NYC - Flechazo por Manhattan

New York Travel Blog

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The Big Apple - The Empire State Building

New York Trip, D√≠a 1 ‚Äď 16-12-06

 

Mi llegada a New York fue todo un caleidoscopio de sensaciones. Cada vez que pienso en ello, la imagen que tengo va cambiando de forma. Seguramente las sensaciones vividas vayan asent√°ndose y se vayan filtrando algunas de las sensaciones extra√Īas.

The American Way of Smile (AWS)

Y es que desde el principio todo fue muy vertiginoso.

La p√©rdida de mi equipaje en Barajas por culpa de una cinta que no funcionaba no dej√≥ de ser una peque√Īa paradoja de esas que te juega la vida. S√© a quien tengo que matar, y no trabaja ni en Aena ni en Iberia. Realmente no me sent√≥ demasiado mal. Me encontraba en uno de esos momentos de embobamiento en que casi asientes por inercia a todo lo que te dicen, mientras miras fijamente a lo que realmente te est√° llamando tan poderosamente la atenci√≥n. Y no es que estuviese mirando nada en especial, es que me sent√≠a embriagado por la sensaci√≥n de que  todo cuanto miraba, cuanto me ocurr√≠a, cuanto escuchaba, era totalmente nuevo y todo era ‚Äėla primera vez que‚Äô.

Who want to park in the subway?

Tras cruzar por inmigraci√≥n y rellenar el papeleo de rigor en el despacho de equipajes perdidos que la British tiene en el JFK, me dirig√≠ al metro pensando que al fin y al cabo, ya que no ten√≠a que transportar maleta alguna salvo mi mochila de mano, el √ļnico escollo mental que me quedaba para hacer mi deseada aparici√≥n en la gran manzana desde uno de sus vomitorios desaparec√≠a de un plumazo. ¬°Y que forma de desaparecer! Pero lo cierto es que me lo tom√© como si me fuesen a mandar el equipaje en un taxi gratuito.

Siguiendo algunos consejos, compré el Metrocard semanal en un kiosco que hay en la misma salida del Aero Train. No cuesta mucho aprender a usarla, al fin y al cabo, solo hay que deslizarla por la hendidura.

Convincente
Vale! Ya hace tiempo que no trabajo mucho el sector de las hendiduras, pero… a esta le pillé el tranquillo asaz rápidamente. Al plano también. La verdad es que solo hay que fijarse un poco para comprenderlo, y yo lo tenía muy fácil.

Ya he dicho que todo era la primera vez, pero la primera vez que montas en el metro de NYC es como cuando te desvirgas, si, est√° bien, pero no es lo que te esperabas. El metro es rancio, muy rancio. Es exactamente el mismo metro que sale en las pelis de hace 20 a√Īos.

Llegué a mi estación de destino mucho antes de lo que me esperaba, mientras trataba de disimular mi angustia, inmerso en las páginas de un libro. Mi angustia por lo desconocido, por la novedad, por la ansiedad. Lo cierto es que no quería desvirgar mi primera mirada neoyorquina con cualquier cosa, y no lo hice, salvo con las tripas de la inmensa mole granítica que es NYC.

Alcanzada la estaci√≥n de destino, mis pies se dirigieron hacia la escalera de salida con gran determinaci√≥n, m√°s seguros de lo que hac√≠an que mis ojos, que escudri√Īaban toda informaci√≥n posible entre los azulejos y las vigas que visten la estaci√≥n de W72nd St. Una m√≠nima orientaci√≥n me dirijo hacia la salida NW, y fueron los cimientos del Dakota quienes me parieron a la capital financiera del nuevo mundo. Central Park fue lo siguiente que vislumbraron mis ojos tras las paredes del Dakota, y fue la barandilla negra con los motivos de dragones y neptunos quien me escolt√≥ en mi primeros pasos sobre las aceras yankies. La oscuridad que ya reinaba hizo que el s√≠mil fuese a√ļn m√°s ajustado, y aceleraron mi paso hacia mi lugar de residencia, que encontr√© sin problemas, mientras memorizaba todo lugar rese√Īable a mi paso como punto de referencia fugaz en mi camino.

Cumplimentar el registro de rigor, explicar mi llegada descargada de equipaje y recibir la llave de mi acogedora habitaci√≥n, menesteres que no me llevaron mucho mas de dos minutos, y ya estaba escalando al piso diecis√©is. La entrada en la habitaci√≥n conllev√≥ todo el ritual habitual: A ver ¬Ņa que huele, est√° limpia, es espaciosa, donde pongo esto y como es el ba√Īo? Toda la supervisi√≥n fue r√°pida pero inflexible, como de costumbre. Instalarme, rapid√≠simo, pues nada hab√≠a de deshacer o colocar. Mayor era mi urgencia por volver a dirigirme al exterior, poder iniciar a explorar las columnas de hormig√≥n acero y cristal que iban a acompa√Īar a mi horizonte visual durante aquella semana. Bueno, esa urgencia, y la de poder hablar con KC. Deb√≠ tratar de llamar al menos tres veces, y aquello no funcionaba. Tem√≠ tener mal el n√ļmero o que mi tel√©fono no pudiese comunicar all√≠, cualquiera fuese el motivo t√©cnico. Lo cierto es que empec√© a acongojarme, y aceler√© el paso hacia otras calles en busca de un tel√©fono p√ļblico por si acaso. Estaba ya leyendo las instrucciones del mismo cuando me percat√© de que no ten√≠a cambio, as√≠ que lo volv√≠ a intentar lo con mi m√≥vil, y esta vez, s√≠ empezaron a sonar los r√≠tmicos tonos, aunque con un sonido distinto al acostumbrado. Entre ellos surgi√≥ su voz, y a sus o√≠dos desboc√≥ un torrente de nervios acumulados, que se calmaron r√°pido al vomitarle todos mis problemas log√≠sticos. Y al escuchar su sorpresa, su risa, pausado timbre. Aunque volvieron a apoderarse de mi al verme obligado a memorizar nuestro lugar de encuentro, por miedo a entenderlo mal y dirigirme a cualquier lugar menos al debido. Esa eterna duda sobre mi mismo: ¬ŅLo habr√© entendido bien? ¬ŅSeguro que no ha dicho esto otro?

Volv√≠ a las profundidades de la ciudad para ubicarme en el plano de sus venas de arterias suburbanas. Prince St. Hab√≠a estaci√≥n, lo que no era tan seguro es que supiese hacer todas las conexiones, pero no pod√≠a por m√°s que intentarlo. Y durante todo el camino me siguieron asaltando las mismas dudas. Aunque estas dudas no hac√≠an m√°s que disfrazar las que realmente me martilleaban por dentro. Ni siquiera ente la visi√≥n del restaurante en que hab√≠amos quedado acabaron de dilucidarse, pero no ten√≠a m√°s opci√≥n hasta que llegase la hora fijada. Como me sobraba casi una hora, decid√≠ explorar los alrededores en b√ļsqueda de toda la informaci√≥n posible, y por ende, pase√© ignorante de cuanto ve√≠a por NOLITA y el SOHO. Casi se me hace tarde. De hecho, cuando por fin me asom√© a la puerta del restaurante fue su sonrisa quien me recibi√≥. Su sonrisa y la escrutadora mirada de Emma, su amiga neoyorkina, y Michael, hermano de esta √ļltima. Estaba radiante, con el pelo suelto, largo y muy liso. Nunca la hab√≠a visto as√≠ antes. Y yo, hecho un guarro del viaje, sin posibilidad de cambiarme ni afeitarme, empezando a maldecir mi suerte.

 

El 24 de Prince St. Es un restaurante muy acogedor, peque√Īito y bastante cuco. Muy recomendable para quedar en plan cena intima. Al menos eso pens√© yo. El camarero tras la barra result√≥ ser del mismo Madrid, y r√°pidamente nos contamos las batallas, supongo que ansiosos de ese compadreo que se establece r√°pido entre compatriotas en el extranjero. Nos dirigimos a la mesa sin mucho tardar, y una vez all√≠ fueron mis ojos los que trataron de arrancar toda la informaci√≥n posible a cuanto me rodeaba. Empez√≥ mi cerebro a sobresaturarse mientras asimilaba pensamientos, emociones, intenciones y cientos de palabras en ingl√©s. Muchas de ellas desconocidas. Empec√© a componer cuadros de conversaci√≥n a trav√©s de palabras sueltas que cazaba en medio de frases que se camuflaban en una m√ļsica acompasada por las conversaciones del p√ļblico circundante. Y en ese momento me vi como un aut√©ntico guiri, diciendo que s√≠ a todo, lo hubiese entendido o no, tratando de romper el hielo con los comensales que me rodeaban, pregunt√°ndome de que hablar√≠an las amigas cuando cuchicheaban entre si.

Se abalanzaron los platos y los sabores, llegando a mi paladar platos t√≠picos americanos que mi anfitriona me hab√≠a recomendado. Goc√© sin tapujos de una botella de vino franc√©s, con la esperanza de que sus efluvios me soltaran la lengua, y es que como es bien sabido, las gilipolleces se dicen mucho mejor estando chispa, y m√°s a√ļn si es en guiri. A los postres ya me sent√≠a capaz de mantener una conversaci√≥n en ingl√©s, siempre y cuando fuese yo quien hablara. El o√≠do, lo que es entender, segu√≠a sin entender mucho m√°s. El paladar sin embargo qued√≥ muy complacido.

Entonces empez√≥ la carrera en uno de esos taxis amarillos por medio Nueva York en busca del ligue objetivo de Emma, un jugador de hockey profesional excompa√Īero de facultad que se encontraba por la ciudad de ‚Äėtourn√©e‚Äô con el resto de sus compa√Īeros de equipo. Dimos con ellos, vaya que s√≠. Diez llamadas, un taxi y otras cuatro o cinco manzanas andando a la carrera detr√°s de Emma con un p√°nico terrible de que uno de sus alt√≠simos tacones se partiera en cualquiera de las calles adoquinadas por las que pasamos hasta que conseguimos dar con aquel grupo de ‚Äėricos y famosos‚Äô.

