kotorska. Me hice con una botella de agua (para evitar posibles asfixias) y penetré en la ciudad amurallada hasta llegar a los primeros escalones de los 1500 que debía subir para llegar a mi propósito.

El estandarte de Montenegro señala que se ha concluído el largo ascenso a la Fortaleza
Pagué un euro en “la entrada” y le eché valor para comenzar el ascenso. “Cosas peores he subido” • me dije insuflándome ánimos, mientras subía una cuesta tras otra, las cuales zigzagueaban el monte dejando a mis pies la ciudad de los cátaros. En el camino fui haciendo paradas en miradores que ya presagiaban el espectáculo que se vería en lo alto, donde ondeaba sin parar la agraciada bandera de Montenegro. No había subido ni la cuarta parte y ya tenía los gemelos algo agarrotados… En uno de las paradas que me permití encontré a un chaval fotografiando las oscuras aguas del fiordo y le pedí en mi españolizado inglés si podía hacerme una foto. Me dijo “Sí, claro, ¿eres español?”. “Vaya, ¿tanto se me nota?” le dije sonriente en mi pose típica para las fotografías consistente en poner sonrisa de medio lado.
El premio de subir a la Fortaleza está en estas maravillosas vistas de la Bahía de Kotor
Gabriel, que así se llama el chico, es mexicano, más o menos de mi edad, y estaba terminando la carrera. Congeniamos bastante bien y fuimos subiendo juntos las escalinatas de la Fortaleza. Entre charla y charla se nos fue haciendo más corto y menos pesado el ascenso al final de la misma. Le conté parte de mis aventuras y desventuras desde mi comienzo en Estambul con mis cuatro colegas hasta mi llegada a Los Balcanes unos días antes. Él, que tenía un curriculum viajero de sobresaliente, estaba haciéndose un recorrido en solitario por media Europa y terminaría en Israel desde donde cogería un avión a su país. Le hablé de lo que nos pasó en el Líbano y critiqué un poco la más que desmesurada actuación israelí en un conflicto que nunca debió comenzar. En ese momento me dio una opinión que no compartía y que hasta ahora no había escuchado.
Sele montenegrino
En resumen, habló del “derecho a defenderse” del pueblo judío ante los ataques de los terroristas de Hizbolá. Entonces le solté lo siguiente: “Lo que no se puede es bombardear un país entero porque hayan secuestrado a dos soldados. Eso no se sostiene por ningún lado. ¿No te das cuenta de que a Israel, que se pasa por la piedra las recomendaciones internacionales, no le interesa en absoluto que Líbano sea un país próspero? Es muy fácil, cuando uno tiene a los Estados Unidos detrás. Todo vale… ¿Y lo que están haciendo con los palestinos, a los que tratan como a perros? Qué lástima que los israelíes estén haciendo lo mismo que les hicieron a sus antepasados”. Gabriel negó rotundamente mis palabras y dijo que los medios de comunicación estaban manipulando con vehemencia la opinión internacional en torno a Israel y repitió de nuevo la frase referente al “derecho a defenderse”.
Desde aquí se tenía una gran panorámica de la Bahía, que favorecía su posible defensa
Macho, eso es lo que dijo Bush el otro día. No puedes hablar como él • le espeté sorprendido. Gabriel, sabedor de que no nos íbamos a poner de acuerdo en ese tema, y que ofrecía una opinión diferente a las que estaba acostumbrado a escuchar, quiso cambiar de tema. Entonces de ahí pasamos a charlar sobre viajes, sobre los sitios en que había estado, de los estudios y de muchas cosas en general. A pesar de nuestras distintas opiniones en torno al conflicto de Israel, nos entendimos perfectamente y ambos, que llevábamos solos unos cuantos días, nos vino bien hablar largo y tendido en nuestro idioma. Y así continuamos la subida por la Fortaleza, entrando a antiguas estancias y a torretas de defensa desde las cuales se iba mostrando ante nosotros la inmensa Bahía montenegrina.
El Sol, que va cayendo se refleja en las oscuras aguas de la costa montenegrina
A medida que teníamos cada vez más cerca el estandarte con el águila bicéfala, más se iban cerrando las nubes grises que tapaban los rayos solares. No te extrañe que llueva • soltó el mexicano mirando al cielo. Espero que no porque si nos pilla una tormenta aquí arriba vamos a acabar bastante mojados • dije temiéndome lo peor. Finalmente, después de un rato, ambos llegamos al final. Estábamos a casi 300 metros de altura de la preciosa ciudad de Kotor, disfrutando del dibujo del impresionante fiordo que se colaba prácticamente hasta los pies de la ciudad. Hicimos un saco de fotos, a pesar de que la luz que teníamos no era la idónea, ya que los nubarrones eran cada vez más densos. La parte en la que estábamos parecía una amplia torre de vigía y desde ahí se podía ejercer una vigilancia extrema de toda la zona.
Al fondo el Fiordo más septentrional de Europa
Es lo que me encanta de estos sitios, que estratégicamente rozan la perfección. Son dominadores de una extensión kilométrica enorme, lo que en su momento era favorable ante posibles ataques o intentos de invasión, la mayor parte de los mismos, infructuosos. Kotor no debía ser una plaza fácil por su privilegiada situación, rodeado de altísimas montañas y con la garganta de la Bahía que finaliza en su puerto.

