Expedición en el Desierto de Wadi Rum.
Los medicamentos tomados a la noche me hicieron el efecto esperado y el incipiente constipado en forma de congestión se vio reducido a unos pocos estornudos y algo de tos seca. A pesar de mi mejoría no me levanté con el mejor de los ánimos, quizá porque estaba decepcionado de no ver Jerusalén y porque el plan B egipcio no me motivaba demasiado. Yo ya había estado en Egipto unos años antes y, aunque me encantó, prefería ver cosas nuevas. Lo normal es que tiráramos para El Cairo, viéramos alguna cosa más y la gente cogiera aviones directos a Estambul o a casa. Estaba claro que el propósito inicial había volado por los aires (nunca mejor dicho) y por ello debíamos adaptar nuestro recorrido a las nuevas circunstancias. Pero el no saber con certeza qué iba a pasar a partir de ese momento, y mi presentimiento sobre la carestía de los vuelos que compraríamos en El Cairo, hizo un flaco favor a mi estado de ánimo.
Teníamos planificado ir a pasar el día entero al Desierto de Wadi Rum, algo más al sur, y a pocos kilómetros de Akaba, donde habíamos pensado hacer buceo en la jornada siguiente. Nuestra intención era quedarnos a dormir en una de las jaimas que hay en el mismo desierto, pero todo dependería de cómo se fuera desarrollando el día.
Bajamos a desayunar pan de chicle con mantequilla y un té mientras veíamos imágenes de Al-Jazeera correspondientes a la Guerra en Líbano. Al parecer el día anterior el líder de Hizbolá, Hasan Nasralá, salió ileso de una ofensiva israelí. Además la milicia libanesa atacó un barco hebreo al que dejó “seriamente dañado”según tradujo uno de los camareros. Beirut seguía siendo uno de los blancos preferidos, y los lanzamientos de cohetes israelitas alcanzaron lugares muy al norte como Trípoli. Decenas y decenas de muertos cada día…
Un horror de noticias para levantarse con alegría.
En cuanto fuimos a las habitaciones a recoger nuestras cosas comenzó a sonar el teléfono. Cuando lo cogí me hablaron en un inglés algo chuchurrío y propio de algunos árabes (véase Said). Me dijeron de forma entrecortada que había que pagar 150 euros, cuando en realidad nosotros habíamos calculado 100 justos. Le expliqué, por tanto, que había un error en sus cuentas y que según lo que acordamos cuando llegamos al hotel, tan sólo debíamos pagar 100 euros por dos habitaciones de 3 y 2 camas respectivamente correspondientes a los días 13 y 14 de julio. La persona que estaba al otro lado del teléfono se limitó a decir “Yo have to pay 150 euros” Cuando le pregunté por qué cincuenta euros más, me dijo: “The dinner, you must pay the dinner”.
Les dije a éstos que bajáramos a ponerles las cosas claras y que no nos dejáramos estafar.
Así que fuimos al salón, donde estaba Said viendo las noticias, y apareció el chico de recepción. En cuanto le vi le solté: “Vamos a pagaros ahora. Pero sólo los 100 euros que habíamos acordado”. Soltó una sonrisa y dijo extrañado: OK. Segundos después me fijé en mis colegas que se empezaron a descojonar de la risa. ¡Vaya trama que me habían hecho los cabronazos!. Chema era el que llamó haciéndose pasar por el de recepción, y como su inglés es muy troglodita, me hizo pensar que todo era real. La coña fue tal, que me habían grabado en video sin que me diera cuenta. Ante tal magistral broma, de las que me gusta hacer a mí, le di la mano a Chema felicitándole por el gran lío que me habían hecho. Echando un ojo a los videos me doy cuenta de la indignación que sentí en ese momento, y de lo bobo que fui al no darme cuenta de que Chemita era el extraño interlocutor. Muy buena, pero me la apunto…
Le comentamos a Said el plan del día y nos dijo que su coche no podía meterse en pleno desierto. Nos llevaría hasta un conductor que conocía y por un precio que rondaba los 15 euros por cabeza, nos haría un recorrido de 3 ó 4 horas por el interior de Wadi Rum. Haciendo cálculos de tiempo, nos dimos cuenta de que no tendríamos nada que hacer durante la tarde en el Campamento de Jaimas donde íbamos a pasar la noche. Decidimos, por tanto, aceptar su propuesta. Pero con un cambio, en vez de dormir en el desierto, iríamos a la ciudad de Akaba, para así estar buceando temprano a la mañana siguiente en el Golfo del mismo nombre.
