El mejor atardecer de mi vida lo vi en Palmira

Tadmur Travel Blog

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Corredor de entrada de Crac de los Caballeros

La ladera del castillo amaneció cubierta de nubes cuando nos despertamos a las ocho y media de la mañana del día 6 de julio. Con Pilar prácticamente recuperada, y tras desayunar de nuevo el surtido hecho con pan de chicle y mermelada, nos dirigimos a la fortaleza Cruzada de Crac de los Caballeros que abría sus puertas a las nueve en punto.

Yasser, que nos había dicho el día antes que él sólo sería nuestro conductor en Siria, y que para ir a Líbano y Jordania, tendríamos a otro, nos dejó a en la Puerta principal que permitía acceder al edificio medieval.

El Castillo de Crac de los Caballeros había sido descrito por el escritor Theroux como "la síntesis de todos los castillos que pueblan las fantasías infantiles sobre justas, armaduras y gallardetes".

Fortaleza interior de Crac de los Caballeros
Lawrence de Arabia fue menos extenso y más claro definiéndolo como "el castillo más bello del mundo". Y razón no les falta porque viéndolo en persona te das cuenta de que en pocas ocasiones habrás visto uno tan bien conservado y con tanto significado histórico.

El castillo se estructura en dos partes, la muralla exterior, coronada con 13 torres y la fortaleza interior, que le separa de ésta con un foso lleno de agua. La entrada principal por la que accedimos (en el lado oriental) te deja en un empinado corredor en cuyos lados puedes ver los extensos establos que en su día albergaron numerosos caballos de combate. Para entrar aquí utilicé mi linterna ya que está lo suficientemente oscuro para no ver nada. Siguiendo más adelante salimos al foso que servía para dividir y así proteger mejor, la fortaleza de la muralla exterior, que tenía una función meramente defensiva.

Pasillo abovedado de la Sección de los Caballeros (Castillo Crac des Chevaliers)
Rodeamos después las murallas y entramos a algunas dependencias defensivas que quedaban a los lados además de subirnos a algunas de sus torres (como la de la Hija del Rey). A diferencia de otros castillos medievales, este no se podía considerar "un lugar en ruinas" como a los que estaba acostumbrado a ver. Parecía que en cualquier momento iba a ver a un centinela haciendo guardia o a los caballos copando los vastos establos. Una vez más me entró esa vena fantástica e infantil (porque no decirlo) que me hizo sentirme un Caballero de las Cruzadas. La verdad es que estaba disfrutando como un niño con lo que estaba viendo. Accedimos por fin a la fortaleza interior por medio de otro corredor totalmente abovedado, y tras recorrerlo y asomarnos a los vanos desde donde los ballesteros defendían la plaza, llegamos a una de las partes más bonitas del castillo, un patio abierto con una de sus fachadas decorada con arcos góticos.
Foso del Castillo Crac de los Caballeros
Entrando por el pasillo de arcos, llegamos a un salón abovedado que servía para hacer las Reuniones de los Caballeros. Al otro lado (a la derecha del patio) vimos la Capilla, transformada en una Mezquita por Baybars después de la rendición del lugar. Aún se conserva el púlpito donde se subía el Iman cuando daba sus discursos religiosos en el momento en que los fieles musulmanes se disponían a orar.

Por último subimos a la Torre del Guardián, donde se alojaba el Gran Maestre de la Orden de los Hospitalarios, y desde la cual se ofrece una vista inmejorable tanto del castillo como de la aldea de Hosn, sin olvidarnos del verde valle conocido como el "Paso de Homs". Como dije en otra ocasión, la situación estratégica de Crac de los Caballeros es la más acertada posible, porque controlaba todo paso del interior a la costa, y está situado en una de las zonas más altas de la región.

En una de las torres de Crac de los caballeros

Después de esperar a Yasser durante un rato que anduvo desaparecido, nos montamos al coche y nos dirigimos hacia Palmira, eso sí, cumpliendo antes lo prometido y parándonos a medio camino a ver algunas viviendas de esas a las que llaman "Casas Colmena" por la inusual forma en la que están construidas.

