El Lago Bled, Un Paraiso a los pies de Los Alpes
La más importante y extensa cadena montañosa de Europa Central, es decir, Los Alpes, tiene también un claro protagonismo en Eslovenia. Este pequeño, pero completo país tiene cortas distancias entre el Mar Adriático (con Piran y Koper como emblemas) y el abrupto paisaje glaciar de las grandes montañas que forman su techumbre. Los Alpes Julianos, que así se llaman los que tocan la República de Eslovenia, no llegan a la altura de los suizos, franceses, alemanes, austriacos o italianos donde algunos picos superan los cuatro mil metros (ej: Mont Blanc, 4807 m.), pero no quedan a la zaga en belleza paisajística. Uno de sus puntos más concurridos queda a la falda de los mismos. Se llama Bled y su fama se debe al lago que lleva su nombre.
Nunca pensé antes de salir de Madrid que iba a llegar a ver este sitio del que mis amigos viajeros me habían hablado maravillas. Como mucho algo de Bosnia y algo de Croacia, pero en absoluto pasó por mi imaginación que mi viaje pasaría por más lugares de los previstos de antemano. Esto es lo que tiene no llevarlo todo “atado” y quedar a expensas de una absurda e inevitable guerra en Líbano que modificaría los planes de todos. Quizá fue el destino el que me privó de estar en Jerusalén, dándome a su vez la oportunidad de ver otros lugares dignos de toda visita…
Después de llevar casi dos semanas pasando el tiempo exclusivamente en ciudades, no venía nada mal eso de pasar un día en un enclave natural.
Los Alpes siempre son idóneos para empaparte de naturaleza y escapar del bullicio. Así que con la mochila al hombro y tras desayunar (¡¡¡fruta!!!) me subí al autobús que salió a las ocho en punto de la mañana. El trayecto apenas duró una hora pero ésta fue de lo peorcito de todo el viaje. Entre que mi organismo estaba tocado por la porquería de comida con la que llevaba casi un mes alimentándome, la siempre exageradísima potencia del aire acondicionado del bus, el olor a lejía que desprendía éste, y que la carretera no era precisamente recta, me entró un mareo acompañado por náuseas que me lo hizo pasar bastante mal. Los minutos parecieron siglos y ya no sabía qué hacer para paliar las ganas de vomitar que tenía. Trataba de pensar en cosas más agradables porque creo que cuando se “distrae” la mente se calma un poco el malestar. Basta que digas que estás a punto de echar la papilla para que la eches. Se unieron a la fiesta un fuerte sudor frío y escalofríos que me llevaron a desear por un momento estar en mi casita tranquilamente. Son esos los típicos momentos en los que te entra el síndrome de Los Panchos: “Si tú me dices ven…lo dejo todo”. En casi treinta días de viaje tienes momentos en los que te teletransportarías de nuevo a tu hogar dulce hogar. Pero luego te acuerdas del metro, de madrugar para trabajar, del duro invierno, del stress… y se te pasa. Aunque a esas alturas a las que estaba, mi cuerpo necesitaba urgentemente volver a alimentarse de comida casera. Es difícil y sobre todo caro ir en plan sano por el mundo…
A poco tiempo de finalizar el trayecto, me levanté con la mano en la boca a pedirle una bolsa al conductor, que gracias a Dios que llevaba una.