Tener que cruzarme el atl√°ntico para verme sumergido en un reservado VIP de un equipo de brutos hiperforrados que para mi no eran absolutamente nadie y encima callar y aguantar. Mira que me sent√≠ fuera, absolutamente fuera de lugar. Pero todo sea por la causa. Al menos la chavala que estaba a cargo de entretener nuestros o√≠dos musicales estaba poniendo empe√Īo en que disfrutase de su trabajo y mis pies empezaron a delatarlo. Aquel reservado empez√≥ a llenarse de botellas, de camareras y de chavalas, en un extra√Īo combate de ‚Äėvoy a verte porque eres famoso‚Äô versus ‚Äėel pollazo que te voy a dar porque soy famoso‚Äô. Y Emma mientras tanto trepando al cuerpo de su musculoso amigo con derecho a roce. Y KC hablando con unos y otros, y Michael detr√°s de KC completamente fuera de lugar, y yo tan inc√≥modo que decid√≠ establecer una ruta express Barra-Ba√Īo sin paradas intermedias, a 12$ mas propina por viaje solo en combustible.

Conseguimos reagruparnos, aunque no todos, y ante la evidencia de que la hermana de Michael ten√≠a mucho m√°s que claras sus intenciones de triunfar esa noche, llegamos a consensuar un cambio de ubicaci√≥n. Por un momento me pareci√≥ que el chavalillo trataba de darme carril y hacerme la cu√Īa. Y no me equivoqu√© mucho, pero supe rehacerme con bastante prontitud. De ingl√©s no s√© mucho, pero de copas le saco 15 a√Īos. As√≠ pues acab√© tras un nuevo paseo en un ‚Äėyellow cab‚Äô en un local metido en un bajo de Little Italy, hablando castellano con unos catalanes y escuchando la et√≠lica confesi√≥n del inconmensurable amor que el peque√Īo y rubio integrante del terceto profesaba por mi deseada amiga. Y yo, a su vez, confesando a KC mi eterna admiraci√≥n y gratitud por su precioso gesto de acudir a recibirme a su enorme pa√≠s‚Ķ. ¬°Hay que ser subnormal!

Termin√© de malgastar mi primer cartucho de una forma que el Capit√°n Morgan con Coca-Cola no me deja recordar muy bien, cayendo derrumbado sobre la cama que deb√≠a de soportarme durante toda esa semana solo, borracho y vestido. No me gusta repetirme, pero‚Ķ es que soy subnormal, y  de los profundos.

 

New York Trip, D√≠a 2 ‚Äď 17-12-06

 

Una interminable sensaci√≥n de v√©rtigo se apodera de mi, caigo al vac√≠o‚Ķ‚Ķ huuuuump.. ¬°Mierda! ¬ŅD√≥nde estoy, que hora es?

La resaca que tenía en el cuerpo era de las que hacen época. Me metí en la ducha buscando consuelo y martilleándome en la cabeza un aguzante sentimiento de culpabilidad. Mis ojos inyectados en sangre me sorprenden en el espejo mientras me enrollo la toalla al cuerpo. Mi maleta perdida por el mundo con mis herramientas de rescate y el kit de supervivencia dentro. Y mi ropa. Y era Domingo. Afortunadamente una muda siempre llevo en la mochila de mano. Muchos viajes, muchos problemas y algo de experiencia dictan esa regla. Aunque la del kit de supervivencia también y sin embargo se quedó en la maleta. Claro que venía a los USA, y no quería líos en la aduana. Pero que dolor de cabeza. Desde luego, el jodío Capitán Morgan era peleón. Pirata y peleón.

Tras vestirme otra vez de lo mismo, me dirig√≠ a la calle en busca de algo que ponerme, dollares y tel√©fono en mano. Pregunta de rigor en porter√≠a‚Ķ y nada. Por suerte no tuve que caminar demasiado hasta encontrar una tienda de ropa en los alrededores. Y de mi estilo, que suerte. Una camisa y una especie de rebeca despu√©s ya estaba de camino al apartamento hablando con una tambi√©n resacosa KC. Quedamos, que l√≠o, que mal. No supe llegar all√≠, aunque lo intent√© en metro tuve que salir a por un taxi y cuando llegu√© hab√≠a tanta, pero tanta gente que era incapaz de encontrar a alguien. Adem√°s me refugi√© detr√°s de unas oscuras gafas de sol para que la capa roja que cubr√≠a mis gl√≥bulos oculares no asustase a nadie, y menos a ella. Espera de cortes√≠a. Llamada. ¬Ņy donde est√°s? Estoy aqu√≠ ¬ŅY donde es aqu√≠? Pues en la entrada de Central Park ¬ŅPero en cual? Dos llamadas y media hora despu√©s conseguimos encontrarnos en la esquina opuesta de Cental Park a la que llegu√© al principio. Un fallo en la direcci√≥n, un error de desconocimiento, una novatada, unos preciosos granos de tiempo que se escapan a la c√°mara inferior, pero al fin nos encontramos frente a la estatua del casco de la carabela de Crist√≥bal Col√≥n, frente a la que hab√≠a pasado ya dos veces sin reparar en ello.

Con resaca y todo estaba preciosa. Que forma de aguantar el tipo. Yo notaba mi h√≠gado luchando a vida y muerte contra el destilado pirata caribe√Īo, hijo de la ca√Īa de azucar, y tem√≠a perder el combate de un momento a otro presentando mi derrota a modo de papilla a sus pies. Me hice fuerte a todos los ascos que me entraron mientras visit√°bamos cada secci√≥n del gran supermercado que hay en los bajos del Time Warner, en el Columbus Circus. Unos sandwiches con de todo y dos litros de agua para llevar. Me invita a ir a hacer un Pic-nic al Central Park. Y hasta paga ella.

Sentados en el c√©sped, apenas puedo articular palabra. Mi derrota cada vez m√°s cerca, y totalmente ‚Äėtouch√©‚Äô cuando el completo s√°ndwich se acerc√≥ a mi boca. Que forma de estropear lo que para cualquiera hubiese supuesto uno de los momentos m√°s rom√°nticos de su vida. Y yo parec√≠a un volc√°n a punto de eructar toda su lava b√≠lica, que ya podr√≠a haber sido la l√≠bida, pero no.

As√≠ pues a medida que anochec√≠a fuimos dando un paseo por los distintos caminos que van geografiando el inmenso parque, y mientras camin√°bamos y charl√°bamos, consigu√≥ en un periquete unas preciosas e imposibles entradas para ver un partido de hockey hielo en el Madison Square Garden.  No me lo pod√≠a creer, simplemente ten√≠a a mi lado a un √°ngel con el que segu√≠ paseando hasta acabar en la famosa pista de patinaje. Y lo ideal habr√≠a sido invitarla a patinar, lo s√©. Pero una lesi√≥n de rodilla haciendo ese mismo tipo de ejercicio, el terrible miedo al rid√≠culo y mi a√ļn generoso mareo hicieron suficiente peso como para que mis palabras no salieran de mi cerebro en direcci√≥n a mi sistema laringol√≥gico. As√≠ que lo dej√© en una fotito y hala al Rockefeller, y rapidito, que luego hab√≠a partido. El √ļnico gesto caballeresco que me consegu√≠ marcar fue dejarla mi chaqueta a la ca√≠da del sol.

En pocos sitios he estado tan agobiado por la cantidad ingente de masa humana como en aquella plaza del Rockefeller. Y sin embargo conseguimos hacernos la foto de rigor con el architradicional árbol de navidad. Y ver más pista de patinaje. Ni que decir tiene que no me detracté ni un poquito de mi decisión antipatinaje.

Comenzaba a hacerse tarde, hab√≠a que ir a por la documentaci√≥n de KC para poder obtener las entradas que estaban a su nombre. Buscamos una boca de metro entre la marabunta reinante mientras ella valoraba que hacer con las dos entradas restantes. Incre√≠ble sentido del ‚Äėbussines‚Äô el de mi amiga, ya estaba pensando en vender las otras dos. Finalmente tuvo claro que lo ideal era invitar a alguien a que las disfrutase tambi√©n. As√≠ pues, mientras nos dirig√≠amos a casa de Emma comenz√≥ a hacer las gestiones pertinentes. Su anfitriona no pod√≠a acompa√Īarnos porque, contrariamente a lo previsto, ten√≠a que trabajar aquel d√≠a, por lo que sigui√≥ elucubrando hasta que aterrizamos en Chinatown. Comenc√© a callejear por una ciudad diferente, en que todo ol√≠a distinto, siguiendo sus pasos r√°pidos entre las aceras mientras percib√≠a como de soslayo iba mirando mi cara de embobado.

Creo que el portal en que nos metimos estaba justo en la frontera con Little Italy, pero lo que es seguro es que aquel edificio, t√≠pico neoyorkino, con su de escalinata de entrada y su escalera de incendios en la fachada deb√≠a de tener mas de cien a√Īos. Todo en su interior estaba desvencijado y los escalones que sub√≠an hasta el cuarto piso eran mucho m√°s altos de los que acostumbramos a ver hoy en d√≠a, al menos en Europa. Tras una puerta entreabierta se proyectaba un pasillo con destino a ninguna parte. Pas√© con cierto recelo, en parte debido a lo extra√Īo de la situaci√≥n, en parte por sentirme extranjero en el extranjero. Me encontr√© una casa que me rompi√≥ todos los c√°nones de lo que resulta ser la arquitectura. Todo era tan diferente, tanto. El sal√≥n, la cocina, el pasillo, todo era esa sala el la que desembocaba el pasillo de forma lateral. Todo. Sobre una mesa redonda de madera rancia, apenas flanqueada por dos sillas se amontonaban apuntes, un iBook, y una trenza de cables blanquecinos que delataban ser de un iPod. El cable de conexi√≥n a la red de redes cruzaba indecorosamente parte del sal√≥n para conectarse cual cord√≥n umbilical al port√°til de Apple. Tras la mesa, un armario despensa con las puertas correderas abiertas de par en par, m√°s por la imposibilidad de que dichas puertas contasen con capacidad de movimiento alguno que por indecoro, y a su izquierda la nevera hac√≠a las veces de centro neur√°lgico en aquella desordenada sala. Un espejo y tres puertas de otros tantos dormitorios iban a continuaci√≥n, esquin√°ndose hasta una cuarta puerta que adivin√© era del aseo, adornada con una guirnalda navide√Īa que pesta√Īeaba unas tenues luces de colores. Frente a la nevera se alineaba la cocina m√°s esperp√©ntica que jam√°s hubiera visto. El suelo de tablones longitudinales hab√≠a sufrido tantas contracciones por la dilataci√≥n como latidos ha dado mi coraz√≥n hasta la fecha, abombando la madera.. Una ventana junto a la puertecilla del aseo era el √ļnico foco luminoso del recinto, aunque ya a esa hora, era la General Electric quien pon√≠a luz a aquel plat√≥.

