Dubrovnik: La perla del Adriatico

Dubrovnik Travel Blog

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Con el manchego y una de las chicas que vinieron conmigo a Dubrovnik. Aquí estamos a pocos metros de la Puerta Pile, desde donde se accede a la Stari Grad.

 

El título del relato perteneciente a mis andanzas vividas el 24 de julio de 2006 no es de los más originales que se me podían ocurrir. Muchas veces he leído y he escuchado emplear el calificativo de “Perla del Adriático” a la más que bella Dubrovnik. No veo razón alguna para decir lo contrario. Es más, pocas veces una metáfora es tan certera y apropiada para este caso.
No conozco a nadie que habiendo estado en la CIUDAD con mayúsculas de la costa Dálmata me haya dicho algo negativo sobre ella, a excepción de las muy normales críticas acerca de las hordas de turistas que la visitan día a día o de sus elevados precios. Pero siempre les ha valido la pena y me la han recomendado. Chemita fue uno de los que siempre me habló maravillas y de lo mucho que me iba a gustar si iba a verla.

A la entrada, en la misma Placa se pueden encontrar la Fontanna Onofrio y el Monasterio Franciscano
Muchas veces había soñado con visitarla, y por fin, iba a tener la suerte y el honor de pisar sus blanquecinas losas y recorrer las mágicas callejuelas que asombraron y siguen asombrando a propios y extraños.

 

Para ello tuve que abandonar la casa de la Familia Adams a horas muy tempranas. La dueña de la casa, cigarro en mano, estaba sentada en la silla. Una de dos, o esta mujer no duerme o es un espíritu burlón imitador de la inefable Mila Ximénez.
La Estación de Autobuses está a escasos cien metros de mi alojamiento por un día en Kotor y apenas tuve que caminar un par de minutos para llegar a mi medio de transporte que me trasladaría a Dubrovnik.

La Placa, también llamada Stradun, es la principal calle peatonal de Dubrovnik
Cuando dejé la mochila en el maletero y subí al bus me encontré con que estaba totalmente lleno y que había gente de pie. No me lo podía creer, overbooking en un autobús, lo nunca visto. Fue decir “la madre que me parió” y venirme a saludar uno de los chicos que estaba de pie. ¿De dónde eres, tío? • le pregunté tras dirigirse a mí en español. Soy de Albacete fue su clara y concisa respuesta. No estábamos solos ante el timo del overbooking y después de dar cuatro gritos bien dados, maldiciendo a la madre del taquillero, trajeron otro autobús que no tardó en llenarse. Al parecer habían vendido prácticamente el doble de tickets que había disponibles. Ya en el nuevo vehículo me senté a charlar detenidamente con el manchego, que venía de hacer unas prácticas de informática en Skopje (Macedonia) y que se había adobado a un grupo de españoles que hacían lo propio en la ciudad serbia de Nis.
La arteria principal de Dubrovnik (Placa)es de un color blanquecino parecido al mármol. Rodeada de tiendas, termina en la famosa Torre del Reloj, que se ve al fondo.
En este caso no eran informáticos sino recién Licenciados en enfermería. Dicha gente subió junta al bus y se puso con nosotros. Me di cuenta que eran los mismos que habíamos visto Gabo y yo en la cima de la Fortaleza de Kotor. Dos chicas españolas, un mexicano y una polaca bastante guapilla componían la comandita con la que se había aliado el chaval de Albacete. Llevaban unos días juntos visitando la costa de Montenegro (Budva, Sveti Stefan, Kotor…) y terminarían su andadura en Dubrovnik. Gracias a ellos el camino a la ciudad croata se me hizo mucho más llevadero ya que al igual que el día anterior había desayunado lengua y no paré de hablar. El mexicano (Jorge) era de Chihuahua, y hablaba en inglés con la polaca (Ana), algo arisca y que se picaba con nosotros por utilizar el español todo el tiempo. Las otras dos chicas eran españolas pero no recuerdo sus nombres, tan sólo que una de ellas se parecía a un personaje de Mis Adorables Vecinos, la hija mayor de los Sandoval.
En Dubrovnik las iglesias abundan y a veces parece que te encuentras en una ciudad de la Italia del Renacimiento
Me llamó la atención la enorme cicatriz que tenía Jorge en el cuello. Parecía que se lo hubieran rebanado con un cuchillo jamonero…

