Baalbek, Bosra y el esplendor del Imperio Romano

Amman Travel Blog

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Vista lejana de las Ruinas de Baalbek, en pleno Valle de la Bekaa.

El plan del día era algo complejo y llevaba consigo pasar bastantes horas en la carretera. Como íbamos muy justos de tiempo en el viaje, tuvimos que prever nuestra llegada para la noche a la capital de Jordania, Ammán. Y yendo hacia allí queríamos parar en Baalbek para ver los yacimientos arqueológicos de la Antigua Heliópolis, que son de los más importantes del Imperio Romano, después, cruzar la frontera y pasar de nuevo a Siria, donde iríamos Bosra, en el sur, donde se encuentra uno de los Teatros romanos mejor conservados del mundo. Finalmente pasaríamos a Jordania, y más concretamente a Ammán, donde comenzaríamos otra etapa nueva en el viaje que duraría varios días en los que visitaríamos lugares imprescindibles para todo viajero. Por tanto muchas horas de carretera y mucho tiempo perdido en los burocráticos paso fronterizos.

Mezquita cercana a las ruinas de Baalbek. La cúpula es preciosa y aunque no sé si se distingue bien, lleva en lo alto una bandera amarilla. Es la del Grupo terrorista Hizbolá.
Qué menos, entonces, que ver dos tesoros de la Arqueología de Oriente Próximo.

 

Salimos unos minutos pasadas las siete de la mañana para evitar los consabidos atascos de Beirut. Con las quemaduras solares aún presentes en nuestro cuerpo, nos encontrábamos algo mejor que la noche anterior. Caímos todos en el coche rendidos de sueño por el madrugón y por el cansancio acumulado de más de diez días de viaje. Tuvimos tiempo, de todas formas, de ver una gran cantidad de controles policiales y militares en la carretera, que eran fuera de lo normal. Como el primer día en Beirut, había demasiado ejército desplegado. Quizá se trataba de una actividad rutinaria que a nosotros nos chocó por no estar acostumbrados a ver tanta milicia fuera de los cuarteles.

Escalinata por la que se accede a Baalbek.

Llevando cerca de una hora en el coche y estando lo suficiente amodorrados, Said se detuvo a desayunar en un bar de carretera. Cuando salimos con él para tomar algo, vimos que estábamos en una de las zonas más altas de lo conocido como Monte Líbano, y que después tocaría descender por la carretera para llegar a un vasto valle que vislumbrábamos al fondo. Éste es el famoso Valle de la Bekaa, que atraviesa de arriba abajo la parte más oriental de Líbano.

Desayunamos chocolatinas y un refresco, algo que no suelo hacer muy a menudo, pero es que en ese sitio tampoco había mucho donde elegir. Aprovechamos para rellenar en la mesa del bar formularios de salida y entrada de los distintos puestos fronterizos que cruzaríamos durante el día (Salida de Líbano, Entrada a Siria, Salida de Siria, Entrada a Jordania).

Parte del Gran Patio de Baalbek
Después de eso volvimos al coche, donde iniciamos un recorrido de curvas serpenteantes que nos dejaron en el llano que formaba el valle, y donde cogimos una carretera totalmente recta que nos llevaría al imponente Templo de Baalbek, en la ciudad del mismo nombre.

 

El Valle de la Bekaa siempre ha sido conocido como “El Granero del Imperio Romano” o “El jardín del Líbano” por ser una planicie sumamente fértil regada por el principal río del país, el Litani, además de ser su principal centro de cultivo agrícola (y de hachís, el famoso Líbano rojo). Su ciudad más importante, Baalbek, a la que nos dirigimos para admirar sus ruinas, es la sede del Partido de Dios, también conocido como Hizbolá, del que todo el mundo ha oído hablar últimamente.

Yo en las ruinas de Baalbek
Nosotros ya nos fijamos en que en la carretera que nos trasladó hacia allí había un sinfín de carteles y fotos del líder del grupo armado, Hasán Nasrala, además de otras como la del Ayatolá Jomeini o el fundador de Hamás, como los más destacados. Las banderas amarillas y verdes ondeaban en cada una de las farolas y postes de la luz, señalando que la zona es uno de los bastiones más importantes del terrorismo árabe, y por tanto, más conservadora, a diferencia de la capital, Beirut.