Entramos a la minivan con Said, quien se había hecho muy amigo de Carlos y al que como a mí, reclamaba una y otra vez para tartamudearnos algo en inglés. Fue famoso el tono de su… “mmmm, Joooseee” que utilizaba para llamarme insistentemente, dándole igual si dormía o si hablaba con alguien en ese momento. Y siempre era para decirme alguna tontería sin pies ni cabeza. Eso sí, durante el viaje desarrollé un sexto sentido para descifrar su ininteligible lenguaje. Los jeroglíficos deben ser pan comido después de esto. Fesher quería decir Father (Padre) por poner un ejemplo.
Cuando apenas llevábamos un cuarto de hora de camino, Said detuvo el coche en un mirador donde pudimos observar tanto las montañas donde se oculta la ciudad de Petra como el inicio de un desierto lleno de pequeñas colinas rocosas esparcidas y de tonos unas veces ocres y otras veces negruzcos.
Allí nuestro querido conductor nos hizo muy buenas fotos, y es que no se le daba nada mal el arte de la fotografía.Más o menos así debe ser Wadi Rum – pensé, y es que no estábamos a más de una hora de allí. Las fotos que había visto en internet, en folletos o guías eran bastante impresionantes y no tuve duda en ningún momento de que nos iba a encantar y que disfrutaríamos muchísimo de la nueva experiencia desértica.
Después de estar en el Sahara durante mi viaje a Túnez en 2003, o recorrer el inmenso y apasionante Gobi en Mongolia, incluso después de observar las dunas egipcias cuatro años antes, nuestra excursión a Wadi Rum se antojaba como una de las cosas más interesantes que nos quedaban por hacer todos juntos.
Todo viaje al desierto (ociosamente hablando) constituye la mejor oportunidad de disfrutar del paisaje, de su cielo, de su paz, de su silencio… Y si tienes la oportunidad de encontrar a alguno de sus escasos habitantes, ten por seguro de que vas a acabar departiendo con él mientras os tomáis un té. La gente allí es amable por naturaleza y está deseosa de charlar con “sus huéspedes”.Said cogió un desvío en la autopista que lleva a la turística Akaba y se metió en un camino polvoriento y estrecho que nos fue adentrando por un paisaje bastante seco y sin un alma alrededor. Las pequeñas colinas (o jebels) emergían de forma salteada por la arena del desierto, cuyo color fue tornándose cada vez más rojo. Por la vía sólo había un coche, el nuestro, que junto a los postes telefónicos que nos iban acompañando, era lo único artificial en varios kilómetros a la redonda.
Así durante aproximadamente 15 minutos, en los que atravesamos las vías del Tren y llegamos a una pequeñísima villa con pocas casas. En frente de una de ellas Said detuvo el coche y esperó que alguien saliera. En tan sólo unos segundos nos recibió el dueño, con una de esas sonrisas en las que sobresale casi toda la dentadura. Tenía bigote e iba a ataviado con una chilaba totalmente negra, que por algún milímetro que otro no lograba tocar sus sandalias. Penetramos en su pequeñísima parcela, en la que había dos camellos ajenos a nuestra llegada, y un Toyota, mezcla pick up, mezcla furgoneta de transporte, en cuya parte trasera había una lona que resguardaba la parte superior. Tenía toda la pinta de ser el medio en el que nos internaríamos en lo más profundo de Wadi Rum.