No a muchos kilómetros del comienzo de la zona desértica por la que se adentra la rectilínea carretera asfaltada que te lleva a Palmira pudimos ver por primera vez esas estructuras de barro con forma ovalada en la que aún habitan algunas personas a las que el común le llama "Casas Colmena". El terreno es seco, pero no lo suficiente para poder cultivar lo que da sustento a los moradores de las originales viviendas.

Casas Colmena

Yasser paró en frente de una de ellas, de donde salió una mujer ataviada con ropa beduina que debía tener cerca de setenta años. No tardaron en aparecer multitud de niños y el padre de familia que nos invitaron a pasar a su casa construida en barro.

Nada más entrar te das cuenta de que son más altas de lo que se ve por fuera y, sobre todo, son muy frescas, ideales para olvidarte del bochornoso calor en verano, y de refugiarte cuando el frío apriete, aunque en estas latitudes, que se de la segunda es harto difícil.

Nos sentamos y al momento uno de los niños nos estaba sirviendo un té del que esta vez no voy a utilizar el "riquísimo" que digo siempre, sino el "espectacular" que digo sólo en las grandes ocasiones.

Casas Colmena
No me extraña que se tomen tanto te a lo largo del día. Igualito al de sobre que te ponen en los bares o restaurantes..

La casa era una "doble colmena", es decir, estaba compuesto por dos dependencias cónicas. Una que servía como salón de invitados, a la vez que comedor, y otra donde estaban las camas. Las paredes blancas estaban decoradas con dibujos realizados por los niños, además de un póster del Presi Basher al-Assad, que como siempre, se cuela en todos los rincones del pueblo sirio.

La hospitalidad de los sirios nos había calado fuertemente, y con ratos como éste, en el que nos sentimos tan a gusto, se fue acentuando este sentimiento. Atrás quedaban esas imágenes equivocadamente preconcebidas que se tiene de la gente árabe.

Sentados en el interior de la Casa
Todas esas escenas de violencia que "nos dan la comida" en los Telediarios no pertenecen más que a cuatro locos cuya razón y sentido común les ciega a cometer actos totalmente deplorables. El pueblo, la gente de la calle, lo que quiere es vivir en paz, vivir tranquila y que no haya nadie que les diga qué es lo que tienen que hacer. Claro está que no estoy de acuerdo con muchas de sus "tradiciones" en las que, por ejemplo, la mujer queda en un plano totalmente discriminatorio. Por ahí no paso ni pasaré nunca. Además, la religión no debe tener ese peso, que en estos países es muy elevado, que le hace controlar la política y sobre todo, las libertades de las personas.

Después de tomarme otro té, y beberme el de Pilar (que no le gusta nada), salí fuera un rato a tomar unas fotos del lugar.

El grupo en las Casas Colmena
La verdad es que las casas que había diseminadas por la zona me recordaron a esas fotos que había visto en los libros sobre el África Occidental. Por un momento pensé en el acantilado de Bandiagara, que está en el País Dogón de Malí, y que está lleno de viviendas de barro de formas parecidas a las que estaba viendo. Ese es uno de los lugares del mundo donde más ganas tengo de ir. Como aficionado que soy al Arte y la Cultura africanos, rendir visita a uno de los territorios más asombrosos del continente negro, es una gran obsesión.

Nos hicimos fotos con la amable familia y volvimos al coche para, esta vez sí, partir hacia el lugar más fascinante de Siria, Palmira, un oasis en medio del desierto, en el que yace una ciudad milenaria en el que cualquier elogio es poco.

Para ir a Iraq coge la de la derecha

El trayecto hasta Palmira duraría casi tres horas desde las Casas Colmena. No tardamos en dejar atrás cualquier atisbo de tierra fértil para adentrarnos en el seco y montañoso desierto. En apenas unas horas habíamos pasado de la humedad que había en Crac de los caballeros, al calor sofocante y seco de una carretera que serpenteaba para adentrarse en un paisaje carente de vegetación.