 

En un par de horas, ya que había bastante atasco en la frontera, conseguimos entrar a Croacia (Hrvatska en el idioma del país) y tras ir pasando varios kilómetros de su costa paradisíaca coronada por islitas (son 1185 nada más y nada menos las que están esparcidas en toda la costa croata) llegamos a la Estación de autobuses de Dubrovnik, que no queda cerca precisamente de la Ciudad Antigua (Stari Grad).

Si en Kotor había sufrido el acoso de los que alquilan habitaciones a turistas, en Dubrovnik la cosa pasó a mayores. Sabedores de su gran acogida por parte de los millones de visitantes que tienen cada año, aprovechan la circunstancia para ofrecer el alquiler hasta del trastero si hace falta.

La Perla del Adriático es la más bella ciudad de la costa dálmata
¡Vaya negocio! Yo, que no sabía mi próximo destino, no estaba seguro si pasar allí la noche o marcharme a una isla, a Split o incluso entrar a Eslovenia y aprovechar mis últimos días allí para no jugármela por falta de tiempo. Así que cuando nos ofrecieron alojamiento para los seis y fuimos a verlo les dije que no era seguro que me quedara y que no podía decidirlo hasta tener los billetes de bus comprados. La verdad que me apetecía quedarme tranquilamente en Dubrovnik, y más compartir casa con chicos y chicas de mi edad. La casa, cercana a la estación (punto favorable) pero lejana a la parte antigua (punto desfavorable) no estaba nada mal, aunque las camas eran bastante estrechas. Pero el patio con mesas, la cocina, y sobre todo no tener que convivir con la Familia Adams solventaban ese detalle. Estuvimos largo y tendido regateando con la dueña de la casa y nos lo acabó dejando a 12 € por persona.
La Columna de Orlando o "Libertas"
Para ser una de las ciudades más caras (o la que más) de Croacia, me parece un buen precio.

 

Fuimos a la Estación de buses de nuevo para comprar mi billete al nuevo destino y tras ver horarios, precios y disponibilidades escogí marcharme a Split al día siguiente por la mañana. Monumentalmente conocida por el Palacio de Diocleciano y turísticamente famosa por sus playas. Quizá no estaría allí mucho tiempo, pero la ventaja de ser la ciudad más al sur de Croacia con tren le hizo ganar muchos puntos. Desde ahí me sería más fácil moverme, y sobre todo me haría olvidar el mareante autobús que tan cansado me tenía. Así que quedó claro mi plan del día, alojarme con el grupo hispano-mexicano-polaco y marcharme a la mañana siguiente a Split.

La Casa del Rector se caracteriza por su pasillo con arcos

Una vez ellos compraron también sus respectivos tickets para volver a sus respectivos trabajos compramos algo de comida en un súper cercano al puerto porque estábamos sin desayunar. Después el albaceteño compró un billete de ferry hasta Bari (Italia) donde estaba su hermano pasando el verano. Ya estábamos listos para coger el bus municipal que nos dejaría a las puertas de la ciudad amurallada. Después de acoquinar un euro y medio (¡más que en Madrid!) y recorrer unos cuantos kilómetros por fin llegamos a una de las entradas (Puerta Pile) donde se reunía una gran cantidad de gente de diversos países del mundo. No estaba acostumbrado en este viaje a ver tanto turista y en este sitio son legión.

 

Las amplísimas murallas que llegan hasta el mar, al que incluso le comen terreno, son realmente impresionantes, y con razón forman, junto al casco histórico de la ciudad, parte de la exclusiva lista del la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad.