El sonriente anfitrión nos pidió que pasáramos a su casa y que nos sentáramos en lo que era un cuarto tamaño salón alfombrado sin apenas decoración. De una puerta contigua aparecieron niños de corta edad, excepto un chico que tendría la nuestra aproximadamente y que se limitó a saludar con la mirada. Así comenzó el cotidiano y afable rito del té, aunque en este caso fuimos nosotros quienes hablamos mientras ellos se limitaron a observarnos, incluido el que sería nuestro conductor por unas horas. Los críos eran todos clavados a él. En su caso, la genética había jugado a su favor en relación con los parecidos. A alguno sólo le faltaba el bigote para ser exacto. El rasgo de la familia era la prominente y marcada mandíbula, que cuando se asomaba me recordaba a Eddie Murphy. Y sonreír, nunca dejar de sonreír, mirando a la vez hacia el suelo, posiblemente por timidez.
Yo me tomé 3 tazas de té para espabilarme, y casi ni dejé las hierbas que se alojaban en el fondo. No sé si lo he comentado en otra ocasión, pero allí las infusiones de hierbas no son de las de bolsita en agua caliente. Son de echar la hierba de té directamente en el vaso y remover. Y el resultado no deja lugar a dudas si nos ponemos a comparar con los que acostumbramos a tomar en España, ya que en el método tradicional árabe el sabor es más puro, más dulce, y con un aroma suave a la vez que profundo. Con razón hay árabes que superan la decena de tomas diarias. Además supone la excusa para tener una y mil conversaciones con familiares, amigos, vecinos, comerciantes, turistas o simples paseantes ávidos de charla.
Las chicas fueron un momento al cuarto de baño que les indicó uno de los chiquillos, y a su vuelta vinieron echando pestes diciendo que era de los peores que habían visto en su vida.
“¿Peor que los de Mongolia o que el del protozoo?”- preguntamos. Ambas asintieron haciendo un gesto de repugnancia bastante claro. “Eso tengo que verlo, cuando salgamos voy, y si es menester, hago un reportaje fotográfico, incluso videográfico si hace falta…” dije riéndome.
A medida que los niños fueron perdiendo su timidez, se acercaron más a nosotros. Uno de ellos, que al parecer no era de la familia, le encantó verse reflejado en la pantalla de la cámara digital de Chema. Llevaba curiosamente una camiseta del Colo Colo (equipo de fútbol chileno). Tratamos de habla con él con la típica conversación futbolera resumida en frases tipo: “Real Madrid, yes. Barcelona, no”. “Real Madrid, the best team of the World”. “Ronaldo, Robinho, Raúl..!”. Para que luego digan a uno que el Madrid no tiene la mejor afición. Qué cosas!!
Cuando les comentamos que convendría comprar algo de agua para llevarnos en nuestro recorrido desértico, se ofrecieron a ir a buscarla ellos. Menos mal, porque yo necesitaba tomarme el Frenadol en unas horas porque aún sentía livianos síntomas de resfriado.
A los pocos minutos uno de los serviciales hijos del bigotudo conductor apareció con dos botellas muy frescas que nos vendrían bien. Por tanto, una vez listos, decidimos marcharnos a nuestra pequeña aventura por el desierto.
Subimos a la parte trasera del ¿4 x 4? acondicionado para llevar tanto a turistas como a ovejas, lo mismo da. Said se puso delante con el hombre de negro y con su más que tímido hijo mayor. Detrás, los cinco valientes: Kalipo, Chema, Alicia, Pilar y un servidor, quienes comenzamos a notar el tambaleo antes incluso de salirnos de la carretera asfaltada.
No tardamos ni un minuto en salirnos del camino y en iniciar nuestra apasionante e ilusionante ruta por Wadi Rum, el Desierto de Lawrence de Arabia. Con gritos de “¡¡Más velocidad, dale chicha a este trasto!!” el coche se adentró en lo más profundo de un desierto que no es como los demás. Montañas verticales o colinas llamadas jebels en vez de dunas. Mil tonalidades en la arena que van desde el rojo al ocre o desde el salmón al amarillo (como las vetas policromadas de Petra) dibujan un escenario de ensueño. En más de una ocasión comentamos que parecía que estábamos en Marte en la película Desafío Total de Schwarzenegger (Chuache para los amigos).