Afortunadamente el mareo no pasó a mayores y no fue necesario mancillar el bus. Lo que hice fue apearme unos minutos antes de llegar a la Estación de autobuses donde respirar aire puro y limpio tuvo su efecto balsámico. El día se preveía despejado e idóneo para pasar una jornada rodeado de los colores verdes y azules que reinan por estos parajes. El tirón turístico de Bled es bastante importante a juzgar por la cantidad de Hoteles, balnearios, cabañas y actividades lúdicas y deportivas que se ofertan allí. Hay una parte del Lago, que coincide con el pueblo, donde me bajé (en plena calle Ljubljanska), en que se estropea un poco el entorno natural porque predominan los abominables edificios de hoteles y apartamentos made in Torrevieja, Alicante.Por cierto, aún no he explicado porqué me decanté por el bus en vez del tren, cuando además tenía que coger uno a la tarde para ir a Venecia. Esto es de interés para los viajeros, así que voy a ver si lo explico bien:
- Desde Ljubljana se puede ir a Bled en tren y en autobús (cada hora). En la zona hay dos estaciones de ferrocarril: LESCE-BLED y BLED JEZARO. A la primera se puede ir desde la capital eslovena, pero tiene dos inconvenientes que en la situación que estaba tenía que evitar: Está a tres kilómetros del lago y no tiene trenes dirección “Nova Gorica” (punto fronterizo con Italia), a donde debía dirigirme para empalmar otro que me llevara a Venecia. Respecto a la segunda estación (Bled Jezaro), es la única de la zona que te lleva a la frontera con Italia (Nova Gorica) para poder coger trenes a cualquier ciudad del país transalpino. Ésta estación se encuentra mucho más cerca de las aguas del Lago, pero como éste es medianamente grande, queda bastante apartado de la “civilización” al estar opuesto a la zona más turística. Además no tiene comunicación directa con Ljubljana.
Por esa razón decidí que era mejor coger un bus que me dejara en plena Villa de Bled, y después salir por un lugar que no quede tan lejos del Lago donde iba a pasar el día.
La Estación Bled-Jezaro recuerda a esos viejos pero a su vez encantadores apeaderos de las fotografían en blanco y negro que ilustran la Historia del Ferrocarril.
Silenciosa, enmascarada en un bosque cerrado viendo pasar el tiempo, Jezaro parece vivir anclada en un cuento o en una novela. Pedí a uno de los responsables de la Estación, perdón, pedí al único responsable de la Estación, ataviado con su uniforme, que si podía guardarme el equipaje hasta la tarde. El hombre, muy amable, accedió y me llevó la mochila hasta su pequeñísima oficina que apenas parecía haber cambiado en las últimas décadas. Hasta las cinco y media, le dije elevando mi mano como si no supiera que no entendería ni una palabra. Como está situada en una pequeña colina donde debajo queda el Lago, comencé el descenso en un empinado y abrupto camino que finalizaba en su orilla más occidental y a la vez lejana tanto del castillo como del pueblo. Porque no sé si os lo he dicho, pero en Bled, en lo alto de una colina escarpada que parece haber sido colocada allí por el azar de la Diosa Fortuna, se dibuja un pequeño castillo de paredes blancas que vigila las cristalinas aguas del Lago. Ese es uno de los sitios indispensables de toda visita a la zona, pero suele quedar eclipsado por la pequeñísima isla (Blejski Otok) de aspecto romántico y presidida por la Iglesia de la Asunción en la cual corre la tradición folclórica de que si se repican sus campanas y se pide un deseo, éste será concedido. Para llegar a ella sólo hay dos posibilidades, gastarte un pastón en subirte a una góndola o barquita con más turistas o ir directamente a nado. En mi caso lo veía bien difícil ya que no tenía pensado dejarme más pasta y tampoco podía ir nadando abandonando a su suerte a mi pequeña mochila amarilla con cámara, móvil, dinero, ropa para el día y demás enseres.
Mi intención inicial era llegar al castillo, así que comencé a caminar por la carretera en dirección al mismo y no sé por qué, pero me dio el venazo de hacer autostop y que me acercaran allí.