Buce√© durante un rato en un vaso de agua fr√≠a, que me hizo mucho bien, ya que el calor que hace en Nueva York dentro de los edificios es bastante exagerado. Adem√°s, aunque mi lucha interior iba decant√°ndose de mi lado, la contienda hep√°tica segu√≠a de plena actualidad. Finalmente Michael y Steve, un colega de la Universidad nos acompa√Īar√≠an al Madison. Brochazos de colorete y rimel acompasaron una conversaci√≥n con reminiscencias del lugar en que nos conocimos que llevaron a idas y venidas al iBook que ten√≠a frente a mi, mientras hac√≠amos tiempo para reagruparnos y salir.

De nuevo al calor del metro neoyorkino, y salida a la W33rd St, direcci√≥n al Madison. Mientras nos dirig√≠amos hacia la puerta m√ļltiples reventas nos ofrecen tickets por lo que KC no hace m√°s que mandarme gui√Īos con unos ojos divertidos, chispeantes por su visi√≥n empresarial. Las escaleras nos conducen a un largo pasillo casi interminable, minado de vomitorios que dirigen hacia la helada arena. Y al llegar al nuestra puerta de acceso, hemos de esperar brevemente a que el juego ya empezado sufra un par√≥n para poder encontrar nuestros asientos sin molestar al p√ļblico asistente. Yo estaba emocionado mientras mi rubia acompa√Īante me explicaba las reglas b√°sicas que rigen este deslizante y vertiginoso deporte. Un poco apocado por mi est√≥mago, acabo acompa√Ī√°ndola tras mucho insistirme a uno de los puestos que se incrustan en la galer√≠a exterior. Yo apenas pod√≠a tragar a√ļn nada, mientras que ella se hizo con un t√≠pico Pretzel con mostaza que me oblig√≥ a probar‚Ķ ped√≠ finalmente una Coca-cola light, de la que toma alg√ļn que otro sorbo de mi pajita. Me pregunt√≥ que si me daba escr√ļpulos. Y yo para lo √ļnico que ten√≠a escr√ļpulos era para evitar besarla ah√≠ mismo, precisamente la clase de escr√ļpulos que no quer√≠a tener.

El partido no se desarroll√≥ muy bien para los de casa, pero la gente a mi alrededor no estaba especialmente enfadada con sus Rangers. Desde luego distaba un abismo con la salida del Calder√≥n cada vez que el Aleti pincha,  y eso que estos pincharon de lo lindo y contra el rival vecino, los Diablos de Jersey.

Salimos corriendo antes del bocinazo final del tercer y √ļltimo tiempo. Ya estaba todo el pescado vendido y era mejor evitar las aglomeraciones en la salida. Volvimos a coger el metro hacia aquel apartamento desvencijado del que proven√≠amos y finalmente acabamos cenando en una pizzer√≠a situada justo frente al 24 Prince St. Unas porciones que ya por fin asentaron mis entra√Īas. Mis tres colegas se enzarzaron en una r√≠tmica conversaci√≥n de la que s√≥lo consegu√≠ comprender que se actualizaban de las m√°s recientes situaciones de antiguos amigos o compa√Īeros de facultad o piso comunes. Inconscientemente aprovech√© esa oportunidad de mirar con cara de atenci√≥n sin tener que meter baza para memorizar cada rasgo, cada gesto, cada mueca.

El cansancio se abat√≠a sobre todos nosotros, por lo que decidimos dejar toda actividad hasta el d√≠a siguiente mientras me acompa√Īaban a la boca de metro que me llevar√≠a hasta mi cama. Dos besos, una proposici√≥n de planes matutinos a vuela pluma y la distancia acrecent√°ndose a cada escal√≥n descendido. La sensaci√≥n de que se me escapaba el tiempo y las oportunidades aumentaba a medida que se sumaban estaciones de distancia entre los dos.

 

New York Trip, D√≠a 3 ‚Äď 18/12/06

¬ŅCuanto de pronto es temprano? ¬ŅA qu√© hora se deja de ser inoportuno? Sumergido en tales preguntas me hallaba mientras me dirig√≠a de nuevo a mi primer quehacer diario desde mi llegada a la gran manzana. Pero antes me vi obligado a pasar por el Caf√© 71 para comprar algo que matase el gusanillo dejado por el ayuno forzoso del d√≠a anterior. Me resultaba curioso constatar como mi cuerpo era capaz de cogerle el hilo tan r√°pidamente al ritmo que me impon√≠a la ciudad. Mi metabolismo parec√≠a hecho aposta para el horario que all√≠ se impon√≠a. Jam√°s madrugar me ha costado tan poco, ni mi apetito ha sido tan voraz a hora tan temprana. Mi natural tendencia a decalar mi vida esas cinco o seis horas era el ajuste perfecto al horario de la costa este estadounidense.

Vuelta a elegir conjuntito de ropa interior y camisa. Ya desde primera hora se percib√≠a que aquella ma√Īana soleada nos iba imponer una temperatura muy agradable, insospechable para el clima t√≠pico de la ciudad del temporal de nieve navide√Īo.

Seg√ļn sal√≠a de hacer mis compras matutinas decid√≠ que era buena hora para llamar. Fue tan dulce el sonido de su voz al otro lado del tel√©fono, que mi boca se qued√≥ muda mientras mi mente trataba de discernir si lo que acababa de embelesar mis o√≠dos consist√≠a en una broma, un contestador o simplemente el canto de un √°ngel. De nuevo su voz tuvo que sacarme de la duda y del et√©reo estado en que me encontr√©. Solo se me ocurri√≥ simular una interferencia radiof√≥nica para camuflar mi rid√≠culo silencio, el brusco arresto de mi aliento.

La confección del plan diario he de atribuírsela a la inmensa colaboración obtenida por parte de mis más próximas y queridas amistades. Un rápido chequeo a un móvil moribundo por falta de alimentación me permitió vislumbrar lo que me pareció un plan perfecto que supe vender correctamente en mi limitado conocimiento de la lengua de Shakespeare. Me dirigí sin mayor dilación a las fauces subterráneas de la ciudad para alcanzar la misma estación que nos vio separarnos unas horas antes. Allí la encontré enfundada en su blanca chaqueta, con el pelo suelto retorciéndose en su ondulado natural, que suele disimular habitualmente con una coleta, y una hilera de perfectos dientes blancos que iluminan el espíritu como el sol ilumina la tierra.

Pusimos rumbo al Este sin demasiada idea de si el camino ser√≠a o no el m√°s corto, simplemente llevados por la intuici√≥n y el horizonte. El sonido de los pasos acompasaba una charla continua sobre ciertas banalidades mientras cubr√≠amos la orilla del East River direcci√≥n Sur. La arquitectura de la ciudad cambia casi de forma brusca y comienzan a entrelazarse edificios con pasos a nivel y escalextrics que acaban desembocando en los distintos puentes que conectan Manhattan con Queens y Brooklyn, hasta que por fin llegamos a los pies de este √ļltimo, el m√°s antiguo de los puentes. Descubrimos que el acceso al puente desde la orilla no era el camino ideal, y que el acceso al puente se hallaba bastante m√°s incrustado en la ciudad de lo que pensamos. Tuvimos que subir hasta el City Hall, el ayuntamiento de la ciudad, para embocar la rampa de subida peatonal que hace de espina dorsal del largo puente. All√≠ nos sorprendi√≥ la mara√Īa de cables que se trenzan en un orden geom√©trico para soportar el peso de aquella estructura de acero y piedra. Una perfecta tela de ara√Īa a la que se pega irremediablemente tu mirada y que el puente consigue hacer suya hasta sorberte en √©l.

Cruzamos caminando sin prisa, observando los detalles de un Manhattan que se alejaba levantando el telón a las islas de Ellis y de la Libertad, donde se encuentra la antigua dama regalada por Francia. Desde allí la pude ver por primera vez y la visión fue gratificante. Seguimos hasta que el puente se dividía en dos. Sabíamos que nuestro objetivo se encontraba bajo el puente, pero no cual sería el camino más corto, pues la batería de mi teléfono acabó por sucumbir hacía ya un buen rato. Tomamos a la derecha, y nos equivocamos. Un largo paseo nos introdujo en Brooklyn, donde todo el ambiente es completamente diferente al de Manhattan.

Tras una breve vuelta por la zona, el hambre empez√≥ a acuciar a KC, a la que habi√©ndole prometido un caf√© bajo el puente, hab√≠a sometido sin embargo a una caminata que se hab√≠a prolongado hasta la hora de comer habitual de nuestra 'piel de toro'. Un giro en nuestros talones y la seguridad de acertar nos pusieron rumbo a nuestro objetivo de nuevo. Tras rebuscar entre callecillas al margen norte del sobrio puente acabamos localizando el River Caf√©, lugar que parece sacado de un cuento. La clase, la decoraci√≥n y sobre todo las vistas acaban por sobrecoger. Todo el distrito financiero se despliega, flanqueado por el puerto de veleros a la derecha, frente a tus ojos, mientras disfrutas de una comida de muy buena calidad e imaginativa sin ser excesivamente cara. La ubicaci√≥n y el ambiente te hacen sentir inmediatamente que est√°s en uno de esos lugares especiales e irrepetibles, ideal para un acto rom√°ntico que en mi caso se redujo a compartir los exquisitos postres. No 'Lord of the Rings' en esta ocasi√≥n.