Nuestra única compañía era el silencio, a veces interrumpido por el resoplar del viento o por nuestros exultantes aullidos pidiendo más chicha. Cuando lo hacíamos, el conductor aumentaba la velocidad y nos obsequiaba con algunas eses serpenteantes que hacían que nos agarráramos más fuerte. ¡¡Cómo lo pasamos!! Adrenalina pura…
Fuimos directos a uno de los solitarios jebels donde el coche se detuvo. El conductor avanzó sin decir palabra y se metió en una de las estrechas grietas que daba a algo parecido a una cueva. Le seguimos y sorteamos algunas rocas hasta que el guía se detuvo, y con un palo señaló el suelo que estaba pisando. En él había varios agujeros dispersos hechos por la mano del hombre.
¿Qué significado podía tener aquello? –pensamos. Después de bajar todos la cabeza y mirar los círculos que parecían no tener orden ni concierto el hombre habló a Said, el cual nos tradujo sus palabras, de las cuales deducimos que era un mapa antiguo que indica los pozos naturales de agua en el Desierto. Una persona entendida, viendo esa piedra lisa llena de redondeles, podía identificar perfectamente los lugares en que debía buscar agua si la necesitaba. Interesante documento, como diría José María García. Después de las explicaciones, vuelta al coche y vuelta a la algarabía desatada por la velocidad y el tambaleo constante. Me sentí aislado del mundo, de la poblada civilización, del caótico devenir de mi vida rutinaria en Madrid. Aquí toda imagen de atascos, de las colas para todo, de las dos horas de metro que hago al día no es más que un recuerdo escondido y difuso entre la arenisca roja. En frente de una montaña de arena de un tono cercano al bermellón vimos un beduino con túnica blanca que descansaba apoyado en una roca lisa. El conductor se detuvo para saludarle y aprovechamos a tirarnos a dicha montaña que nos hundía los pies. El Sol le estaba dando de lleno por lo que ardía más que una playa a la hora del aperitivo.En esta ocasión se subió con nosotros Said, quien de muy buen humor, se le vio disfrutar de lo lindo con nosotros. Incluso le decía una y otra vez al conductor en su árabe tartaja que corriera más con el coche. Temí más de una vez por mis gafas de sol debido a la gran fuerza del viento provocada por la velocidad. Todos los años pierdo, me roban o rompo unas gafas de sol. Y esta vez no estaba dispuesto a repetir la faena. Nos detuvimos con el coche en lo que parecía ser un antiguo refugio de la guerra en la época de Lawrence de Arabia.
Regresamos al coche y a menos de un kilómetro nos encontramos otro puente sobre la roca, en este caso mucho más pequeño que el anterior, en el cual había un padre con dos tres chavales y dos camellos que apenas se inmutaron a nuestro paso.
Al parecer vivían en una jaima cercana y los animales, además de medio de transporte, servían para sacar algún dinerillo de los turistas que allí paraban. Nosotros no hicimos uso de los pobres camellos. He montado demasiadas veces, y para darme un rodeo en plan tiovivo, prefiero quedarme sentado a gustito a la sombra. Todo lo contrario que Chema, que se metió por todas partes y que no cesó de buscar instantáneas de calidad. Nuestro guía momentáneo se puso mirando a La Meca y comenzó a rezar a Alá y a Mahoma, su profeta. Le pregunté a Said si él también rezaba 5 veces al día y me dijo que no todas las veces, pero que sí lo hacía cuando podía.Y así fueron pasando los minutos, que ya superaban las dos horas. Claro, una cosa es contarlo, y otra bien distinto vivirlo. Digo lo mismo que otras veces, aunque no me hago caso… “Me enrollo demasiado contando historia e historias”. Pero qué le vamos a hacer, uno escribe lo que le sale del alma, sea bueno o sea malo, sea entretenido o sea tremendamente aburrido. Ante el defecto de escribir demasiado está la virtud de leer lo que a uno le parezca. Yo lo haría, sin duda. Eso sí, a esos valientes que están leyendo esto les doy las gracias por su interés y espero no estar provocándoles sueño o modorra…
El conductor siguió adentrándose con el coche por los extensos valles de arena decorados con bellos jebels de distintos tamaños. Hice varios videos con mi móvil, al igual que Chema o Ali con sus cámaras digitales. Se nos veía eufóricos, aunque unos más que otros, ya que yo seguía preocupado en parte por saber cómo se desenvolverían los acontecimientos fuera de Jordania.