Vimos varias bases militares sirias llenas de radares y de convoyes con disparadores fabricados para la guerra. Incluso varios vehículos llenos de soldados armados nos adelantaron varias veces. Yasser nos dijo que no se nos ocurriera sacar la cámara porque está prohibido hacer fotos en las zonas militares. Tiempo después, repasando las fotos, me daría cuenta de que Chema, una vez más, habría hecho caso omiso a las recomendaciones.

Vista del Oasis y de las Ruinas de Palmira desde el hotel
Cómo le gusta jugársela...

Donde sí nos bajamos todos a hacer una foto es a uno de las señales de la carretera donde se indica el desvío para ir hacia Irak. La verdad es que con todo lo que ha pasado (y sigue pasando allí), estar tan cerca de allí impresiona un poco. Una vez subimos a la minivan estuvimos hablando sobre lo destruida que debía estar Bagdad y la de cosas que se habían debido perder de lo que era la antigua Mesopotamia, cuna de las civilizaciones. Desgraciadamente a Bush y a sus secuaces, ese detalle no les importa nada en absoluto.

Después de un rato recorriendo velozmente la desierta carretera, y tras una absurda discusión entre Carlos y Alicia, que les tuvo de morros todo el día, llegamos a Tadmor, nombre árabe de Palmira (que quiere decir "Ciudad de las palmeras").

Santuario del Templo de Bel (Palmira)

Vimos las ruinas a lo lejos, antes de adentrarnos en la ciudad "moderna", por decir algo, para buscar un hotel, que como siempre, nos encontró nuestro conductor Yasser. La ciudad era algo gris, y campeaba más el cemento y hormigón que la belleza de lo que fue una de las Ciudades más prósperas de todo Oriente Próximo. El calor arrasaba de tal manera que estar unos segundos expuestos a éste, suponía sudar de una forma desmesurada. El Hotel, cuyo nombre no recuerdo tenía las habitaciones limpias y baño privado, además de una terraza en lo alto desde donde se divisaban, ocultas tras los palmerales, los restos dorados de la legendaria ciudad. No veía el momento para adentrarme en ellos. Pero antes había que irse a comer porque que el reloj había superado las dos de la tarde.

Templo de Bel (Palmira)

El Restaurante nos ofreció los típicos mezzes, pero en comparación con anteriores ocasiones se mejoró la calidad del plato principal. Al menos se estaba a gusto, cubiertos con unos toldos que nos salvaban de la ardiente solanera. Tenían en una jaula aledaña un par de avestruces, un pato cocido por el calor y un pavo real. Pagamos algo más de lo que teníamos previsto. Una vez más Yasser nos había llevado a un sitio turístico en el que los precios "se inflan" lo suficiente para hacernos ver que "así no" sobreviviríamos las semanas que aún quedaban.

El calor hizo pensar al grupo si esperar unas horas a ver las ruinas, pero al final se decidió ir directamente al Templo de Bel, el más emblemático de Palmira, porque no íbamos a estar mucho tiempo en las ruinas precisamente.

En el Templo de Bel (Palmira)
La verdad es que fui yo quien se encabezonó con ir directamente, pero es que la extensión del recorrido era tan grande, que podíamos no ver todo lo que queríamos si retardábamos más nuestra visita. Esta vez les tocó ceder a ellos. Unos días más tarde me tocaría a mí hacerlo en el episodio de las "puñeteras bicicletas" que tan poco me gustan.

Así, en el Templo de Bel, uno de los tesoros de las esplendorosas ruinas, comenzó nuestra visita a la Antigua Ciudad de Palmira (o Palmyra). Antes, comentaré algo sobre su gloriosa e ilustre historia:

Palmira fue desde el Siglo XIX antes de Cristo, escala de las Caravanas que recorrían la Ruta de la Seda que iba desde China e India hasta Europa. Al principio fue gobernada por asirios y persas, y después pasó a ser parte del Imperio de los Seléucidas, fundado por Seleuco, un antiguo general de Alejandro Magno.