Salir de all√≠ result√≥ casi tan complicado como llegar. En el empe√Īo por pasear todo lo posible nos dirigimos al metro, y nos cost√≥ encontrarlo horrores, para que adem√°s estuviese estropeado. Tras media hora de espera en el and√©n decidimos buscar un taxi que nos llevase de vuelta hacia la isla protagonista del vasto New York. Y result√≥ casi tan complicado como encontrar aquella maldita boca de metro, hasta que nos llamaron desde el SUV m√°s grande que jam√°s he visto. Aquel coche negro simplemente ninguneaba a cualquier Q7 o Cayenne. No s√© como ni por qu√© segu√≠ a KC hasta los asientos del extremo posterior de aquel veh√≠culo. Si eso mismo me ocurre s√≥lo o en Colombia, habr√≠a cruzado el East River a nado tardando lo mismo que Carl Lewis en completar los 100m lisos de Los Angeles '84. Sin embargo resulta que descubr√≠ la existencia de taxis piratas en NYC. David, nuestro gentil conductor, debi√≥ de percatarse de mi desconfianza y me ense√Ī√≥ su licencia oficial, que alcanc√© a ver gracias a que llevaba mis gafas, tan largo era aquel veh√≠culo. Tras algunas bromas sobre el posible secuestro y algunas indicaciones que nos convirtieron en circunstanciales familiares del pirata piloto, subi√≥ al taxi una sorprendida clienta, objeto real de que David se encontrase all√≠ para recogernos. Tras rememorar mis momentos de copiloto con mi amigo Manolo, pero esta vez en manos de un jud√≠o neoyorkino que estaba arrejuntado en segundas nupcias y con una prole ingente y reciente, y dejar a nuestra compa√Īera de viaje rumbo a un examen de suma importancia para su futuro profesional, nos dirigimos a Times Square.

Llegamos justo en el momento en que el sol se escondía tras los rascacielos del lado de Jersey. No sé si es por la altura de los edificios, por el huso horario o si hay otra razón, pero en NY comienza a oscurecer prontísimo, y la noche cae de golpe, sin avisar demasiado. Todo Times Square se iluminaba pues ante nuestros ojos sin pudor alguno, mostrando sus enormes paneles publicitarios en movimiento continuo y las bandas de los noticieros escupiendo valores de bolsa y noticias universales que corren a una velocidad tan elevada por el plasma que dificulta su lectura. Allí nos despedimos, casi a traición, casi de forma abrupta para que no hubiese de producirse ninguna escena indeseada. Se escapó por la boca de metro como si nos fuésemos a encontrar unas horas más tarde.

Comenc√© entonces a fotografiar cuanto me sorprend√≠a a mi alrededor. No s√© realmente que intentaba capturar. Lo que si s√© es lo que no quer√≠a que se me fuese. Y segu√≠ haciendo fotos y entrando en tiendas para no pensar mucho. Sub√≠ direcci√≥n norte, luego gir√© direcci√≥n Greenwich y volv√≠ sobre mis pasos casi sin remisi√≥n al Radio City Music Hall, un tanto perdido sobre mi destino, hasta que lo volv√≠ a ver. All√≠ se ergu√≠a, potente, el Empire State Building. En mi camino hacia el coloso par√© un momento en un enorme centro comercial en el que un grupo de ni√Īos cantaban villancicos a los pies de un gigantesco abeto iluminado que casi hac√≠a peque√Īo el del Rockefeller, con la diferencia de que este se encontraba dentro del mismo centro comercial.

Llegu√© al Empire tarde, por lo que no tuve que esperar la interminable cola de visitantes para la que se percib√≠a estaba preparado el edificio. Entrar en el ascensor es el √ļltimo paso de todo un ritual al que te someten para sacarte los cuartos antes de alcanzar la cima de la gran manzana. Y la sensaci√≥n de subir una decena de pisos por segundo es ardua para unos o√≠dos que tienden a quedarse atascados. La apertura de la puerta es espectacular. Una alfombra de luces se despliega a tus pies sin tener pinta de acabarse nunca. Rode√© todas las esquinas del edificio con un aud√≠fono que me explicaba cada una de las vistas y un fr√≠o que se met√≠a en mi cuerpo a golpe de viento. A√ļn as√≠, la experiencia merece la pena y no deja para nada impasible. Baj√© m√°s bien atolondrado de lo que hab√≠a visto, y puse direcci√≥n al norte por la 5¬™ Av.

Mis pernas ya no pod√≠an caminar mucho m√°s, pero me empe√Ī√© en alcanzar Central Park por la 5¬™, al menos Central Park. Aprovech√© para hacer las compras de atuendos para el d√≠a siguiente, y as√≠ evitar la rutina matutina a la que me estaba viendo sometido. En la 5¬™ lo dif√≠cil es decidir en que tienda parar a comprar. O peor, lo dif√≠cil es excluir pararse en alguna. Pero el cansancio me hizo ser prudente. Me avituall√© en uno de los numerosos puestos ambulantes de Perritos, Pretzel, Bagel y pinchos morunos que perfuman el ambiente de la ciudad. No pod√≠a irme sin probar uno de los afamados perritos. Y segu√≠ direcci√≥n norte mientras todos los comercios iban cerrando a mi paso. Par√© en una Pizzer√≠a de la calle 54. En parte para comer y beber algo y en otra para descansar las piernas y los pies. Pude hojear el peri√≥dico local mientras me zampaba una generosa porci√≥n de pizza de pollo y mozarella en tacos. Una vez hube acumulado el calor suficiente, que el horno prove√≠a graciosamente, mis pasos se dirigieron hacia la boca de metro m√°s cercana, para poner rumbo al hotel.

Ya casi notaba las agujetas en mis piernas, y a√ļn no hab√≠a enfriado el m√ļsculo. Me derrumb√© en la cama, esta vez no por resaca, sino por cansancio, y all√≠ hice planes para el d√≠a siguiente, no sin antes dar de comer tambi√©n a mi silencioso tel√©fono, √ļnico compa√Īero de aventuras que me restaba, y que dio las buenas noches a todo el que aquella noche lo merec√≠a.

 

New York Trip ‚Äď Dia 4 ‚Äď 19/12/06

 

El sol que entraba por la ventana fue aclarando el oscurecer que mis parpados infund√≠an a mis iris sac√°ndome del mundo de los sue√Īos. Seg√ļn pos√© los pies en la clara tarima sent√≠ el acuciante dolor que iba desde los dedos hasta los talones. Un grotesco caminar gorilesco para no tener que doblar los pies en exceso me ayud√≥ a cruzar la habitaci√≥n hasta la ducha. Tras enfundarme las zapatillas decido ir a por tiritas como primera medida. No me ve√≠a capaz de mantener el ritmo de ayer con las molestias.

La Pakistan√≠ que atend√≠a la inmensa ‚Äėdrugstore‚Äô apenas si entend√≠a ingl√©s, y menos con mi acento hispano-afrancesado. No consegu√≠ que comprendiese STRIPS, por lo que acudi√≥ asustada al encargado al verme apuntarme los pies. Este √ļltimo, tambi√©n pakistan√≠, acab√≥ por acompa√Īarme a un mostrador con todo tipo de chismes para los pies, pero ni rastro de las tiritas de Compeed que se comercializan en nuestro pa√≠s. Encontr√© sin embargo unas tiritas con una cosilla marr√≥n que me parecieron adecuadas y que no tard√© en ponerme una vez volv√≠ a alcanzar mi habitaci√≥n.

Aprovech√© para llamar del orden de 7 a 8 veces a Iberia en busca de mi maleta. Lo que al principio me pareci√≥ anecd√≥tico empezaba a transformarse en una seria molestia. Pero nada, las telefonistas de Iberia deb√≠an de estar lidiando morlaco tras morlaco de un buen pu√Īado de nacionalidades a cada cual m√°s cabreado. Cansado de escuchar el maldito contestador decid√≠ poner en marcha el d√≠a, ya que hab√≠a ido de vacaciones, no las iba a dispendiar al tel√©fono. Puse pues camino a W71St. con √Āmsterdam Av. a mi centro de desayuno habitual, el Caf√© 71, donde unas simp√°ticas dependientas hispanas me daban los buenos d√≠as en cristiano, como era menester.

A las 9:15 de la ma√Īana emprendo mi trayecto por la l√≠nea E de metro direcci√≥n al World Trade Center, bueno, a lo que fue el WTC. Ya al salir por la estaci√≥n de metro se percata uno de que ese sitio no es como el resto de NYC. La estaci√≥n es muy diferente, los espacios a√ļn m√°s amplios, las puertas de acceso m√°s numerosas. A√ļn hay cosas en obras, pero todo tiene un aire renovado, no s√© si por el desastre o por estar bajo la ubicaci√≥n del enorme centro de negocios que colaps√≥ a voluntad de la necedad humana.

Desembocar en la zona cero es bastante desolador. No hay restos de nada, pero el memorial, siendo simple, es sobrecogedor. Se me quitaron las ganas de hacer fotograf√≠as que rememoraran tal barbarie, tal desastre, aunque no pude evitar copiar una de las fotograf√≠as que escenificaban lo all√≠ acontecido. El resto de edificios colindantes apenas tienen rastro de lo ocurrido, pero viendo tanto cristal alrededor solo es necesario un peque√Īo ejercicio de imaginaci√≥n para sospechar el resultado de aquella masacre.

Emprend√≠a camino por Fluton St. cuando pas√© junto a St. James donde las l√°pidas de terracota recolocadas reflejan la erosi√≥n de los cascotes, por lo que decid√≠ dejar atr√°s aquello r√°pidamente. Sub√≠ por Beekman St. hasta el City Hall Park, donde se ubican los m√ļltiples edificios que conforman el complejo del gigante electr√≥nico J&R. Miles de ‚Äėgadgets‚Äô rode√°ndome a un precio asequible despertaron mi avaricia, que supe controlar yendo primero a por los encargos realizados. El castigo a que somet√≠ a la American Express tras adquirir el Vaio y el iPod fue suficiente para aplacar aquel inminente impulso de avaricia.