 

Estuvimos esperando a ver la puesta de sol, pero no hubo tal, ya que se escondió pronto tras el monte, y poco o nada ayudaron las nubes que ya eran plomizas al máximo. Y para más inri, comenzó a llover, no mucho, pero sí un leve chispeo que podía presagiar tormenta. El olor típico a tierra mojada en verano suele llegar antes que los truenos y relámpagos.

Panorámica del puerto
Aún así aguantamos un buen rato, contándonos nuestras historias y nuestras vidas. De repente me pareció escuchar hablar en español y apareció un grupo, encabezado por otro chaval mexicano que hablaba en inglés (según me dijo Gabo) y seguido por varios españoles que debían rondar mi edad más o menos. Curioso, en la cima de una ciudad que no muchos conocen, sólo había gente de habla hispana. En ese momento no intercambiamos palabra, ya que estaban en otro lado más a su bola, por lo que Gabo y yo comenzamos a bajar porque estaba oscureciendo demasiado y si ya presagiábamos tormenta, el descenso no debía ser plato de buen gusto sin tener apenas luz. En ese momento, y hasta el final estuvimos hablando de fútbol, deporte al que ambos somos muy aficionados. Desgraciadamente no compartimos los mismos colores. Gabriel se declaraba aficionado del FC Barcelona, y de mí sabéis que soy un inagotable e inaguantable seguidor del Real Madrid, club del que soy socio desde 1995.
Los rayos de sol se esconden detrás de las montañas y nos dan el privilegio de ver la Bahía en casi penumbra
No podías ser del Albacete • le dije. Ya casi abajo recibí la llamada de mi madre, que lo estaba pasando bastante mal y que me veía en sueños tirado en el suelo como un vagabundo. Yo creo que tras este viaje se le han tenido que pasar todos los espantos posibles…

 

Después, ya con luces que alumbraban la ciudad y sin chispeo de lluvia nos dimos una vuelta por las callejuelas del casco urbano, Patrimonio de la Humanidad. Entramos a una iglesia ortodoxa muy pequeñita, y terminamos en una tienda de recuerdos donde vendían su mercancía a unos precios demasiado europeos. Gabo, que tenía que coger un vuelo al día siguiente por la tarde, estaba buscando la manera de poder visitar Dubrovnik por la mañana, pero desafortunadamente no encontró excursión alguna a la que adobarse.

Estaba empezando a chispear en ese momento, pero no nos queríamos ir de allí
Tenía muchísimas ganas de conocer la ciudad más importante de la Costa Dálmata, pero tuvo que asumir que no iba a ser posible. Yo pensaba que había más comunicación entre Croacia y Montenegro, pero según he podido comprobar sus conexiones son muy limitadas.

