Damasco, El Paraíso perdido

Damascus Travel Blog

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Y nos levantamos en la azotea!! Puñetero Sol que se nos coló por el tejadillo y nos desperó..


Una leyenda cuenta que Mahoma, en lo alto de la montaña, contempló la ciudad de Damasco pero rehusó entrar en ella diciendo las siguientes palabras que tanto les gusta recordar a los sirios: “Al paraíso sólo se accede en el momento de morir”. Y es que en su día la milenaria ciudad levantada a las orillas del Río Barada tuvo un gran esplendor por la calidad de sus construcciones y la preciosidad de sus calles, sin contar que fue conocida como El jardín del mundo por su pomposa flora que rompía con el desierto aledaño. Un célebre fatimí escribió en el siglo X lo siguiente: "el valle de las violetas de seis kilómetros de largo atravesado por el Barada estaba completamente cubierto de un bosque de cipreses tan tupido que raramente los rayos de sol llegaban a la tierra.

Animales en jaulas y serpientes en frascos..
Todo el campo estaba lleno de violetas de portentosa belleza". Así se podía imaginar una ciudad rodeada de vegetación y cubierta de bóvedas, de alminares, de palacios y de casas ricamente decoradas que se fundían en el ajetreo de los mercados y de sus gentes. El peso de la historia aquí es quizá mayor que en cualquier lugar del mundo, ya que Damasco ha sobrevivido a varios imperios y siempre se ha autoproclamado “La ciudad habitada más antigua del mundo”, honor que disputa permanentemente con su rival en Siria, Aleppo. Desgraciadamente, Damasco ha pasado a ser una clase de ciudad más gris y menos esplendorosa, y no fue precisamente uno de los puntos álgidos del viaje.

 

El Sol se fue colando poco a poco en nuestros relajados cuerpos hasta provocar un calor bastante insoportable (¡y eso que no eran ni las siete de la mañana!) y despertarnos.

El Zoco al-Hamidiyya que dejaríamos para el final. Fijaros en el cartel con la efigie del Presidente Basher al-Assad
Aún frotándome los ojos me estuve riendo un rato de una pelirroja paliducha (creo que era belga) que dormía en frente y a quien el Sol, a pesar de darle directamente en la cara, no logró ni si quiera hacerle cerrar la boca abierta que respiraba fuertemente desde un lugar al que llaman el séptimo sueño. “Verás cuando se levante la naranjita...” dije. “Se le va a poner la cara como un cangrejo…  jejeje”.
Alicia no durmió demasiado seguido esa noche, aunque ningún gato le pasó por encima como ella temía. Kalipo se estuvo moviendo mucho y creo que tampoco concilió el sueño como nos tiene acostumbrados. Chema es otra historia. Éste aunque fuera a unirse a dúo con la pelirroja, el Sol tampoco le iba a molestar en absoluto para sobar en plan roca.
Parte cubierta de la Vía Recta de Damasco. Ahí estamos viendo los agujeros de bala de la cubierta.
Seguro que si los médicos investigaran con su ADN, encontrarían la fórmula definitiva para evitar el insomnio.

 

Cogimos las guías y sin desayunar fuimos directos a lo que es conocido como la Ciudad Vieja, donde como suele ser normal, se ubican los principales lugares a visitar. En esta ocasión íbamos a seguir un circuito a pie recomendado por la Lonely Planet, y que comienza en la plaza Bab-Al Jabiye (entrada a la Calle Recta), y que finaliza en la antigua Ciudadela pasando por los principales puntos de la capital siria. Antes de llegar al primer punto, paramos brevemente en un mercadillo de animales que nos dio bastante pena al ver cómo tenían a los pobres. Pero lo que más nos chocó fue la cantidad de serpientes y reptiles que nadaban vanamente en frascos de cristal.

Cubierta tiroteada en la Vía Recta (Damasco)
También aprovechamos más adelante para coger algún bollo y desayunar. Desgraciadamente la repugnante crema que me tocó en el mío me hizo tirarlo a la basura. Perdón, ¿he dicho a la basura? Mejor diré que lo eché donde pude, porque en Damasco, como en otras muchas ciudades de Oriente Medio, las papeleras brillan por su ausencia.