 

Said paró el coche para que divisáramos desde un montículo las ruinas de la antigua “Ciudad del Sol”, como se le conoció a Baalbek a lo largo de los siglos. La verdad es que imponen bastante porque a diferencia de otras construcciones de la época, se había superado con creces el tamaño de los templos y columnas respecto a otros lugares importantes del Imperio Romano.

Columnas del Templo de Júpiter (Baalbek)

 No muy lejos del complejo arqueológico vimos una Mezquita en cuya cúpula de color azul celeste había un estandarte de Hizbolá. No hace muchos años que a Baalbek (la ciudad actual) se la conocía como “la ciudad prohibida” ya que era símbolo de la revolución islámica, y por supuesto, lo occidental no estaba muy bien visto. Afortunadamente el Estado libanés la recuperó para el turismo, interesado en compartir con el mundo las maravillosas ruinas romanas. Y allí estuvimos nosotros, divisando los restos de lo que actualmente es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

 

Pagamos los siete euros de la entrada (aquí no hacen descuento) y subimos la escalinata principal para acceder al yacimiento por el vestíbulo, también llamado propileo, donde comenzó nuestra visita turística.

Las 6 columnas del Templo de Júpiter.
Allí nos dimos cuenta de que Pilar se había colado la muy pelleja.

 

Del complejo de Baalbek se han dicho muchas cosas, pero se ha destacado siempre que es el “mayor y mejor ejemplo de la arquitectura romana que ha llegado hasta nosotros”. Al parecer fue un asentamiento en origen fenicio (3000 A.C.) donde se construyó un templo en honor al Dios Baal. Allí se practicaron numerosos ritos sexuales considerados como sagrados y que fueron calificados como “actos lujuriosos” muchos siglos más tarde.  Cuando lo conquistó Alejandro Magno, la ciudad pasó a llamarse Heliópolis (Ciudad del Sol), nombre que conservaron los romanos, quienes fundaron allí una importante Colonia, que llegó a ser la principal ciudad de la Siria romana.

Otra toma de "Las Seis Columnas" del Templo de Júpiter.
Allí fueron construidos numerosos templos, siendo los más conocidos los dedicados a los Dioses Júpiter, Baco y Venus. Pero no fueron construcciones paganas normales y corrientes, ya que para contentar a los habitantes del Imperio en Oriente Medio, frenar el impulso del cristianismo, y demostrar el gran poder de Roma, hicieron que éstas fueran las más colosales del Imperio. Así se utilizaron bloques de piedra nunca vistos, y el tamaño de las columnas y templos fue tal que superó a muchas estructuras arquitectónicas hechas hasta el momento. Se dice que parte del material utilizado fue posteriormente trasladado a Estambul para la construcción de Santa Sofía.

 

Una vez cruzamos el vestíbulo llegamos a un patio hexagonal, donde debió haber una iglesia, por la decoración que había en los muros.

Templo de Baco. Lástima que la foto la estropee el escenario preparado para el Festival de Baalbek
Desde allí tuvimos la ocasión de ver el interior del complejo. Sin duda, estábamos en un lugar privilegiado en el que uno notaba el peso de la historia bajo sus pies. Nos hicimos muchas fotos allí porque la ocasión lo merecía. Y por cierto, tan sólo había una pareja de turistas además de nosotros, y eso es todo un lujo. Accedimos al Gran Patio (134x112 metros) también conocido como Patio de los Sacrificios el cual llegó a albergar dos piscinas, además de abundar numerosas tumbas y nichos. Al final de éste es donde se erigió el Templo de Júpiter, del cual apenas quedan 6 columnas de gran tamaño, y es que al parecer llegó a tener las más grandes del mundo (22,9 metros de altura y 2,2 de perímetro). Recuerdo que nos hicimos allí una foto en grupo y se nos coló una mosca en el objetivo por lo que hubo que repetirla de nuevo.
En el interior del Templo de Baco
 

Fueron utilizados para este templo los bloques de piedra más pesados jamás transportados. Cómo se llevaron hasta allí es uno de los misterios de Baalbek ya que incluso hoy en día parece imposible levantar alguno de esos bloques que pesan entre mil y dos mil toneladas. La Antigua Ciudad del Sol es un lugar recurrente para las indagaciones de los investigadores de lo desconocido tipo Iker Jiménez. Una de las teorías más famosas, según he leído últimamente, es la que habla de una Gran Terraza, de la que se dice que pudo haber sido una pista de aterrizaje extraterrestre. Las Grandes Civilizaciones aún guardan múltiples secretos y enigmas que nos suscitan un gran interés.  