Escalinata de la Ciudad blanca
Uno rápido se da cuenta de que este lugar tuvo que ser muy importante no sólo por su estratégico emplazamiento sino porque arquitectónicamente hablando es una de las ciudades más bellas del mundo. Investigando sobre sus orígenes y su devenir a lo largo de los siglos he podido conocer mucha información que explicaría las razones de su importancia:

 

El origen de Dubrovnik no es del todo claro, pero parece que su nacimiento se debió a la fusión de dos ciudades, Laus (una isla) y Dubrava (un asentamiento eslavo en una colina). Fue en la pequeña isla del sur de la Costa Dálmara donde se establecieron los habitantes de la antigua Epidauro (Catvat en la actualidad) que huían de las invasiones eslavas y ávaras (bárbaros) que asolaban la Península Balcánica.

Foto de la Placa y del Monasterio Franciscano tomada desde lo alto de las murallas
La región recibió el nombre de Ragusa la cual fue gozando de cada vez de una mayor autonomía durante su pertenencia al Imperio Bizantino. Poco a poco aumentó su importancia mediante el desarrollo de su comercio en el Mediterráneo Oriental y con los múltiples acuerdos con ciudades de como Pisa o Nápoles.

Durante siglos formó parte de la Soberanía de Venecia, pero fue a partir del Siglo XIV cuando fue considerada Estado Libre y pasó a ser la República de Ragusa.

Dicha República alcanzó su cenit durante los siglos XV y XVI cuando disputó su hegemonía en el Mediterráneo Oriental y en el Adriático a la mismísima Serenísima República de Venecia.

Durante este tiempo alcanzó un esplendor político y en lo que a comercio se refiere, y la arquitectura de la ciudad de Dubrovnik no fue menos.

La parte más alta de la fortaleza es la Torre Minceta, desde donde se divisa toda la ciudad. La podéis ver al fondo
Plazas, palacetes, estatuas por doquier, bibliotecas fueron convirtiéndola en uno de los referentes culturales más importantes de la época. Además, al estar estratégicamente bien situada y defendida por sus altísimas murallas fue una Plaza Fuerte difícil de derrotar.

Fueron la crisis comercial en el Mediterráneo, y sobre todo el terrible terremoto de 1667 que la dejó al borde del KO, los condicionantes que permitieron que perdiera poder en el Panorama Internacional. La República de Dubrovnik, como pasó a llamarse más adelante, fue invadida en 1806 por Napoleón Bonaparte y dos años después se abolió dicha condición (la de República).

En 1815 la ciudad se anexionó al Imperio Austrohúngaro durante más de cien años cuando formó parte del Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, es decir, Yugoslavia.

En 1991, cuando Croacia proclamó su independencia, Dubrovnik fue bombardeada por el Ejército Federal Yugoslavo por lo que sufrió gravísimos daños. Hoy en día, tras los incansables trabajos de restauración ha recobrado un especial esplendor refrendado por el turismo de masas que ha hecho de la ciudad dálmata una de sus favoritas.

 

Con razón la antigua Ragusa forma parte de la lista de la UNESCO. Sus calles, palacetes, plazas, murallas e innumerables y valiosísimos monumentos forman “una perla” incrustada en las azulísimas aguas del Adriático. Y allí estaba yo, junto a un grupo que acababa de conocer en un autobús proveniente de Kotor.

La Puerta Pile fue la que utilizamos para penetrar en los muros en los cuales había gente paseándose al igual que hacían los centinelas medievales.

El blanco de los edificios y el rojo de los tejados son colores "denominación de origen" en Dubrovnnik
Uno de los recorridos “indispensables” en Dubrovnik es el consistente en rodear las murallas e ir de torre en torre, de paso en paso, entre los rojos tejados y el mar azul. Es la forma idónea de ver la ciudad croata. Nosotros esa opción la quisimos dejar para después de comer, por lo que nos dedicamos unas horas a patear la ciudad por dentro.