 

Caminando hacia Bab-Al Jabiye dejamos a nuestra izquierda la entrada al famoso Zoco al-Hamidiyya donde aparece un cartel a gran tamaño del Presidente sirio Basher al-Assad, como en paradas de autobuses, comercios e infinidad de lugares. Pero no pasamos dentro porque lo dejaríamos para el final, siguiendo así el Circuito recomendado por la prestigiosa guía. Nunca habíamos seguido esta clase de apartados que reflejan rutas a pie, pero esta vez, dado que para la gran ciudad teníamos un solo día, buscamos asegurarnos los principales los enclaves más imprescindibles.

En la Calle Recta

 

En principio, durante el trayecto a la Ciudad Vieja habíamos visto un gran número de avenidas repletas de ruidosos coches tocando el claxon insistentemente. Las fachadas de los impersonales y anodinos edificios coloreados por el “humo gris” flanquean a izquierda y derecha un sinfín de caóticas calles damascenas. En Aleppo había caos, había coches…pero era otra cosa. No sé si puedo expresarlo demasiado bien, pero aquí no me sentía en Oriente Medio, a no ser por las mujeres vestidas de negro riguroso y que no dejaban, en muchas ocasiones, que sus ojos vieran la luz del día. El adjetivo que puede definir esta sensación es que dicha ciudad es algo “impersonal” y que las glorias pasadas son sólo un recuerdo.

 

Desde Bab Al-Jabiye accedimos a la Calle Recta (Sharia Medhat Pasha), que es la vía principal que recorre la Ciudad Vieja de este a oeste, y que en la época grecorromana debió ser una avenida parecida a la de Apamea o Palmira, cubierta de columnas.

Patio del Palacio Azem (Damasco)
Allí tuvo lugar un pasaje recogido en la Biblia en que se habla de San Pablo. Saulo, que así se hacía llamar antes de su conversión al cristianismo, se dedicaba a perseguir, castigar y ajusticiar a todos los cristianos que amenazaban la religión judía. Un día, a las afueras de Damasco, tuvo una visión de Dios que le cegó y le tiró del caballo diciéndole “Saulo, ¿por qué me persigues?”. Después de preguntarle asustado a Dios qué quería que hiciese, éste le mandó que fuera a ver a Ananías a Damasco y que él se lo diría. Éste, a su vez, tuvo otra visión divina en la que se le dijo: “Ananías, levántate y vete a la calle llamada Recta y busca a Saulo de Tarso”. Allí le encontró y le impuso las manos curándole la ceguera. Una vez sanado, le Bautizó en el Río Barada y Saulo pasó a ser el Apóstol San Pablo, el cual difundió la palabra de Dios por todo el Imperio Romano y murió degollado en Roma al mismo tiempo que San Pedro.
Por ese arco se entra a la Zona de la Mezquita Omeya de Damasco

 

Hoy en día la Vía Recta (que no es recta del todo) está llena de tiendas a ambos lados, y parte de ella está cubierta, como el zoco principal de la ciudad. A medida que fuimos caminando, nos fijamos que la cubierta metálica estaba tan agujereada que la luz solar penetraba intermitentemente por ella y formaba numerosos hilos luminosos. Leímos que estos agujeros fueron provocados por las balas proyectadas por aeroplanos franceses en los años veinte. Las tiendas aquí son también muy especializadas. En la primera parte, había sólo tejidos. Recuerdo que le compramos a un chico unos cuantos parches con la bandera siria, pero es que tenía de todas las marcas de ropa habidas y por haber. Después de unos metros giramos a la izquierda hacia el zoco de las especias que nos llevó desde un niño que mezclaba perfumes hasta una chocolatería que fue proveedora de la Reina Victoria de Inglaterra (Al Ghraoui Confiseur Chocolatier).