Desde “las 6 columnas” del Templo de Júpiter descendimos a unas gradas de piedra que son la antesala del famoso Templo de Baco, algo más pequeño que el primero pero sin duda en un estado de conservación admirable que lo convierte en el “tesoro” de Baalbek.

Chema poniendo una cara de corky absolutamente impresionante.
Cruzamos difícilmente las gradas, las cuales se estaban acondicionando para el Festival que tiene lugar todos los años y que estaba previsto para el 15 de julio, con todo el papel agotado. Suelen hacer representaciones de ópera, jazz, teatro, etcétera, y es la mayor referencia cultural y musical de Líbano con relevancia tanto fuera como dentro del territorio. Lástima que todo el trabajo fuera en vano. Quién iba a pensar a cuatro días del evento más esperado, que algo impediría su celebración (*Ver nota abajo al final del relato=
Así que subimos al “escenario artificial” montado para la ocasión, prácticamente pegado al Templo de Baco. Justo antes de llegar Chema me dijo: “Sele, este es cien veces mejor que el Partenón de Atenas”. Siempre me ha dicho, como otros muchos, que la Acrópolis ateniense, y la capital griega en general, son absolutamente decepcionantes.
Los cinco en la puerta del Templo de Baco

El Templo de Baco me pareció algo realmente increíble, no sólo por sus dimensiones o por cómo los siglos lo habían preservado de guerras, terremotos y otras catástrofes, sino por su suntuosa decoración, las escenas utilizadas tanto en friso como en pared, la magnífica puerta de entrada y el interior del santuario, rodeado de columnas estriadas. Allí también nos hicimos bastantes fotos, y quizá salió de aquí una de las más graciosas del viaje, en la que Chema posó poniendo una cara de “imbécil integral” realmente insuperable. No tiene desperdicio, sin duda alguna.

La portada de la Lonely Planet de Siria y Líbano está formada por una foto titulada “Friso y columnas de la ciudad de Baalbek”, que nos pusimos a buscar desesperadamente para lograr hacer una exactamente igual. Pero no era tarea fácil la localización de este detalle arquitectónico.
Ahí me tenéis con el detalle de la portada de Lonely Planet
Podía estar en cualquier parte del extensísimo yacimiento Arqueológico. Con suerte, a la salida del Templo de Baco, conseguimos ver el lugar donde el fotógrafo de la prestigiosa guía había tomado la instantánea. Y obviamente la repetimos de manera fiel a la original. Frikadas fotográficas llamo yo a estas cosas…

Lo último que visitamos en Baalbek fue su museo en el cual se conservan piezas y estatuas de la época romana. En una sala había dos sarcófagos de piedra y tanto Ali como yo nos metimos en éstos para dar un susto a Pili, Kalipo y Chema. Desafortunadamente cuando íbamos a salir apareció uno de los vigilantes del pequeño museo, por lo que además del consabido corte, se nos chafó la broma.

Detalle de Baalbek
Y encima me manché la espalda de polvo, suciedad o lo que fuera. Buen estreno para mi camiseta del Hard Rock de Beirut.