 

Si hay una vía principal en Dubrovnik es la que va de la Puerta Pile a la Torre del Reloj. Su nombre es “Placa” y es el paseo peatonal más destacado de toda la ciudad. No porque sea peatonal (toda la ciudad antigua lo es) sino porque reúne muchos de los condicionantes apreciados por los visitantes como pueden ser sus monumentos, tiendas, restaurantes, edificios de una gran belleza y una amplitud suficiente para ser la arteria vital de la antigua Ragusa.

Panorámica tomada en nuestro rodeo por las murallas
Lo primero que uno puede ver al entrar a Placa es la preciosa Fontanna Onofrio (1483), totalmente circular y donde la gente se apelotona para refrescarse o beber agua que cae de sus figuras mitológicas y de angelotes inexpresivos. Tras hacer lo propio, nuestra mirada se proyectó justo a la izquierda de la fuente. Ahí se encuentra el Monasterio Franciscano coronado por una torre con cúpula oscura y en cuyas paredes se intuyen los disparos efectuados por las tropas yugoslavas durante la guerra. Entramos a verlo para disfrutar de su precioso claustro, y sobre todo de su Farmacia, de la que dicen que es la más antigua de Europa que se conserva (S. XIV) y que sigue funcionando. Sin duda merece una visita, a pesar de que haya que pagar aparte. A mí, que sabéis que no me gusta perderme nada, fui el único del grupo que dedicó su tiempo y dinero en admirar sus muebles, frascos de todo tipo, cuadros y su estantería de libros llenos de joyas de incalculable valor.
Jorge, el manchego y yo fuimos los valientes en recorrer la ciudad desde lo alto

Junto al Monasterio hay una Iglesia de estilo renacentista cuyo interior no es demasiado vistoso y en la que apenas nos detuvimos.

 

Seguimos por tanto nuestro recorrido por la Placa, también conocida como Stradun, de unos trescientos metros de longitud. El suelo aquí, como en casi toda la Stari Grad (ciudad antigua) es de piedra caliza pulida y con un color blanquecino que se asemeja al mármol. Las tiendas de souvenirs abundan y en ocasiones son las pequeñas callejuelas con ropa tendida que van saliendo a sus lados las que te recuerdan que es un lugar en el que aún vive gente. Esta ciudad parece brillar, desde sus losas hasta su cielo, pasando por sus más que llamativos tejados.

Pequeño puerto de la Stari Grad
Unos minutos en ella son suficientes para quedar prendado de su belleza y de la armonía de sus calles, que hasta las más pequeñas tienen su misterioso encanto.
En las tiendas estuve preguntando por la camiseta de la Selección croata de fútbol, una de mis favoritas, pero el alto precio que pedían por las “versiones falsas” me pareció tan abusivo que no me hice con ninguna. Siempre me ha llamado la atención el diseño arlequinado rojo y blanco que en su día vistió Davor Suker, uno de mis ídolos futbolísticos.

 

Al final de la Stradum (Placa) hay una pequeñísima plaza que termina en Torre del Reloj de 35 metros de altura y que es apreciable desde muchos de los rincones de la ciudad. A la derecha está el Palacio Sponza, que después de sus muchos usos (fue incluso un banco) ahora ejerce función de Archivo.

Desde la muralla se obtienen vistas tan fantásticas como ésta
Sus rasgos a veces góticos a veces renacentistas lo convierten en un lugar especial. A la izquierda la Iglesia de San Blas, de estilo barroco veneciano. En el centro la Columna de Orlando con una figura con espada, uno de los lugares de encuentro típicos de Dubrovnik y que simboliza el deseo de libertad que siempre deseó la ciudad dálmata. No es raro encontrar la palabra latina “Libertas” en paredes e inscripciones de sus monumentos y calles más importantes. Continuamos nuestro paseo por dejando a un lado la arcada perteneciente a la Casa del Rector, que hacía de residencia de quien llevaba todo el poder de la ciudad y que hoy en día tiene una función cultural y museística. Al final de ésta se encuentra La Catedral de la Asunción de la Virgen, más bella por fuera que por dentro indudablemente.