Al fondo uno de los minaretes de la Mezquita Omeya de Damasco
Nos paramos también en una tienda que comerciaba con reptiles, serpientes y murciélagos muertos, además de restos de animales en peligro de extinción, que utilizan los curanderos y la gente ávida de supersticiones y supercherías. Muy cerca de ahí entramos al Palacio Azem, uno de los edificios más famosos de la ciudad antigua, mandado construir por Pasha al-Azem, Gobernador de Damasco, en 1749 y que se posee en su interior un varios pabellones y patios de gran belleza que actualmente alberga el Museo de las Artes y Tradiciones Populares. Estuvimos un rato sentados y después pasamos a ver las salas de la gran mansión, pobladas de maniquíes que tratan de mostrar cómo era la vida en la ciudad un par de siglos atrás. El espacio interior era bonito y tenía unos techos muy trabajados, además de objetos bastante curiosos, pero en realidad no me llama mucho la atención eso de montar allí una especie de Museo de Cera y poner muñecotes en distintas poses y mostrando cómo eran las tascas, las madrasas (escuelas coránicas) o las salas de música.
Exterior de la Mezquita Omeya de Damasco
Lo que más vale la pena allí son los patios y los suelos de mármol, y las decoradas arcadas de algunas de las puertas y ventanas. Dedicarle un rato es suficiente porque no hay mucho que hacer allí.

 

Volvimos a la Calle Recta a una de las partes sin cubierta, y recorrimos las angostas aceras que apenas te salvaban de los automóviles escupehumos. En esta ocasión las tiendas eran de cacharros tipo ollas, sartenes, cubiertos, y objetos hechos de metal. Lo que estábamos viendo nos estaba decepcionando y no veíamos el momento de ver algo grande (Las “tochadas” como suele decir Chema). Supuestamente la Calle Recta era una de las más emblemáticas de la ciudad y no nos estaba entusiasmando demasiado porque la encontramos bastante cochambrosa sin ninguna vivienda de esas encantadoras que esperábamos ver.

En la Plaza de la Mezquita. Al fondo los Restos del Templo de Júpiter que forman parte de la entrada al Zoco-al Hamidiyya (Damasco)
En este caso la guía la había vendido demasiado bien. Como cuando dice lo siguiente: “Sin embargo, hay que olvidarse por un momento de las compras para observar con atención el arco romano, que deja constancia de la importancia de esta calle en la época grecorromana”.  Visto así te piensas que vas a ver el Arco de Trajano de Roma, y al final te das cuenta de que no merece ni una mísera foto.

Así que después de dejar atrás el “majestuoso arco romano” llegamos al final de la Calle Recta, y paramos en Bab ash-Sharqi (La puerta del Este de la ciudad) donde estuvimos hablando de que por ahora Damasco no nos había enamorado demasiado. Alicia y yo teníamos, al menos la esperanza, de que llevábamos poco recorrido y que más adelante veríamos zonas mejores.

Patio abierto de la Mezquita Omeya de Damasco
Yo en realidad de lo que había oído hablar muy bien es de la Gran Mezquita Omeya. Los otros (Chema, Pilar y Kalipo) estaban algo moscas con el sitio y sugirieron irnos antes de lo previsto a Beirut. Podíamos llamar a la Agencia y que nos llevara el conductor esta tarde hacia Beirut. Sele, aquí hay poco que ver, y yo creo que esta tarde lo hemos dejado todo finiquitado dijo Carlos, apoyado por Pilar y Chema. Giramos a Sharia Hanania (en pleno Barrio Cristiano) y seguimos departiendo hasta sentarnos uno de los bancos de la Capilla de Ananías, que tenía su lugar de oración en el interior, y que la verdad, a no ser que seas muy devoto, no vale demasiado la pena (sólo pasamos Ali y yo). Allí hubo una gran charla y quedó reflejado perfectamente las diferencias en lo que le gusta a cada uno.
Patio abierto de la Mezquita Omeya de Damasco
Kalipo, Chema y Pilar, no eran demasiado amantes de las visitas culturales y monumentales de las ciudades, a no ser que fueran de sobresaliente y querían adelantar nuestra estancia en Beirut para así disfrutar de su mítica noche de los sábados. A Alicia y a mí, en cambio, sí nos gustaba entrar a todo y queríamos darle una oportunidad a Damasco. Al final se decidió, sin que nos hiciera mucha ilusión a los dos, el ir antes de lo previsto a Beirut, viendo antes, eso sí, todo lo que hiciera falta de la Ciudad Vieja. Estas cosas, de todas formas, son normales, porque mientras unos son amantes de los parajes naturales, otros prefieren los monumentos. Si a uno le entusiasma la fiesta, al otro la tranquilidad. Y si algo tiene viajar es que hay que hacer de todo y ceder muchas veces para que todo el mundo disfrute. Esta fue otra ocasión en que nos tocó ceder a unos.
Patio abierto de la Mezquita Omeya de Damasco
Otras veces les tocó amoldarse a ellos. Ese fue el truco para que las cosas salieran bien. Lo que pasa es que a veces nos encabezonamos (yo el primero, lo reconozco) y nos cuesta razonar.