Pero bueno, dicha rayada mental no evitó que me lo pasara en grande con mis amigos en el paraíso desértico en que nos estuvimos moviendo.
El guía paró el coche en frente de una pared totalmente vertical, con alguna abertura a los lados de esas que le encantan a Kalipo y Chema para trepar y saltar. Sacó una bolsa que contenía una tetera de latón, un bote con azúcar y otro con hierbas de té. Reunió unos cuantos palos y buscó un lugar donde no diera el viento para ubicarlos y encender una hoguera. Nos tomamos un té exquisito, rodeando el fuego, que nos supo a gloria no sólo por su sabor, sino por el contexto inenarrable en que se desarrolló la exótica escena. Me levanté del sitio después de un rato y caminé solo hasta estar lo suficientemente lejos de los demás.
Y allí me quedé paralizado para lograr uno de mis objetivos, escuchar el silencio. No pude oír ni el rumor del viento, que apenas tenía contra qué golpear. Silencio total. Y en medio de la placentera paz que estaba sintiendo sólo pedí no despertar de mi sueño. Ese sueño que estaba viviendo en lugares mágicos y exóticos. Ese sueño de viajar por los rincones del mundo. En ese momento pensé sobre algo que corroboro ahora mismo: me pasaría largas temporadas peregrinando por los tesoros de la Tierra. Aunque a Madrid me atan muchas cosas que echaría de menos. Una cosa no quita a la otra. Uno puede tener una ilusión, y a la vez querer estar con su familia, con sus amigos, comiendo una paella el domingo, paseando con el perro algunas tardes o simplemente ver un partido de fútbol. Cuando estás fuera se echa todo de menos. Bueno, todo no. Levantarme a las siete menos veinte de la mañana, trabajar ocho horas de lunes a viernes, pasar dos horas diarias en el transporte público son algunas de las cosas que no añoraría ni en mil vidas.
Volví a la hoguera donde sólo quedaban Alicia y Pilar, que charlaban sobre lo que iba a pasar después de estar en Egipto. Yo, que no estaba con demasiados ánimos por ese tema, le pregunté a Alicia que si tenía pensado hacer nuestro plan previsto a Los Balcanes, en cuanto Chema y Pili se marcharan a Madrid. Ella me contestó que dependía del coste de los billetes ya que habíamos gastado más dinero de lo previsto, y podría no tener para toda una semana en la antigua Yugoslavia, que tantas ganas tenía de visitar.
Con razón tenía un mal presentimiento. No sólo variaríamos la ruta sino que cabía la posibilidad de que Alicia y Carlos volvieran a Madrid antes de lo previsto, dando al traste con nuestra última, pero no menos importante, parte del viaje. Me apetecía mucho hacer ese recorrido con ellos. La idea inicial, antes de que todo se complicara por no poder entrar a Israel era volar el día 20 de Julio desde Tel-Aviv hasta Estambul, pasar un par de días en la capital turca y en la noche del 22 al 23, cuando Chema y Pilar cogieran un avión dirección Madrid (ya que tenían que trabajar el 24), nosotros nos subiríamos a un tren de 24 horas que nos llevaría a Belgrado. Visitaríamos la capital serbia y bajaríamos a Bosnia a ver Sarajevo y Mostar. De ahí recorreríamos Dubrovnik, la ciudad más bonita de Croacia, además de Kotor y Budva en Montenegro. En la costa dálmata cogeríamos un ferry que nos llevara a Italia, ya que el día 30 de julio un avión de Easyjet nos esperaría en Milán para devolvernos de nuevo a nuestra ciudad, Madrid. Yo trabajaba el día 31, por lo que aposta había apurado las vacaciones hasta el final. Todo es poco para el gran viaje del año.¿Y si los billetes de avión salen muy caros? ¿Y si no pueden Carlos y Ali ir a los Balcanes? fueron algunas de las muchas preguntas que me hice durante el tiempo que estuvimos juntos. De todas maneras en ese momento tenía mucha confianza en que al final saliera todo bien y los 3 siguiéramos el itinerario previsto. Eso sí, no ponía la mano en el fuego. En realidad todo estaba en el aire.