Emprendí ruta al hotel de nuevo, con la congoja de que en el metro pudiesen apreciar tan golosos bocados como los que llevaba en las bolsas y la necesidad de probar los aparatos para asegurarme de que funcionaban correctamente. Lo cierto es que me sentí un tanto timado allí dentro, pues había ido con una idea de precios que si bien era muy similar a la que se reflejaba en la tienda, no incluía los malditos impuestos de prácticamente un 8.37%. Esto cambió un tanto mi perspectiva y mientras subía por la línea azul no podía evitar el haberme sentido timado. Timado por mi propia ignorancia.

Salgo con la satisfacci√≥n de haber hecho los deberes en todo caso y decido emprender caminata, visto que las tiritas hac√≠an su efecto y no me dol√≠an los pies. Decido bajar todo Broadway hasta el final a pie ya que esta avenida es la √ļnica que se rebela a la inmensa cuadr√≠cula de calles que es Manhattan.

Empec√© a ver tiendas de todo tipo, edificios de todas clases entremezclados en un esperp√©ntico juego de gigantismo. Min√ļsculos edificios esmirriados encolados a gigantes de cristal y cemento, me hicieron recordar a Ren y Stimpy, unos dibujos animados de cuando era m√°s joven. Sigo bajando pasando por el Lincoln Center. Cuanto m√°s al sur profundizas e Broadway, m√°s complicado se hace mantener la l√≠nea recta. Desde que se cruza Columbus Circus y el imponente Time Warner hacia la parte baja de la ciudad, hay que hacer aut√©nticos esfuerzos por no desviarse por una u otra calle, tantos que acabo por desviarme en la W34th para cerrar por la Fashion Av. hacia la 5¬™ avenida, que subo para poder ver de d√≠a. No se muy bien por qu√© no lograba salir del Midtown, sobre todo el lado oeste. Visit√© miles de tiendas con muy variados y diferentes tipos de ropa: GAP, Banana Republic, Nautica, Armani Exchange, Aerospatiale, A&F‚Ķ menci√≥n especial a esta √ļltima en que las feromonas se ponen en modo expulsi√≥n a ritmo de marcha militar. Los ojos s√≥lo miran la ropa para camuflar las miradas incr√©dulas, lascivas, sorprendidas. Y no es que la ropa no merezca ser mirada, y hasta comprada, pero es que todo ser viviente que trabaja en aquella tienda parece reci√©n salido del olimpo de los dioses. Adonis y Artemis por doquier.

Cierro la cuadrícula y decido entrar en un bar-restaurante en el 210 W55th St., entre la 7ªAv. y Broadway, llamado Serafín. Me llamaron la atención unos agradables bancos de aspecto mullido que solicitaron amablemente a mi trasero su presencia. Como no había comido por lo copioso de mi desayuno, pensé en hacer una parada y fonda en la que descargar mis brazos del peso de las bolsas y al tiempo mis piernas del peso de todo el conjunto. Mi gaznate además pedía ya clemencia.

Me recibi√≥ un angel que le pidi√≥ a su vez a otro de mejor factura me acompa√Īase a la barra. Y en la barra descubr√≠ que los √°ngeles tambi√©n pueden ser de color, aunque me sorprend√≠ cay√©ndome de la silla al ver a un angel te tez blanca enfundado en una camiseta de un negro tan profundo como el pelo que trataba de esconder sus ojos azabache. Todas aquellas se√Īoritas llevaban enfundada una camiseta en la que unas alas doradas decoraban la parte trasera naciendo de los omoplatos. Ni que decir tiene que all√≠ mismo ech√© el ancla, y decid√≠ darme a la bebida, por lo que empec√© mi degustaci√≥n particular de mojitos neoyorkinos, en busca de perfeccionar mi receta particular.

El mojito fue muy aceptable y la decoraci√≥n del garito, que descubr√≠ tras sacudirme el bofet√≥n inicial, me encant√≥. Bombillas rojas creando matrices mezcladas con la madera y el acero, dando un aspecto c√°lido y moderno a la sala. La gente comenz√≥ a llenar la barra enseguida y mucha de ella encargaba la comida para comerla all√≠ mismo, como anunciando su estado solitario en busca de compa√Ī√≠a. Media hora m√°s tarde estaba el local completamente lleno, y los √°ngeles revoloteaban de mesa en mesa como las abejas en primavera sobre un campo de romero. En aquella danza las dej√© saliendo hacia el hotel para deshacerme de todos los b√°rtulos que hab√≠a adquirido.

Tras probar el ordenador y comprobar que ten√≠a un fallo en la pantalla me inund√≥ la congoja. De nuevo ten√≠a que bajar al J&R a la ma√Īana siguiente ¬°A saber como me las iba yo a apa√Īar para decirle a un yankie que me hab√≠a vendido algo que no funcionaba de forma aleatoria! Decid√≠ ir a cenar por tanto no demasiado lejos para no acostarme muy tarde y poder hacer el cambio a primera hora. Consult√© los ficheros y decid√≠ bajar hasta Hell‚Äôs Kitchen a probar un lugar un tanto caracter√≠stico. As√≠ pues fui hasta el 766 de la 9th Av. al Island Burguer & Shakes. Lo cierto es que a medida que descend√≠a por la 9¬™ avenida pas√© frente a unos cuantos restaurantes y bares que me llamaron la atenci√≥n, como el Whym o el Zanz√≠bar.

Sin embargo esta vez me atuve al gui√≥n y no par√© hasta encontrar el dif√≠cilmente localizable restaurante en que degustar mi primera hamburguesa ‚Äėmade in USA‚Äô. Tuve que elegir entre 66 tipos de hamburguesas diferentes en un local estrecho pero acogedor con una decoraci√≥n un tanto surfera y un par de camareras muy agradables. Mis ojos se detuvieron en una hamburguesa que hab√≠an bautizado como NAPALM y que puedo asegurar hac√≠a honor a su nombre. La ensalada ‚ÄėCaesar‚Äô que ped√≠ para acompa√Īar picaba un poco ya de per se, pero aquella hamburguesa era un trozo de carne al rojo vivo, aunque lo cierto es que estaba sabrosa. Calm√© los sudores con un t√≠pico batido Black&White que estaba delicioso pero que transform√≥ mi cuerpo en una aceituna con hueso. Menos mal que el camino al hotel era largo y me dar√≠a tiempo a bajar algo antes de acostarme. Unos polic√≠as muy amables que encargaron la comida en el Island me indicaron que pod√≠a encontrar un caber-caf√© en la W49 & 9 donde me met√≠ a cotillear mi correo electr√≥nico y recapitular noticias del mundo. Inici√© el regreso hacia el hotel por la 8¬™ avenida para seguir explorando.

NYC nunca duerme, al menos eso parece. Siempre te cruzas con gente en la calle. Pero a mi aquel día ya me había dado bastante de si, así que dejé que NYC velase por mi.

 

New York Trip ‚Äď Dia 5 ‚Äď 20/12/2006

 

El despertador fue por primera vez desde mi llegada a NYC quien me arrancó de los brazos de Morfeo. Decidí tomarme un buen desayuno. El NAPALM nocturno debía de haber generado un gran agujero en mi estómago, aunque no ulcerino. Así pues me senté relajadamente en el mirador que tiene el CAFE71 con un buen sándwich y una ensalada de frutas deliciosa. En el Upper West Side hay movimiento, aunque no es el mismo que hay en el Midtown. Esta zona es más residencial, aunque es la parte de Nueva York que más me recuerda al barrio de Salamanca de Madrid.

El día era soleado y precioso, sin apenas frío, por lo que sobraba hasta el jersey. Con el Vaio perfectamente envuelto de vuelta en su caja me dirijí de nuevo a J&R para descambiarlo. En el departamento de reclamaciones y reparaciones fueron muy amables conmigo, y me sustituyeron el ordenador a pesar de no haberse reproducido el fallo allí, aunque previniéndome de que aquello no es lo habitual, y que lo hacen porque tengo cara de honrado. Ahora entiendo porque siempre soy el pardillo al que se dirigen los trafulleros.

De vuelta en el hotel, rez√© porque en esta ocasi√≥n el ordenador no tuviese ning√ļn fallo, ya que dos veces ser√≠a ya tentar en exceso a mi suerte con los servicios de post-venta. Pero por esta vez, todo result√≥ estar correctamente.

A las 11:30 ya estaba bajando por √Āmsterdam AV, avenida que pretendo hacer hasta el final. Es realmente muy dif√≠cil mantener la l√≠nea recta en la cuadricula neoyorkina. En cada esquina hay algo que te llama poderosamente la atenci√≥n, por lo que casi llegu√© zigzagueando hasta Hell‚Äôs Kitchen, disfrutando del sol en mi cara. Y fotografiando cuanto me llamaba la atenci√≥n, hasta que la bater√≠a expir√≥ su √ļltimo aliento. Y el cargador en la maleta. Y la maleta en vaya usted a saber donde. E Iberia con las l√≠neas ocupadas. Y yo con casi tres d√≠a por delante sin poder inmortalizar esos peque√Īos detalles que iba descubriendo en cada calle, en cada esquina. S√≥lo me quedaba recurrir al m√≥vil, al menos para cubrir el expediente. Pero la verdad, hasta a una persona tan poco ducha para la fotograf√≠a como yo, esa situaci√≥n le cabrea.

Decid√≠ probar mi primer ‚Äėbegel‚Äô, del que tanto me hab√≠a hablado KC y que resulta ser tan t√≠pico de NY. Esa especie de Donut de pan tostado con un buen relleno de queso crema y jam√≥n estaba realmente bueno y fue verdaderamente econ√≥mico.

Durante mi periplo por √Āmsterdam AV, y ya transformada en la 10¬™ Avenida llegu√© a la  W42St, la cual me absorbe irremediablemente hacia el interior de la ciudad. A pesar de ser pleno medio d√≠a, Times Square estaba en plena org√≠a de luces, y su baile permanente es perfectamente visible. La entrada por la 42 resulta simplemente impresionante, la mejor de todas las que llegu√© a probar, que fueron muchas, ya que Times Square, como el centro Rockefeller tienen un poderoso efecto magn√©tico.