 

Así que buscamos un teléfono y llamamos al dueño de la Agencia para que consiguiera que el conductor nos fuera a buscar por la tarde (aproximadamente a las siete u ocho) y nos llevara a Beirut. Aquí el listo de Yasser Ammar Mahasen (que así se llamaba el tipo) se frotó las manos y nos dijo que el conductor no tenía nada preparado, que estaba fuera del país y que llegaría a la tarde-noche. Después de hablar con él nos dijo que si queríamos ir a Beirut a las ocho, debíamos pagar un suplemento de unos diez euros cada uno aproximadamente.

Patio abierto de la Mezquita Omeya de Damasco
Sí, era un timo, porque a pesar de no estar utilizando el coche en Damasco, lo habíamos pagado. Pero se encabezonó de tal manera que por no variar otra vez los planes accedimos al trato. A las ocho a la puerta del hotel, nos dijo.

Desde ese momento, nos tomamos la visita a Damasco con otra mentalidad. Quisimos darle una segunda oportunidad y yo estaba seguro de que cuando viéramos la mítica Mezquita Omeya, las caras largas pasarían a la historia y habría valido la pena nuestra visita a la Capital de la República Árabe de Siria. Y el primer paso que dimos fue guardar hasta nuevo aviso la guía. Después de cruzar calles con más encanto y llenas de arcos y estrechos pasadizos llegamos por fin al que es considerado uno de los Templos islámicos más importantes, la Mezquita Omeya de Damasco.

Momento de Reflexión en la Mezquita

 

El edificio impresionaba externamente no sólo por sus dimensiones y su altitud, sino porque justo a nuestra llegada comenzó a sonar el canto de oración desde uno de sus tres minaretes, lo que añadió una mayor solemnidad al momento. La Mezquita ocupa el solar donde un día estuvo el Templo arameo de Hadad (S. IX a.c), convertido durante el Imperio Romano en el Templo de Júpiter (quedan restos en el extremo este del Zoco al-Hamidiyya y en unos jardines adyacentes), y después en Basílica cristiana por Constantino, al albergar, según dice la tradición, la cabeza de San Juan Bautista. En 636 los musulmanes convirtieron la parte oriental de la iglesia en una mezquita, y dejaron para los cristianos la parte occidental. Pero a los setenta años, al convertirse en la capital del Islam, el califa omeya Khaled ibn al-Walid, mandó construir la que hay hoy en día (a pesar de que la arrasaron los mongoles y sufrió varios terremotos).

Descansando en la Mezquita (Damasco)
Constituye, arquitectónicamente hablando, única en arquitectura musulmana (junto a la Mezquita de la Roca de Jerusalén), además de ser la tercera más sagrada del Islam (después de la de La Meca y la de Medina).

 

Nada más entrar por el pórtico lleno de mosaicos, fuimos directos al patio abierto cuyo suelo es de mármol blanco. Nos colamos en la hora de la oración, por lo que estuvimos durante un buen rato sin turistas. Estuvimos un rato sentados pegados a las vallas de madera donde pudimos ver parte de la ceremonia que se celebró en su interior. Allí sólo podíamos admirar todo lo que teníamos a nuestro alrededor. Me levanté y fui hasta el centro, donde está la Fuente de las Abluciones, y desde ahí di una vuelta de 360 grados para contemplar la maravilla que tenía delante de mí.