Columnatas de Palmira
Posteriormente fue absorbida por el Imperio Romano, siendo tributaria de éste y punto estratégico para la contención de los enemigos del Este. El Emperador Adriano visitó Palmira en 130 y la declaró "ciudad libre", la cual podía incluso fijar y recaudar sus propios impuestos.

Su privilegiada situación y su consideración de "Colonia Romana" provocaron un enriquecimiento paulatino que se dejó ver en la construcción de templos y avenidas. Odenato, perteneciente a la nobleza, venció al ejército sasánida, enemigo de Roma durante siglos, y se proclamó Rey de Palmira. Durante este periodo fue muy bien considerado por el Imperio y ayudó a la conquista de numerosos territorios y a la infranqueable defensa del área, totalmente inaccesible para sus rivales.

Aquí estoy en las Ruinas de Palmira
Incluso fue nombrado "Corrector del Este" lo que le hizo aumentar su poder en la zona.

Pero la protagonista de de la legendaria historia de Palmira no fue otra que quien para muchos fue considerada la "Cleopatra de Siria", la Reina Zenobia que llevó a su ciudad a ser una de las más ricas, prósperas y avanzadas tanto cultural como arquitectónicamente hablando. Pero su ambición y osadía le llevó a su fin más pronto de lo que ella pensó.

Zenobia estaba casada con el anteriormente mencionado Rey Odenato. En el año 267 éste fue asesinado en Homs en lo que para muchos fue un complot de su mujer para hacerse con el poder. La nueva Regente de Palmira consiguió extender sus dominios sobre Mesopotamia, Siria, Palestina y Egipto, incluso llegó al Bósforo, cosa que a Roma, que ya andaba con la mosca detrás de la oreja por la extraña muerte de Odenato, no le gustó nada en absoluto porque la ciudad dorada estaba pasando de ser "garantía en Oriente" a una "gran amenaza" .

Kalipo, Chema, Pilar y yo en Palmira
Palmira llegó a tener su propia lengua y fue este el período en que más construcciones se realizaron en la ciudad. Durante los seis años en que gobernó, declaró su Independencia de Roma y acuñó monedas con la efigie de su hijo como si de un Emperador se tratara. Además se pensaba descendiente de Cleopatra y para muchos fue considerada como una auténtica Heroína por su ímpetu y valor.

El Emperador Aureliano no tuvo más remedio que actuar para detener la peligrosa ambición bélica de Zenobia y así vengarse de la intolerable provocación de la valerosa Reina.

Tras numerosas batallas y una gran resistencia por parte del ejército de Zenobia, Aureliano le pidió que capitulara mediante la siguiente misiva:

'Aureliano, emperador del mundo romano y reconquistador del Orontes, a Zenobia y sus aliados.

Castillo de Palmira al fondo
Tendríais que haber hecho espontáneamente lo que yo os ordeno por escrito. Os impongo la rendición, perdonándoos la vida, a condición de que tú, Zenobia, aceptes vivir con tus hijos donde yo te lo ordene, de acuerdo con el parecer del senado. Entregad al senado romano las gemas, la plata, el oro, las sedas, los caballos y los camellos que poseéis. Los habitantes de Palmira conservarán sus derechos.'


Zenobia respondió al Emperador Romano con lo siguiente:

‘Zenobia, reina de Oriente, a Aureliano Augusto. Jamás nadie ha osado hacerme las propuestas que tú me has enviado por escrito. En la guerra, lo que se quiere obtener hay que ganarlo con el valor. Me exiges la rendición, como si no supiera que la reina Cleopatra prefirió morir antes que vivir humillada.

Tumbas de Palmira
No me falta ciertamente la ayuda de los persas, que ya se acercan; los sarracenos y los armenios están de nuestra parte; los bandoleros sirios ya han derrotado a tu ejército. ¿Qué ocurrirá, Aureliano, si se unen todos los refuerzos que esperamos de todas partes? Tendrás que deponer la arrogancia que ahora te hace exigir mi rendición, como si ya hubieras vencido en toda regla.'