Con los pocos coches que pasaban y mis pintas de guiri no pensé que nadie fuera a hacerme caso. Además tan solo me molestaba en levantar un poco el brazo con el dedo pulgar asomándose en mi mano por si había suerte mientras seguía de camino. Así cruzó delante mía un coche, dos coches y…el tercer coche se paró. En él había una chica rubia algo menor que yo que se ofreció a llevarme. Eso sí que fue llegar y besar el santo. En menos de cinco minutos había conseguido “coche”. En ese momento me acordé de la madre del taxista y me di cuenta de que podía haberme ahorrado los once euros que me había llevado el zanguango (palabra obtenida de la Real Academia de La Hora Chanante). De todas formas si mi madre o mi hermana Susana (¡la mejor abogada del mundo!) me hubieran visto hacer autostop habrían acabado “nerviositas perdidas” con las manos en la cabeza. Yo no soy de hacer estas cosas, y menos solo, pero a veces la ocasión lo requiere. Recuerdo que una vez en Hönningsvag (Noruega) estuvimos haciéndolo sin suerte para que nos acercaran al Observatorio de Cabo Norte. En cambio en Mongolia (2005), paramos algún que otro coche, incluso un pequeño camión para que nos llevara a algún lado donde necesitábamos ir. Eso sí, en ambos casos éramos varios (un mínimo de 6 y un máximo de 14).Bueno, a lo que íbamos… La simpática rubia me estuvo preguntando en qué sitios había estado durante mi viaje y no me dio tiempo a contarle demasiadas cosas porque no tardó demasiado en dejarme en la falda de la colina de 100 metros coronada por el castillo. Le di las gracias y me apeé de su coche para comenzar subir hasta lo alto, que me costó Dios y ayuda.
Lo sé, no estoy demasiado en forma, pero ya querría ver a más de uno después de un mes Non-Stop.
El castillo florece a lo alto de un acantilado por lo que desde allí se pueden obtener unas vistas perfectas de todo el lago. Los Obispos de Brixen (Ciudad del Sur del Tirol), que dominaron la zona durante ocho siglos (1004-1803), escogieron el mejor lugar posible para construir su baluarte. A pesar de su alto precio (creo que 7€) entré en éste, que no es que sea el más sobresaliente de Europa precisamente, pero mejora infinitamente al de Ljubljana. Hoy en día el recinto alberga un Museo de Historia, varios restaurantes para acomodados bolsillos y una pequeña capilla medieval.
Pero lo que más vale la pena de lugar no es el monumento en sí, sino sus terrazas donde asomarse supone un placer para la vista, que se rinde al momento con una panorámica que parece haberse sacado de una novela bucólica. Las más que azules aguas del lago están rodeadas en su mayor parte por espesísimos bosques y como si de un lunar se tratara, la pequeñísima Isla con la Iglesia de la Asunción, centra la atención de todos los “espectadores” que se asombran por su bella perfección. Yo hice fotos tipo postal hasta aburrirme y para poder salir yo en alguna tuve que buscarme a una aliada japonesa que no dudó en ser mi “fotógrafa personal” durante un rato. Pero la del lago no es la única vista que uno puede obtener desde el castillo. Si miras por el lado contrario puedes ver Los Alpes Julianos que se imponen majestuosamente en el verde paisaje. Las casas de las aldeas se asemejan a las de los dibujos animados de mi infancia tales como Heidi (bueno, ésta por poco no pertenece a la infancia de mis padres) o La Aldea del Arce. Qué bonito me pareció todo… No sé qué puedo decir más acerca de Eslovenia, que a mi parecer es un país de sobresaliente alto. Tengo que volver algún día, con más tiempo, y detenerme en recorrer palmo a palmo sus ciudades, sus montañas, sus bosques, sus playas, y en general las maravillas que predominan en la más que recomendable Republika Slovenija.
Después de mi estancia en el blanco Castillo de Bled comencé mi recorrido por las orillas del Lago donde a esas horas se arremolinaban los nenúfares y se paseaban a nado las ocas y los patos.