Descend√≠ hacia el downtown por la 7¬™ Avenida, cruzando el barrio de Chelsea. Chelsea tiene un encanto especial. El ambiente en la calle es distinto y radicalmente opuesto al efecto de Times Square. Es un barrio muy agradable, en el que se nota una extra√Īa sensaci√≥n de estar en casa. Empiez√© a perderme por el barrio, para intentar captar un poco m√°s, y me encontr√© una tienda alucinante llamada ‚ÄėThe common Ground‚Äô en el 55 W 16th St. Se trata de una tienda tribal Navaja, en la que se puede encontrar toda serie de art√≠culos de los indios nativos. Preciosas joyas colgadas de las paredes y extendidas por los estantes a un precio de locura.

Seguí por la 16St dirección este hasta la 5ª AV, donde encontré una tienda de Paul Smith también de precios desorbitados pero que merece la pena visitar por su decoración. Seguí dando bandazos por Chelsea de Este a Oeste hasta entrar en Greendwich. Resulta curioso como se notan los cambios de barrios, la diferencia que se siente en el momento de pasar de uno a otro. Paré en el French Roast, en W11St con la 6ª Av para tomar un refrigerio y descansar un poco los pies.

La mism√≠sima Bridgitte Bardot me acompa√Īa hasta una mesa, pensando que igual iba a cenar algo. Y lo curioso es que siendo las 15:40, o hab√≠a gente a√ļn comiendo o ya hab√≠a gente cenando. Le encargu√© un mojito al camarero eslavo, que prepara espectacularmente mientras observo at√≥nito como el due√Īo del local, hispano, le tira los trastos a una se√Īorita imponente y ordena a su cocinero chino que le prepare una sopa caliente a aquella se√Īora con un fuerte acento italiano‚Ķ y aquel sitio es franc√©s, JA! En fin esto es NYC.

En cualquier caso tengo la sensaci√≥n de que todo el mundo habla espa√Īol all√≠ y no puedo evitar pensar que NYC es el anti-babel, en que el ser humano sigue empe√Īado en alcanzar el cielo con los imponentes edificios y todo el mundo chapuerrea un poco de todo para hacerse entender.

Continu√© hacia el Sur tras el refrigerio hasta Washington Park y me introduje en el Soho. Si hasta el momento me resultaba harto complicado mantener mi direcci√≥n meridional, en el Soho resulta completamente imposible. Todo, pero lo que es literalmente todo, est√° en el Soho. Tiendas de arte, tiendas de ropa, tiendas de electr√≥nica‚Ķ tiendas, tiendas y m√°s tiendas flanqueadas por restaurantes, bares, caf√©s y bistros, cuando estos no est√°n dentro de la misma tienda. Es una aut√©ntica locura, en la que lo mejor es llevar la cartera bien cargada o bien dej√°rsela en casa. Resulta incre√≠ble y abrumador. Todo aquel que se precie en el mundo empresarial tiene una tienda en alg√ļn punto del Soho: Parada, Replay, D+G, Polo RL, Burberry, Tous, Tommy Hilfiger, Banana Republic, GAP, Gas, Diesel, Armani Exchange‚Ķ

Lo de Armani Exchange, y especialemente el del Soho, merece un comentario aparte. El buen rollo que hay en esa tienda se contagia a toda la clientela. Music√≥n de √≥rdago a la grande con DJ pinchando en directo. Las dependientas, de  ‚Äė√≥rdago a la vaca‚Äô, un negrito homosexual jefe de estas que es divertid√≠simo dando √≥rdenes, todo muy surrealista pero a la vez adictivo. Es algo digno de ver.

Me arranqué de A/X para poder seguir explorando un poco el entorno y entré en una tienda simplemente por el trasiego de gente que hay, descubriendo que se trataba de la Apple Store del Soho. El ambiente es también genial, se nota que Apple cuida todo ese tipo de detalle. Largas mesas de madera de roble acumulan todo tipo de combinación de iBook con iPod para que el cliente lo pruebe a su antojo, y todo con conexión a Internet. Es difícil hacerse con un hueco en aquellas mesas atiborradas de gente, entre las que circulan chavales de Apple enfundados en camisetas rojas resolviendo las dudas del personal. Encontré un nuevo aliento al chequear mi correo y la determinación de que tenía que comprar una cámara, ya que no iba a tener la oportunidad de estar en NYC muchas más veces y resultaba engorroso no poder inmortalizar todo cuento había visto a lo largo del día.

Al salir de la tienda decid√≠ tomarme un descanso, por lo que entr√© en el WINE BAR, un santuario del vino norteamericano donde me pimpl√© un Jamesport Cabernet Franc de 2004 a la nada desde√Īable cantidad de 14$ el vasito. La carta de aperitivos y de comida es muy buena y hay actuaciones de Blues en vivo. Resulta un sitio ideal para acudir con una pareja que sepa apreciar una buena charla con un vinito presidi√©ndola. Uno o varios, porque hay opciones para hacer catas de varios vinos diferentes en la carta, y el lugar resulta muy acogedor. Est√° en 482 Broome St, aunque hay que entrar por 60 Wooster.

Tras el reposo tom√© direcci√≥n norte en busca de un local que me recomendaron para darme un masaje en los pies, que bien merecido lo ten√≠an los pobres. Sin embargo el sitio estaba cerrado, por lo que decid√≠ contentar de nuevo mi paladar en el bar que estaba justo al lado, con una Budweisser del pais. Los propietarios eran un par de chavales muy majos que chapurreaban un poco el espa√Īol y que charlaban con sus empleados hispanos en una mezcla de ingles y espa√Īol, en la que se iban entre mezclando palabras de ambos idiomas.

Ya medio pedete, me dirig√≠ al hotel a descargarme de cuanto llevaba encima. All√≠ decid√≠ ir a cenar algo tranquilo, sentado en una mesa y sin agobios, por lo que decid√≠ ir al Pastis a darme un homenaje. Adem√°s, supuestamente, deber√≠a de andar poco, ya que la estaci√≥n de metro no estaba muy lejos, y mis piernas empezaban a estar ya resentidas. Pero el hazar me jug√≥ una ma√Īa pasada, y tras bajarme en la estaci√≥n del a W14St, baj√© hacia la calle 12, sin ser capaz de encontrar el afamado restaurante, por lo que termin√© entrando en un restaurante en el que, desde el exterior, se percib√≠a muy buen rollo, con gente muy guapa entrando y saliendo y una m√ļsica buen√≠sima que se escapaba en cada batir de las puertas.

En el 637 de Hudson St., en el cruce pon Horatio St. se ubica el Frederick‚Äôs Downtown, y aquello, para mi, es un templo. Incre√≠ble Mojito de Coco, especialidad de la casa. Espectacular carpaccio de At√ļn, al que acompa√Ī√© con un Riesling californiano delicioso pero con un grado alcoh√≥lico muy elevado. Un cordero servido en tres cortes con salsa de vino y un pur√© licuado con mango, regado con un Bandol de Burdeos hicieron la impresionante transici√≥n a EL TARTUFO que me llev√≥ casi al √©xtasis. El buen rollo que all√≠ hab√≠a era incre√≠ble, la gente se levantaba de las mesas y se pon√≠a a bailar, a charlar, a tomar copas, por lo que cerr√© mi cuneta con un Capit√°n Morgan con Light, servido en copa de bal√≥n, con sus ojas de menta y su lima, mientras observaba como uno de los responsables, belga, le tiraba los trastos a un par de chicas que hab√≠an entrado a tomarse una copa.

Animado por la atmósfera del Fredericks, y con el dolor de pies anestesiado por el alcohol, decidí ir de discotecas, ya que no pillaban lejos.

Entr√© en Lotus, discoteca con m√ļsica aceptable paro ambiente un tanto extra√Īo, en la que tuve que dejar la mitad del cubata que me ped√≠, en parte por que era dif√≠cil de beber y en parte porque a esas alturas de la noche, yo iba algo m√°s que tocado.

Par√© un taxi, harto de andar. El taxista era un chaval negro, senegales, muy simp√°tico y dicharachero que me pill√≥ r√°pidamente el acento. Resultaba que un hermano suyo trabajaba en Alicante, lo que sirvi√≥ de hilo conductor de una conversaci√≥n que degener√≥ en las grandes diferencias de comportamiento entre la gente europea y la norteamericana y en una vuelta de rosca m√°s, me lleg√≥ a explicar que all√≠ sab√≠a perfectamente cuando una clienta se lo quer√≠a montar con √©l. Y le cont√© mi caso. Y fren√≥ en seco en plena √Āmsterdam Av. para llamarme de todo menos bonito a trav√©s de aquella ventana de la mampara de seguridad. Y ten√≠a raz√≥n, que es lo peor.

 

New York Trip ‚Äď Dia 6 ‚Äď 21/12/2006

 

Aturdido a√ļn por la mezcla de resacas pongo rumbo a un Cyber cafe que observ√© hab√≠a en W49st casi en 8av, un poco m√°s all√° del que me recomendaron los polis y que ten√≠a mejor pinta. All√≠ hab√≠a una buena oferta por la que navegar un rato mientras desayunabas. Por un d√≠a no pis√© en Caf√©71.

A√ļn resacoso, me preocupaba el nivel de gasto que llevaba y para eso, Internet es un milagro. Para eso y para la comunicaci√≥n. Y las palabras de aliento almacenadas en mi buz√≥n de entrada me convencieron de poner rumbo a J&R, por la linea E. Definitivamente no puedo pasar m√°s d√≠as y experiencias sin una c√°mara. La verdad, cuantas veces m√°s estar√© aqu√≠?

 

No tuve que de inspeccionar mucho. Ya ven√≠a con una idea, aunque hab√≠a quedado muy en el fondo de mi mente. Sin embargo me basto verla de nuevo para pedirle al dependiente una demostraci√≥n. La manejaba cual si se tratase de Harry el Sucio con su Magnum. Todo era tan r√°pido, tan asequible, tan f√°cil que me qued√© embobado como un pardillo ante un trilero. Y esas demostraciones tipo ‚ÄėCoco de barrio sesamo‚Äô con el zoom y la nitidez en proximidad y con poca luz. Definitivamente encandilado, decid√≠ (si no lo hab√≠a hecho ya) comprar el supercamar√≥n que te cagas. Y la verdad... cacho c√°mara, tu!, las cosas como son.