Después callejeamos y subimos numerosas escalinatas para acceder a esa parte de la ciudad no demasiado abatida por el turismo borreguero procedente de agencias y ferrys.

Las cúpulas oscuras y tejados rojos se entremezclan con el azul del Adriático
Las estrechísimas callejas de sólo viviendas habitadas, mezcladas con otras llenas de restaurantes de comida típica italiana forman una dicotomía de tradicionalidad y turistización que chocan perennemente.


El casco antiguo de Dubrovnik recuerda mucho a Venecia, tanto a los que la han visto como a los que no (mi caso en ese momento) pero que han visto innumerables fotografías e imágenes de la ciudad italiana. Obviamente no tiene canales, pero su color y sus formas arquitectónicas mezcla del gótico y del renacimiento presiden la fisonomía de la antigua capital de la República de Ragusa al igual que en Venecia.

Yo disfruté como un niño durante toda la mañana, pero tras la larga caminata se me abrió el apetito, el cual debíamos saciar para tener fuerzas suficientes para hacer el deseado rodeo por la muralla.

Torre de una iglesia cercana al puerto
Para comer elegimos un pequeño restaurante fuera del complejo amurallado (si está dentro es más caro) y consumimos pizza ya que poca elección había (o pasta o pizza). Tuvimos una sobremesa bastante agradable y divertida donde hablé sobre todo con la polaca, que poco a poco se fue abriendo conmigo tras su recelo inicial. Se sentía bastante sola por ser la única de habla no española que había en el grupo y la verdad es que los caracteres hispanos varían bastante de los de su país. La gente se fue emperrando y amodorrando y las chicas se rajaron y no quisieron ir a subir y rodear la muralla. Menos mal que tanto el mexicano como el manchego se animaron a seguirme en lo que para mí era tarea indispensable en Dubrovnik. Al final quedamos en que las avisaríamos cuando termináramos y que si querían podíamos buscar un sitio para darnos un buen baño.
Dubrovnik fue uno de los lugares más destacados de este viaje
Antes fuimos a otro sitio a tomar un café/té o sucedáneo donde vi que pasaban el contenido de las tarjetas de la cámara digital y CDs y tal como iba yo de memoria en la misma me hice dos copias. Más vale prevenir que curar. No podía perder esas fotos por nada del mundo.

Una vez finalizada la operación “salvaguardia fotográfica” volvimos a entrar por la Puerta Pile para acceder a la parte alta de las murallas, previo pago de siete eurazos. El bolsillo, a esas alturas del viaje estaba picando demasiado, quizás más de lo previsto antes de la salida. Pero una vez te ves en faena, no puedes parar o escatimar. Por lo menos yo no. Prefería quitarme de otras cosas o sufrir penitencia económica cuando llegara a mi querida Madrid.

Obviamente es difícil resistirse al encanto de Dubrovnik cuando la ojeas desde las alturas.

La ciudad en sí fue una fortaleza casi inexpugnable
Anda que las que se lo perdieron, seguro que no tenían problema en pagar una chuminada cualquiera…  Bueno, ellas se lo perdieron.

 

Hacer el recorrido que rodea el perímetro urbano tiene premio desde el principio. El dibujo de los tejados rojos sobre los más que blancos edificios contrastan con el azul del cielo y del Adriático, ambos con millones de tonalidades lo suficientemente perceptibles para maravillar a cualquiera. Cuando pasábamos por el lado más cercano al mar vimos como había gente en las rocas, a los pies de la muralla, que se estaban bañando o tomando el sol. Los tres coincidimos en que después iríamos allí con las chicas. Tenía que ser realmente reconfortante darse un baño en las trasparentes aguas del Adriático justo debajo de la altísima barrera que separaba el agua de la ciudad.