Semejantes palabras irritaron de tal forma a Aureliano que éste redobló sus esfuerzos para aplastar la peligrosa rebelión. Con el ejército de Zenobia vencido, ésta no tuvo más remedio que huir en camello a pedir ayuda a sus vecinos persas. Finalmente fue apresada por las milicias romanas.
La Reina fue llevada a Roma y fue exhibida como trofeo de guerra por toda la ciudad atada con cadenas de oro.

Sentados en el Gran Cardo de Palmira
Su final se desconoce. Algunas fuentes señalan que pasó el resto de sus días en una Villa que le prestó el Emperador (Un retiro dorado). Para otras fue asesinada o incluso se suicidó porque prefirió no vivir antes de ser prisionera de nadie.
Fuera como fuera, su final fue también el fin de la próspera Palmira, que perdió poco a poco su importancia y fue siendo olvidada a medida que pasaron los años.

Hoy quedan amplias avenidas de Columnas, numerosos templos (siendo el dedicado a Bel el más importante) y varios hipogeos (tumbas) realizados en la piedra caliza y dorada de las desérticas montañas que rodean la ciudad, que dan muestra del esplendor de la que hoy en día es la principal atracción turística de Siria.

Nosotros comenzamos nuestra visita en el Templo de Bel, que es el complejo más completo e impresionante de Palmira, y que me recordó bastante a las ruinas egipcias que abundan al margen del Nilo.

Sele en Palmira
Se compone, sobre todo, de un patio bastante grande y repleto de columnas, en cuyo centro había otra estructura que hacía de santuario. La verdad es que me gustó mucho, al igual que a mis amigos. Kalipo se perdió para hacer fotos del Oasis aledaño, Alicia estuvo muy seria porque seguía enfadada con él, Chema, como siempre, haciendo su detallado book fotográfico, y Pilar posando sonriente entre las doradas columnas (porque de ese color son).

Después del templo entramos por el imponente Arco Monumental que da paso a la amplia avenida de columnas de un kilómetro de longitud, dejando a los lados templos, el anfiteatro (reconstruido salvajemente) y llegando hasta las construcciones del "Campo de Diocleciano". En uno de los montes que quedan a la izquierda a medida que avanzas, se levantan como torres las tumbas más conocidas como hipogeos, y cuyo interior veríamos a la mañana siguiente.

Chema, Carlos, Pilar y yo con Tadmur al fondo
De nuevo mirando hacia el fondo, en lo alto, el Castillo conocido como Qalaat Ibn Maan, domina imperturbable la majestuosa ciudad olvidada.
Durante el paseo, numerosos beduinos nos estuvieron largo rato montar a camello, postales, pañuelos y otros souvenirs. Aquí no eran tan recatados como en Aleppo, sino que avasallan al turista hasta que les compren algo. Yo, a la salida de Bel, había comprado un pañuelo beduino blanco y negro, que me salvó durante el viaje de más de un catarro por culpa del aire acondicionado. Yasser lo puso al estilo Lawrence de Arabia y ya no me lo quité más hasta que finalizó la visita. También me hice con un pack de postales que le acabé regalando a Chema. Las chicas montaron unos minutos a camello. Como veis, nos dio el típico "síndrome del turista" en el que acabas comprándoles algo para que te dejen de dar el plastazo.
Ruinas de Palmira desde el Castillo
La pena es ver que tantos niños se dedican a ello. Eso sí, ni la trigésima parte de los que puedes ver en Egipto…
Cuando les compras algo a los críos o les das dinero, estás colaborando quieras o no con que esa situación de "trabajo infantil" continúe. A veces, hay que pensar antes de actuar, y permanecer impasible ante sus insistentes e inteligentes mañas que te llevan a adquirir algo, aunque duela.