Detalle de la Mezquita Omeya de Damasco
Chema se acercó a sacar fotos y dijo “Esto sí que me gusta”. Y es que la magia de la Mezquita había salvado el día en Damasco.
El patio abierto me recordó bastante al de mi Mezquita favorita, que no es otra que la de Córdoba, una joya que tenemos en España y que deberíamos valorar un poco más. El agradable frescor del ambiente y la paz que allí se respiraba nos daban ganas de tumbarnos a dormir la siesta, pero al final no lo hicimos. En cambio fuimos al interior, más conocido como el oratorio, donde había mucha gente sentada en la alfombra. Unos rezaban a Alá en dirección a la Meca (señalado por el Mihrab) y otros simplemente charlaban sentados en su templo. Dentro hacía calor y los ventiladores del techo funcionaban con gran intensidad para evitar que la mezcla del olor a pies y del bochorno propio de Julio fuera a mayores y  provocara más de un síncope.
Interior de la Mezquita
Dentro del oratorio había un pequeño recinto con una tumba cubierta por una tela verde y con una cúpula del mismo color al que numerosos fieles daban vueltas y rezaban al mismo tiempo. Parece ser que es uno de los muchos lugares donde se dice que está la cabeza de Juan Bautista, quien no sólo es santo para los cristianos, sino también profeta para el mundo musulmán, al igual que Jesús de Nazaret. La probabilidad de que sea cierto que ahí esté la cabeza que pidió Salomé es más bien escasa porque no son pocos los templos donde se dice esconder semejante reliquia.

 

Después de un rato abandonamos la Mezquita y salimos justo a la Plaza en que uno puede introducirse al Zoco al-Hamidiyya pasando debajo de los restos del Templo de Júpiter.

Interior de la Mezquita Omeya de Damasco
La mezcla de estilos le hace ser un sitio bastante peculiar e interesante, y para mí dicha placita es el lugar que más me gustó de Damasco. Zoco, restos romanos, y la fachada de la Mezquita parecen ser un boceto de la historia de esta ciudad, que poco a poco nos fue ganando, a pesar de la decepción inicial. Antes de buscar un sitio para comer fuimos a visitar el Mausoleo de Saladito, que se sitúa en un pequeño jardín lleno de restos arqueológicos que está adyacente a la muralla norte de la Mezquita Omeya. Las columnas pertenecientes al extinto Templo de Júpiter dan paso a un edificio blanco cubierto de una cúpula roja en el que yacen los restos del más famoso guerrero y gobernante islámico, Saladino. Éste combatió a los Cruzados, a quienes arrebató Tierra Santa, devolviendo así Jerusalén a los musulmanes. Fue Sultán de Egipto y Siria, y creó el Imperio más vasto del Mediterráneo Oriental.
Los 5 en la Mezquita
Igualmente provocó la profunda admiración de sus enemigos quienes alabaron siempre sus actitudes nobles y caballerescas, además, por supuesto, su gran conocimiento de la estrategia bélica como dan fe sus gestas guerreras.

 

El hambre había hecho acto de presencia desde hacía un buen rato y estaba provocando más de un quejido en nuestras mal alimentadas tripas. Buscamos pues un sitio para comer que no estuviera muy lejos de la Plaza que os he mencionado antes, y tras sondear un par de lugares algo tóxicos e incómodos, acabamos metiéndonos a un Restaurante con patio interior que nos recordó bastante al Yasmeen House de Aleppo, donde corrieron los mezzes, el whisky y el Arak. Creo que casi todos pedimos un filete con patatas normal y corriente, que nos supo a gloria  y que nos hizo refrescar el sabor de la comida de casa.

Minarete de la Mezquita y columna perteneciente al Antiguo Templo de Júpiter
No es que lo que se come allí no esté bueno. Simplemente tantos días, agota un poco. Éstos tenían unas ganas tremendas, de todas formas, de arramplar un Burguer o un MacDonalds. En Siria no había y se tuvo que esperar a entrar al Líbano para ingerir la “comida basura”. A eso lo llamo yo salirte de Málaga para meterte en Malagón. Al final del viaje acabaría hartísimo de la comida basura, de las pizzas, y de tanto hidrato de carbono. La comida casera, la que preparaba mi madre, fue pasto de algunos de mis mejores sueños mientras estuve a miles de kilómetros de Madrid. Por cierto, hablando de comida… Ali, que come muy poco, se puso malilla de la tripa cuando le fue a visitar la Señora Diarrea. Le recomendamos que tomara Fortasec para cortarla, pero cabezona como ella sola, prefirió esperar porque decía que más le valía expulsar toda la porquería de su organismo (Si no comía, qué porquería iba a echar, me pregunto yo).
Tumba de Saladino, un personaje que roza la Leyenda en la difícil época de Las Cruzadas
Desgraciadamente para ella, y por no hacernos caso, el revuelto intestinal le iba a durar varios días.