En ese momento me entraron unas ganas tremendas de bañarme en sus aguas y me fijé el objetivo de no marcharme sin antes haberme metido dentro. En el lago hay más de una zona de pago para poderse bañar y tomar algo, pero hay que pagar por ello, así que preferí esperar un rato. Sabía que si seguía caminando (algún que otro kilómetro) acabaría llegando a una zona ajardinada en la que uno puede darse un baño sin coste alguno. Lo había visto desde el taxi cuando me llevaba a Bled Jezaro y podía ser el sitio ideal para estar tranquilo y relajado. Pasé un buen rato paseando por el camino que queda a su orilla. Supuestamente, según la guía, se tarda algo más de dos horas en dar un rodeo completo, pero bien vale la pena hacerlo. Yo encontré este mini-tour muy gratificante para alegrar la vista y sobre todo para hacer fotos que bien merecen ser postales todas ellas. Pero no lo digo por mi buena o mala pericia para manejarme con la cámara. Allí es muy fácil lucirte para sacar excelentes fotografías. Y si además la luz y el cielo acompañan, mejor que mejor.
Cuando tuve más cerca la diminuta isla aproveché para utilizar el zoom y hacer unas instantáneas preciosas. Es muy curioso que tan pequeño terreno llame tanto la atención, y también lo es que tenga hasta su propia iglesia. Me imagino a los “fieles” de la misma cogiendo la barca en invierno para ir a misa. Menos mal que en la villa de Bled hay otra iglesia, también de color blanco y con los techos largos apuntando hacia el cielo esloveno.
El terreno isleño que hoy en día alberga la Iglesia de la Asunción ha sido aprovechado desde tiempos pasados por peregrinos tanto cristianos como paganos, lo que dice mucho de la importancia de este lugar en la Antigüedad. Aquí hay también espacio para la leyenda y la tradición oral que ha ido pasando de padres a hijos y que cuenta que en el Siglo XVI, una mujer que vivía en el Castillo de Bled perdió a su marido que fue asesinado por unos ladrones que tiraron su cuerpo al lago. Con gran tristeza acudía diariamente a la Capilla que había en la Isla para rezar por su amado. Su devoción por ésta era tal que mandó fundir el oro que tenía guardado para hacer una preciosa campana que repicara en el pequeño templo religioso. Cuando una barca la transportó para colocarla, una fuerte tormenta provocó un mortal accidente que acabó con varios hombres muertos y la campana perdida en el fondo. La mujer, apenada por lo sucedido, se marchó a vivir a Roma. Cuando ésta murió, el Papa bendijo otra campana realizada en Padua que se instaló en la Iglesia barroca de la Asunción que se había construido en la isla, la cual se dice que concede los deseos de quienes la hagan repicar. La Leyenda cuenta que algunas noches se puede escuchar el tintineo de la campana hundida en el lago para recordar el trágico accidente que allí sucedió en el que algunos hombres perdieron la vida. Bonita y enigmática historia…me gusta!
La humilde pero a su vez inconfundible Iglesia termina en una escalinata que recoge a los turistas y peregrinos que acuden a ella en barcas o góndolas, previo pago eso sí, de diez euros como mínimo y me dio bastante rabia no tener donde dejar mi mochila amarilla para ir hasta ella nadando.
Una vez llegué a mi destino buscado donde la gente se estaba bañando y tomando el sol escogí un sitio tranquilo sol y sombra para ubicarme. Afortunadamente aquí no había que acoquinar ningún Tólar (así se llama la moneda eslovena) para su uso y disfrute. Busqué un lugar resguardado para ponerme el bañador y dejando todo muy cerca de la orilla, a mi vista, me dispuse a entrar en el agua cristalina. En contra de mi pensamiento inicial, no estaba nada fría. Es más, la encontré con una temperatura templada perfecta para pasarte allí el tiempo que quieras sin congelarte (como ocurre en la piscina de mi barrio). La sensación de sumergirte o de nadar en un agua tan sumamente tranquila, rodeado de un paisaje inconmensurable, me supo a gloria bendita. Se me fueron todos los males (orgánicos y psíquicos) en un momento en el que era imposible retirar la sonrisa de mi cara. Estos instantes se le quedan a uno guardados en su memoria para toda la vida. Ahora mismo, escribiendo este capítulo sobre mi aventura, me está entrando una nostalgia increíble, además de unas ganas tremendas de seguir viajando. Son estas cosas las que me llenan de esperanza y de deseo, y que ponen algo de color en esos grises días en que la rutina y la cotidianeidad intentan acabar conmigo. Sé que parece triste vivir de “sueños” y no de realidades, pero son éstos quienes me animan y me enseñan a luchar por lo que quiero.