La foto del castillo, tomada desde alguna de las vetustas columnas, es una de las más bonitas que puedes hacer allí. Quizá es lo más repetido por las instantáneas de los turistas, que en ese momento era poca gente más que nosotros. Afortunadamente.

El color dorado de las ruinas, que se mezcla con el de la arena o de las pedregosas montañas que gobiernan el árido desierto, hacen de Palmira uno de los lugares más maravillosos del mundo.

Vista de las ruinas desde el Castillo
Y lo mejor estaba por llegar…
Pedimos a Yasser que nos subiera al castillo para ver el atardecer desde allí. Las vistas de la ciudad antigua, de la moderna (Tadmor), del oasis o del inmenso desierto merecen ya de por sí una visita. Nos encontramos a unos españoles que nos estuvieron hablando sobre lo maravillosa que era Petra (Jordania) y haciendo algunas recomendaciones que nunca vienen mal. Un gaditano nos comentó que venía de bucear en el Mar Rojo egipcio, en un sitio llamado Dahab, que se escapaba al lujo y al ajetreo de los complejos hoteleros tipo Sharm-el-Sheik o Hurghada. Nosotros le comentamos que bucearíamos en el Golfo de Akaba, en la parte jordana (Akaba) o en la israelí (Eilat). Era algo que teníamos muchas ganas de hacer porque nos habían hablado de lo fascinante que era sumergirte entre arrecifes de coral y pececillos de colores.
Atardecer en Palmira I

Sin más dilación subimos a una de las torres del castillo Qalaat Ibn Maan donde presenciamos cómo el Sol se convertía en una enorme naranja y cómo sus rayos colorearon de azafran las piedras de la ciudad antigua. La verdad es que la sensación que tuvimos no se puede expresar con palabras, y por más que me empeñe en describírosla, nunca llegaré a trasladaros ni una mínima parte de ella. Simplemente id alguna vez en vuestra vida y comprobad cómo el tiempo se detiene para decir adiós una vez más al Rey de la Luz.

Lo que acabábamos de ver nos dejó algo tocados emocionalmente (en el buen sentido de la palabra, por suerte) y volvimos al coche, donde Yasser estaba hablando con un viejo amigo suyo que conducía un Pontiac blanco de los años cincuenta cuidado hasta el más mínimo detalle.

Atardecer en Palmira II
Éste hombre escuchó orgulloso todos los halagos hacia su joya, que parecía ser el centro de su vida. Al día siguiente nos lo encontraríamos en una de nuestras paradas antes de llegar a Damasco (En Saydnaya para ser más exactos).
De camino al hotel Chema y Kalipo se quedaron afeitándose en una Barbería típica de la ciudad. Mientras Ali, Pilar y yo fuimos a ducharnos al hotel. Allí tuvimos una larguísima e interesante charla sobre "el amor". La verdad que hablar con ellas fue muy reconfortante para mí. Una vez volvieron éstos de su "afeitado express", nos bajamos a cenar a la Avenida principal, donde nos dieron "otra clavada" para terminar el día. Yo le compré a uno de los camareros un billete de Iraq con la efigie del malvadísimo Sadam Hussein. También aprovechamos para conectarnos a internet y para pasar el contenido de la tarjeta de la cámara a un CD, ya que el espacio escaseaba de forma alarmante.
Atardecer en Palmira III
El hombre que lo hizo nos sacó algo de los nervios ya que se equivocó varias veces y a Chema le perdió misteriosamente unas cuantas fotos (Según él cerca de 30).

Poco a poco se acercó nuestra hora de dormir. Las camas, tan duritas, tan calentitas, tan estrechitas, dieron algo la tabarra. Bueno, a mí, que antes de que yo diera la primera vuelta, éstos ya se habían quedado totalmente roque. Hubo mucho ruido durante toda la noche por parte de los coches, que me distrajeron bastante rato antes de quedarme dormido hasta la mañana siguiente. Al menos lo hice feliz, porque el mejor atardecer de mi vida lo vi en Palmira…


José Miguel Redondo (Sele)
El Rincón de Sele

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Casas Colmena
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Tadmur
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