 

Volvimos a la plaza que daba acceso al Zoco y cruzamos por las columnas corintias que marcaron el inicio de nuestra incursión por la más importante Galería comercial de Damasco. Al-Hamidiyya estaba formada por una amplia galería cubierta (con agujeros de bala en los techos), que más que parecer un zoco típico como el de Aleppo o Jan el Jalili (El Cairo), se asemejaba a una Galería comercial europea, con establecimientos acristalados a cada lado la calle que, al igual que la Vía Recta, había sido punto neurálgico de la Antigua Ciudad. Estaba abarrotada de gente y era curioso ver a hombres vestidos a lo jeque árabe y acompañados de varias mujeres cubiertas de negro hasta los ojos.

Callejuela de Damasco
Eso sí, fijándote veías que llevaban tacones y bolsos de marca, por lo que a pesar de estar siempre tapadas, parecían ser algo coquetas. En otra ocasión os daré mi opinión sobre este tipo de atuendos que acostumbran a llevar las mujeres en los países musulmanes. Obviamente es desfavorable…

 

Recorrimos pues el ajetreado zoco y fuimos a salir próximos a la Ciudadela, a cuya entrada se alza una estatua ecuestre del ya mencionado Saladino. Desgraciadamente, cuando disponíamos a entrar vimos que se encontraba cerrada, y tal como leímos en la guía, debe llevar así mucho tiempo. No supimos dónde ir después. Pensábamos haber estado bastante tiempo en la ciudadela y nuestro plan se vino abajo. Cuando caminábamos pensando en acudir al hotel a decir que no dormiríamos allí esa noche pensé en que sería una pena irse de Damasco sin subir a una de las colinas aledañas desde las cuales de podrían obtener unas muy buenas vistas de la urbe.

De charleta durante la comida
Había oído hablar de un lugar donde la gente acudía a sus miradores a observar la gran explanada llena de edificios, y desde donde se dice que Mahoma vio la ciudad e hizo el comentario que os comenté al principio del relato de este día (“Al paraíso sólo se accede en el momento de morir”). Buscándolo en la guía supimos que se llamaba Jebel Qassioun, y pedimos a un taxi que nos llevara allí y nos dejara a la vuelta en el hotel. Subimos y estuvimos negociando el precio con el coche en marcha. Gran error porque el hombre pedía mucho dinero y nosotros al ver que era demasiado le dijimos que parara. Por ese rato de nada nos cobró más dinero de lo que teníamos previsto, y cualquiera le dice algo cuando se puso a hablar amigablemente con un guardia que tenía cara de pocos amigos. Y cualquiera se mete en líos… Lagarto, lagarto.
Callejuela de Damasco
Todo estaba saliendo demasiado bien para complicar las cosas innecesariamente. Y es que la culpa fue parte nuestra porque uno no se puede meterse en un taxi sin haber negociado el precio de antemano. Hicimos un último intento con otro taxi (amarillo como todos pero sin tanto frikismo como en los que  vimos en Aleppo) y aceptó nuestras condiciones. Por tanto fuimos a la colina rocosa desde donde divisamos una panorámica espectacular de la ciudad. Incluso se veían los lejanos alminares de la Mezquita Omeya. Pero lo que impresionaba es que no se veía el final de los miles y miles de edificios que pueblan lo que es una de las ciudades más célebres del mundo islámico.

 

Volviendo hacia el hotel, Kalipo, Alicia y yo nos paramos en un Cyber para poder usar internet.