Puzzle de tejados en Dubrovnik
Mirando hacia ésta no se nos escaparon las torres, las estructuras góticas y renacentistas de los templos y viviendas más importantes. El reflejo del sol hace que las calles parezcan hechas de marfil o de mármol de carrara. Pero son los tejados rojo fuego los protagonistas de la bella panorámica que se tiene desde arriba. Antes de la guerra eran de color miel, al igual que el del Monasterio Franciscano, pero tras los graves daños sufridos por los bombardeos realizados por los inmensos barcos serbios, decidieron reemplazarlos con una tonalidad diferente pero mucho más atractiva. La destrucción alcanzó un porcentaje elevadísimo de la ciudad, si comparamos lo nuevo y lo anterior a la guerra. Gracias a la labor destacada de las instituciones y con la UNESCO de fondo, se logró la vuelta de Dubrovnik al dinamismo y belleza que le hizo destacar durante tantos siglos.
La antigua República de Ragusa fue un lugar que disputó su hegemonía a la mismísima Venecia

 

Jorge, el manchego y yo disfrutamos de lo que teníamos a nuestro alcance, tal y como se vio reflejado en las decenas de fotos que tomamos los tres. Desgraciadamente no tengo el correo electrónico de ellos, así que es harto complicado poder compartir las joyas fotográficas que salieron de nuestras cámaras digitales. Tardamos bastante en dar toda la vuelta y en admirar la bella visión que teníamos a nuestros pies. Y más cuando nos paramos en una de las antiguas dependencias situadas en lo alto, en la cual nos tomamos una coca cola carísima pero que disfrutamos como si de la última se tratara. La Torre Minceta es quizá el más alto de toda la fortificación y desde donde mejor se puede apreciar una panorámica completa de la ciudad con el mar de fondo.

Otra bella panorámica tomada desde la muralla
Allí recuerdo la graciosa anécdota de una japonesa con los dientes tipo Ronaldinho que nos pidió que le fotografiáramos. En vez de decirle el clásico “patata” o el anglosajón “cheers” le soltamos un “Piños” que no dejó de repetir mientas nos obsequiaba con su sonrisa de Bugs Bunny. Yes, piños, yes le dije a la simpática japonesa que no entendía en absoluto a que me refería pero que la palabreja le hacía gracia cómo sonaba. Otro personaje bautizado por uno de mis motes. Qué bien me caen los japoneses, chinos y orientales en general. ¡Son gente muy simpática y sana! Qué ganas me están entrando de ir a Japón o de volver a China…

 

Tras las casi dos horas que empleamos en nuestro rodeo, bajamos a buscar a las chicas, que no contestaban al móvil.

La isla del fondo es conocida como Lokrum
Les escribimos un mensaje diciendo que fueran lo antes posible a la Fontanna Onofrio. Afortunadamente no tuvimos que esperar mucho tiempo a que vinieran. Ellas también habían visto que alrededor de la muralla, entrando por el puerto se podía bañar la gente. Por sus marcas en las camisetas y su pelo húmedo era claro que se habían dado también un chapuzón mientras nos estuvieron esperando a que termináramos el itinerario. Menos mal que se nos había ocurrido meter los bañadores en las mochilas porque si no hubiéramos acabado o en calzones o en pelotas para gracia o desgracia de los visitantes y/o habitantes. Nos cambiamos en unos baños públicos y salimos a extramuros por la Puerta Ploce. Seguimos a las chicas por el pequeño puerto desde donde salen barcos a las Catvat y Lokrum, pequeñas islas cercanas a la ciudad fortificada.
Anna la polaca y yo en el sitio donde nos estuvimos bañando
Llegamos a un lugar algo rocoso desde donde uno se podía zambullir en las cálidas aguas del Adriático. A mí me mosqueaba dejar las cosas ahí sin más por lo que hicimos turnos para irnos a bañar. Sugerí rodear nadando la mayor parte de la zona amurallada y me acompañaron los dos chicos. Jorge era algo reticente a la idea porque no sabía nadar muy bien tal y como pudimos comprobar. Iba muy muy despacio y acabó demasiado cerca de las rocas con el peligro que suponía si llegaba un golpe de mar. Al final llegó, tarde pero llegó y no disfrutó de las altísimas murallas que desde el mar se veían inmensas. Las estatuas de guerreros y de personajes religiosos, algunas de ellas decapitadas durante la guerra, parecían avisar de la dificultad de invadir su Plaza Fuerte.