Antes de volver al coche con Said (Dodotis man) nos paramos en los tenderetes situados fuera del complejo, en los que te vendían de todo, incluso camisetas y banderas de Hizbolá. Perfecto para entrar a Israel o para obtener un billete directo a Guantánamo - pensé. Allí, tanto Kalipo como yo, compramos unas gorras rojas y blancas, con el cedro en medio y que ponían “Lebanon”. La verdad es que son chulísimas y tuvieron éxito cuando nos las vieron puestas. Tanto, que Chema, que no se había fijado porque estaba metido en el coche mientras las comprábamos, me pidió insistentemente durante todo el viaje que, por favor, le vendiera una. Le piqué diciéndole que me lo pensaría hasta el último día, pero se la terminé dando “gratis” cuando llegué Madrid.
Uno de los muchos carteles de Hizbolá que vimos en la carretera.
Pues menudo es Chemita cuando se encabezona con algo. Así que me quedé con dos, una para mí y otra para mi amigo Julián, a quien sabía que le iba a encantar. Y bien que se merecía eso y mucho más porque es de esos AMIGOS con mayúsculas que ya no quedan. Pero no soy demasiado espléndido a la hora de comprar cosas en los viajes, porque luego no me caben en las mochilas y tengo que ir cargando con los dichosos regalos. Aunque bien sabe la gente que aprecio de verdad, que siempre les cojo un detalle para que sepan que me acuerdo de ellos. Ese es el verdadero sentido de los regalos cuando sales fuera: Demostrar a tu gente que la quieres y que te acuerdas de ellos muchísimo. Pero no se debe olvidar los conceptos “detalle” y “no obligatorio”, que luego pasa lo que pasa.

 

Said arrancó el coche y nos llevó por esa larga y rectilínea carretera decorada en sus postes con símbolos de Hizbolá, siendo la bandera y el retrato de Hasán Nasralá los motivos más repetidos durante el trayecto.

Kalipo y yo con las gorras de Líbano
Incluso le hicimos que parara un minuto para poder sacar una fotografía tanto de la bandera amarilla y verde como de la imagen del líder del grupo terrorista. Chema, que precisamente no anda demasiado puesto en Historia (no lo digo como crítica, yo no estoy puesto, por ejemplo en matemáticas, física, química y mil disciplinas más en las que me considero un paquete), nos preguntó qué era Hizbolá. Vosotros, mis pacientes lectores, habéis visto últimamente muchas noticias relacionadas con el grupo armado, además de haber “leído” mis escritos sobre ellos en relatos anteriores. Kalipo y yo le explicamos que eran terroristas y que llevaban mucho tiempo sin cometer atentados contra intereses israelíes y occidentales. Yo siempre, desde pequeño, he oído hablar de Hamás, Hizbolá, GIA (Grupo argelino), y por supuesto, al-Qaeda, el más popular, sangriento y despiadado actualmente.
Un recuerdo del Ayatolá Jomeini encontrado en una Mezquita de Baalbek
Aunque reconozco que muy poco era lo que sabía del tema en el momento en que Chema preguntó. Para el viaje me había empapado más del Conflicto palestino-israelí, que era, quizá el que pensaba que más nos podía influir, ya que Gaza estaba siendo atacada y teníamos pensado entrar a Israel. Esto me da que pensar en lo referente a nuestro conocimiento de lo que pasa en el mundo que nos rodea.  Mil veces hemos visto en televisión todas las desgracias que ocurren en Oriente Próximo, pero muy pocas veces hemos puesto verdadera atención en lo que está sucediendo. Esa es la diferencia esencial entre “mirar” y “ver”, entre “oír” y “escuchar”. Y vivimos en una sociedad (en la que me incluyo) en la que se mira y oye mucho, pero en que apenas se ve o se escucha de verdad.
El "restaurante" donde comimos en Damasco antes de partir hacia Bosra

 

Después de prácticamente una hora por la carretera que atraviesa el Valle de la Bekaa, llegamos a la frontera con Siria, donde tuvimos que entregar los formularios de salida y de entrada para que nos sellaran los pasaportes y así poder pasar después de tres días al país Sirio. La verdad es que los trámites fronterizos son realmente anacrónicos, aburridos y cansinos. Al menos, a diferencia del paso turco-sirio, no se llegó a un gran nivel de surrealismo, tan típico en estos “lugares”.
Así que nos despedimos del maravilloso Líbano, sin intuir si quiera que en tan solo unas horas, la desgracia se iba a cebar de nuevo con él y con su gente. ¡Malditas guerras!

 

Como la hora de comer estaba próxima, decidimos parar en Damasco, por la que teníamos que pasar obligatoriamente si queríamos coger la carretera que nos llevara a Bosra, al sur del país.