Entrada al Zoco de al-Hamidiyya con los restos del Templo de Júpiter
Siempre me gustaba ver las noticias del mundo, centrándome sobre todo en lo que seguía pasando por Oriente Medio, y por qué no decirlo, las noticias sobre el Real Madrid. Reconozco que me atraen todos esos rumores sobre fichajes y demás. Aunque desgraciadamente todavía no habíamos fichado a nadie. Habría que esperar para que llegaran jugadores nuevos. La noticia que llamó la atención y de la cual se hablaba en España era el Descarrilamiento de un tren del Metro de Valencia en el que perecieron más de treinta personas. También aproveché por enviar un email a mi gente para que supiera lo feliz que estaba siendo en el viaje y todas las cosas que habíamos visto. Una de las partes del correo enviado con la que me quedo es la siguiente:

 

El grupo se mantiene unido.

Zoco al-Hamidiyya
Por ahora el tema de ser solo cinco no es un problema. Obviamente surgen rozes al estar 24 horas diarias juntos, pero estos no son nada importantes. Para mi esto es lo mejor del ano (no me entendais mal, aqui no hay enes en los ordenadores; Y los acentos son un lio..). Mis viajes me hacen feliz plenamente..

 

Oriente Medio es un lugar lleno de prejuicios. Lo venden como si fuera el Infierno, y si conocierais a la gente de aqui, os dariais cuenta de que no es lo que sale en la television. Ni mucho menos. Son hospitalarios, honrados, charlatanes y muy educados. Tienen detalles que les honra, y parecen vivir ajenos a la confusion y a la violencia que veis en la television.

Kalipo, Ali, Pilar y yo en el Zoco al-Hamidiyya de Damasco
Ellos lo que quieren es vivir tranquilos, vivir su vida y que les dejen hacerlo..

 

Reconozco que antes de venir, me preocupaba mucho como nos afectaria la situacion politica. Ahora, os juro que me siento totalmente seguro de que todo va a salir bien.

 

Ahora os dejo, me voy a tomar un te arabe en el patio del hotel. Y a preparar mis cosas, que como os he dicho entramos esta noche al Libano. Dicen que Beirut es el sitio mas marchoso de Oriente.

Estatua de Saladino a la Entrada de la Ciudadela de Damasco
Y eso que llevan toda la vida en guerra. Es admirable como hacen lo posible por olvidar y por mirar de cara al futuro.


                                                           ___________________________________________________

 

Uno cuando lee estas cosas se da cuenta lo que puede cambiar todo en el momento en que no te lo esperas.

Vista de Damasco

 

Cuando terminamos los 3 nuestras sesiones de internet volvimos al hotel a encontrarnos con Pilar y Chema, que habían aprovechado para dar una cabezada en los colchones de la azotea. Ya en recepción dijimos que esa noche no dormiríamos allí y tuvimos que pagar una parte del día porque no habíamos hecho el Checking out a tiempo. Dejamos todo recogido y bajamos al patio a tomar algo, dejando de nuevo a Chema y Pili en la azotea. Conocimos a una pareja que vivía en Barcelona y que había llegado a Damasco la noche anterior. Ella era catalana y él era suizo. Nos resultaron bastante simpáticos y estuvimos compartiendo anécdotas con ellos durante un largo rato. También les hicimos recomendaciones para que hicieran su recorrido por Siria lo mejor posible, ya que iban con demasiada improvisación.

Los cinco con Damasco al fondo
De repente vino uno de los chicos de recepción y me dijo que tenía una llamada. Yo me extrañé bastante, porque quién demonios me iba a llamar al hotel si nadie sabía siquiera dónde estaba. Cuando me puse al teléfono una voz me habló en un acento inglés bastante malo“Jose, I am Yasser, from Mosaic Travel...” Cómo no había caído en ello. Por supuesto, el dueño de la Agencia sabía dónde nos alojábamos. Yasser nos dijo que el conductor no llegaría a las ocho como tenía previsto porque aún estaba cruzando la frontera de Jordania. Preguntó si aún seguíamos interesados en llevarnos a Beirut ese día. Le contesté que sí, que esperaríamos pero que no tardase demasiado, que si no íbamos a llegar a Beirut muy de noche. Me dijo que a las nueve o por ahí aparecería el conductor. Quedó en pasarse en media hora a que le pagásemos el suplemento del que habíamos hablado por la mañana.
Yo con Damasco de fondo
Mientras le esperamos tomando algo con la parejita, con la que nos sentíamos muy a gusto. Incluso pedí narguile para que lo probaran y así también poder fumar todos. Nos pusieron además una buena fuente de frutos secos de la que picamos alegremente entre calada y calada.