Jorge se sintió agotado e incapaz de volver nadando por lo que me ofrecí a acompañarle para ir caminando, a pesar de que íbamos descalzos.

El grupo después del baño
Subimos a una de las aberturas de la muralla y nos introducimos en las laberínticas y silenciosas calles de los aledaños donde tan sólo había algunos gatos retozando sobre la piedra. Nos perdimos un par de veces antes de llegar definitivamente donde estaban nuestros amigos. En ese tiempo aprovechamos para charlar de cómo el mexicano le tiraba los tejos malamente a la polaca y sobre todo de cómo demonios se hizo la profunda cicatriz que rodeaba casi por entero su cuello. La historia que me contó fue bastante fuerte. Al parecer en su México natal, se solía pasear mucho con su motocicleta por caminos arenosos. Un día le colocaron a mala conciencia un alambre entre dos árboles y por un verdadero milagro no consiguieron el propósito que tenían los que lo habían puesto allí, que no era otro que degollar literalmente al que pasara con su moto.
Las murallas en Dubrovnik son altas y llegan practicamente al mar
Jorge no pudo evitar golpear su cuello con el alambre, pero sin saber él cómo lo hizo, no le dio de lleno. Quizá fue una reacción de una milésima de segundo que hizo que su cabeza no volara por los aires. Según él fue algo premeditado y que salió en la prensa de su país, pero que nadie fue inculpado del intento de homicidio contra él o contra todo el que fuera por allí en moto. Aún así tiene muchas secuelas físicas y psicológicas que cree que no se le irán en la vida.

También charlamos acerca de la inoperancia de las fuerzas policiales mexicanas para detener la masacre que tiene lugar en Ciudad Juárez, donde cientos y cientos de mujeres han sido raptadas y brutalmente asesinadas. Lamentablemente es algo que sigue sucediendo y que no se entiende si forma parte de la parafernalia de las sectas satánicas o de las mafias que se afincan allí.

Atardece en Dubrovnik
Según Jorge es muy probable que sean ajustes de cuentas entre grupos de asesinos y mercenarios que se ensañan con sus hijas o novias. Comentó algo acerca de la mafia salvadoreña que debe manejar bastante cotarro en esa zona.

Y así llegamos hasta donde estaban tirados en la roca nuestros colegas quienes no sabían dónde nos habíamos metido. Allí vimos descender el sol que se internó en el Adriático despidiéndose hasta el día siguiente. Qué bien se estaba allí, qué temperatura, qué buena estaba el agua…

 

Vimos a un tipo haciéndose un porro tamaño puro y Jorge, que era algo fumeta le preguntó que si vendía costo. Éste le dijo que le daba un poco y que si quería que después le vendía lo que quisiera.

Cenando pizza en una terracita
Yo le dije al mexicano que estaba loco y que anduviera con cuidado, que estaba en un país extranjero y que no debía fiarse de nadiee. Cuando abrió el puño me enseñó una piedra de costo y varias pastillas para todos. Le dijimos que fuera y se lo devolviera al momento, cosa que no tardó en hacer. No sólo las drogas me provocan la más profunda de las repugnancias sino que también era peligroso andar con eso en país extranjero. Menos mal que todos le dijimos al unísono que no queríamos nada de ese camello y se las devolvió…

 