Sal√≠ de J&R direcci√≥n a Water St aunque decid√≠ bajar de forma instintiva por B'way, y  frente a una iglesia preciosa, St. Paul, en la que resulta que la mism√≠sima Jaqueline Kennedy iba a rezarle al todopoderoso para que la descargara del peso que sobre las cervicales le estaba poniendo la srta. Monroe, aparec√≠ en Wall St. Parada obligada, y desenfunde de c√°mara novata obligatoria... y, oh milagro, esta ten√≠a bater√≠a y algo pude capturar. Resulta incre√≠ble la cantidad de polic√≠a que deambulaba por all√≠. Y lo que no era polic√≠a, aunque el 50% eran casacas azules. Interesante esto de encontrarse en el coraz√≥n financiero del mundo.

 

Siguiendo mi direcci√≥n hacia Water St, adivin√© entre los enormes edificios el m√°stil de un gran velero. Era el mismo que dos d√≠as antes pude divisar con KC desde el River Caf√©. Decid√≠ ir a capturarlo con la nueva c√°mara. El barco era una joya, expuesto como un museo que se puede visitar, pero que estaba cerrado. El puerto result√≥ curioso, lleno de chinitos por todos lados. Al salir del puerto v√≠ el edificio Fulton en Fulton St. Algo me sonaba del mismo, por lo que al fijarme pude apreciar que all√≠ mismo era donde se ubicaba la exposici√≥n permanente de 'Body' que casi en nuestra despedida me aconsejo de forma quasi-imperativa KC. Tras visitarla, y por supuesto durante la misma, qued√© completamente anonadado. Estupefacto, perlado, flipado, sorprendido, ensimismado... tantas sensaciones juntas! Empeque√Īecido en cualquier caso ante la demostraci√≥n absoluta de que el ser humano es una obra maestra que roza la perfecci√≥n. Todo hombre o mujer es, de ‚Äėper se‚Äô, perfecta. Su imagen, al igual que su alma, son cuestiones de otros menesteres, bien diferentes ambos.

 

Al salir del Fluton descubr√≠ una tienda de Abercrombie justo tras el gran pino navide√Īo del boulevard. Tiene una tienda preciosa, aunque es mejor la de la 5th Av. Lo de A&F merece una menci√≥n aparte. El personal que seleccionan es incre√≠ble, Las chicas y chicos m√°s guapos de todo NYC trabajan all√≠. Ropa casual, muy de moda entre los j√≥venes y sobre todo entre los japoneses, que se la llevan a bolsas llenas.

Subí al metro aprovechando mi ubicación este para acercarme hasta Grand Central. Es eso: Grande, enorme, llena de gente por sus pasillos. Merece la pena ver el movimiento, sentir el frenesí. Salí completamente desubicado en dirección Este, hacia Madison Av y Park Av. Allí el gentío era mucho más reducido que al oeste de le 5ªAv. Por lo que me dí la vuelta alcanzando St. Patrick Catedral por la parte trasera. Decidí entrar a ver su interior. Es bonita y no le falta detalle. Se respira ese ambiente de respeto y de culto en su interior, a pesar de estar atestada y las gentes de otras culturas que ví en el interior mostraban un respeto absoluto. Me pregunté que había pasado si aquello hubiese sido una mezquita. Tras las compras y la consulta del correo gratuita en el Apple Store de la 5ª puse rumbo a casita que ya era tarde. Además el 'supercamarón que te cagas' se había merendado toda la memoria interna en un periquete debido a la alta resolución, por lo que tenía que hacerme con la SD de la otra cámara si quería seguir capturando imágenes.

 

Al alcanzar mi habitaci√≥n, cog√≠ instintivamente el tel√©fono y compuse el ya maldito 938007724642. Sorprendentemente tras la maldita grabaci√≥n que me sab√≠a ya de memoria una voz surgi√≥ al otro lado. Me puse tan nervioso que casi la cago y cuelgo, simplemente no me esperaba que me lo cogieran. R√°pidamente me rehice para poder plantar mi reclamaci√≥n. Tras mil consultas y expresiones nada alentadoras me informaron de que mi maleta estaba programada para salir a NYC el d√≠a 18, si, pero no se sab√≠a muy bien donde se encontraba en ese momento. En todo caso me facilitaron un n√ļmero de reclamaci√≥n de Iberia para las indemnizaciones y me aseguraron que al d√≠a siguiente a m√°s tardar tendr√≠a mi maleta conmigo. Me dio tal subid√≥n que inmediatamente pens√© en ir a celebrarlo.

 

Decid√≠ ir a cenar otra vez al Meatpacking district, una hamburguesa t√≠pica no estar√≠a de mas y tras consulta de las recomendaciones que llevaba, el dedo adjudicador apunt√≥ al Pop Burguer. As√≠ pues, para amenizar el camino, tocaba explorar la 11Av, que es la que esta situada justo detr√°s del hotel. La parte del Upper West Side parec√≠a m√°s desarrollada, pero seg√ļn se baja solo encontr√© concesionarios de coches. Todos los concesionarios estaban all√≠. Pas√© pues a la 10Av tratando de encontrar m√°s ambiente y desemboqu√© en una preciosa vista del Empire. Este edificio es como la luna, a veces se le ve enorme, con una luz especial, otras m√°s a lo lejos, pero resaltando. Y casi siempre que miras arriba, parece que vaya escoltando tu camino.

Al ir a fotografiarlo me encuentr√© a Juan, un inmigrante de Per√ļ que llevaba en USA 12 anos y estuvo 2 en Jap√≥n. Juan trabaja como camionero a part-time para una empresa de suministro de material a los caterings (la del cerdito rosa) y me cont√≥ que lo de las fiestas privadas en Manhattan es simplemente acojonante y que hay dinero a espuertas. Adem√°s Juan trabaja a Full-time en otra empresa, con lo que llega a hacer entre 60 y 80 horas semanales. Pero se ha comprado su piso en Jersey, su coche y no tiene deuda alguna. Esta agradecido al pa√≠s. Me recomienda el cambio a la 9Av. Y le hice caso.

 

Entr√© as√≠ en Chelsea y enseguida en el Meatpacking. Bajando por la 9¬™ me d√≠ de bruces con el Pop Burguer porque estaban en la puerta esperando unas chicas que parec√≠an salidas de un anuncio de D&G y claro, captaron mi atenci√≥n. La decoraci√≥n y el p√ļblico de aquel restaurante eran de primera, pero la m√ļsica era digna de asesinar al DJ. Respecto a mi cena: lo mejor el ketchup. No siempre se acierta. Un poco m√°s abajo entr√© en Pizza bar, mismo rollo pero el mojito era simplemente in bebestible, por muy bebestible que estuviese la camarera. Mucho Pulco y nada de menta. El mojito. Bueno, y la camarera tambi√©n.

 

Comenc√© a pasear por Little W12st y all√≠ pude encontrar lo m√°s ‚Äėin‚Äô de NYC: Highlight, Buddhabar, Cielo, 12, 5 ninth, One‚Ķ brutal y animad√≠simo, todo lleno de porteros engalanados con sus listas de gente super VIP. Llegu√© de nuevo a Frederics Downtown. Desde fuera se ve√≠a muy buen ambiente, especialmente porque seg√ļn pas√© por la puerta entraba un grupo de ni√Īas espectaculares, as√≠ que me tir√© al interior. Music√≥n, pe√Īa guap√≠sima y mojito de coco simplemente espectacular, reitero.

 

Algo cansado y no muy motivado por las colas en las puertas de los sitios, tome la determinaci√≥n de volver a casa pero mi brazo se encogi√≥ ante la llegada del taxi. Una puerta de toldo negra semi-iluminada con un grabado apenas visible que rezaba 'soho house' me engull√≥. Encontr√© algo similar a un hall de hotel, tras cuya recepci√≥n hab√≠a una chica preciosa grit√°ndole al tel√©fono que no pensaba dejar pasar a m√°s gente de la lista porque arriba se estaba llenando. Aceler√© el paso hacia el interior, con cara de ‚Äėaqu√≠ vengo yo todos los d√≠as‚Äô para evitar que me parasen y sub√≠ un par de escalones hasta el final de aquel hall-pasillo en el que la √ļnica escapatoria eran dos puertas de ascensor de acero inoxidable pulido a espejo. En la 4¬™ planta indicaba el White Room y algo mas que no llego a discernir, el club estaba indicado en la 6¬™ y √ļltima planta. Ese n√ļmero puls√© mientras un chaval que entr√≥ conmigo me hac√≠a bromas y gui√Īos que no llegu√© a entender completamente. ¬°El ascensor subi√≥ al puto para√≠so! Templo de todo piv√≥n viviente made in NY o de importaci√≥n. Por un momento cre√≠ que eso era un Puticlub de superclase. Sin embargo al acercarme a la barra escuch√© las conversaciones de los que me rodeaban y pude denotar que hab√≠a t√≠os y t√≠as de la misma empresa celebrando las navidades. Me alivi√≥ saber que no era lo que hab√≠a llegado a pensar, aunque no dej√≥ de sorprenderme a√ļn m√°s. Encargu√© un mojito que s√≥lo estaba ‚Äėregularcillo raspao‚Äô, y m√°s a√ļn considerando el precio.

Los chavales de la celebraci√≥n que estaban junto a m√≠ en la barra tuvieron que irse porque uno de ellos no se ten√≠a casi en pie, as√≠ que su puesto lo ocup√≥ un chaval moreno bastante bien vestido. Sac√≥ su tel√©fono, un motorola que parece una Blackberry, creo. El mismo que tenia David, el hermano de ‚ÄėEmma dilema. Se pueso a teclear algo. V√≠ entonces a una t√≠a preciosa que se acercaba hacia nosotros mirando su tel√©fono mientras sorteaba a la gente y las sillas hasta que nos alcanz√≥. Se par√≥ justo junto a mi nuevo vecino, levant√≥ su mirada de la pantalla y sonri√≥ abiertamente examin√°ndonos a ambos con la mirada, hasta descubrir el blanco tel√©fono en manos del otro gach√≥. Autom√°ticamente se pusieron a charlar y a mirar no se que cosas en el tel√©fono tardando apenas un par de minutos en dejar el sitio libre y dirigirse casi de la manita hacia el ascensor de salida al mundo real. Me qued√© con la sensaci√≥n de haber asistido imp√°vido a la primera cita 'Sensor' que ve√≠a en mi vida.