Éste fue el alimento de Alicia durante más de veinte días.
Said, a quien teníamos aleccionado con los conceptos de “bueno, bonito y barato”, nos paró en un pequeñísimo local en el que preparaban kebabs, pizzas y falafel. El calor fue tremendo y allí sentados sólo nos faltó una toalla para que pareciera un baño turco. Bueno y bonito no era, pero al menos el término barato si pareció comprenderlo, porque apenas pagamos un par de euros por pizzas y bebida. Por supuesto Ali no comió. Bueno sí, se alimentó, como en los días pasados, del repetitivo pan elástico que usan para los kebabs. Sin dura Alicia fue la merecedora del Premio: “Cómo pasarse un mes sin comer y no morir en el intento”. Durante la comida, la pobre tuvo que aguantar cómo los demás le decíamos que comía fatal y que tenía una obsesión con el tema. Ella simplemente afirmó repetidamente que le gusta la comida sana y equilibrada que le hace su madre, o ella misma.
Yasser y Said, "The Drivers"
Para comer bien en algún sitio, el restaurante debe estar como los chorros del oro, y aún así no le da su entera confianza. Según ella “come mucho” cuando algo le gusta, pero a mí me da que necesita más de una semana para meterse las mismas calorías que Chema o que yo en un solo día. La tía tiene analizado la composición de toda clase de alimentos. Que si proteínas, que si hidratos, que x conservantes… Realmente tiene obsesión con la comida. Reconozco que a mí no me gustan miles de platos y que soy algo “raro” para comer. Pero lo de Ali no tiene parangón.

 

Tanto Pilar como Kalipo se habían dejado en el coche del primer conductor, Yasser, sus botes de crema de protección solar, que estaban sin usar.

Conduciendo por el Barrio Palestino de Damasco
Después de dar mucho el tostón con recuperarlos, el dueño de la agencia logró que nos encontráramos con Yasser para que devolviera las olvidadas cremas. Aunque poco iban a proteger, con las quemaduras que llevábamos…

Así que Said nos llevó un par de calles más allá de donde habíamos comido y volvimos a ver al bigotudo conductor. Esta vez llevaba puesta una chilaba de color gris que le daba un aspecto muy diferente a la primera vez que le vimos en aquel hostal de Aleppo. Nos saludamos efusivamente, al igual que hizo él con Said, al que conocía desde la infancia. Así que después de charlar unos minutos, devolvió las cremas y tiramos hacia Bosra, previo paso por el Barrio Palestino de Damasco, que nos mostró la pobreza y la suciedad en la que viven “los refugiados”.

Uno de los túneles de la fortaleza que va a parar al Teatro de Bosra
Banderas palestinas por doquier, carteles en las paredes con símbolos de Hammás además de posters con presos y  “mártires”, aceras llenas de basura, coches ruinosos y edificios en un penoso estado. Esa es la fotografía que se nos quedó a todos en la mente al pasar por uno de los peores distritos de la capital siria.

 

Un par de horas tardó el coche en llegar a Bosra, tiempo que aprovechamos para dormir serenamente. El agotamiento, unido al calor, nos había debilitado un poco y ese tiempo dormitando nos vino de perlas. Y menos mal que lo logramos, para evitar ver las pirulas que hacía Said, un conductor algo loco, incluso más loco que Yasser. Más de una vez le dijimos que si en Siria hicieran lo del carné por puntos, él los iba a perder todos en menos de una semana con total seguridad.

Detalle del Teatro de Bosra
  

Bosra es el Teatro Romano. El Teatro Romano es Bosra. Sin duda, el tesoro de lo que llegó a ser capital de Arabia Romana, lo compone este majestuoso edificio tanto lúdico como militar, ya que está cercado por una fortaleza árabe que protegía la ciudad de los ataques cruzados.  

Después de ver que estábamos totalmente solos en la plaza que antecede al Teatro, fuimos a las taquillas, donde hicimos la trama típica con los carnés de estudiante para ahorrarnos un pico, y cruzamos por el puente de piedra que pone un foso a tus pies. En seguida nos vimos inmersos en los oscuros corredores, los cuales están llenos de celdas y de mazmorras, que una vez más incitaron a nuestra imaginación a volar a tiempos pasados en los que los presos pasaban sus jornadas de tormento, de soledad, de hambre y de pavor, implorando clemencia a los despiadados centinelas.