 

Compramos algo de comida y bebida y nos fuimos a la playa de piedras donde había estado bañándome por la tarde. No dejamos de parlotear ni un momento, como con miedo a no volver a hablar castellano con nadie durante días (cosa que era posible). Cuando ya teníamos más confianza le pregunté que qué relación tenía con Israel para defenderla tanto. Me confesó que era judío y que, a pesar de vivir en México, tenía familia en la capital hebrea. Ahí entendí su reacción anterior y le pedí perdón por si le había ofendido en algo.

Gabriel, The Mexican y yo. Ambos estamos en la parte más alta de la Fortaleza de Kotor
En ese momento comenzamos una charla sobre religión bastante interesante. Yo tenía muchas dudas sobre el judaísmo y él me las solucionó todas. Curiosamente era judío sefardí (descendiente de quienes huyeron de la España de los Reyes Católicos). Yo siempre quise conocer a algún judío de Sefarad (España en hebreo) para escucharle hablar en castellano antiguo. Me dijo que él no sabía pero que su abuela si utilizaba la lengua de que se hablaba en nuestro país en el Siglo XV. Por ejemplo, en vez de decir “ojos” decía “oios”, o “fermosa” en vez de “hermosa”. Desgraciadamente ya no queda tanta gente que se comunique de esa manera y sólo algunos pocos se entienden entre ellos como lo hacían nuestros antepasados de hace más de quinientos años.

 

Y así pasaron las horas hasta que la noche cerrada dio paso a la madrugada en que los temas de conversación fueron de lo más variado.

Y con esta espectacular vista de la Bahía comenzamos a bajar por si la lluvia pasaba a mayores
Las cuestiones que tratamos fueron graciosas como por ejemplo cuando hablamos de lasexpresiones típicas de México y de España. Hay que reconocer que eso me hizo reír bastante, aunque no tanto como cuando comprobamos las traducciones que se hacían ambos países a las películas americanas. Si nos fijamos bien, raras veces coinciden. Se inventan los títulos de una manera increíble. Por ejemplo, “Sonrisas y lágrimas” viene de “Sound of Music” (El sonido de la música) o nuestra “Jungla de Cristal” viene de “Die hard”, y así muchas más.

En resumen, en Montenegro conocí un tipo de lo más interesante que me hizo muy ameno el día. Ya echaba de menos hablar con alguien, y si encima es una persona inteligente y divertida, mejor que mejor.

Por tanto, nos despedimos mientras escuchábamos música que debía venir de una terraza o un pub.

La ciudad amurallada y el pequeñísimo puerto de Kotor
¿Qué atrocidad es eso? No, no puede ser… Esto no está pasando… Están poniendo…King África!!!! BOOOOOOMBA…

 

Y con este frikismo made in Spain cada uno se fue a su habitación. En la casa donde estaba alojado me encontré a la dueña cigarro en mano y con cara de loca sentada en la puerta. Le di las buenas noches a la extraña señora y dejándola detrás mío no pude evitar hacer un vaiss vaiss de Torrente mientras cruzaba los dedos.
Me puse el pijama y me quedé frito sobre la dura cama, que más bien parecía una camilla de hospital. Me desperté en mitad de la noche cuando noté que tenía un bicho en la cara. Una araña con patazas enormes con no muy buenas intenciones se quedó encima de la manta.

Seguimos el descenso, más ameno que la subida
Le di un chanclazo, la tiré a la papelera y cerré bien la ventana, que tenía las ramas de un árbol pegadas a su cristal, el conducto perfecto para traer bichejos de todo tipo. Menos mal que no me duró mucho la paranoia insecticida y volví al mundo de los sueños porque a la mañana siguiente me esperaba nada más y nada menos que Dubrovnik, la ciudad más bella de Dalmacia y el orgullo de Croacia.

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Kotor
photo by: benwielenga