Ya dentro del agua me pude dar cuenta de cómo se estaban enmarañando unas nubes encima de las altas montañas alpinas que el viento estaba trayendo hasta Bled. Su tono plomizo y recargado no podía prever nada bueno.
Y visto lo ocurrido el día anterior en Ljubljana, soleado y en minutos lloviendo, uno no podía fiarse en absoluto. Pero mientras hubiera sol, no podía desperdiciar la ocasión de tomarlo, quizás por última vez antes de volver a casa. Y así estuve casi dos horas, en remojo y en seco, una y otra vez. Eso siempre viene bien para que el cuerpo se relaje y la mente se quede en blanco (la mía en merengue madridista, qué le vamos a hacer…). Yo no soy mucho de quedarme tumbado a la bartola en la playa ni mucho menos. Prefiero mil veces estar haciendo algo más movidito, pero estaba tan echo polvo que agradecí no moverme mucho ni pensar en algo importante. Suficiente tendría después durante mi trayecto en tren Bled-Nova Gorica-Gorizia Centrale-Venecia Sta Luzia. Y teniendo en cuenta que llegaría de noche a una de las ciudades más caras del mundo sin saber dónde alojarme ni un triste mapa o guía como había tenido en todo el recorrido anterior. Obviamente en Italia la Western Balkans no iba a servir de nada.
Las nubes ya cubrían prácticamente por entero el lago y se podían escuchar, alejados aún, los truenos azotando las paredes Alpinas. Ese momento era idóneo para comprar algo de comida en un Supermercado que había visto cerca, ya que “el día soleado” se había tornado en “amenaza de tormenta” y poco o nada podía hacer allí. En el Súper me compré una barra de pan parecida a una chapata y compré algo de embutido para poderme comer un buen bocata. No era día ni de pizzas, ni de comida rápida ni de bombas antiorgánicas que tanto daño me habían hecho. Eso y una manzana que había cogido durante el desayuno en el Tabor Hostel de Ljubljana eran suficientes para alimentarme no sólo por la mañana, sino también durante todo el día.
Tenía para dos bocadillos de gran tamaño, y por si acaso pudiera necesitarlo, una barra de choped (vulgarmente conocida por nosotros como Chopetina). Siempre te saca de apuros y hambrunas varias.Me dispuse a comer en la misma orilla del lago, donde el revoltijo atmosférico estaba pasando a mayores. El viento venía cada vez más fuerte y un intenso olor a tierra mojada que suele ser preludio de las tormentas veraniegas venían acompañados de resplandecientes rayos y estruendosos truenos. Fue dar el último bocado a mi “suculenta” comida y empezar el diluvio universal. No es de extrañar que hace siglos se hundiera la barca, la campana de oro y todo ser viviente que estuviera navegando. Jarreó cómo hacía tiempo no había visto, y tronó que parecía que se iba a dar allí mismo el Apocalipsis.
No sé si esto era debido a que rebotaban las ondas sonoras en Los Alpes, pero alguna que conozco con un miedo atroz a las tormentas (Rebeca, ¡saluda!) lo hubiera pasado fatal. Me resguardé en el tejadillo de un chiringuito de madera y no pude hacer más que observar como se rompía el cielo y cómo algún valiente (muy freak) se bañaba en el Lago como si nada. Un buen rayo en el agua y verás cómo se le quita la tontería • pensé malévolamente. Lo que no había caído es que en apenas dos horas tenía que estar en la Estación de trenes Bled Jezaro y que mientras cayera así de fuerte no podía salir. Pasó el tiempo y la fuerte lluvia no cesaba. Me empezaron a entrar los agobios porque además no vi pasar ni un solo taxi. A ver dónde estaba el ladrón que me había sacado 11 euros.