Ese era el motivo exacto de mi preocupación.
Cuando volvieron los demás, continuamos nuestra travesía por el desierto, y aún nos dio tiempo, antes de volver a la casa del conductor donde Said tenía aparcado el coche, de ver algunas cosas más de Wadi Rum. Como por ejemplo, una pared vertical de piedra con agujeros en lo alto donde se ahorcaba a los presos de la guerra en la época de Lawrence de Arabia. No sé por qué, pero me llaman la atención todas esas cosas. Soy algo macabro, lo reconozco. Esa afición de niño por los monstruosy por las historias de miedo está algo presente en mí.
También vimos dibujos prehistóricos en las rocas, y es que los jebels de Wadi Rum fueron en su día un punto predilecto para el arte rupestre.
Por último, para llegar a nuestro final del trayecto fuimos atravesando partes mucho más arenosas y rojas todavía, incluso dejando a un lado algunas dunas no muy pequeñas precisamente. Así concluyó nuestra ruta por el enigmático y quasiplanetario desierto ubicado al Sur de Jordania, a unas pocas decenas de kilómetros de Akaba, adonde después de abonar el precio de la excursión, nos fuimos.
Durante el tiempo que invertimos en llegar a Akaba (también se puede escribir Aqaba) mis amigos aprovecharon para echar una cabezada. Yo, como me suele ocurrir, no pude quedarme dormido y fui viendo por la ventanilla el paisaje, que se tornó cada vez más pedregoso.
A la entrada de la ciudad nos hicieron un control de documentación, ya que debido a la gran afluencia turística de alto nivel hay una gran protección del turismo ante el terrorismo integrista. No tardamos mucho en empezar a ver bulevares llenos de palmeras y fachadas de hoteles de categoría. Como no habíamos comido y la tarde había hecho acto de presencia hacía un buen rato, nos detuvimos a “ingerir” en un McDonalds. Quizá para no perder costumbre de la toxicidad más puramente occidental. Nada más bajarnos del coche nos dio un golpe de calor húmedo bastante fuerte. No llegaba a ser lo de Shanghai del año anterior, pero era de este tipo de calores que hacen que se te pegue la camiseta y te sientas constantemente mojado.
Allí mismo, después de tomarme un pedazo del engendro de lo que ellos llaman pollo, cogí el móvil y marqué el número de mi colega Julián. Ante la posible espantada de Kalipo y Alicia en la ruta balcánica, le llamé para comentarle la situación y decirle que si quería, quedaríamos en Belgrado en menos de una semana. A él le hizo ilusión la idea, pero se temió tanto como yo que sus padres no pondrían buenos ojos a un viaje tan precipitado, y más aún cuando aún le recordaron en no pocas ocasiones que habían hecho bien en no dejarle venir a Oriente Medio después de la guerra en Líbano. Pero no podía dejar de intentarlo. Tanto él y yo solos como con Kalipo y Alicia nos pasaríamos de miedo haciendo una interesante recorrido por algunas ciudades y lugares emblemáticos de Los Balcanes.
Una vez comimos nos dirigimos a la Terminal de ferries, situada al sur de la ciudad, ya que debíamos hacernos con los billetes de nuestro barco a Egipto en el cual teníamos pensado zarpar la noche siguiente.