 

Al rato apareció el dueño de la agencia. Yasser Ammar Mahasen era muy chaparro no llegando al 1.65. Nos saludó a todos y nos dijo que el conductor se retrasaría más de lo previsto porque estaba teniendo problemas en la frontera. Le dijimos que le esperaríamos pero que no nos podía cobrar el suplemento cuando no había cumplido el horario prometido. El hombre era cabezón como el solo, y no me refiero a lo que llevaba para sujetar los hombros (que también), sino que era insistente a más no poder.

En el patio del Hotel Ar-Rabie con la pareja de Barcelona
Nos prometió que si le pagábamos el suplemento podríamos utilizar al conductor en cualquier momento del día y de la noche durante lo que quedaba de viaje, no cumpliendo las normas que les prohíben hacer recorridos a ciertas horas.

 

Finalmente accedimos por las ganas que teníamos de irnos al Líbano, aunque era difícil eso de darnos una fiesta en Beirut , ya que llegaríamos demasiado tarde. El hombre se fue, al igual que la pareja, que marchó a cenar. Cuando volvieron se rieron al ver que seguíamos en el patio tomando algo y esperando a que nos llevaran de una vez por todas a la capital libanesa. Incluso dio tiempo a que volviera el iraní y repasáramos textos en español, inglés y francés. Afortunadamente el conductor apareció pasadas las once de la noche y así terminó nuestra espera. Said, que así se llamaba el sujeto, nos estrechó la mano presentándose uno a uno. De mediana estatura, no parecía llegar a los cuarenta años. Al igual que el anterior conductor tenía bigote, pero menos poblado que el de éste. Vestía de manera informal, con camisa y pantalón vaquero, que se subía a lo Julián Muñoz, provocando el efecto culo gordo y barriga cervecera. Kalipo, que es bastante atinado para poner motes y hacer coñas, comentó riéndose (en español, claro, que no lo entendiera el hombre) que parecía que llevaba un pañal. Desde ese momento Said quedó bautizado como “El Dodotis” o “El Pañales”, y no os imagináis la guasa que hubo con el tema. Aún me entra la risa cuando me le imagino saltando como los hipopótamos que cantaban en el anuncio eso de “Dodot dodot, dodot, dodot..”

 

Entramos al coche, que quizá no era tan cómodo como el anterior que tuvimos, aunque sí más grande. El problema era que los asientos estaban colocados de tal forma que la gente que fuera atrás estaba cara a cara, en vez de mirar todos hacia delante, lo que no gustaba demasiado. Aunque no tardamos mucho en acostumbrarnos. El trayecto a Beirut duró más de lo previsto, pero eso forma parte de mi relato del día 9 de julio, en el que empezamos a descubrir un país totalmente distinto a cómo nos lo habíamos imaginado, El Líbano.

Así abandonamos Damasco, la cual nos decepcionó un poco a todos, aunque reconozco que la Mezquita Omeya es algo digno de ver. Quizá si vuelvo alguna vez apreciaré otras cosas que no comprendí de una urbe que dejó su gloria en el pasado…

 

Me temo que me estoy alargando mucho en mis textos de cada día. Voy a tener que aplicarme para no enrollarme tanto, pero es que me gustaría que supieseis todo lo que vimos y lo que personalmente viví en este maravilloso viaje que jamás olvidaré. A veces pienso que lo hago para mí mismo, para recordar la cantidad de momentos mágicos que pasé en el verano de 2006.


José Miguel Redondo (Sele)
El Rincón de Sele 

mikarov says:
Muy interesante, siempre me ha llamado la atencion Siria, al igual q otros lugares del Medio Oriente.
Posted on: Jan 30, 2007
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Callejuela de Damasco
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Entrada al Zoco de al-Hamidiyya co…
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Zoco al-Hamidiyya
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Kalipo, Ali, Pilar y yo en el Zoco…
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Estatua de Saladino a la Entrada d…
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Vista de Damasco
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Los cinco con Damasco al fondo
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Yo con Damasco de fondo
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En el patio del Hotel Ar-Rabie con…
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Damascus
photo by: Biedjee