El grupo en el Teatro de Bosra
Una vez superadas las estancias medievales, llegamos a un anfiteatro magnífico construido en el Siglo II de nuestra era y preparado para albergar a más de 15.000 personas, que sin duda formaba el epicentro perfecto de la antigua Busrana (nombre latino de Bosra). Nos fuimos moviendo por las gradas de piedra, en la que se conservan hasta alguno de los respaldos donde tantas tardes apoyaron sus espaldas aquellos privilegiados ávidos de contemplar el espectáculo que conforma toda obra de teatro. La oscuridad de la piedra, y la sombra que imperó en el lugar no permitió que hiciéramos fotografías de mucha calidad. Y más cuando empezó a llegar gente, que rompió la magia de nuestros solitarios ecos, que retumbaban demostrando que, a falta de medios de audición modernos, el lugar estaba construido de tal forma que se pudieran escuchar claramente los susurros de los actores y actrices.
Ahí me tenéis en el Teatro Romano de Bosra
Estuvimos un rato sentados contemplando el escenario sujeto por columnas corintias, las cuales en su mayoría me parecieron originales, a diferencia que a Kalipo y Chema, que decían que eran modernas y se habían puesto allí en la reconstrucción. Al final todos teníamos nuestra parte de razón, ya que había algunas intactas y otras nuevas, tal y como leímos más adelante en un panel a la salida.

Después del teatro vimos muy por encima las ruinas de lo que fue una ciudad esplendorosa con su Catedral, su zoco y su multitud de edificios importantes, que hasta hace poco han estado escondidos debajo de la tierra y que ahora son apenas el recuerdo de lo que un día fue grande.

Antes de marcharnos definitivamente a Jordania, nos sentamos en un restaurante vacío decorado con trastos viejos, en el que nos tomamos un zumo de naranja.

En las gradas del Teatro de Bosra
No teníamos pensado tomarnos nada allí, pero cuando íbamos hacia el coche, Chema se encontró bastante mal y le recomendamos que bebiese o comiese algo antes de volver a viajar.  

A poco más de media hora está la frontera que separa Siria y Jordania, en la cual estuvimos (entre sellar la salida y la entrada) cerca de una hora, ya que el Visado de Jordania no lo habíamos pagado en Madrid y tuvimos que hacérnoslo allí mismo. Además sólo te dejan abonar los 10 euros que cuesta en moneda local (Dinar Jordano), por lo que cambiamos billetes en una pequeña oficina creada para tal efecto. Menos mal que fuimos muy aguilillas y llevábamos las tablas de cambio bien aprendidas, porque nos quisieron tangar bastante pasta pensando que éramos los típicos inocentes turistas que se dejan engañar fácilmente.

Escenario del Teatro de Bosra
Nos querían aplicar un cambio muy diferente al real, en el que ellos, por supuesto, salieran ganando, y no de poco. 

Ya en los propios edificios situados en la parte jordana de la frontera, vimos que los retratos gigantes y repetidos de sus que nos acompañarían durante nuestros días en Jordania serían los del Rey Abdullah II y de su padre Hussein envueltos en pañuelos blancos y rojos. Desgraciadamente no había alguno gigante de Rania, cuya belleza y elegancia supera con creces a la de todas las reinas habidas y por haber.  

Apenas tardamos una hora en llegar a “monstruosa capital”, Ammán, en la cual no íbamos a permanecer mucho tiempo, sirviendo más como lanzadera hacia otros sitios del pequeño país.

Ahí nos tenéis haciendo el bobo
Tan sólo teníamos pensado dormir en un hotel y ver algo de la ciudad por la mañana. Durante el camino, Said, que quiso parar a tomar algo, se puso en sentido contrario en la autovía para llegar a un bar. 1 kilómetro en plan kamikaze en el arcén en el que Kalipo le dijo, entre otras cosas, que “En España, conduciendo así, no tardarías en ir a la cárcel”. Y es que no imagináis la tensión que llevábamos todos en ese momento en el que más de uno rogó a la Virgen que no nos pasara nada. De noche y en contraria… vaya cruz!