Allí en el puerto había cientos de personas en el suelo con una gran cantidad de equipaje, eso sí, ninguno era turista. Aquello era un caos absoluto y gracias a Said, que lo conocía bien, logramos llegar a la ventanilla donde vendían los tickets del ferry que une los puertos de Aqaba y Nuweiba (en el país egipcio). Vimos que todos lo días salía uno rápido y otro lento a medianoche, que era el que más nos interesaba no sólo por su precio menor sino porque podíamos aprovechar para dormir en él y así ahorrarnos la estancia en un hotel. Cuando estábamos esperando en la cola Kalipo sugirió bucear (más bien hacer snorkelling) en Egipto en vez de en Aqaba. Chema no quería porque tenía muchas ganas de quedarse en la ciudad jordana. Era como si tuviese miedo de que cuando fuéramos a Egipto al final no hiciéramos buceo. En ese momento tuvimos un largo debate en el que analizamos los pros y las contras de coger o no el barco de esta misma noche en la que nos encontrábamos.Podía ser perfecto, ¿no? Así que compramos cinco tickets del barco que zarparía a las doce de la noche. De esa forma teníamos unas horas para pasear algo por la ciudad y después dormiríamos en cualquier rincón del ferry.
Le dijimos a Said que nos llevara un rato a caminar por la Corniche (El Paseo Marítimo) y allí aprovechamos para charlar sobre lo que íbamos a hacer en nuestra estancia en Egipto. A mí me apetecía ver Santa Catalina en el Sinaí, que es un antiquísimo monasterio de anacoretas (ermitaños) ubicado a más de 1500 metros de altura en Monte Sinaí (valga la redundancia), donde, según la tradición Dios se apareció a Moisés en una zarza que ardía y no se consumía. Pero ésta gente prefería invertirlo más en playa y en El Cairo. La verdad es que ya andábamos justos de tiempo y cuanto más tardáramos en comprar lo billetes, más caros nos saldrían y a menos opciones nos tendríamos que atener.
Estuvimos un rato paseando lentamente por La Corniche entre hoteles y viendo originalidades varias como una terraza llena de mesas y sillas ubicadas en plena orilla de la playa, incluso dentro del agua. Curioso, sí señor. No me parece mala idea en absoluto, y más con el sofocante calor que estaba haciendo.
Llamé a mi madre y le comenté la nueva situación, lo que íbamos a hacer, y que lo de Los Balcanes estaba en el aire. Cuando se me ocurrió decirle que era capaz de irme solo para allá le entraron los siete males.
Chema me reprochó que le hubiera dicho algo sin saber aún qué es lo que iba a pasar. Yo le contesté que, por si acaso, la estaba preparando para la noticia por si decidía finalmente irme solo a los Balcanes, opción que empezó a rondar en mi cabeza ese día.
Y así fueron pasando las horas hasta que Said nos llevó de nuevo al Puerto de ferries, esta vez, para marcharnos definitivamente de Jordania un día antes de lo previsto. Fuimos a que nos sellaran en el pasaporte la salida del país y como el tiempo apremiaba, cargamos el equipaje y fuimos directos al enorme ferry atracado en el puerto. Tocó despedirnos de Said, un personaje al que cogimos mucho cariño y con el que nos habíamos llevado genial.
No me preguntéis por qué, pero la despedida fue muy fría y apresurada. Ni mucho menos fue la que se mereció nuestro amigo sirio que a tantos sitios nos había llevado y que tanto nos había hecho reír. Bueno sí, nos habíamos reído más de él que con él…pero bueno. Era un freaky de esos que gusta tener cerca. Nos dijo que esa misma noche viajaría hacia Líbano a sacar gente de allí, y por supuesto, a forrarse. Había compañeros suyos haciendo el circuito Beirut-Damasco-Ammán cobrando más de mil euros por el servicio. Menos mal que salimos unas horas antes, que si no lo llevábamos claro. Un abrazo, un apretón de manos y un adiós… Ciao Said!!
De cómo nos fue en el gigantesco barco os hablaré en el próximo relato. Quizá fue el preludio más tóxico posible para un día en el que disfrutamos todos de las transparentes aguas del Mar Rojo. En Dahab se cumpliría otro sueño. No os lo perdáis!
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