 

Tras aquello, decidí batirme en retirada. No contaba yo con las armas adecuadas. Tomé un taxi y al entrar en el portal me encontré a un nuevo conserje. Era una loooooca de cojones a la que pregunté por mi pobre maleta, no fuese a ser que realmente estuviese en JFK y la hubiesen enviado durante la noche. Hablamos un rato, aunque el tipo asustaba y todo porque parecía que estaba permanentemente insinuándose. Estaba ido de la chaveta. Una loca completa, pero genial, muy divertido.

 

Nueva York -  Dia 7 ‚Äď 22/12/06

 

Me levant√© con la misma sensaci√≥n en el est√≥mago que se tiene cuando se le tiene que dar una muy mala noticia a alguien y se est√° frente a √©l. ¬ŅY que me iba a decir yo al espejo? ¬ŅQu√© me iba esa tarde?  Era plenamente consciente, pero no ten√≠a ninguna gana. Me levant√© las tiritas de los pies, s√≥lo para descubrir que los ten√≠a a√ļn peor. Aquellas tiritas rezaban en su caja el hasta ese momento incomprendido mensaje de ¬ŅCorn remover‚Äô Y en ese momento aprend√≠ para el resto de mi vida que corn no es solo grano de ma√≠z, como en ‚ÄėPop corn‚Äô es adem√°s callo. Callo del de los pies. As√≠ pues hab√≠a tenido la feliz idea de ponerme un ablanda pellejos en plenas rozaduras. Bravo.

Resolví no hacer mucho caso de aquello, a pesar de que me sangraban los dedos ocasionalmente. Y empezar a solucionar mi problemón con el transporte de las compras realizadas hasta el momento.

Pregunt√© al portero por una tienda en la que poder adquirir una maleta, y me recomend√≥ subir por Amserdam AV hasta el ‚ÄėBasment Store‚Äô, y hacia all√≠ dirig√≠ mis pasos, cruzando frente a un enorme edificio que era una comunidad jud√≠a, por cuya puerta transitaban ortodoxos y no tan aparentemente obcecados sin pausa. Sin pausa, segu√≠ subiendo hasta encontrarme con una bonita iglesia que hac√≠a esquina, justo en la acera opuesta al Basement.

Basement resultó ser un megastore de multiples cosas, pero casi tod es ropa. Ropa de marca, pero de temporadas anteriores. Una especie de Outlet, en definitiva, aunque un poco más cutre. Ahora bien, con de todo dentro. Muy parecido al famoso Century 21 de la zona cero. Y allí encontré una maleta trolley bien chula y en la que estimé, cabría todo lo adquirido en la semana siempre que mantuviese un poco de orden.

Fui a hacer la maleta, y con cada una de las prendas dobladas que introduc√≠a, ten√≠a la sensaci√≥n de decir cada una de las palabras de aquella maldita frase de aquella mala noticia que ten√≠a que decirme y no quer√≠a escuchar. Acab√© de todas formas bastante r√°pido. Decid√≠ ser lo m√°s as√©ptico posible. As√≠ pues, tras la pertinente propina, guard√© las maletas en el cuarto tras la recepci√≥n al que hab√≠a ido cada d√≠a en b√ļsqueda de la maleta que nunca lleg√≥.

Puse rumbo hacia el East side. No quer√≠a despedirme sin visitar aquella parte. Y sobre todo no quer√≠a irme sin decirle adi√≥s al Chrysler. Sal√≠ en el East Side de las tripas del City Group. El metro est√° adem√°s en una plaza que hay en sus tripas a dos plantas por debajo de la acera, lo que lo hace a√ļn m√°s impresionante al salir, por el efecto tunel, supongo. Empec√© a caminar entre aquellas moles hasta llegar al MetLife, al final de Park Avenue. La avenida esta desierta, y NY a√ļn dormida o de resaca. Segu√≠ caminando hacia Lexington Avenue hasta la base del Chrysler, que resulta a√ļn m√°s impresionante de  cerca. La perfecta expresi√≥n del Art Dec√≥ en cada detalle del hall. Las incre√≠ble proporciones del edificio. Y su c√ļpula. Perfecta tanto de d√≠a, como cuando se ilumina a la llegada de la luna. Baj√© por la 3¬™ Avenida un rato y luego puse rumbo al MOMA. El edificio es muy bonito tambi√©n, y la famosa torre de la discordia a mi me pareci√≥ que estaba muy bien integrada con el resto de la arquitectura del edificio original. Tras entrar en la car√≠sima tienda de souvenirs curiosos del famoso museo, segu√≠ direcci√≥n Oeste. No ten√≠a mucho tiempo por lo que cog√≠ el metro hasta la Verdi square.

Recogí mis maletas y tomé un taxi que conducía un iraquí que sabía bastante menos inglés que yo, y que puso rumbo al JFK por el camino que yo no habría ido. Subió toda la Columbus AV para girar a la derecha al final de central park, llevándome todo lo largo de la frontera de Upper Side con Harlem. Cruzamos a Queens y allí pude ver mis promeras casas bajitas residenciales de valla blanca. Queens es otro NY. Ni Manhattan, ni Brooklyn, es Queens. Y es enorme. Y aquel moro no paró de hablar por teléfono en lo que duró el viaje

Tras dejarme farolear por aquel moro con lo que supuestamente es una tarifa fija al aeropuerto con incrementos por los peajes, las maletas, y que era el d√≠a del se√Īor, volv√≠ a poner mis pies en el JFK. Me dirig√≠ a toda velocoidad hacia las oficinas de la British para encontrar mi maleta entre centenares de maletas perdidas perfectamente colocadas en enormes salas escondidas en las tripas del aeropuerto. Y mi maleta no parerc√≠a. As√≠ pues, tras inagotables sobresaltos en que cra√≠ habrla vislumbrado, dej√© la misi√≥n por imposible y me dirig√≠a facturaci√≥n, donde pude elegir libremente el asiento del A340 que me iba a llevar de vuelta a Madrid, gracias al cuento lagrimero de mi historia que le hice a la se√Īorita del personal de tierra que amablemente me atendi√≥. Bueno, gracias a la lagrimita y a que hab√≠a llegado con 5 horas de adelanto. As√≠ pues, me toc√≥ salida de emergencia, y ventana.

Me dirig√≠ hacia la puerta de embarque asignada. El aeropuerto estaba atiborrado de gente. Parec√≠a que medio NY se iba de vacaciones. Y lo cierto es que era as√≠. Frente a mi desfilaron decenas de tripulaciones ataviadas con alg√ļn adorno navide√Īo. Comandantes de papa Noel, azafatas de reno, de todas as nacionalidades u compa√Ī√≠as‚Ķ y todas las butacas de espera llenas. As√≠ pues me tir√© en el suelo, hice mis √ļltimas llamadas de despedida y encend√≠a el ordenador con el fin de distraerme.

Esto atrajo a un chaval de Utha, de madre Sueca, que hab√≠a vivido a caballo entre la enorme granja de su padre y la tierra natal de su madre, que quer√≠a consultar su email. No entendi√≥ que no dispusiera de ning√ļn acceso a la decena de Hotspots que hay en el JFK, pero mis explicaciones le hicieron entender por el contrario que era espa√Īol. Y aquel chaval de 21 a√Īos se puso autom√°ticamente a hablar conmigo en un correct√≠simo castellano que hab√≠a aprendido dando clases de sueco a los inmigrantes chilenos que iban a su materno pa√≠s.

Charlando con √©l, no pudo evitar meter baza una chica rubia que engull√≠a un libro sentada en aquel suelo enmoquetado justo a nuestro lado. E hicimos un triplete conversacional. Ella result√≥ ser una eminente veterinaria haciendo una especializaci√≥n en la mejor universidad estadounidense de la especialidad. Y hablaba de sus animales como de sus pacientes, con una profesionalidad inmaculada. Charlamos largo y tendido sobre NY, sus sitios, sus curiosidades, y sus atascos en la nieve en la zona norte del estado, donde ten√≠an casi tres meses de incomunicaci√≥n. Hasta que el meg√°fono se puso a gritar el n√ļmero de nuestro vuelo, momento en que la impaciente cola separ√≥ nuestos caminos.

Al entrar el las tripas de aquel A340 y ver mi butaca, no pude m√°s que expresar mi encanto. El sitio era perfecto para pasar aquellas encarceladas 8 horas de viaje de vuelta. A mi lado se sent√≥ Mike. Mike estaba a√ļn m√°s encantado con su asiento, y no paraba de repetir un lac√≥nico Uhaaau, this is amazinag man! Y repet√≠a una y otra vez la suerte que hab√≠a tenido de que le tocara aquel sitio.

Mike toca la guitarra en los ‚ÄúPela‚ÄĚ y trabaja en la barra de una bar. Vive en Brooklyn y desde all√≠ vi√≥ como le llov√≠an papeles ardiendo que ven√≠an desde las torres gemelas aquel 11-S. Iba a Madrid a ver a su novia, a la que conoci√≥ en uno de sus m√ļltiples viajes y aventuras. Estaba reform√°ndose, porque estaba enamorado de lo que √©l consideraba que era una chica muy especial. Aunque su deseo de verla era s√≥lo un poquito menor que la de engullirse un bocata de calamares. El Diamante era una de sus paradas obligadas en su semana de pasi√≥n.

Entre charlas con mike y siestas más o menos largas, el sol empezó a asomar por las ventanillas del avión, y con él el anuncio de nuestro aterrizaje en Barajas. Fue en ese momento y no antes, cuando puse el pié en el finger del T4, cuando dejé NYC.

La cuesti√≥n es que como con Par√≠s, algo me dice que alg√ļn d√≠a volver√© a introducirme en su fren√©tica corriente de vida. As√≠ que, en el fondo, al apoyar aquel pi√©, pens√© que simplemente dec√≠a: ‚Äėsee ya later‚Äô

milfordplaza says:
here is the information about new york.Ny and its diffrent places is most visitable in life.
Posted on: Mar 26, 2011
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