Le pedimos a Said que nos buscara un hotel a buen precio, mientras escuchábamos en la radio una canción de Shakira. No muy lejos de la Ciudadela de Ammán paró el coche en frente de un hotel de más categoría de la esperada. Kalipo y yo fuimos con él a negociar el precio, que intuíamos, elevado para el presupuesto general.

Ruinas de la antigua ciudad de Bosra que llegó a ser capital de la Arabia Romana
Tenía muy buena pinta, pudiendo ser, perfectamente el equivalente a un Cuatro Estrellas. Estuvimos hablando con la persona que atendía en recepción y nos dio un precio inferior a los seis euros/persona para dos habitaciones (doble y triple). Le pedimos verlas antes de decidir y nos quedamos totalmente pasmados porque eran muy acogedoras y con camas enormes en las que podían descansar de lujo nuestros cansados cuerpos. No dudamos un momento y nos quedamos en ese hotel a pasar la noche. Said se había portado una vez más, y es que, al parecer, conocía al Director del Hotel, que al contrario que otros, no nos quiso “clavar”.

Pedimos que nos prepararan algo de cenar y nos dijeron que por las horas que eran, que tan sólo podían hacernos unos sándwiches. Aceptamos y estuvimos esperando “una hora” a que nos los prepararan.

Esperando los sandwiches en el Hotel de Ammán
Y cuando llegaron… ufff, lo de siempre. Pan elástico. ¡¡Qué hartazgo!! Apenas probé bocado y poco tardamos en subirnos a dormir. Aunque aún quedaba la última gracia del día. Kalipo, que como quería ir un momento a un ciber para conectarse a internet, le preguntó a uno de los mozos del hotel. En buena hora se le ocurrió acudir a él porque sólo le faltó comprarle un GPS para indicarle cómo ir. De lo pesado que fue el chico, a Kalipo se le quitaron las ganas de ir a ver internet, con tal de no soportar más indicaciones. Chema y yo le dejamos sólo a Carlos con “su guía” y nos estuvimos descojonando de risa en la escalera cuando le mirábamos a hurtadillas aguantando las eternas explicaciones de cómo ir al ciber.  

El intenso día que nos había hecho “tocar” tres países concluyó con la noche en que mejor dormí. Quizá por el cansancio, quizá por llevar tantos días fuera de casa...o quizá por la cama gigante que te da somnolencia con sólo verla.

 

NOTA:

 

El 12 de julio de 2006, un enfrentamiento en la frontera entre el Líbano e Israel reabrió un conflicto que se mantenía latente. La crisis la desató un ataque de Hizbolá sobre el territorio israelí en el que dispararon decenas de cohetes 'Katyusha' y proyectiles de mortero. Al menos ocho soldados israelíes murieron y la milicia chií libanesa apresó a dos militares hebreos. Israel calificó el ataque, sucedido en una región invadida por sus militares, de 'acto de guerra'. En ese momento se inició una nueva escalada de violencia que desembocó en una Guerra cruel que duró más de un mes, en el que gran parte del territorio libanés sufrió daños irreparables y fallecieron centenares de civiles. Israel encontró más resistencia de la prevista que tuvo reflejo en los ataques recibidos al norte del país.

Nosotros en ningún momento intuimos que algo así iba a suceder en Líbano, país que abandonamos aproximadamente a la hora de comer del día anterior a los ataques. Es más, nos enteramos del inicio del conflicto el día 13 en Mádaba (Jordania). En relatos sucesivos, contaré brevemente cómo se fueron desencandenando los acontecimientos en Líbano, a pesar de que tardamos días en ser plenamente conscientes de lo que estaba sucediendo. Afortunadamente, no nos pasó absolutamente nada. Quizá la fortuna nos concedió unas horas más para abandonar el país antes de que comenzara la masacre. Y para concluir esta nota, resaltaré que Baalbek ha sido uno de los lugares más afectados por la guerra, debido a que es la sede política del Grupo Hizbolá.

 

 

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