Después de secarnos y de cambiarnos en los baños a los que habíamos ido antes dimos un paseo por las ajetreadas calles de Dubrovnik. Demasiada gente para mi gusto, pero es lo que tiene ser un sitio tan conocido y estar en temporada alta. Nos sentamos en una cervecería para tomar algo antes de cenar. Los precios allí son bastante elevados, incluso algo más que en Madrid. No llega a Noruega o París, por ejemplo, pero no eran una ganga precisamente. Al camarero no les hizo gracia que no pidiéramos algo de comer ya que había gente esperando para cenar. Pero obviamente se tuvo que aguantar…

 

Ya de noche nos fuimos a cenar a uno de los cientos de restaurantes que hay en las callejuelas. Otra pizza para el cuerpo (que ya andaba bastante revuelto de la mala alimentación) y más kunas (moneda croata) gastadas. Llevaba un día en Croacia y ya me había gastado más dinero de lo previsto. Entre el billete de bus a Split, el alojamiento, la comida, las entradas a los sitios, las coca colas, mis bolsillos empezaban a estar cada vez más vacíos de pecunia. Pero yo creo que estar cenando a gusto con gente maja en una ciudad mágica como Dubrovnik es suficientemente placentero para preocuparse del dinero. Total, el caos económico era más que previsible cuando supe y asumí que me iba a quedar solo durante diez días. Con Kalipo, más agarrado para los viajes, se hubiera controlado más, aunque quizá no nos hubiéramos permitido ciertos lujos que para mí son innegociables.

El mexicano siguió tirando los tejos a Anna la polaca y ésta acabó algo harta de él. Estuvo contando que tenía novio en su país y que era muy fiel. Suficientes datos para Jorge que no lograba comprender demasiado bien a tenor de su más que descarada forma de tirar los tejos a la chica.

 

Después de la cena y de seguir caminando por la ciudad de tejados rojos nos fuimos a tomar la última a la casa, que teníamos para nuestro uso y disfrute. Esa terracita era para aprovecharla. Alguien sacó de no sé dónde una botellita de vino y le pegamos unos tragos brindando por habernos juntado el azar.

 

Me despedí de todos antes de irme a acostar ya que les dejaría durmiendo por la mañana para coger el autobús dirección a Split. Me hubiera gustado coincidir más tiempo con ellos. Eran bastante maj@s y seguro que me lo hubiera pasado muy bien. Durante mi viaje en solitario había tenido dos días de tregua que me habían permitido despacharme a gusto y así compartir mi aventura con la gente. No era igual que cuando estaba con Ali, Pilar, Chema y Kalipo, por supuesto, pero al menos saciaba en parte las ganas de parlotear. Se les echaba de menos, pero me estaba defendiendo bastante bien cuando llevaba justo la mitad de tiempo en mi travesía individual. Era consciente de la gran preocupación que tenía mi pobre madre, a la que consolé telefónicamente lo que pude para demostrarle que estaba perfectamente. Pero hay cosas que con las madres no valen… La verdad que añoraba mucho a mi pequeña, a la que con permiso de las demás, es la mejor madre del mundo.

Nada más tumbarme en la cama se me pusieron los pelos de punta al pensar que en tan solo una semana estaría en Madrid, trabajando de nuevo en mi queridísimo Ministerio. ¡Qué pocas ganas tenía de volver! Si fuera por mí me hubiera quedado merodeando por el mundo durante mucho tiempo más. Pero todo lo bueno se acaba. Menos mal que aún me faltaba ver algo más de Croacia, además de Ljubljana y Bled en Eslovenia, y si era posible una de las ciudades más bellas del mundo, Venecia. El día 30 en Milán se leería la sentencia de este viaje que, a pesar de lo que pensaba antes de comenzarlo, estaba al menos igualando el alto listón dejado en el Transiberiano del año anterior. Ese fue mucho viaje. Lo tuvo todo y no le faltó nada… Simplemente salió perfecto.

Pero el mes de Julio recorriendo Oriente Medio y Los Balcanes me estaba deparando muchas sorpresas dignas de ser recordadas para siempre. Estaba siendo muy completo, y aún no se habían apagado todas las velas del pastel…

 

 

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Dubrovnik
photo by: benwielenga