Me presenté en la Estación apenas veinte minutos antes de que saliera mi tren. Como iba totalmente empapado saqué ropa de mi supermochila resguardada por el responsable de Bled Jezaro y me cambié por entero en el cuarto de baño (Nivel de toxicidad media).
Si llego a esperar un taxi o a que me cogieran haciendo autostop me temo que hubiera perdido mi medio de locomoción hacia la ciudad de los canales. Pero al final cogí el hiperpuntual tren que en poco más de una hora me dejó en la fronteriza ciudad de Nova Gorica que comunica directamente con la italiana Gorizia. Porque esa es otra. Como el tren no es directo me tuve que bajar en la Estación de Nova Gorica, cruzar caminando la frontera con su homóloga italiana Gorizia, y buscarme la vida para llegar a su Estación, que no queda precisamente cerca y a la que hay que coger transporte público (bus, obviamente. El taxi queda reservado para la gente rica). Es curiosa la historia de ambas ciudades que fue una sola hasta 1948 cuando perteneciendo por entero a Eslovenia y llamada Gorica fue tomada por los italianos que la denominaron “Gorizia” y que dejaron para el país yugoslavo una estación de mercancías y algunas viviendas.El tren no salió puntual ya que acumulaba un retraso de unos veinte minutos, pero una vez lo tomé me quedé tumbado tapado con mi pañuelo palestino salvador que me evitó una vez más ser pasto de los virus gripales. Fui solo prácticamente hasta Treviso, con la única compañía de un tío clavado a Mick Jagger con pinta yonki (más todavía) que no me dejó cerrar los ojos hasta que se bajó. La lluvia cayó con avaricia durante las tres horas que duró el trayecto. Y a las diez y media pasadas llegué por fin a Venecia, la cual tiene dos estaciones de tren, Venecia Mestre y Venecia Santa Luzía. La clásica, que queda en la zona de los canales es esta última. La primera es donde se encuentra el aeropuerto y la metrópoli moderna. Y es que la Venecia que todos conocemos es accesible a través de un largo puente desde Mestre que cruza las aguas del Adriático.
Lo primero que hice en la Estación de Santa Luzía fue comprar el billete para el día 30 por la mañana dirección Milán (06:00 a.m.) y llamar a mi amiga Ali, que había estado allí años antes. Me recomendó un albergue juvenil llamado L´Ostelo per la Gioventù que se encuentra en la Isla de Giudecca y que para llegar a la misma hay que coger un vaporetto (barco que tiene función de autobús).
Antes de probar esa opción preferí buscar un sitio que no quedara muy lejos de la Estación, que por cierto, queda en frente del mítico Gran Canal. Comencé, por tanto a recorrer uno por uno los hoteles de la zona que unos por carísimos (incluso 100 € por una habitación sin baño) y otros por absolutamente llenos, no había manera de alojarse esa noche. Por suerte encontré uno en la Lista d´Spagna (a 200 metros de la Santa Luzía) que por 35€ tenía alojamiento y desayuno. Se llamaba Hotel Guerrini y en ese momento tenía dos estrellas. Vaya alegría me dio el recepcionista con claro parecido a Roberto Benigni (“La Vida es Bella”, “El monstruo”…) que con simpatía me ofreció la única habitación que tenía disponible. Éste al menos me atendió sonriente, no como los otros que al verme mis pintas de mochilero tuvieron un comportamiento clasista e indeseable. Así que, aunque no se ajustaba a mi presupuesto, tuve que tirar de lo poco que me quedaba. De todas formas, ¡qué demonios! Venecia bien merece este esfuerzo económico. El buen sabor de boca que me dejó justo al final de mi viaje fue tal que me siento orgullosísimo de haber tenido la fortuna de haber estado en la ciudad de los canales como un SEæ#39;OR. Esta ciudad es Pata Negra y hay que aprovecharla bien. Seguro que pensáis que siempre digo lo mismo de todas, pero es que en el caso de Venecia me quedo corto…










